La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 15.
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Capítulo 15.

S alazar y Telmo entraron a la sala de interrogatorios del tercer piso, donde aguardaban Romero y su abogado.

La habitación estaba cargada de humedad y de ese ambiente pesado que rodea al miedo.

El inspector avanzó despacio y sin mirar a nadie, como si la sala estuviera vacía.

Romero se removió inquieto en su asiento y el abogado se limitó a mirarlo de reojo.

Salazar se sentó frente al sospechoso con la atención centrada en la carpeta que llevaba en la mano, la depositó sobre la mesa y comenzó a revisar los papeles que contenía muy despacio.

El clic de la cerradura a su espalda le anunció que la puerta ya se había cerrado y no necesitó mirar atrás, para saber que Telmo estaba ahí de pie, con las piernas separadas en una amplia base de sustentación y los brazos cruzados como un escudo.

De repente, el inspector levantó la mirada y habló con voz firme.

—Señor Antonio Romero… ¿Desde cuándo trabaja en la bodega Umbravara?

—Desde hace once años.

—Once años… Es mucho tiempo. Suficiente para que conozca bien el funcionamiento de todos los aspectos del negocio. Debe estar al día con horarios, accesos, equipos…

Romero ignoró el carraspeo del abogado y respondió.

—Sí, claro.

Salazar se recostó en el respaldo de su silla.

—Explíqueme en detalle: ¿cuál es su relación con Unai?

Romero se acomodó en el asiento y comenzó a hablar sobre formación, responsabilidad y vocación. Néstor echó un vistazo a su espalda y vio a Telmo con el ceño fruncido y la mirada clavada en el sospechoso. El inspector volvió a centrar su atención en el tutor.

—Dígame, señor Romero, ¿también tutela a Unai fuera de las horas laborales?

Antonio parpadeó.

—Yo… En ocasiones lo ayudo con sus trabajos académicos, pero solo si me lo pide.

—¿Ocurre con frecuencia?

El tutor miró a ambos lados, como si buscara la respuesta en las paredes. El abogado intervino:

—Mi cliente ya ha explicado que su relación con Unai Ibáñez es tan solo profesional.

Salazar sonrió.

—Perfecto. ¿Todo bien dentro de la bodega, señor Romero?

—¿A qué se refiere?

—A su labor como empleado. Al cumplimiento de sus responsabilidades.

El abogado volvió a intervenir.

—Esa pregunta no se relaciona con el joven desaparecido, ni viene al caso. Mi cliente ya ha dejado claro que es un trabajador ejemplar que lleva once años en la empresa…

—Yo… todo bien —balbució Romero.

—Entonces, no le importará aclarar esto.

El inspector deslizó un papel sobre la mesa. No lo acercó demasiado. Solo lo suficiente para que Romero pudiera verlo

—¿Qué es…?

—Como puede comprobar, se trata de una amonestación interna que le hizo su jefe, por hacer uso personal de recursos de la bodega, fuera de su horario laboral.

Antonio se mordió los labios, antes de responder.

—Mi abogado ya se lo dijo. Eso no tiene nada que ver con el chico.

—Todavía no hemos dicho que lo tenga —respondió Telmo con voz suave, detrás de Salazar—. Solo estamos comprobando detalles.

El inspector aprovechó la intervención para contraatacar.

—¿Para qué usó los recursos de la empresa, Romero?

—Yo… solo estaba investigando algunas ideas propias. No hice nada ilegal.

—¿Y por qué no lo hizo con sus propios recursos? —preguntó Telmo, imprimiendo un tono malicioso a su voz—. ¿Por qué usaba los de la bodega?

Romero bajó la vista y guardó silencio. El abogado inclinó la cabeza hacia su cliente, pero antes de que tuviera oportunidad de aconsejarle, el tutor levantó la mirada y respondió.

—En la bodega tenía todos los equipos que necesitaba… Era más cómodo.

Salazar sacudió la cabeza despacio y chasqueó la lengua en señal de decepción.

—Esos equipos pertenecen a la empresa, señor Romero. Haberlos usado fue deshonesto. Y es evidente que sus jefes no se lo tomaron bien cuando lo descubrieron.

Antonio se removió en la silla sin responder. Salazar hizo una pausa estudiada, antes de continuar.

—Cuando encontramos una carpeta cifrada en el usuario de Unai, usted se puso nervioso. ¿Por qué?

El tutor dirigió una rápida mirada a su abogado, como si esperara auxilio por ese lado. El defensor se mantuvo en silencio, así que Romero bajó la cabeza y respondió.

—Yo… me preocupé porque le había pedido al chaval que me guardara un documento con algunos datos. Me asaltó el temor de que ustedes me acusaran de algo si lo descubrían.

Telmo se acercó, se inclinó hacia adelante y apoyó las manos en la mesa.

—¿Por qué le pidió eso al chaval? ¿Por qué lo involucró?

Romero abrió la boca, la cerró y volvió a mirar a su abogado, pero este seguía impasible.

—Porque… —tragó saliva— porque era más fácil que ese documento pasara desapercibido en el servidor de un pasante.

—¿Qué fue lo que el chico guardó para usted? —preguntó el inspector con voz calmada.

—Yo… era un control de horas para trabajos particulares.

Salazar entornó los ojos. En efecto, aquel fue uno de los documentos que Toni encontró en el servidor del chaval. Romero se removió incómodo. Salazar se dio algunos segundos para llegar a conclusiones, antes de reanudar el interrogatorio.

—Lo que está reconociendo es que usted usó al chico para ocultar sus irregularidades.

El tutor se echó hacia atrás, como si hubiera recibido una bofetada.

—¡No lo usé! —se defendió Romero—. Él no sabía nada cuando lo copió en su usuario. Yo solo… le pedí que me guardara alguna información que me interesaba. No tiene nada que ver con lo que le pasó.

—Antonio —dijo Salazar, bajando la voz—, hay un chaval desaparecido. Su pupilo. Alguien lo secuestró porque «vio algo que no debía». Y usted ocultó información en su usuario. ¿De verdad espera que no unamos puntos?

Romero negó con la cabeza y sacudió las manos, en actitud suplicante.

—¡Les juro que yo no le hice nada! Ese documento no representaba un peligro para nadie.

—Salvo para usted —sentenció Salazar.

El abogado intervino de inmediato:

—Mi cliente no tiene nada que ver con la desaparición. Y no va a responder más sobre cuestiones laborales, sin una orden judicial.

Salazar se recostó en la silla.

—Todavía no le estamos acusando de nada, pero le advierto algo, Romero: será mejor que no haya puesto al chaval en peligro, porque si lo hizo, yo mismo me encargaré de que caiga sobre usted todo el peso de la Ley.

El tutor bajó la mirada. Telmo, de pie junto a Salazar, volvió a cruzar los brazos, antes de formular la pregunta crucial:

—¿Dónde estuvo ayer entre las 19 y las 20 horas?

Romero tensó los músculos de la mandíbula.

—Yo… salí más temprano que de costumbre, porque tenía una cita médica programada en Haro… Ya la había pospuesto demasiado.

Al mismo tiempo que el tutor pronunciaba esas palabras, el abogado deslizó un justificante sobre la mesa.

Salazar lo revisó y se lo pasó a Telmo. Dejaba constancia de la fecha y hora de la cita y de la asistencia del paciente.

Los policías se miraron entre sí. El documento descartaba a Romero como autor material de los hechos.

El inspector guardó el comprobante en la carpeta.

—Muy bien, señor Romero. Manténgase localizable. Es posible que necesitemos volver a entrevistarlo. Puede marcharse.

Antes de que el tutor pudiera responder, Salazar y Telmo abandonaron la sala.