Epílogo
U na semana después, el ruido llenaba la buhardilla.
Gabriela reía a carcajadas desde el suelo, al mismo tiempo que sostenía una cuchara de madera que agitaba, siguiendo el ritmo de la guitarra de su padre, quien tocaba una tonada infantil, sentado en el suelo junto a ella.
Paca se unió a la celebración con maullidos afinados, al mismo tiempo que se acercaba, saltando de una silla a otra, con esa elegancia insolente que solo tienen los gatos que están convencidos de que el mundo les pertenece.
Rebeca se acercó desde la cocina con una bandeja en las manos y una sonrisa cómplice.
—Si alguien rompe algo, aquí va a arder Troya —advirtió sin demasiado convencimiento.
Salazar, sentado en el suelo junto a su hija, se encogió de hombros sin dejar de tocar.
—Yo no lo hice ni lo vuelvo a hacer.
El timbre interrumpió la fiesta. Gabriela agitó la cuchara con autoridad, al mismo tiempo que Paca saltaba a las alturas de su repisa favorita, desde donde dominaba todo el panorama.
—Miaauuu —ordenó con autoridad felina, lo cual, Néstor interpretó como un «muévete esclavo».
Salazar se levantó del suelo sin soltar la guitarra.
—Ya voy, gata tirana. Creo que sospecho quién es.
Cuando abrió la puerta, en el umbral apareció el corpachón de Santiago, imponente como siempre.
Su habitual expresión de autoridad se diluyó en una sonrisa de tiburón.
Salazar no habría podido decir cuál inspiraba más temor.
Carmela se asomó por detrás, sonriendo con afecto, mientras los gemelos entraban como una pequeña estampida organizada.
—¡Tío Néstor! —gritó Lucas, lanzándose a abrazarlo por la cintura.
—¿Dónde está Gabriela? —preguntó Sebastián— ¿Y Paca?
Salazar adivinó una tarde agitada.
—No la provoquéis —dijo Néstor con falsa severidad—. Es pequeña, pero vengativa.
—¿Paca o Gabriela?
—Ambas.
Santiago entró detrás de su mujer y sus hijos.
—A ver, ¿dónde está la princesa de la casa? —dijo, centrando su atención en la pequeña, como si no hubiera nadie más en la sala—. ¡Como alguien la moleste, se las verá conmigo!
Gabriela dio un gritito y gateó a toda velocidad en dirección a su tío. Cuando lo alcanzó, hizo un puchero y alzó las manos hacia él, como si la hubieran abandonado en medio de la nada. Santiago la alzó en brazos de inmediato, al mismo tiempo que Carmela le daba un beso en la frente.
Rebeca soltó una carcajada.
—¡Más manipuladora y no nace! No hay duda de que heredó los genes de su padre.
Salazar frunció el ceño y se llevó la mano al pecho.
—¿Manipulador, yo? ¡Calumnias! —Puso su cara de cachorro apaleado—. Eso dolió.
Carmela sacudió uno de los piececitos del bebé con suavidad.
—Está enorme.
—Y es más lista que todos nosotros juntos —añadió Salazar, hinchando el pecho.
Rebeca soltó una carcajada.
—Lo ratifico. Según mi madre, será el karma de su padre
Los niños ya habían encontrado a Paca y trataban de atraerla con juguetes.
La gata los miró con fría indiferencia felina.
Gabriela le hizo entender a su tío que quería que la dejara en el suelo.
Santiago cumplió la orden obediente y la pequeña alcanzó el sofá con pasos torpes.
Entonces, los gemelos dejaron en paz a Paca y se acercaron a su prima, le dieron un beso cada uno y se marcharon a la habitación de la niña a jugar.
—¿Cómo estuvo el curso? —le preguntó Rebeca a su cuñado.
Santiago se dejó caer en el sofá.
—Uf, he pasado toda la semana escuchando a ponentes hablar de protocolos nuevos, estadísticas y reorganización de unidades —dijo, al mismo tiempo que se aflojaba la corbata—.
No me había aburrido tanto desde que leí el manual de montaje de una estantería sueca.
Ya os podéis imaginar: 48 páginas de dibujos inútiles que te juzgan en silencio, mientras te preguntas por qué sobraron dos tornillos.
—Eso me trae recuerdos —reconoció Néstor.
Santiago miró a su hermano.
—¿Y vosotros? ¿Qué tal estuvo la semana por la comisaría?
Néstor se encogió de hombros, al mismo tiempo que respondía a los pucheros de Gabriela, cogiéndola en brazos.
—Nada especial.
Rebeca lo miró de reojo.
—¿Nada especial? —repitió ella, con ese tono que solo emplean las parejas.
Santiago entrecerró los ojos.
—Cuando tú dices «nada especial», suele haber cadáveres, incendios o alguien intentando matarte.
—Tampoco es para tanto —respondió Salazar, sin dejar de mecer a su hija—. Ha sido una semana… tranquila.
Desde la habitación se escuchó un golpe y la voz alarmada de uno de los gemelos.
—¡Ha sido él!
—¡Mentira, ha sido Paca!
—¡Miau! —protestó la gata, que no se había movido de su repisa.
Carmela suspiró.
—Voy a ver qué están haciendo, antes de que desmonten la casa.
Rebeca cogió a Gabriela de los brazos de su padre y la siguió con una sonrisa cómplice. Paca se fue tras ellas.
Santiago se inclinó hacia su hermano.
—Explícame con detalle qué tipo de tranquilidad reinó en la comisaría esta semana.
Salazar miró hacia la habitación, escuchó la risa de Gabriela, los pasos desordenados, la voz airada de Carmela, la protesta fingida de los gemelos y el maullido indignado de Paca. Entonces, volvió la mirada a Santiago.
—Ya te daré los detalles el lunes en la comisaría. Lo único que importa ahora es que un chico volvió a casa con su madre, sano y salvo.
Santiago se quedó pensativo por algunos segundos, al cabo de los cuales, asintió.
—Siendo así, tienes razón. Ha sido una buena semana.
Desde la habitación llegó la voz de Rebeca:
—¡Néstor! ¡Tu gata acaba de tirar un jarrón!
Salazar sonrió sin moverse.
—¡Que todos los males vayan por ahí! —murmuró.
Santiago asintió con complicidad, al escuchar el refrán que su padre repetía, cada vez que algo se rompía en casa. La buhardilla volvió a llenarse de ruido, de familia y de la traviesa alegría de los más pequeños.
Hoy no había nadie a quien perseguir, salvo por la gata que corría por el pasillo, como si necesitara huir de su propia conciencia.