La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 9.
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Capítulo 9.

Y a era casi mediodía y Miguel todavía estaba recorriendo las calles de Haro, esforzándose en contener su frustración.

Hasta ese momento, todas sus pesquisas habían resultado inútiles.

Ninguno de sus informantes había escuchado ni un susurro acerca del secuestro, lo cual le hacía pensar que no se trataba de una desaparición por los motivos habituales: droga, ajuste de cuentas o para pedir un rescate. Aquello parecía algo más personal.

Decidió visitar el barrio del chico. Con un poco de suerte, alguien podría proporcionarle alguna pista. Su intención era recorrer los negocios, tiendas y bares, comenzando por los que se encontraban más cerca del edificio donde vivía la víctima.

En la tienda de productos de limpieza que estaba en los bajos no supieron decirle nada.

Sí, la fotografía del chico les resultaba familiar.

Era probable que lo hubieran visto pasar frente al local más de una vez.

Quizá en ocasiones pudo entrar a comprar algo, pero no era un cliente habitual.

El policía visitó varios comercios cercanos con el mismo resultado.

Al llegar a la esquina, encontró un pequeño bar llamado «La Parra».

Se trataba de un local estrecho, con la barra de madera oscura y varias mesas junto al ventanal.

A esa hora tenía pocos clientes: solo dos jubilados que jugaban a las cartas en una esquina.

Miguel entró y se acercó a la barra. El camarero lo siguió con la mirada.

—¿Qué le pongo?

El policía se sentó frente a él con actitud relajada.

—Un café solo.

El joven asintió y comenzó a manipular la máquina. Un par de minutos después depositó la taza sobre la barra, lo cual el inspector aprovechó para mostrarle su identificación.

—Policía.

El joven parpadeó.

—¿Ha ocurrido algo?

Miguel le mostró la fotografía de Unai.

—¿Has visto a este chico?

El camarero entornó los ojos y frunció el ceño para detallar la fotografía. Entonces, asintió.

—Sí… claro. Lo conozco de vista. Mi hermano pequeño iba con él al instituto, cuando estaban en la ESO.

Miguel bebió un sorbo de café.

—¿Lo ves mucho por aquí?

—A veces pasa por la calle y saluda. No es de los que frecuentan bares.

—¿Te parece problemático?

El camarero negó con la cabeza.

—No, al contrario. Es un chaval tranquilo. Me sorprende que un policía esté interesado en él.

Miguel guardó su móvil sin dar explicaciones.

—¿Cuándo fue la última vez que lo viste?

—No sabría decirle con exactitud. Quizá la semana pasada, aunque… ahora que recuerdo…

Pedrera frunció el ceño, abrió su libreta sobre la barra y se dispuso a tomar nota.

—¿Qué recuerdas?

—Hace algunos días vino un hombre que preguntó por él, pero no creo que fuera policía. Al menos, no se identificó como acaba de hacer usted.

—Continúa —lo animó el inspector, al mismo tiempo que se inclinaba hacia adelante—. ¿Tienes idea de quién era?

El joven negó con la cabeza.

—No. Nunca lo había visto antes por el barrio y no se identificó.

—¿Qué quería saber?

—Estaba muy interesado en la rutina del chaval. Quería confirmar si hacía prácticas en la bodega, si usaba la bicicleta para desplazarse y si solía transitar por la carretera vieja.

—¿Tú qué le respondiste?

—No mucho. Él parecía saber más sobre el chico, que yo.

—¿A qué te refieres?

—Además de describirlo, lo mencionó por su nombre. No le interesaba la familia ni dónde vivía. Eso parecía saberlo. Solo tenía interés en sus rutinas.

—¿Cómo era ese individuo?

El camarero dudó.

—Ni muy mayor ni muy joven. Un tío común y corriente.

—Veamos si podemos precisar un poco más.

Gracias a las preguntas de Miguel, el camarero fue capaz de describir los principales rasgos del sospechoso: edad aproximada, complexión, forma de vestir, acento…

—¿Cómo se comportó? —preguntó el policía.

—Normal, salvo porque se movía de forma extraña… con mucha rigidez. Como si tuviera un palo en la espalda. Hablaba con calma y no parecía borracho. Tampoco fue agresivo ni pesado. Preguntó con un tono casual, como si el asunto no le importara demasiado y no insistió cuando yo no supe responderle.

—¿Mencionó cuál era el motivo de su interés?

El testigo negó con la cabeza.

—No. No dijo nada sobre sí mismo. Solo se sentó en una de las mesas junto al ventanal, consumió apenas lo suficiente para justificar su presencia y se marchó después de hablar conmigo. Eso fue todo.

—¿Lo has visto de nuevo por aquí, desde entonces?

—No.

—¿Tenéis cámaras?

—Sí, pero eso lo lleva el dueño.

—¿Puedo hablar con él?

—Lo siento, no está. Volverá en un par de horas.

—De acuerdo. En ese caso, regresaré.

—Señor… ¿el chico está en problemas?

—Eso es lo que estamos tratando de averiguar. ¿Recuerdas el día exacto en que esto ocurrió?

—Fue la semana pasada. Déjeme pensar… Sí, fue el mismo día que viene el repartidor de café. El jueves pasado, por la tarde.

Pedrera levantó la mirada de la libreta por un momento.

—¿Llegó a pie o en vehículo?

—Lo siento, eso no lo sé con certeza. Cuando lo vi, ya estaba sentado en la mesa.

Miguel asintió y continuó escribiendo. Cuando terminó de anotar la información del sospechoso, el policía le pidió los datos a su testigo, cerró su libreta y dejó su tarjeta sobre la barra.

—Me has ayudado mucho. Si ese hombre vuelve a aparecer o recuerdas algo más sobre él, llámame.

—Cuente con ello, señor.

El policía dejó algunas monedas sobre la mesa y se levantó.

El camarero las recogió de inmediato, junto con la taza vacía.

Pedrera abandonó el bar con la satisfacción de no haber perdido el tiempo.

En cuanto salió a la calle, llamó a Salazar y le comunicó lo que había averiguado.

Solo entonces, subió a su coche y emprendió el regreso a la comisaría.