La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 8.
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Capítulo 8.

C uando Salazar y Telmo llegaron a San Miguel, el inspector ya había decidido ocuparse él mismo de la investigación del tutor. Su renuencia a que se abriera la carpeta le resultaba bastante sospechosa. Era evidente que tenía algo que ocultar. En la sala común solo encontraron a Ángela.

—¿Alguna novedad?

La subinspectora negó con la cabeza.

—Todavía no se han reportado nuevos contactos del secuestrador con la madre. Por otro lado, Remigio y Miguel aún no han regresado.

El inspector le entregó la lista que le había proporcionado Ríos.

—Son los trabajadores de la bodega. Revisa el control de registros de entradas y salidas. Quiero que compruebes quiénes asistieron y quiénes faltaron al trabajo. Enfócate en aquellos que salieron a la misma hora que la víctima o poco antes.

—Sí, señor.

—Solicita también las matrículas de los empleados que tengan coche, así como de vehículos que suelen visitar la bodega.

Luego cruza la lista con cámaras de carreteras cercanas, gasolineras y accesos a Haro desde la L-202 —Ángela asintió y tomó nota—.

También quiero que prepares una lista que incluya los vehículos denunciados como robados en el último mes en Haro y municipios cercanos, los que recibieron multas por matrículas dobladas y aquellos asociados a personas con antecedentes criminales.

—Me pondré a ello enseguida, señor.

Néstor se volvió hacia su compañero.

—Telmo, consigue una orden judicial y contacta a la operadora que el chico tenía contratada. Comprueba sus últimas comunicaciones, tanto llamadas como mensajes. Quiero saber si alguien lo contactó, justo antes de salir.

—¿Cree que se encontró con alguien, jefe?

—Siempre existe esa posibilidad. No sabemos si conocía a su secuestrador o si este le puso una trampa.

—De acuerdo.

—También quiero que te coordines con Ander y su compañero para localizar y solicitar las grabaciones de cualquier cámara cercana. Que se las entreguen a Ángela. Utiliza los requerimientos que sean necesarios.

—Muy bien, jefe.

Una vez repartido el trabajo, Salazar bajó a su despacho. Antes de ponerse manos a la obra, se comunicó con Rebeca, quien continuaba en la casa de la madre de Unai.

—El secuestrador no ha vuelto a comunicarse. Todavía no sé cómo interpretarlo.

—Es extraño que no hiciera exigencias ni proporcionara ninguna fe de vida. No me gusta.

—A mí tampoco.

—¿Cómo está la madre?

—Te lo puedes imaginar. Al borde del colapso.

—Haz lo que puedas para darle apoyo y mantenme informado acerca de cualquier novedad.

—Por supuesto.

En cuanto terminó la llamada, el inspector apartó una docena de ideas que rondaban su cabeza y se centró en sus primeros sospechosos: el tutor y el encargado de la bodega.

Una vez que comprobó que ninguno de ellos tenía antecedentes criminales, Salazar averiguó quién era el propietario de la bodega y se comunicó con él.

Después de que se identificó, la voz de Umbravara no disimuló su sorpresa.

—¿Ha ocurrido algo, inspector?

—Estamos llevando a cabo una investigación y necesito confirmar un detalle: su director técnico, Juan Ríos, nos informó que ayer por la tarde estuvo reunido con usted en su domicilio.

—Es correcto.

—¿A qué hora llegó?

—Sobre las dieciocho y cuarto.

Salazar anotó la hora en el margen del cuaderno.

—¿Y cuánto tiempo permaneció allí?

—Hasta las veintiuna horas. Estuvimos revisando los balances del último mes.

—¿Durante todo ese tiempo?

—Sí. Soy muy cuidadoso con los detalles.

Salazar hizo una pausa de un segundo.

—Entonces, ¿confirma que el señor Ríos estuvo con usted entre las dieciocho quince y las veintiuna horas?

—Sí.

—¿No se ausentó en ningún momento?

—No.

—Perfecto. Le agradezco su colaboración, señor Umbravara.

El inspector terminó la llamada y se quedó pensando durante algunos segundos, al mismo tiempo que tamborileaba con el bolígrafo sobre la mesa.

Un sospechoso menos. Era el turno del tutor.

Su reacción cuando se descubrió la carpeta cifrada había disparado las alarmas del policía.

Salazar comprobó los partes de entrada y salida de Romero, y los comparó con los de Unai, con especial atención en la última semana.

Por lo general, ambos terminaban la jornada a las 19 horas.

Sin embargo, Unai se retrasó 30 minutos el día anterior. Romero, en cambio, salió más temprano.

Salazar buscó en el directorio del personal de la bodega y marcó el número de uno de los empleados que trabajaba con Romero. Después de algunos segundos, una voz respondió al otro lado. El inspector se identificó y preguntó sin rodeos.

—Señor Márquez, estamos investigando la desaparición de Unai Ibáñez.

—Sí, inspector, algo he escuchado hoy por los pasillos. Es terrible. Espero que encuentren pronto al chaval y que esté a salvo.

—Le aseguro que haremos nuestro mejor esfuerzo. Según consta en los documentosque nos proporcionó la bodega, él y su tutor comparten el área de trabajo con usted.

—Sí, así es.

—¿Alguna vez hubo roces entre ellos? ¿Algún conflicto, discusión o desacuerdo reciente?

Márquez respondió de inmediato.

—No, en absoluto.

—¿Está seguro?

—Por supuesto. El chaval siempre está dispuesto a colaborar en lo que se le pide y nunca se queja. Es de los mejores pasantes que hemos tenido. Antonio lo trata como a un hijo. La relación no podría ser mejor.

Salazar hizo una pausa, mientras asimilaba la información.

—¿No había presión especial sobre el chico?

—Ninguna.

El inspector le dio las gracias a Márquez por su colaboración y terminó la llamada.

Entonces, revisó el expediente laboral del tutor entre los papeles que Ríos le había proporcionado.

Mientras buscaba, se topó con un documento breve, pero llamativo.

Se trataba de una amonestación interna contra Romero.

Se le advertía por haber usado instalaciones y tiempo de trabajo de la bodega para asuntos personales.

Salazar se recostó en la silla. Aquello era interesante. Continuó indagando entre los documentos, hasta que encontró la relación de proveedores técnicos con los que trataba el tutor.

Se comunicó con el primero. Era una pequeña empresa de maquinaria enológica. El hombre que respondió pareció más sorprendido que preocupado por la llamada de la Policía.

—Sí, claro que conozco a Romero. Suele hacer pedidos grandes y en ocasiones también nos ha comprado algunas piezas sueltas.

—¿Para la bodega?

—Los pedidos grandes son para Umbravara. Ellos son nuestros clientes desde hace muchos años, pero las piezas sueltas suelen facturarse a nombre de Romero.

El inspector tomó nota.

—Si no son para la bodega, ¿para qué las quiere?

—Bueno… tengo entendido que hace pequeños encargos. Ya sabe… algún ajuste aquí, alguna reparación allá. Nada importante.

—¿Con autorización de sus jefes?

Hubo una breve pausa.

—Eso no lo sé.

Salazar tensó los músculos de la mandíbula.

No se trataba de una fortuna ni de un fraude de grandes dimensiones, pero sí sería algo que Romero habría preferido mantener en secreto. En especial, después de la amonestación.

Aquello explicaba tanto su incomodidad durante el registro como su nerviosismo cuando revisaron el servidor.

Salazar se quedó pensativo durante algunos segundos. Lo asaltó una pregunta: ¿Cuánto sabía Unai sobre las andanzas de su tutor?

El chico tuvo acceso al sistema. Muchas veces entraba fuera del horario laboral y guardaba una carpeta «privada», la cual era posible que contuviera archivos que él, como pasante, quizá no debería ver. ¿Descubrió algo que lo puso en peligro?

Salazar cerró el expediente con suavidad. Las palabras del secuestrador volvieron a resonar en su cabeza: « El chico vio algo que no debía… Hablaremos».