La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 12.
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Capítulo 12.

M ientras Salazar investigaba al tutor de Unai, Miguel llegó al bar La Parra. Lo encontró casi vacío a esa hora. La luz de media tarde se filtraba por las ventanas y se reflejaba sobre las baldosas pulidas. El policía le preguntó al camarero por el propietario.

—Sí, señor. Llegó hace algunos minutos. Lo está esperando.

El joven se internó en la cocina y regresó a los pocos segundos con un hombre de mediana edad y contextura fuerte.

—¿En qué puedo ayudarle, inspector? —preguntó el dueño del bar.

—Hace algunos días, un hombre estuvo aquí preguntando por un chico del barrio.

El hombre miró al camarero.

—¿El que me contaste?

—Sí, señor Carlos.

El inspector continuó.

—¿Es posible que sus cámaras lo hayan grabado?

El propietario señaló hacia el techo con el mentón.

—Tenemos dos. El seguro nos obligó a ponerlas. Una apunta a la puerta y la otra a la caja.

—¿Las revisa con frecuencia?

Carlos se encogió de hombros.

—Para ser honesto, no lo hago a menudo.

—¿Durante cuánto tiempo guardan las grabaciones?

—Solo un par de semanas. Luego se van borrando solas.

Miguel asintió.

—Excelente, entonces, estamos a tiempo. ¿Me permitiría verlas?

—Por supuesto. Sígame, por favor.

Entraron en una pequeña oficina detrás de la barra.

Sobre una mesa había un monitor y un grabador digital lleno de cables.

El propietario se sentó y comenzó a manipular el sistema con cierta torpeza.

Las imágenes comenzaron a desfilar, pasando varios minutos de movimientos cotidianos, hasta que el camarero se inclinó hacia adelante y señaló la pantalla.

—Espere, señor Carlos. ¡Ahí está! ¡Ese es el sujeto!

El propietario detuvo el vídeo y Miguel se acercó un poco más.

—¿Seguro que es él?

—Seguro.

Pedrera asintió y observó al sospechoso. El camarero tenía razón con respecto a su aspecto: se trataba de un sujeto común y corriente, pero había algo en sus movimientos que llamó la atención del policía. No era torpeza, era contención, acompañada de cierta rigidez.

—Necesito una copia de este tramo.

El propietario buscó entre las opciones del sistema, copió el archivo y se lo entregó al policía en una memoria portátil. Miguel lo introdujo en una bolsa de evidencias y anotó los datos que exigía el procedimiento.

—Gracias. En el transcurso del día recibirá la visita de un mensajero del laboratorio de Científica. Por favor, entréguele otra copia del mismo tramo de grabación.

—Cuente con ello, inspector.

Después de agradecer a los testigos por su colaboración, Pedrera salió del bar con el pendrive en el bolsillo.

Por primera vez desde que había comenzado el caso, tuvo la sensación de que avanzaba.

Acababa de poner cara al hombre que llevaba días moviéndose alrededor de Unai.

De inmediato, se comunicó con Salazar y le informó acerca del hallazgo. Néstor respondió al segundo tono.

—Ya tengo las imágenes del sujeto que captaron las cámaras del bar.

—Excelente. Regresa aquí, a la comisaría, y revísalo con calma.

—De acuerdo.

—Trata de conseguir un fotograma limpio de la cara, comprueba con quién habla o si alguien se le acerca mientras permanece allí.

—Muy bien.

—Por último, revisa si la cámara capta algún vehículo asociado con el sujeto.

—Lo comprobaré.

—Cuando tengas un rostro claro, distribúyelo al grupo.

—Entendido. En cuanto llegue a la comisaría, me centraré en esto, hasta que consiga identificar a este sujeto.

Miguel subió a su coche y se encaminó en dirección a San Miguel.

Una vez allí, comenzó a trabajar en las imágenes.

Detuvo el vídeo justo antes de que el hombre se girara hacia la cámara.

La imagen dejaba mucho que desear, pero tenía la esperanza de que fuera suficiente.

Al sujeto se le veía de perfil mientras hablaba con el camarero.

Su actitud parecía relajada, pero el ojo entrenado del policía detectó el interés bajo la máscara.

Pedrera congeló el fotograma que consideró ideal para su objetivo.

El rostro se veía borroso, pero se podían apreciar algunos rasgos cruciales: la forma de la nariz, la frente amplia y una pequeña marca junto a la ceja izquierda.

Después de ajustar el contraste para buscar un poco más de nitidez, lo cargó en el archivo interno de identificación documental de la Policía y lanzó la búsqueda.

Si el sujeto había pasado alguna vez por dependencias policiales, el sistema lo reconocería.

No hubo suerte. El sospechoso no tenía antecedentes.

Tendría que identificarlo por otros medios.

Tratándose de un ciudadano común, su mejor opción era una búsqueda facial en abierto con herramientas de identificación de imágenes.

No esperaba una coincidencia precisa, pero sí una aproximación útil.

En efecto, el sistema le devolvió varios rostros con rasgos similares que fue descartando uno a uno, hasta que se quedó con el que mejor encajaba.

El inspector localizó el origen de esa imagen, lo cual lo condujo al perfil de una red social.

La cuenta estaba a nombre de Víctor Arístegui.

Miguel se preguntó quién sería ese sujeto y por qué había manifestado tanto interés en el chaval.

El siguiente paso fue consultar el padrón municipal y el registro civil.

El apellido del sospechoso era el mismo que el segundo del padre de Unai.

¿Coincidencia? Era posible, pero poco probable.

No se trataba de un apellido demasiado común.

El policía indagó más a fondo y encontró el nexo: Arístegui era primo del padre del chico. Estaba sobre la pista.

Volvió al fotograma y lo comparó con otras fotografías de las redes sociales del sujeto.

La imagen captada por la cámara era demasiado borrosa, pero la semejanza y la coincidencia eran suficientes para quedarse con él, e investigarlo más a fondo.

Preparó una rueda de reconocimiento, utilizando fotos de personas con rasgos similares e incluyó el rostro de Arístegui, que recortó de una fotografía de las redes sociales.

Era el momento de comprobar si su percepción había sido correcta, así que cogió su chaqueta y salió de la comisaría.

Quince minutos después, Miguel entró de nuevo en el bar. Por fortuna, aún seguía casi vacío. Solo había dos mesas ocupadas y el camarero organizaba botellas detrás de la barra.

Miguel se acercó a su testigo. El joven depositó la última botella en su lugar y apoyó las manos en la barra.

—¿Puedo ayudarle en algo, inspector?

El policía suspiró y ocupó uno de los asientos frente al joven.

—Necesito tu ayuda para un reconocimiento. ¿Crees que puedes hacerlo?

El chico se encogió de hombros.

—Puedo intentarlo.

—Bien. Antes de que comencemos, quiero que tengas claro que es posible que la persona que viste no esté aquí. Así que no pasa nada si no reconoces a nadie.

El camarero asintió. Miguel abrió la carpeta

—Solo dime si alguno de estos te resulta familiar.

El policía sacó las fotografías de la rueda de reconocimiento fotográfico y las colocó frente al testigo. Todas bocarriba, separadas entre sí, sin orden aparente.

El camarero se inclinó sobre la barra y las miró despacio una por una, con el ceño fruncido.

—No estoy seguro… —murmuró.

Miguel guardó silencio.

El joven paseó la mirada por las imágenes, centrándose en una u otra durante algunos segundos, como si buscara diferencias entre ellas.

—Este… —dijo al final, señalando al sospechoso—. Este es el que me resulta más familiar.

—¿Podrías asegurar que es él?

El camarero entornó los ojos.

—Esa marca junto a la ceja… Sí, es él.

Miguel recogió las fotografías con calma y las guardó en la carpeta.

—Lo hiciste bien. Gracias.

El policía se levantó, después de dejar su tarjeta sobre la barra.

—Si recuerdas algo más, aunque te parezca una tontería, por favor, llámame.

El camarero asintió y Miguel salió del bar sin mirar atrás.