La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 13
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Capítulo 13

U n par de horas después de la reunión de equipo, Salazar consiguió recabar toda la información posible acerca del tutor.

Había comprobado que no tenía antecedentes.

Era casado, con dos hijos preadolescentes, que asistían a una escuela pública.

Conducía un Renault Mégane y vivía en un piso de la calle Donantes de Sangre, del cual debía casi toda la hipoteca.

Nada reseñable, pero tampoco había indicios por los que pudiera descartarlo.

El inspector permaneció pensativo durante algunos segundos, calibrando cuál sería su siguiente paso, mientras esperaba la hora de la citación.

El tiempo era crucial, así que consideró que no estaría de más meter un poco de caña a Científica.

Sin pensarlo más, cogió su gabán, salió de la comisaría, y se encaminó hacia la Jefatura Superior en Logroño.

Cuando llegó a su destino, llevaba una bolsa de papel en la mano que contenía un capuchino doble especial para llevar.

Néstor bajó del coche, abrió el maletero y cogió un paquete de magdalenas sin azúcar, que metió en la bolsa de café.

Ya estaba listo para entrar en la Jefatura.

Una vez en el laboratorio, Casimiro le arrebató lo que traía en la mano, echó un vistazo en el interior y resopló con hastío.

—¡Tan cutre como siempre! Tú no te rascas el bolsillo, ¿verdad? No, claro, ¡cómo es para el tonto útil de Casimiro, ese se conforma con cualquier cosa! Pues te advierto que, si vienes a pedirme milagros, has llegado en mal momento. Nunca los hago cuando tengo hambre.

—No sería capaz de presionarte de ese modo, Casi.

—Serás… ¡pero si acabo de llamarte a la comisaría! ¿Qué crees que puedo haber descubierto en las últimas dos horas, zopenco?

—No es por meterte prisa, Casi. Es solo que me gustaría ver con mis propios ojos los artefactos caseros para pinchar ruedas.

También quisiera revisar las fotografías de las huellas.

Esas dos evidencias son fundamentales para comprender qué fue lo que le ocurrió al chico.

Tenemos que ser muy meticulosos. La vida del chaval corre peligro y hay una madre angustiada que lo espera en casa…

—No sé por qué te dejo hablar. Reconozco que desde que te llamé por teléfono, el equipo siguió trabajando con las muestras recogidas en el arcén y conseguimos algunos avances, pero ¡te lo advierto!

Todavía no son conclusiones, aunque reconozco que sí son indicios interesantes.

Así que tú verás si les sacas provecho. Apechugarás con lo que tenemos. Para lo demás, necesitamos tiempo.

—Por supuesto, Casi.

El jefe Barros dio un sorbo al café y gruñó. Entonces, se acercó a una de las mesas y cogió una bolsa de pruebas rotulada, con un artefacto poco común en su interior. Se la entregó al policía.

Salazar vio cinco trozos de manguera, cada una atravesada por tres clavos que las cruzaban por el centro. Casimiro señaló la bolsa.

—Como puedes ver, es una trampa artesanal. Rústica, pero efectiva. Esto se puede conseguir en cualquier ferretería y nadie recordará al cliente que lo compró. No creo que os lleve a nadie concreto, aunque implica preparación previa.

Salazar lo pensó por un momento.

—Es cierto. Sin embargo, todavía no podemos estar seguros de que la elección de la víctima también formara parte del plan. Quizá Unai solo estaba en el lugar y el momento equivocados.

—Esas consideraciones ya os las dejo a vosotros. Yo me limito a interpretar las señales.

—En cualquier caso, esto no nos lleva muy lejos —reconoció el inspector—. Además de que los materiales se consiguen en cualquier ferretería, no hay que ser un manitas para hacerlos.

—Te lo dije, mastuerzo —se quejó Casimiro, dando un mordisco a una magdalena y acompañándola con un sorbo de café—. No sé por qué te empeñas en hacerme perder el tiempo.

—¿Y las huellas?

El jefe Barros tragó, al mismo tiempo que señalaba una foto ampliada con la barbilla.

—Ahí tienes la huella parcial de una suela. Estaba en el arcén, junto a la bicicleta.

Salazar se inclinó.

—¿Del chaval?

—No. La talla no coincide con la del chaval. Lo interesante es que tiene tierra que no es de allí.

—¿Seguro?

—¿Vienes a preguntar por los avances o a poner en duda nuestro trabajo? —Salazar levantó las manos a los lados en gesto defensivo—. Todavía no hemos terminado de procesarla, pero es muy diferente de la grava del arcén.

El inspector asintió.

—¿Sabéis de dónde proviene?

Casimiro soltó un gruñido, antes de continuar.

—Ya salió el «angustias». Lo que hemos averiguado hasta ahora es que contiene arcilla y estamos seguros de que procede de otro sitio. Todavía no puedo darte el origen. Necesitamos terminar los análisis, para luego cruzar los datos con mapas de suelo.

Salazar detalló la fotografía de la huella.

—¿Se trata de botas?

—Eso parece. Yo diría que es una suela dura —Casimiro señaló una de las fotografías, al mismo tiempo que sacaba otra magdalena de la bolsa—. Por otro lado, esto lo acabamos de comprobar. Encontramos microfragmentos de caucho en el borde de la calzada.

—¿Lo cual quiere decir?

—¡Qué el coche arrancó en parada, cenutrio!

Néstor asintió.

—Tenía prisa.

—Eso parece. Además, iba cargado. Según el perito, llevaba más de una persona a bordo.

Salazar entornó los ojos.

—¿Encontrasteis algo más?

—Eres insaciable, ¿verdad? Había señales en el suelo de un arrastre corto, pero sin violencia. El crío no opuso resistencia.

El policía miró las mesas, las bolsas, los números…

—¿Crees que usaron un sedante?

—Es posible. Estamos trabajando en ello, pero los resultados dependen de muchos factores que escapan de nuestro control. Pueden haber usado algo que no dejara huellas en el terreno, como un pañuelo empapado o una jeringa. ¡No vengas a tocarme las narices! No te prometo nada.

—Apuntado. ¿Algo más?

Casimiro soltó un bufido.

—Serás pesado… Hace apenas algunos minutos, también hallamos fibras sintéticas de color oscuro en la bicicleta que no son compatibles con las fibras de referencia que cogimos como muestra en la casa de la víctima, ni con su patrón de uso normal.

—¿A qué te refieres? Si no tenéis acceso a la ropa que el chico usaba en el momento del secuestro, ¿cómo sabéis que esas fibras oscuras no le pertenecen?

Casimiro desvió la mirada hacia arriba, buscando en el techo una paciencia que no tenía, al mismo tiempo que daba el último sorbo al café y tiraba el vaso a la basura.

—De acuerdo con lo que nos informó la madre, Unai sufre de dermatitis, por lo cual, nunca viste con telas sintéticas. Toda su ropa es de fibra natural: algodón, lino o bambú.

—¡Comprendido! Disculpa la interrupción.

—A ver si es verdad y me dejas terminar, para que pueda perderte de vista de una vez.

Salazar se pasó los dedos por los labios como si cerrara una cremallera imaginaria.

—¡Callado como un mimo!

—Cualquiera te cree. Tú no te callas ni debajo del agua.

Bien, a lo que iba: Las fibras que encontramos en la bicicleta sugieren un contacto reciente con una tercera persona…

—Salazar hizo un amago de querer intervenir, pero la mirada fulminante de Casimiro lo hizo desistir, así que el jefe de Científica continuó—.

También identificamos microarañazos cortos y localizados en el asfalto del arcén. Están orientados hacia el vehículo.

—¿Lo cual significa…?

Casimiro gruñó.

—Hay que ver que el señorito quiere que se lo den todo hecho.

Trabajar, ¿para qué? Ya está ahí Casimiro para sacar las castañas del fuego y que luego el mérito se lo lleven otros.

¡Explotador! Las marcas son compatibles con el apoyo momentáneo y la elevación de un peso considerable desde el suelo, hacia el interior de un vehículo.

Podríamos estar hablando del peso de una persona adulta o casi adulta.

El patrón indica una maniobra breve, sin desplazamiento prolongado, típica de una carga rápida.

Salazar se enderezó.

—Entendido. ¿Cuál es tu conclusión?

Barros lo miró con el ceño fruncido.

—¡Y dale! A ti no te gusta pensar, ¿verdad? ¿Para qué? Si ya lo hacemos los demás por ti. No hubo improvisación ni actuaron por miedo.

—Vale, el secuestro fue planificado y ejecutado con frialdad. Cuando tengáis los resultados de la tierra…

—Te lo notificaré de inmediato —le confirmó Casimiro—. No por ti, sino por el chico.

—Me vale —dijo Salazar con una sonrisa, al mismo tiempo que se despedía con un gesto de la mano y salía del laboratorio.

De inmediato, cruzó el pasillo en dirección a su siguiente destino. Toni recibió al inspector con una sonrisa en cuanto entró en el laboratorio de Informática. El joven técnico desafiaba al frío usando solo una camiseta con un mensaje impreso: «No soy friki. Soy edición limitada.»

Salazar se acercó y se saludaron con un leve toque de sus puños. Toni cambió de postura y señaló el ordenador de la bodega con el pulgar.

—Me alegra verte, colega. Estaba a punto de llamarte.

—¿Conseguiste desencriptar la carpeta?

—¡La duda ofende! Aunque tengo que reconocer que me dio más trabajo del que esperaba. Si lo hizo el chico, chapó.

—¿Qué contiene?

Toni se acercó al ordenador y comenzó a mover el ratón. Salazar se mantuvo a un paso de él. La pantalla se iluminó y el informático abrió la carpeta con un simple clic, dejando a la vista varios documentos.

—Como puedes comprobar, contiene varios archivos de texto. Algunos son documentos en los que el chico no debería haberse inmiscuido… Aquí hay uno interesante…

—¿De qué se trata?

—“Control de horas de trabajos particulares”. ¿El chaval tiene algún trabajo adicional?

Al inspector lo asaltó el recuerdo de las actividades del tutor. ¿Unai se habría enterado? Se encogió de hombros.

—No. Es probable que ese documento no pertenezca a Unai. Tendremos que comprobarlo.

Toni asintió.

—Aquí hay otro archivo en concreto que también me llama la atención.

Salazar frunció el ceño.

—¿Qué es?

—Se trata de una hoja de cálculo con movimientos financieros internos de la bodega. Esto no es un trabajo académico, ni tendría por qué interesar a un chaval en prácticas de enología.

—¿Pagos?

—Ajustes —corrigió Toni—. Redondeos, compensaciones entre partidas, pequeñas correcciones manuales. Nada escandaloso a primera vista, pero… no cuadran del todo.

Salazar llenó sus pulmones de aire y lo retuvo.

—¿Cuánto no cuadran?

—Lo justo para pasar desapercibidos si no miras con lupa. Son cifras pequeñas, repartidas en distintos meses. El tipo de dato que no levanta alarmas, pero que alguien joven y curioso puede detectar si es listo y tiene conocimientos básicos sobre el tema.

—¿Conocemos su origen?

—Me temo que no. Solo puedo decirte que pertenece a la bodega.

Salazar meditó la información por un par de segundos. La siguiente pregunta la hizo más para sí que para Toni.

—¿Por qué Unai tenía esto guardado en una carpeta cifrada?

El informático se encogió de hombros.

—No encontré ninguna evidencia al respecto en el ordenador, pero lo que sí puedo asegurarte es que el archivo no fue tocado después de haberlo copiado. El chaval nunca lo manipuló. Yo diría que lo guardó en esta carpeta para analizarlo.

—¿Puedes hacerme llegar una copia?

—Por supuesto.

—¿Algo más?

Toni asintió.

—Sí… déjame mostrarte: algunos de los otros documentos tienen que ver con procedimientos y datos de la bodega, y podrían relacionarse con sus prácticas. También guardaba una auditoría interna de hace muchos años. Es un procedimiento antiguo, revisado y archivado.

—¿Se relaciona con el documento anterior?

—No, es otro asunto. De hecho, no vi nada extraño en ese.

—¿Unai la modificó?

—No.

—¿Por qué podría estar ahí? ¿Alguna idea?

Toni frunció el ceño.

—Quizá la usó como referencia para analizar el primer documento, pero espera, hay algo más que quiero mostrarte: poco después de que Unai copió esos dos archivos en su usuario, el sistema registró una comprobación desde afuera.

No se trató de un acceso ni un intento de entrar, pero alguien quiso verificar que los archivos seguían ahí y no habían cambiado.

—¿Podemos averiguar quién lo hizo?

—No dejó ningún rastro evidente que nos diga quién estaba detrás. Necesitaré tiempo para indagar más a fondo.

—Parece que el chaval se metió donde no debía —dijo Salazar con un suspiro—.

Solicitaré una ampliación puntual de la orden que nos permita comprobar los archivos contables de la bodega.

Toni, por favor, envía el contenido de la carpeta del usuario de Unai al departamento de Científica, para que lo revisen a fondo.

También hazme llegar una copia a la comisaría.

—Dalo por hecho. Para ser honesto, no creo que el chaval tuviera claro lo que había descubierto, pero sí que algo no encajaba.

—Eso pudo ser suficiente para ponerlo en la mira. También quiero que, en cuanto el juez lo autorice, les envíes la información financiera de la bodega a los peritos.