La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 16
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Capítulo 16

E n cuanto salieron de la sala de interrogatorios, Telmo le preguntó a su superior qué opinaba de Romero. El inspector sacudió la cabeza.

—Tiene demasiadas papeletas como para descartarlo por completo, todavía.

En el caso de que el chico hubiera descubierto de qué se trataba el documento que le había guardado, y amenazara con delatarlo, habría sido el final de la carrera de Romero como enólogo.

Eso podría ser suficiente motivo para hacer callar al chaval.

—¿Y qué opina de la coartada?

—Reconozco que es sólida, pero, aunque él no fuera el ejecutor del secuestro, existe la posibilidad de que contara con la ayuda de algún cómplice.

A partir de ahora, no lo consideraremos el principal sospechoso, pero lo mantendremos en la lista como una opción.

Ocúpate de elaborar el informe del interrogatorio.

—Sí, jefe.

El subinspector asintió y ambos bajaron las escaleras.

Telmo regresó a la sala común, mientras Salazar continuaba descendiendo en dirección a su despacho.

Apenas habían transcurrido algunos minutos después de haberse instalado en su escritorio, cuando recibió una llamada en su móvil.

En la pantalla apareció el nombre de Rebeca, así que respondió de inmediato.

—Si me llamas a esta hora es porque tienes algo.

—Me conoces bien. No podría decir que se trata de una pista, pero activó mis alarmas.

—Te escucho.

—Según la madre de Unai, desde hace algunas semanas, el chico estaba llegando a casa un poco más tarde de lo habitual. Decía que se había entretenido, pero nunca explicó por qué.

—¿Todos los días?

—No, pero sí con la suficiente frecuencia para convertirse en costumbre. Además, Ainhoa comenta que algo parecía mantener su mente ocupada. No puede asegurar que estuviera preocupado, pero sí un poco distraído.

—Eso es interesante. ¿No le preguntó el motivo?

—Sí, pero Unai le dijo que no tenía importancia. Que solo era que se acercaba la fecha de los exámenes. A ella le pareció una explicación coherente, así que no insistió. Hay otro detalle que me preocupa: Ainhoa me dice que en los últimos días, él cerraba el portátil cuando ella aparecía.

—Podría ser exceso de celo por su privacidad. Es muy propio de los adolescentes.

—El detalle es que antes no lo hacía.

Salazar cambió de postura y sostuvo el teléfono con más fuerza.

—¿La madre tiene alguna idea de qué estaba pasando?

—No. Ella pensó que quizá se trataba de algún interés amoroso de adolescente, así que no le dio importancia.

—Es una información interesante. Continúa conversando con ella. Es posible que surja algún dato que nos ayude a orientarnos.

—De acuerdo. Te mantendré al tanto.

Salazar terminó la llamada y tomó nota: «Cambio de rutina, preocupación, actitud furtiva». Frunció el ceño y golpeó un par de veces el cuaderno de notas con el bolígrafo, mientras pensaba.

— El chaval estaba en medio de algo —murmuró para sí mismo—, pero ¿de qué?

Salazar se levantó de la silla como si esta fuera un asiento eyector, se aseguró de tener las llaves del Clío en el bolsillo y salió del despacho. Media hora después, aparcaba frente al «Instituto Río Tirón».

A esa hora, las clases del turno de día ya habían terminado, los pasillos estaban medio vacíos y algunos estudiantes nocturnos entraban con sus mochilas colgadas al hombro.

Preguntando a los chavales, Néstor llegó hasta la oficina del director.

En cuanto se identificó, la secretaria lo anunció y le dio paso al despacho de su jefe.

Lo recibió un hombre de mediana edad con entradas pronunciadas.

—Inspector, estaba a punto de marcharme. ¿En qué puedo ayudarlo? ¿Hay noticias de Unai?

—Me temo que todavía no, señor Vargas. Seguimos investigando. Estoy aquí, porque me gustaría hacerle algunas preguntas.

El director asintió, y con un gesto, invitó a su visitante a ocupar la silla frente a él.

—Por supuesto. Usted dirá.

Salazar se sentó.

—Necesito saber cómo se comporta Unai en el instituto.

Vargas entrelazó los dedos.

—Es uno de los mejores estudiantes de su clase. Es curioso, perfeccionista y tiene vocación. Nunca ha dado problemas.

—¿Sabe si tiene amigos o algún confidente?

—Eso no se lo puedo asegurar, pero de acuerdo con sus maestros, es reservado y discreto.

—¿Alguna vez ha tenido problemas con alguno de sus compañeros o con cualquier profesor?

—No, que yo sepa. Al menos, nada tan grave como para que trascendiera a esta oficina. Si todos los estudiantes fueran como Unai, mi trabajo sería mucho más fácil.

—En los últimos días, ¿notó que estuviera preocupado?

El director se quedó pensativo por un par de segundos.

—No noté nada extraño, pero tenga en cuenta que mi contacto con los estudiantes no es tan directo. Y Unai es un joven tranquilo que no da problemas, así que tendría que haber sido un cambio muy evidente para que llamara mi atención.

—Comprendo —Salazar suspiró—. Me gustaría hablar con alguno de sus compañeros de clase.

—Por supuesto, inspector.

El director se comunicó con la secretaria y le solicitó que localizara a algún chico que compartiera alguna clase con Unai. Pocos minutos después, la mujer llamó a la puerta, se asomó y dio paso a un joven que era todo brazos y piernas.

—Entre, Alonso —lo animó Vargas—. El inspector quiere hacerle algunas preguntas sobre su compañero: Unai Ibáñez. Por favor, haga lo posible por colaborar.

—Eh… sí, señor.

—¿Eres amigo de Unai? —preguntó Salazar.

El chico se encogió de hombros.

—Más o menos. Compartimos algunas clases.

—¿Cómo lo describirías?

—Normal… Le entusiasma todo lo que tiene que ver con el vino… Siempre le está haciendo preguntas a los profes.

—¿Lo has visto en los últimos días?

—Sí, en clase. A veces. Cuando no nos tocaban prácticas en la bodega y coincidíamos en el aula.

—¿Alguno de esos días hablaste con él?

—Eh… sí, hace un par de días, al terminar la clase, pero solo para hacerle una pregunta rápida sobre el horario. Me respondió y se marchó. Comentó que tenía prisa.

El inspector entornó los ojos.

—¿Te dijo cuál era el motivo de su prisa?

El chico asintió.

—Sí, me dijo que tenía que marcharse, antes de que cerraran la biblioteca.

—¿La biblioteca del instituto? —preguntó Salazar.

—No lo creo. A esa hora, la biblioteca de aquí ya estaba cerrada.

El policía asintió despacio.

—¿Te pareció que estaba preocupado?

Alonso negó con la cabeza.

—No, señor. Bueno… quizá parecía un poco distraído, pero eso es normal en Unai.

Néstor tomó nota mental y asintió.

—Gracias, hijo. Me has ayudado mucho. Puedes marcharte.

En cuanto el chaval salió, el policía se despidió del director y abandonó el despacho.

Cuando llegó a la calle, el inspector se quedó pensando durante un momento en el aparcamiento, junto al Clío.

Una frase se repetía una y otra vez en su cabeza como un gusano musical: «Me voy, antes de que cierren la biblioteca».

¿Cuál biblioteca? La urgencia que había demostrado Unai la convertía en un lugar de interés, así que Salazar se propuso encontrarla.

El chaval se desplazaba en bicicleta y por lógica, no debería estar lejos.

El inspector sacó su móvil, abrió el mapa de Haro y localizó la biblioteca más cercana al instituto.

Néstor subió al Clío y pocos minutos después aparcó frente a la Biblioteca Municipal Gonzalo Ruiz de la Peña.

Ya casi era la hora del cierre, así que la encontró casi vacía.

Cuando entró, lo recibió el silencio espeso del respeto por el espacio ajeno, solo roto por alguna tos ocasional o el roce de una silla sobre el suelo.

Percibió el inconfundible olor avainillado de los libros, que le habría permitido identificar dónde se encontraba, incluso con los ojos cerrados.

Cuando entró en la amplia sala, alcanzó a ver a la bibliotecaria internándose en los pasillos, en busca de un libro que le habían solicitado.

Detrás del mostrador se encontraba un chico joven, con aire ausente y auriculares colgando del cuello, que se mantenía ocupado en clasificar los libros devueltos.

Salazar le mostró su identificación. El joven paseó la mirada de la credencial a la corbata de aguacates y enarcó las cejas. El inspector aceptó el escrutinio con paciencia.

—Quiero hacerte algunas preguntas sobre un usuario. Es un chico de diecisiete años y suele venir por aquí. En especial durante los últimos días.

El asistente se encogió de hombros.

—Aquí viene mucha gente, inspector.

Néstor asintió, sacó su móvil y le mostró la foto de Unai.

—Ah, sí. Sí lo he visto. Ha venido varias veces, pero nunca ha pedido libros ni se ha quedado leyendo en las instalaciones. Solo usaba los ordenadores.

—¿En qué horario solía aparecer por aquí?

—Por lo general, al final de la tarde o el sábado por la mañana. Suele usar el equipo del fondo, a menos que lo encuentre ocupado.

—¿Lo has visto hablar con alguien? ¿Hacer o recibir llamadas?

—No.

—¿Te llamó la atención algo más?

El ayudante dudó.

—Ahora que lo dice… Quizá fueran ideas mías, pero la última vez que el chico estuvo aquí, había un hombre…

era extraño… no pidió ningún libro, ni tampoco usó ningún ordenador.

No se quitó la gorra y llevaba el cuello de la chaqueta muy alto.

Le cubría parte del rostro. Trajo una revista bajo el brazo y se sentó allí, en aquella mesa…

Para serle honesto, parecía más interesado en observar a ese chaval que en leer su revista.

Salazar frunció el ceño.

—¿En algún momento trató de hacer contacto con él?

—No, que yo viera.

—¿Recuerdas algo más?

El ayudante negó con la cabeza.

Salazar se quedó un segundo mirando los ordenadores del fondo. Todos apagados. Pantallas negras, que reflejaban una sala casi vacía.

—Si volvieras a ver a ese hombre, ¿serías capaz de reconocerlo?

—Creo que sí.

Con el móvil en la mano, el inspector buscó la rueda de reconocimiento fotográfico del sujeto del bar, que le había enviado Miguel.

—Voy a enseñarte varias fotografías. Puede que la persona que viste esté entre ellas… o puede que no. Míralo con calma y dime si reconoces a alguien.

—Vale —El joven observó cada fotografía con cuidado. Luego negó con la cabeza—. No es ninguno de estos.

—¿Estás seguro?

—Por completo.

—¿Notaste algo más que te llamara la atención durante las visitas del chico?

El asistente dudó por un momento.

—Ahora que lo menciona… No estoy seguro de que tenga importancia. Quizá no tenga nada que ver.

—No importa. ¿Qué fue lo que viste?

—No fue el mismo día. Se trata de otro hombre. Lo vi desde la ventana del fondo, que da al aparcamiento. No le quitaba la mirada de encima a la puerta, como si esperara a alguien. En cuanto el chico se marchó, él también.

—¿Tampoco está entre esas fotografías?

—No. Ese era otro.

Salazar suspiró. ¿Cuántos sujetos seguían al chaval? ¿En qué lío se había metido? Volvió a centrarse en su testigo.

—El hombre del aparcamiento, ¿se fue detrás del chico?

—Eso no lo sé. Lo que sí puedo decirle es que en cuanto el chaval salió, él tiró el cigarrillo que tenía en la mano y se fue en dirección al aparcamiento.

—¿Alguna vez coincidieron ambos sujetos?

—No, que yo viera, pero tampoco me atrevería a descartarlo.

Salazar le entregó una tarjeta.

—Gracias. Has sido de mucha ayuda. Por favor, llámame si recuerdas algo más. No importa la hora del día o de la noche.

—De acuerdo.

Después de despedirse con un gesto, Salazar se dirigió a la salida. ¿Quiénes eran los misteriosos hombres que vigilaban a Unai en la biblioteca? ¿Por qué el primo de su difunto padre hacía preguntas sobre la rutina del chico? ¿En qué lío se había metido el chaval?