Capítulo 6.
E l zumbido constante del servidor era lo único que se escuchaba en la habitación.
Se trataba de un ruido bajo y casi tranquilizador.
Telmo se inclinó frente al escritorio de fórmica y sus dedos se movieron con agilidad sobre el teclado sin ningún resultado, hasta que dejó escapar un suspiro de frustración.
—Lo lamento, jefe. No puedo abrirlo. Vamos a necesitar la ayuda de Informática.
Salazar frunció el ceño y entornó los ojos.
—Yo tampoco lo comprendo, jefe.
Néstor frunció el ceño.
—Nos llevaremos el servidor para que lo revise el departamento de Informática.
—Pero, inspector… —protestó el director de la bodega.
—Se trata de la evidencia en un caso del secuestro de un menor, señor Ríos. Espero que no ponga ningún inconveniente.
El director dio un paso atrás y levantó las manos, en gesto de rendición, al mismo tiempo que Telmo apagaba el ordenador y Salazar sacaba su móvil, para llamar al juez de guardia.
En cuanto consiguió comunicarse, Néstor solicitó una autorización urgente que le permitiera incautar el servidor y volcar toda su información.
Después de escuchar la respuesta, el inspector terminó la llamada y le hizo un gesto a Telmo para que procediera.
El subinspector se apartó del ordenador y salió de la habitación.
Sin moverse del lado del dispositivo, Salazar se comunicó con Toni.
El informático le respondió al segundo tono.
—Me alegra haberte localizado, Toni. ¿Dónde estás ahora?
—Acabo de terminar de instalar las escuchas en la casa de la madre del chico. Si el secuestrador llama de nuevo, la grabación se hará sola. Ya Rebeca sabe lo que tiene que hacer. Yo voy de regreso a mi nido. ¿Qué ocurre?
—Tengo aquí un servidor con una carpeta cifrada. Necesitamos averiguar su contenido.
—Eso está hecho, colega. Te espero.
En cuanto terminó la llamada, el inspector comenzó a desconectar los cables con cuidado.
Para cuando Telmo regresó, cargado con bolsas y cintas de precinto oficiales, él ya había adelantado la mitad del trabajo.
Bajo la mirada preocupada de Ríos y Romero, ambos policías precintaron y etiquetaron el dispositivo para trasladarlo a Informática, lo antes posible.
Antes de subir al coche, el inspector se comunicó con Remigio para proporcionarle la hora exacta a la que Unai había salido de la bodega, con el fin de que pudiera mapear el recorrido habitual del chico minuto a minuto.
Solo entonces, salieron en dirección a la Jefatura Superior.
Mientras recorrían el trayecto hacia Logroño, Telmo miró el dispositivo por el retrovisor.
—¿Por qué un chaval en prácticas tiene una carpeta encriptada en su usuario? Esto huele mal, jefe.
Salazar cogió aire.
—Tienes razón, Telmo, pero en este trabajo, todo huele mal.
—¿Qué cree que puede contener esa carpeta?
El inspector se quedó pensativo por un momento, antes de responder.
—No lo sé, pero la aparición de una carpeta encriptada en el usuario de un chico curioso que terminó secuestrado, no es un asunto banal. Quizá estamos ante la primera pista de este caso.
Cuarenta y cinco minutos después, ambos policías llegaron a la Jefatura Superior en Logroño y encaminaron sus pasos al laboratorio de Informática.
Lo primero que notaron fue el bajón de temperatura.
Casi hacía más frío allí que en la calle.
Toni estaba sentado frente a un ordenador que mostraba sus entrañas de componentes y cables, cuando Salazar y Telmo entraron con la caja precintada.
A pesar de la baja temperatura, el informático solo usaba una camiseta en la que se podía leer: «No soy raro. Solo compatible con poca gente».
—Traemos trabajo —anunció Salazar.
Toni se levantó de la silla y golpeó su puño contra el de Salazar a modo de saludo.
—Siempre me alegra veros, colegas… aunque eso significa que mi jornada se acaba de alargar. Ese debe ser el equipo del que me hablaste.
El inspector asintió, al mismo tiempo que Telmo dejaba la caja sobre la mesa donde una fila de ordenadores esperaba su turno.
—Se trata del servidor de la bodega donde hacía prácticas el chico —explicó Néstor—. Encontramos una carpeta cifrada en su usuario.
Toni entornó los ojos.
—¿Cifrada de verdad o «cifrada» con la contraseña pegada en un post-it ?
El inspector se encogió de hombros.
—Esperaremos tu veredicto.
Toni rompió el precinto con cuidado y sacó el ordenador.
—Le daré prioridad. ¿Qué estáis buscando?
—El contenido de la carpeta del usuario de Unai y cualquier movimiento en los últimos días.
El informático levantó una ceja.
—Eso implica mucha información.
Salazar intercambió una mirada con Telmo, antes de responder.
—Admito que lo que más nos interesa es el contenido de la carpeta cifrada, pero también nos gustaría que revisaras los archivos recientes, correos internos y accesos fuera de horario.
Ya Toni había comenzado a conectar cables, mientras escuchaba.
—¿Algo más?
—Usuarios que hayan entrado en su cuenta —continuó Salazar—. También archivos creados o borrados poco antes de la desaparición del chico.
—El combo completo. ¡Comprendido!
Toni tecleó un par de comandos y la pantalla se llenó de líneas de texto.
—¿En qué franja temporal queréis que me enfoque?
Salazar apoyó las manos en el respaldo de la silla.
—Comencemos por las cuatro semanas previas al secuestro.
—De acuerdo. Descuida, Néstor. Te prometo que, si alguien hizo algo que no debía en este ordenador, no se me va a escapar.
Después de despedirse de Toni, Salazar y Telmo salieron de la Jefatura Superior y decidieron regresar a la comisaría.