La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 17.
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Capítulo 17.

M ientras Salazar hacía indagaciones en la biblioteca, Remigio llegó al vecindario donde vivía Cuéllar, el mecánico.

En el momento en que bajó del coche, recibió una llamada que respondió de inmediato, sin mirar la pantalla.

La voz ronca del corto y seco saludo le hizo comprender que se trataba del jefe Barros.

—Inspector Toro, me avisaron que le urge tener información de este peritaje, así que le llamo para comunicarle que le hemos dado prioridad y mis chicos ya están trabajando en el coche del mecánico.

En una primera inspección no hemos detectado indicios técnicos que permitan relacionar el vehículo con el traslado de una persona, ni con los hechos que se están investigando, pero todavía falta mucho por comprobar.

Continuaremos desmontando piezas en busca de restos de fibra o tierra, que coincidan con los encontrados en la escena del secuestro. Lo mantendré al día.

Remigio se apoyó en el coche a una distancia prudente, fingió que revisaba el móvil, y esperó.

A las diecinueve horas, Cuéllar bajó de un taxi y entró en su portal sin mirar a los lados.

Su ceño fruncido y su paso decidido daban fe de su mal humor.

Al parecer, no le había caído bien que se llevaran su coche para el peritaje.

Remigio no se movió. Miró a su alrededor y vio un pastor belga que avanzaba por la acera con paso elegante.

Al otro extremo de la correa iba un hombre de unos cincuenta años que usaba sudadera, pantalón de chándal, y seguía al perro con paso cansado.

Remigio se apartó del coche y se acercó al dueño del animal.

Cuando lo alcanzó, le mostró su identificación y la volvió a guardar de inmediato.

—Disculpe la molestia. Estoy haciendo algunas comprobaciones por la zona. ¿Suele sacar al perro a esta hora?

—Siempre. A las 8 de la mañana y ahora. Si no, no hay quien duerma.

Remigio asintió.

—¿Lo hizo ayer?

—Sí, por supuesto.

—¿Conoce al hombre que acaba de entrar en ese portal?

—No sé quién es, pero no es la primera vez que lo veo. Suele llegar a esta hora, pero en su coche.

Remigio hizo una pausa.

—¿Lo vio ayer? —el testigo se encogió de hombros y asintió—. ¿A qué hora?

El hombre entornó los ojos.

—Justo en el momento en que salí con Roco. Eran las 19:10 —el hombre señaló el edificio del frente—. Vivo en ese portal. Acostumbramos a dar varias vueltas a la manzana. Ayer lo vi llegar, justo cuando salíamos.

—¿Había alguien más con él?

—No, iba solo, como siempre.

—¿Volvió a salir?

—No, mientras yo estuve por aquí.

Remigio se quedó pensativo por unos segundos.

—¿A qué hora terminó su paseo ayer?

—Alrededor de las diecinueve cuarenta. Roco tiene mucha energía.

Remigio asintió.

—Gracias. No le quitó más tiempo.

El hombre tiró suavemente de la correa.

—Es un placer ayudar. ¡Vamos, Roco!

Remigio se quedó junto a su coche, mirando el portal durante algunos segundos más.

Cuéllar no había mentido sobre dónde estuvo mientras se producía el secuestro.

No se trataba de una coartada preparada, pues no sabía que la tenía y ni siquiera la había mencionado.

Eso la reforzaba. Remigio hizo un chasquido con la lengua.

¿Tendrían que descartar a Cuéllar como sospechoso?

Encajaba tan bien en el perfil… ¿Habría un cómplice? Algo no iba bien en todo aquel asunto.

Resignado, el policía subió a su coche y encendió el motor. Mientras conducía, tuvo la incómoda sensación de que las piezas empezaban a caer … pero no en el tablero que todos estaban mirando.

Al mismo tiempo que Remigio emprendía el regreso a la comisaría, Salazar salió de la biblioteca. Ya la oscuridad cubría Haro. En cuanto se incorporó a la vía, recibió la llamada de Ángela. Usó el sistema de manos libres para responder.

—Te escucho.

—Inspector, acaba de entrar un aviso de la Guardia Civil.

Atendieron una llamada por un turismo calcinado en un descampado de la zona trasera del polígono de Fuenteciega.

Lo confirmaron en el sitio hace algunos minutos.

Tardaron en identificarlo, porque fue necesario hacerlo por el número de bastidor.

Se trata del Dacia blanco robado. Ya el perímetro está asegurado y nos avisaron en cuanto comprobaron que el coche es parte de una investigación abierta.

Ya le notifiqué a Científica y van en camino.

Néstor se apartó de la vía y permaneció un momento en silencio, mientras meditaba acerca del hallazgo y los siguientes pasos que debían seguir.

—Es un descubrimiento crucial. Comunícate con Lali y pídele que convoque a una reunión urgente en una hora.

—Sí, señor.

Salazar regresó a la vía y continuó su camino.

En cuanto llegó a la comisaría, se fue directo a su despacho para revisar la información actualizada y organizar sus ideas.

A la hora fijada para la reunión que él mismo había convocado, bloqueó el ordenador y subió al segundo piso.

Allí encontró al resto del equipo, cada uno centrado en su propia tarea.

En cuanto cruzó la puerta, comenzó el intercambio de datos.

Remigio informó acerca del mecánico, su coartada y el peritaje del vehículo pendiente. Miguel fue el primero en reaccionar.

—No me gusta. El tipo tiene antecedentes por secuestro exprés, el chico desaparece a dos calles de su taller y resulta que justo ese día, un vecino que paseaba a su perro lo ve llegar a la hora precisa. Demasiada casualidad.

—No era la primera vez que lo veía —argumentó Remigio—. La hora de paseo del perro coincide con la llegada del mecánico a su casa. Y Cuéllar no lo mencionó cuando lo interrogué.

Ángela asintió.

—Eso es lo que le da peso a la coartada. Si hubiera querido fabricarla, habría mencionado al vecino, pero no lo hizo.

Salazar, que había estado escuchando sin intervenir, rodeó su barbilla con la mano.

—Nos fijamos en él por sus antecedentes, pero eso no lo convierte en culpable.

Miguel resopló.

—Aun así, Cuéllar estaba demasiado cerca del punto de desaparición.

—Cerca, sí —admitió Remigio—, pero no en dos sitios a la vez. Si el vecino dice la verdad, Cuéllar estaba en su casa cuando el chico desapareció.

Néstor asintió.

—De momento lo dejaremos hasta ahí. Remigio, espera el informe del vehículo. Si el peritaje no encuentra nada raro, cerraremos esa línea.

Miguel se echó hacia atrás en la silla.

—¿Y si el resultado del peritaje es positivo?

Salazar frunció el ceño.

—Entonces, volveremos sobre él. ¡Ángela!

Después de notificar al equipo acerca de la aparición del Dacia robado, la subinspectora expuso los resultados de sus indagaciones.

—… En la bodega no hay nada que apunte a una implicación actual.

Lo único reseñable es que hace años hubo una investigación por irregularidades contables…

un presunto desfalco. Intervino la Policía, se instruyó la diligencia y el asunto quedó cerrado.

Muchos de los empleados mencionados en los informes ya no trabajan allí.

Miguel intervino, antes de que alguien pudiera opinar.

—Pues yo creo que he dado con algo… He investigado al pariente de Unai que preguntó por él en su barrio.

Lo ahogan las deudas. Están a punto de embargarle el piso por atrasos en la hipoteca.

Además, tiene plazo hasta finales de este mes para ponerse al día con la luz y el agua, antes de que le quiten los servicios.

—Eso es muy interesante, Miguel —reconoció el inspector jefe—. Solicita una citación para que lo interrogues mañana a primera hora. Mientras tanto, averigua todo lo que puedas acerca de él: verifica su domicilio, entorno y vehículos a los que tiene acceso.

—Muy bien.