Capítulo 11.
A l terminar la reunión, Miguel cogió su chaqueta y salió de la sala común y de la comisaría, en dirección al bar La Parra.
Al mismo tiempo, Remigio, Telmo y Ángela activaron sus correspondientes ordenadores.
Salazar también salió de la sala y se encaminó hacia su despacho.
Antes de centrarse en el tutor, se comunicó con Rebeca, quien continuaba acompañando a la madre de Unai. Ella respondió al segundo tono.
—Dime.
—¿Cómo está Ainhoa?
Rebeca guardó silencio por un segundo y respondió en voz baja.
—Mantiene la calma, pero temo que podría derrumbarse de un momento a otro. Como madre, la comprendo… ¿Cómo vais vosotros?
Salazar respiró profundo y le hizo un resumen, acerca de las líneas de investigación que habían decidido seguir.
—Ahora mismo voy a centrarme en el tutor. ¿Alguna noticia del secuestrador o de Unai?
—Todavía nada.
—¿La madre no te ha hecho ningún comentario que pudiera ayudar?
Rebeca dudó un instante antes de hablar.
—Sí. Algo de lo que me dijo me llamó la atención.
—Te escucho.
—Insiste mucho en que Unai la llamó al terminar su jornada y estaba contento cuando salió de la bodega. Lo repite una y otra vez, como si necesitara convencerse de que es así.
—¿A qué se refiere con «contento»?
—A que no tenía prisa, no estaba raro. Repite una y otra vez que todo parecía estar bien.
Salazar entornó los ojos.
—Interesante. Si el chico estaba tranquilo, significa que no se sentía amenazado.
—Eso pensé, pero hay más… me comentó que hace algunos días subió una foto de Unai saliendo de la bodega en su primer día de prácticas.
Dice que lo hizo sin pensar, pero ahora está preocupada.
Me ha preguntado si creo posible que esa foto haya puesto al chaval en el foco de algún loco.
Por supuesto que he tratado de calmarla. La culpa no ayuda en este caso.
Salazar cogió aire y lo contuvo por un momento.
—¿La foto sigue en las redes?
—Eso creo.
Al otro lado de la línea, Ainhoa dijo algo en voz baja. Rebeca se apartó un poco del teléfono.
—Está muy cansada, Néstor. Y se siente culpable, aunque no tiene claro por qué. Se pregunta si le falló a Unai por no haber podido protegerlo.
Salazar guardó silencio por un segundo.
— Se comprende… Está viviendo una situación imposible. Si recuerda algo más, llámame.
—Por supuesto.
Salazar consultó su reloj y sintió una oleada de calor en el pecho.
—No llegaremos a tiempo a la guardería.
—No te preocupes. Mi madre ya va en camino. Ya hablé con las maestras y están advertidas.
Se hizo un segundo de silencio.
—¿Todo va bien? —preguntó Néstor con un ligero tono de preocupación.
—Bueno… Gabriela decidió que el cubo rojo que otro niño tenía en la mano era suyo. Ahora lo es.
—¿Hubo víctimas?
—Solo el chiquillo, desconcertado por un momento, pero se le pasó, después de que ella le ofreció su galleta.
Salazar soltó una risa breve.
—Nuestra hija tiene un sentido peculiar de la justicia. Y muchos recursos.
—Como su padre.
— Touché. ¿Está contenta?
—Mucho. Apenas ha preguntado por nosotros.
Salazar suspiró con una mezcla de alivio y tristeza. Su pequeña estaba creciendo.
—Vale. Que siga mandando allí. Nosotros volveremos a casa en cuanto podamos.
Salazar colgó despacio y se quedó pensativo. Su mente volvió al caso: una fotografía del chico en las redes, subida por su propia madre. Era un elemento con el que no contaba. ¿Estaría relacionado? Una palabra acudió a su mente: Exposición.
Media hora después, Néstor hizo una pausa en sus indagaciones sobre el tutor, para comunicarse con Lali.
Le pidió a la secretaria que citara a Romero para interrogarlo en comisaría como persona de interés, lo antes posible.
Minutos después recibió un mensaje. El tutor acudiría a declarar a las 20 horas.
El inspector respiró profundo para hacer acopio de paciencia.
Una pregunta le rondaba en la cabeza desde que había leído el expediente de Romero, así que cogió su móvil y buscó el contacto del técnico ejecutivo de la bodega.
Era quien mejor podía aclarar sus dudas. Ríos respondió al tercer timbrazo.
—¿En qué puedo ayudarlo, inspector?
—Debo hacerle una pregunta acerca de Antonio Romero.
—Por supuesto, inspector. Lo escucho.
Salazar pasó algunas de las hojas del documento que tenía sobre el escritorio, en un movimiento automático.
—He visto la amonestación que figura en su expediente.
Hubo un corto silencio del otro lado.
—¡Ah, sí… aquello!
—Usar tiempo y recursos de la bodega para asuntos personales no suele ser un detalle menor —dijo Salazar—. Me pregunto, cómo es que todavía trabaja para ustedes.
El policía pudo captar el suspiro de su interlocutor al otro lado de la línea.
—Sí, supongo que no es habitual en una situación así, pero la directiva decidió darle una segunda oportunidad.
—¿Por qué?
—Porque Romero está muy calificado. Es un enólogo con mucha experiencia, que conoce bien la bodega, todos los procesos, las variedades… Verá, esos son los detalles que no se aprenden en un manual, pero que hacen diferencia en la eficiencia de su trabajo.
—Entonces, deduzco que no sería fácil sustituirlo.
—Así es, inspector. Es probable que las pérdidas que sufriría la bodega hasta que un sustituto alcanzara su nivel de experiencia, fueran superiores a las derivadas de su comportamiento. Un enólogo que conoce la bodega a fondo es difícil de reemplazar, inspector.
Salazar cambió de postura.
—Así que decidieron confiar en él y darle una segunda oportunidad, ¿no es así?
—Hablamos con él y le permitimos conservar su empleo, con la condición de que cesara en sus actividades foráneas. Aceptó.
—¿Qué ocurriría si se descubre que faltó a su palabra?
—En ese caso, sería despedido de inmediato, aun cuando tuviéramos que asumir los costes.
El inspector se quedó pensativo un momento, mientras calibraba la información.
—Sin embargo, si es un enólogo tan capacitado, supongo que no le faltarían oportunidades de trabajo en otras bodegas.
—Depende de cómo lo vea, inspector. Su valor profesional para nosotros se relaciona más con su experiencia en el funcionamiento de Umbravara, que con sus capacidades como enólogo.
En cualquier otro lugar, tendría que empezar desde cero…
y arrastrando el antecedente de haber sido despedido por deshonestidad.
No creo que nuestros competidores lo recibirían con agrado.
Néstor entornó los ojos y expresó sus pensamientos en voz alta. Más como conclusión que como pregunta.
—Así que, si Romero se arriesgara a continuar sus actividades externas, para él sería muy importante no ser descubierto. ¿No es así?
—¿Importante? Yo diría que es vital.
Salazar comprendió que había dado con el talón de Aquiles de Romero. ¿Unai se habría enterado de las andanzas de su tutor? Y de ser así, ¿el enólogo se sintió lo bastante acorralado para querer silenciarlo? Tendría que averiguarlo durante el interrogatorio a Romero.