Capítulo 7.
M ientras Salazar y Telmo recorrían la distancia que los separaba de Haro, Remigio se detuvo en un bar ubicado en una pequeña explanada de grava, donde se encontraban aparcadas varias furgonetas y algún camión ligero.
Frente a la puerta había un par de mesas altas, que en ese momento estaban ocupadas por clientes que saboreaban una taza de café, circunstancia que aumentó las expectativas del policía de encontrar un testigo.
Cuando Toro entró, lo alcanzó un fuerte olor a fritura.
Cruzó el suelo gastado, pero limpio, y se acercó a la barra de madera, donde un hombre corpulento secaba vasos con un paño.
Remigio sacó su identificación del bolsillo y se la mostró.
—Soy el inspector Toro, de la Policía Nacional. Debo hacerle algunas preguntas.
El hombre dejó el vaso a un lado.
—¿Ha ocurrido algo?
—Estamos buscando a un chico que desapareció ayer por la tarde. Diecisiete años. Iba en bicicleta por esta carretera. Suele pasar todos los días por aquí.
El tabernero apoyó las manos en la barra y frunció el ceño.
—¿Un chaval en bici?
—Sí —El inspector le mostró la fotografía que le había enviado Telmo desde la casa de la madre—. Este es el chico. Iba en una híbrida negra.
El hombre pensó unos segundos.
—No sabría decirle. No recuerdo a este chico, pero por aquí pasan muchos ciclistas.
Remigio asintió.
—Este hace el recorrido con frecuencia. Suele pasar alrededor de las diecinueve horas.
El tabernero balanceó la cabeza, sin que llegara a ser una negativa.
—Esa es una hora de mucho movimiento…
Remigio hizo una pausa, antes de la siguiente pregunta.
—¿Ayer vio algo fuera de lo normal?
El hombre negó con la cabeza despacio.
—No. Ayer fue un día como cualquier otro, pero espere, mi hijo se ocupa de servir las mesas, incluyendo las de afuera. Quizá él vio algo —El tabernero levantó la voz en dirección a la cocina—. ¡Rodrigo!
Saliendo de la cocina, apareció un chico con un delantal blanco sobre la ropa.
—¿Qué ocurre, papá?
—El señor es policía —le informó el tabernero, señalando a Remigio con un gesto de la mano—. Quiere preguntarte algo.
El joven se acercó y después de mostrarle la fotografía de Unai, el inspector le hizo las mismas preguntas que a su padre. El camarero miró la foto con atención y para alegría de Remigio, comenzó a asentir despacio.
—Sí, lo he visto pasar en bicicleta. Hace el mismo recorrido varias veces a la semana. Siempre a la misma hora. En alguna ocasión ha entrado para tomar una gaseosa, antes de continuar su camino.
—¿Alguna vez has conversado con él?
El joven se encogió de hombros.
—No. Casi nunca se detiene y cuando lo hace, solo se entretiene para tomarse el refresco y marcharse. No habla mucho.
—¿Lo viste pasar ayer?
El camarero se quedó pensativo por un momento.
—Ahora que lo dice, ayer no lo vi pasar. Aunque eso no significa que no lo hiciera. Siempre es posible que haya pasado mientras yo estaba aquí adentro.
—¿No viste nada extraño?
Rodrigo comenzó a negar con la cabeza, pero se detuvo en seco.
—Espere, sí. A quien vi ayer, más o menos a esa hora, fue al señor Cuéllar. Es un mecánico que trabaja a pocos metros de aquí. Recuerdo que me sorprendió, porque salió a toda prisa del camino de tierra que conduce a su taller.
El inspector entornó los ojos.
—Eso es muy interesante. ¿Qué puedes decirme de ese vecino?
Rodrigo intercambió una mirada con su padre, que fue quien respondió.
—No sabemos mucho de él, inspector. Es un poco huraño. Como ya le dijo Rodrigo, Cuéllar es mecánico. Casi todos los camioneros que pasan por aquí lo conocen y algunos le han llevado sus vehículos. Por lo visto, sabe su oficio.
—Su taller está a pocos metros de la carretera, entrando por un camino de tierra. Es fácil llegar, pero hay que saber dónde está, porque no existe ninguna señalización.
—Me gustaría hablar con él.
El tabernero hizo un gesto con la cabeza en dirección a su hijo, quien no necesitó más explicación.
—Acompáñeme, inspector. Le mostraré cómo llegar.
Remigio siguió a Rodrigo hasta la puerta. Una vez allí, el chico le señaló la entrada del camino rural, que era visible, pero no evidente.
El policía les agradeció a los taberneros por su colaboración, subió a su coche y se encaminó al taller. Después de recorrer el corto camino de tierra, aparcó frente a la nave del taller mecánico de Cuéllar. Tenía un aspecto bastante informal.
En cuanto Toro se bajó del coche, notó el olor a aceite viejo, mezclado con el aroma rural de la tierra mojada.
El frío lo abrazó sin piedad. Remigio echó una ojeada a su alrededor.
En la nave solo había tres vehículos: una furgoneta desvencijada, un Toyota con el capó abierto y un SEAT Ibiza bastante viejo, que encajaba en la descripción que le habían dado en el bar.
Ese era el vehículo de Cuéllar. El inspector lo miró con detenimiento.
Tenía todas las ventanillas bajadas y el asiento trasero estaba ocupado por un neumático usado.
El mecánico se encontraba inclinado sobre el motor del Toyota cuando Remigio se acercó a él.
—¿Señor Cuéllar?
El hombre se enderezó despacio y lo observó con el ceño fruncido, al mismo tiempo que se limpiaba la grasa de las manos con un trapo sucio.
—Soy yo. ¿Qué desea?
Remigio le mostró su identificación.
—Inspector Toro, de la Policía Nacional. Necesito hacerle algunas preguntas.
Cuéllar cambió de postura y parpadeó. Antes de que pudiera reaccionar, Remigio le preguntó su nombre completo.
—Iván… Iván Cuéllar.
El inspector asintió y miró a su alrededor, como si no le interesara la respuesta. Entonces, señaló al Ibiza con la barbilla.
—¿Ese neumático es de algún cliente?
Iván tardó medio segundo más de la cuenta en responder.
—Eh… Bueno… no. Es mío. Es de repuesto.
Remigio entornó los ojos, antes de continuar.
—¿Podría decirme cuál es su horario de trabajo habitual?
—De once a diecinueve.
El policía asintió y respiró profundo. Entonces, se encogió de hombros, quitándole peso a la situación.
—Verá, señor, Cuéllar, estamos investigando la desaparición de un chico. Sucedió ayer en la carretera, a pocos metros de aquí. Entre las diecinueve y las diecinueve treinta. ¿Usted trabajó ayer?
—Sí.
—¿A qué hora salió?
—Sobre las diecinueve y diez.
Remigio cogió aire, mientras meditaba la respuesta.
—¿A dónde fue?
—A casa. Me dolía la cabeza.
El policía asintió como si se diera por satisfecho, se acercó al coche de Cuéllar en silencio y clavó la mirada en el neumático que reposaba sobre el asiento.
—¿Por qué lleva un neumático suelto en el asiento trasero?
—Yo… Quiero tirarlo. Está rajado.
—¿Rajado? ¿Dónde?
—En el flanco.
Remigio volvió a centrar la mirada en el neumático.
—¿Es de su coche?
—No. Me lo encontré así. Creí que podría repararlo y sacarle provecho, pero no es posible.
El inspector asintió despacio.
—¿Pasó usted cerca del arcén que está a unos 800 metros de la rotonda, ayer por la tarde?
Iván dudó.
—Yo… No. Salí de aquí en sentido contrario. Vivo en Haro.
El inspector asintió, se acercó a Cuéllar y le mostró la foto de Unai.
—Este chico suele pasar por la carretera en bicicleta. ¿Usted lo ha visto?
Cuéllar miró la foto y negó con la cabeza.
—No.
—¿Usted repara bicicletas?
—A veces, pero no en los últimos meses.
—¿Dónde estuvo ayer entre las diecinueve y las diecinueve treinta?
—A esa hora estaba llegando a casa. Son veinte minutos desde aquí. Llegué a las 19:30.
—¿Alguien puede corroborarlo?
El mecánico parpadeó.
—No… Yo… vivo solo.
—Muy bien. Gracias por su tiempo, señor Cuéllar.
Antes de irse, el policía volvió a mirar el neumático. La rajadura lateral le pareció extraña. Era irregular y no parecía producto de un bordillo. Decidió que valdría la pena solicitar una orden de registro para el coche.