Capítulo 19
C uando Salazar dio por terminada la reunión, Remigio y Telmo recogieron sus abrigos y se marcharon, después de una corta despedida.
La sala entró en ese silencio denso de las noches largas.
Salazar anunció que estaría en su despacho y también se marchó.
Miguel se inclinó hacia adelante y sacó su móvil del bolsillo.
—Todavía nos quedan algunas horas de curro. Llamaré a mi madre para que se quede con Juan esta noche.
—Es una buena idea.
Después de una corta conversación, Miguel dejó el móvil sobre la mesa.
—Listo. Se lo llevará a su casa y mañana se ocupará de dejarlo en el colegio.
—¿No le estamos causando problemas a tu madre?
Pedrera dibujó una media sonrisa.
—No te preocupes, ambos se lo pasan muy bien juntos. El único problema que podemos tener es que uno de estos días no nos lo quiera regresar.
Con una sonrisa, Ángela, volvió a centrarse en su ordenador y Miguel también se puso manos a la obra. Ella comenzó comprobando direcciones y matrículas, mientras engañaba al cansancio con pequeños sorbos de café.
Al mismo tiempo, Miguel se comunicó con el pariente de Unai, quien le respondió al segundo tono. Después de identificarse, Pedrera fue directo.
—Señor Arístegui, necesito que se presente en la comisaría de San Miguel mañana a las once, en relación con una investigación en curso.
—¿Tiene que ser mañana? Me pilla… complicado.
—Es importante.
—¿Estoy obligado?
—No, pero le recomiendo que asista —respondió Miguel con tono seco.
—Yo… Eh… Muy bien, ahí estaré, inspector.
Miguel terminó la llamada y se centró en investigar a Arístegui en profundidad.
Confirmó que el primo del padre llevaba una vida discreta, sin movimientos extraños, pero que siempre se mantuvo lo bastante cerca como para poder estar informado sobre dónde encontrar al chico.
Sus redes sociales estaban repletas de fotos en las cuales aparecía junto a un hombre de mediana edad, con rasgos similares a los de Unai.
Por los nombres al pie de las imágenes, Miguel confirmó que se trataba del padre del chaval.
El chico no aparecía en ninguna de las fotos, gracias a lo cual, el policía concluyó que Arístegui solía relacionarse con el padre, pero no con el hijo.
Miguel consiguió localizar y entrevistar a un amigo de Arístegui que aparecía en algunas de las fotografías publicadas.
El amigo respondió sus preguntas acerca de la relación que había existido entre ambos primos.
Al cabo de algunas horas, el inspector terminó de preparar el interrogatorio del día siguiente y se lo anunció a Ángela.
—Yo todavía necesito un poco más de tiempo para completar el análisis y cruce de todos los datos —reconoció ella —, pero, no me esperes. Vete a casa y duerme algunas horas. Mañana necesitaremos tener la cabeza lo más despejada posible.
—Tal vez pueda ayudarte en lo que estás haciendo, para que termines antes.
—Te lo agradezco, Miguel, pero ya me sumergí en el flujo de trabajo. Ponerte al día con lo que estoy haciendo, más bien me retrasaría. Lo mejor es que te vayas a casa. Yo necesitaré una o dos horas más para completar esto y entonces te seguiré.
Con un encogimiento de hombros, Pedrera se puso de pie, cogió su chaqueta y se despidió de Ángela con un beso ligero en los labios.
—Vale. Te espero en casa. No te excedas. Tú también necesitas descansar.
La subinspectora asintió y esperó a que su compañero se marchara para volver a centrarse en su trabajo, en el que estuvo ocupada hasta la madrugada.
Cruzó los horarios de la biblioteca, de la bodega y del instituto, en especial de aquellos días en que Unai había llegado a su casa con más retraso.
De ese modo, consiguió acotar casi minuto a minuto el momento en que el chico había comenzado a usar los ordenadores públicos.
En los registros del servidor facilitados por Toni no encontró nada espectacular, pero sí una pauta clara de accesos repetidos, en especial, durante las últimas semanas.
Por su parte, cuando Salazar llegó a su despacho después de la reunión, lo primero que hizo fue comunicarse con Rebeca.
—No hay novedad, Néstor. El secuestrador no ha vuelto a llamar y aunque hemos hablado durante horas, Ainhoa no ha recordado ningún otro dato de importancia.
—De acuerdo. Telmo te relevará a medianoche. Permanece con ella hasta entonces. Yo también terminaré tarde, así que tenemos que resolver quién se quedará con Gabi hasta que lleguemos
—No te preocupes, comprendí que esta noche iba a ser muy larga para nosotros, así que hace un par de horas hablé con mi madre. Ella se quedará a dormir en la buhardilla para cuidar a Gabriela.
—Perfecto. ¿Todo bien por casa?
—Todo bien.
—Eso tranquiliza.
En cuanto terminó la conversación con Rebeca, Salazar marcó el número de Científica.
—¡Será posible que no hay modo de librarse de ti! Eres más pesado que un piano en una mochila.
—Gracias, Casi. Me esfuerzo por estar a la altura.
—¡Eres el culpable de que esté haciendo horas extra!
Quién sabe hasta cuándo tendré que quedarme aquí —Barros bajó el volumen de su voz, como si hablara para sí mismo—.
Aunque eso significa que no llegaré a casa a cenar y que podré pedir que me traigan lo que me apetezca…
No está tan mal, ¡pero ese no es el punto!
—Vale, Casi. Asumo mi responsabilidad.
—Más te vale. ¡Tú tienes la culpa de todo! Y no te equivoques. Si sigo aquí es por el chiquillo. ¡Que, si fuera para ti, ni cinco minutos!
—Apuntado. Te estoy llamando para ver lo que puedes decirme sobre el Dacia.
—¡Interesado! El Dacia… el Dacia. Déjame ver: el coche fue trasladado hace algunas horas para el peritaje. La Guardia Civil ya había asegurado el descampado donde fue encontrado y mis chicos continúan la recolección de evidencias.
—¿El coche ha aportado algún indicio?
—Pero ¿tú que te has creído, bolonio con credencial? No me has dado tiempo ni a ponerme los guantes y ya quieres resultados. ¿Quieres que perite o que adivine?
—Es por el chico, Casi… Y por su madre, que está desconsolada.
—Liante, manipulador —murmuró Casimiro para sí, antes de volver a usar su tono de voz normal—. En fin, te conformarás con lo que tenemos hasta ahora y dejarás de tocar las narices.
—Vale.
—El Dacia no se incendió por accidente. Alguien lo quemó a propósito, horas antes de que fuera descubierto. Fueron metódicos. Hasta ahora, no hemos encontrado sangre ni rastros de lucha…
—El secuestro fue limpio.
—¿Ya empiezas a interrumpir? ¿Para qué llamas si te sabes todas las respuestas, chico listo?
—Tienes razón, Casi. Me callo.
—Me callo… me callo… Cualquiera te cree. Hablas más que un político en campaña. A ver, sigo: faltan algunas piezas del interior del coche, como las alfombrillas, la moqueta del maletero y el reposacabezas.
—Las retiró antes del incendio —murmuró el inspector.
—¡Qué me dejes seguir, cenutrio! O apago el móvil y te dejo apañándotelas como puedas.
—Vale. Silencio absoluto.
—En fin, las retiró antes del incendio. Eso es todo.
—Gracias, Casi. Eres genial.
—Pues no te quedes con todo el mérito, abusador.
En cuanto terminó la llamada, Salazar meditó acerca de la información que acababa de recibir.
El detalle de las piezas retiradas decía más que el hecho de que hubiera quemado el coche.
Implicaba método y lógica. El secuestrador no había actuado por desesperación.
Sabía dónde buscarían huellas y restos, así que lo retiró de la escena.
Actuó con premeditación. ¿Se trataba de alguien relacionado con la policía o del ámbito forense?
Sin duda, el coche solo fue una herramienta, que había usado y descartado alguien que conocía bien el terreno, que actuaba solo y que tenía tiempo y control.
Por otro lado, ¿qué decía ese comportamiento acerca del secuestrador?
Había limpiado el coche con precisión, pero solo se centró en lo visible y removible.
Parecía que había visto las pruebas con un sentido lógico y práctico, pero muy simple.
Un investigador con experiencia no se habría quedado con lo obvio.
Habría reconstruido la escena, sabiendo que no es posible limpiarla por completo y que también las ausencias pueden convertirse en información.
Este hombre, en cambio, pareció pensar en términos de control: retirar, borrar, simplificar…
Salazar entornó los ojos. Se enfrentaban a alguien cuya conducta se centraba en controlar…
Se preguntó por qué habían vigilado a Unai… y qué pudo ver, tan peligroso para su observador, que lo empujó a involucrarse en un secuestro.
Salazar abrió el expediente del caso, dispuesto a repasar las líneas que seguían abiertas y separarlas de las que ya no merecían que se les dedicara tiempo.
Entonces, dejó trazada una estrategia clara para el día siguiente, señalando las prioridades que cada uno debía cubrir.
Cuando por fin subió al segundo piso, ya todos se habían marchado.
Durante algunos minutos más, el inspector jefe permaneció frente al tablero del caso, con la única compañía de un vaso de café.
Anotó la información que recibió de Científica sobre el Dacia, encajando algunas piezas que todavía no habían sido definidas: el chico estaba siendo observado por dos sujetos diferentes, ¿estaban relacionados entre sí?
, ¿cuál fue el motivo de esa vigilancia?
, ¿qué había descubierto el chaval para convertirse en el foco de un criminal?
Y lo que era más importante, ¿dónde estaba y cuál había sido su destino en manos del secuestrador?
Néstor consultó su reloj. La dura realidad era que no iba a conseguir avanzar esa noche.
Además, necesitaría estar en condiciones mentales óptimas al día siguiente.
Eran las tres de la madrugada cuando se marchó a casa, con el móvil encendido y las instrucciones de que lo llamaran si surgía cualquier novedad.