Capítulo 14.
A l salir de la Jefatura Superior, Salazar consultó su reloj: todavía faltaban cuarenta y cinco minutos para la hora de la citación del tutor a declarar, así que el inspector decidió regresar a San Miguel y prepararse.
Una vez en la comisaría, se encaminó a su despacho y mientras esperaba, revisó los archivos del servidor que Toni le acababa de enviar.
Después de analizar el documento que había levantado las sospechas del informático, Salazar decidió comunicarse con el gerente, quien respondió al tercer timbrazo.
—¿Ríos? Soy el inspector Salazar. Le estoy llamando de nuevo por un documento que encontramos en el servidor de la bodega.
Se trata de un archivo financiero con algunos ajustes recientes.
Nada espectacular, pero quisiera entender el contexto.
Se trata de la «Reclasificación de costos de producción», de julio del año pasado.
Hubo un segundo de silencio.
—¡Ah! Sí, ya sé cuál es.
Salazar frunció el ceño ante el reconocimiento.
—¿Usted lo ha revisado?
—Yo no, pero lo vio nuestro asesor financiero. Aunque es externo, lleva años trabajando con nosotros y conoce bien todos los detalles que se refieren a los balances de la empresa.
—¿Cuál fue su conclusión?
—Nos dijo que esas variaciones no tenían mayor importancia. Que se trataba de ajustes técnicos referentes al cierre del ejercicio.
Salazar entornó los ojos.
—Las cifras son bastante precisas.
—Sí, Maza es muy meticuloso. Siempre lo ha sido.
—¿Se le ocurre algún motivo por el que este documento pudiera relacionarse con la desaparición del chico?
—No. En absoluto. Unai no tenía nada que ver con los aspectos financieros de la bodega.
El inspector tamborileó con el bolígrafo sobre la mesa, mientras hablaba.
—¿Se le ocurre alguna explicación por la cual el chico decidiera guardar ese documento en su usuario?
—No lo sé… Quizá lo abrió por error o por curiosidad… Los servidores compartidos generan ese tipo de confusiones.
Salazar dejó pasar un segundo, al mismo tiempo que reconocía que esa explicación no le parecía satisfactoria.
—De acuerdo. ¿Me puede dar el nombre completo del asesor?
—Por supuesto. Su nombre es Juan Maza. Trabaja en Maza & Quintana. Consultores Asociados. Comenzó aquí, en la bodega. Luego se marchó para abrir su propia oficina, así que nos asesora desde hace mucho tiempo —Néstor tomó nota— Si necesita algo más…
—De momento, es suficiente. Lo llamaré si surge alguna otra duda. Gracias.
Después de terminar la llamada, el inspector buscó el número telefónico de la consultoría y lo marcó. Respiró profundo mientras esperaba que le respondieran. La voz de una secretaria aburrida le pidió que aguardara un momento y trasladó la llamada a su jefe.
—Aquí Maza, dígame. ¿En qué puedo ayudarle?
Salazar se identificó.
—Lo escucho, inspector.
La voz era tranquila y profesional. El policía le expresó sus dudas acerca del documento sospechoso y las pequeñas irregularidades que habían detectado.
—¡Ah, sí! Lo recuerdo. Lo vi hace algún tiempo. El señor Ríos también se preocupó en su momento. Quería saber si todo estaba bien, antes de presentárselo al señor Umbravara, así que lo revisé, pero no encontré nada extraño. Esas variaciones son pequeños ajustes.
—¿Puede precisar a qué tipo de ajustes se refiere?
—Ajustes de cierre para cuadrar desviaciones menores… Es un procedimiento habitual en ese tipo de documento.
El policía tomó nota mental.
—Las cifras son muy precisas.
—Eso es normal cuando se trabaja con costes acumulados… Si necesita un informe más detallado, puedo prepararlo, pero, para ser honesto, inspector, no creo que ahí encuentren nada importante.
—De acuerdo. Gracias por su tiempo.
En cuanto terminó la llamada, Salazar dejó el móvil sobre la mesa, tomó nota del nombre de Maza para futuras consultas y decidió esperar el veredicto del peritaje de Científica, acerca del documento.
Después de volver a mirar la hora, comprobó que tenía suficiente tiempo para una reunión rápida con su equipo, antes de la citación, así que bloqueó su ordenador y salió del despacho.
Subió al segundo piso. La sala común lo recibió con el murmullo habitual de los teclados, el olor del café de máquina y los papeles moviéndose de una mesa a otra.
Todos sus colegas se encontraban ocupados, con la atención centrada en sus correspondientes pantallas.
Miguel levantó la mirada en cuanto escuchó sus pasos.
—¡Mira quién aparece! Pensábamos mandar una patrulla a rescatarte del despacho.
—Me alegra ver que el humor te sigue funcionando, aunque las neuronas estén de asueto. Ya veo que me echabas de menos, Miguel —Salazar se llevó una mano al pecho con gesto teatral—. Me conmueve. Ahora, dejémonos de pijotadas y vamos a trabajar.
Después de poner al día a su equipo, acerca de los resultados de Científica, las conclusiones de Toni y el contenido de la carpeta encriptada, se dirigió a Ángela.
—¿Has encontrado algo?
La subinspectora cambió de postura y sacudió el bolígrafo, mientras hablaba.
—Ya revisé todas las cámaras privadas que hay en la L-202.
Miguel parpadeó.
—¿Todas?
—Todas las que funcionan —precisó ella—. Gasolineras, accesos a fincas, un par de almacenes agrícolas… lo que Ander encontró por el camino.
—¿Algún resultado? —preguntó Salazar.
—Las cámaras del entorno de Anguciana confirman lo que mostraron las grabaciones de tráfico. Unai salió de la bodega a las 19:30 y recorrió la carretera hasta el arcén, sin detenerse ni seguir ningún desvío. A partir de ahí, ya no hay señales de él.
Salazar escuchó con los brazos cruzados y una seriedad poco habitual en él.
—De acuerdo. Eso no deja lugar a duda. El chico fue interceptado en el arcén y la bicicleta que se encontró allí era la suya.
—Además, es evidente que el sujeto que lo interceptó conocía bien la carretera —opinó Remigio.
El inspector jefe asintió.
—Eso, o la estudió antes de cometer el secuestro. En este asunto no hay una pizca de improvisación. Telmo, ¿qué puedes decirnos sobre el coche?
El subinspector cambió de postura y se inclinó sobre la mesa.
—El coche sospechoso ya tiene historia.
Miguel cruzó los brazos.
—Dispara.
—Se trata de un Dacia Logan blanco. Está registrado a nombre de un comercial de Logroño. Denunció el robo diez días antes del secuestro.
Remigio frunció el ceño.
—Eso implica una planificación desde hace tiempo.
Telmo asintió.
—Eso pensé yo. Hablé con él esta mañana. Tiene una coartada sólida. Estuvo trabajando fuera de La Rioja esos días. Me envió las facturas, pasaje de tren, hotel… todo encaja.
Salazar entornó los ojos.
—Así que el sujeto que se llevó a Unai robó el coche y lo ocultó durante diez días. Eso implica…
—Que disponía de un lugar discreto donde podía esconderlo —intervino Remigio, cerrando la idea.
—Tal vez el mismo lugar donde ahora retiene a Unai —sugirió Ángela.
Néstor asintió.
—Buena observación. Continúa, Telmo.
El subinspector se levantó y se acercó al mapa de Haro.
—Sí, jefe. También hice un seguimiento con las cámaras.
Aquí fue captado por la primera… Es la cámara que está en el acceso norte de Haro, pero el coche ya aparece circulando por el tramo.
La cámara está orientada hacia la vía principal.
El Dacia pudo incorporarse desde la rotonda, desde Anguciana o desde cualquiera de los caminos de viñedos que desembocan en ese punto.
Por desgracia, la cámara no cubre ninguna de esas vías secundarias.
Si el coche salió de alguna de ellas, no lo habría captado al entrar.
Miguel cogió aire y lo retuvo.
—¿A qué hora apareció por primera vez?
—Diecinueve cero ocho. Quince minutos después, apareció en la segunda cámara que consiguió captarlo.
—¿Dónde está esa? —preguntó Remigio.
—En la entrada de una bodega.
—¿Sentido?
—Hacia Haro, jefe. La última cámara lo captó reduciendo la velocidad cerca del arcén donde apareció la bicicleta. Llegó a ese punto a las diecinueve veinte.
Salazar suspiró.
—¿Hay alguna captura después de que dejó el arcén?
—Solo una, a pocos metros. Luego desaparece. No vuelve a salir en ninguna cámara.
—Entonces, tuvo que coger un desvío entre esas dos cámaras —opinó Miguel.
Telmo señaló el mapa.
—Sí, pero me temo que existe más de una salida en este tramo. Y algunas de ellas se ramifican.
Salazar se quedó pensativo unos segundos.
—Eso significa que el conductor conocía la zona… o que la estudió con anticipación.
—Conocía la zona y sabía cuáles eran las rutinas de su víctima —comentó Remigio—. Este sujeto no dejó un ápice a la improvisación.
El inspector jefe dejó escapar un suspiro.
—De acuerdo. Creo que tenemos claro qué fue lo que ocurrió en esa carretera. Ahora necesitamos averiguar por qué. Ángela, solicítale la ampliación de la orden de registro de la bodega al juez, para que nos autorice a revisar sus finanzas. En cuanto la recibas, envíasela a Toni.
—Sí, señor.
—¿Has considerado la posibilidad de que el secuestrador fuera un depredador que escogió su víctima al azar? —preguntó Remigio.
Salazar negó con la cabeza.
—No lo creo. Ha demostrado ser demasiado cuidadoso y en una carretera como esa, el sujeto habría tenido pocas probabilidades de capturar una víctima propicia por azar.
El inspector jefe se volvió hacia la subinspectora.
—Ángela, quiero que te ocupes de investigar a la bodega.
Céntrate en denuncias archivadas, inspecciones administrativas, auditorías internas nunca cerradas y expedientes «incómodos».
También debes revisar si existen compras grandes o inusuales, reservas canceladas o movimientos bancarios sospechosos.
—Sí, señor.
—Remigio. ¿Has conseguido averiguar algo sobre el mecánico?
Toro asintió.
—Hice algunas indagaciones con su agente de libertad condicional. Cuéllar está limpio sobre el papel. Cumple con las presentaciones y no ha vuelto a tener problemas desde que salió.
—¿Algo más? —preguntó Salazar.
Remigio se encogió de hombros.
—No, pero no me atrevo a sacar ninguna conclusión. Quiero decir… Cuéllar es de los discretos. Vive solo, trabaja por cuenta propia y no se relaciona demasiado con nadie. No encontré amigos, pareja ni confidentes. Sus vecinos solo lo conocen de saludo y no tiene redes sociales.
Salazar frunció el ceño.
—Antecedentes por secuestro, conoce la zona y sin coartada. Encaja demasiado bien. Lo mantendremos como sospechoso, hasta que podamos descartarlo.
—Es lo que yo había pensado. Solicité una orden de registro al juez para su coche.
Científica ya lo recogió y deben estar revisándolo en este mismo momento.
Además, en cuanto termine este informe, visitaré su barrio —Remigio consultó su reloj—.
Puedo llegar a tiempo para estar ahí a la misma hora en que ocurrió el secuestro.
Quizá encuentre algún testigo que nos permita relacionarlo con el chaval.
Salazar asintió.
—Buena idea, Remigio. Mantenme informado. ¿Qué puedes decirme tú, Miguel? ¿Averiguaste quién es el hombre del bar?
Miguel se levantó y pegó una fotografía en el tablero, mientras hablaba.
—Aquí lo tenéis… Usé la imagen del sujeto captada por la cámara para comprobar las bases de datos abiertas.
No tiene antecedentes, pero tuvimos suerte: conseguí identificarlo, gracias a sus redes sociales.
Ya hice la comprobación con el testigo. Su nombre es Víctor Arístegui y es primo del padre de Unai.
Preparé una batería de imágenes similares, junto con la fotografía del sujeto —Miguel comenzó a manipular su teléfono y los móviles del resto del equipo anunciaron la entrada de un mensaje—. Esto puede resultar útil.
—Buen trabajo —lo felicitó Néstor, mirando las imágenes en su propio teléfono.
Miguel dibujó una sonrisa apenas perceptible. Antes de que Salazar pudiera hacer ningún comentario, Lali interrumpió la reunión.
—Inspector jefe. Su testigo acaba de llegar. Vino acompañado por su abogado.
—Excelente. Ven conmigo, Telmo. Veamos qué tiene que decir el tutor de Unai.
En cuanto Salazar dio por finalizada la reunión, Remigio recogió su chaqueta para salir, dispuesto a indagar más sobre el mecánico, mientras Miguel y Ángela regresaban a sus correspondientes escritorios. Al mismo tiempo, Salazar y Telmo salieron de la sala, en dirección al tercer piso.