La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 5
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Capítulo 5

D espués de que Telmo le proporcionó la dirección de la bodega donde Unai hacía sus prácticas, Salazar puso rumbo a Anguciana.

—El nombre de la bodega es Umbravara —le informó el subinspector—. Se encuentra a pocos kilómetros del pueblo.

—Debemos prepararnos, Telmo. Comunícate con Ángela y dile que pida una orden de registro urgente para la bodega.

Que se base en que fue el último lugar donde se vio al chico y en que existe riesgo de perder pruebas por la actividad del personal.

Que también argumente que necesitamos acceder de inmediato a las cámaras y a cualquier indicio que pudiera ayudar a localizar a la víctima con vida.

Telmo asintió y cumplió la orden de inmediato.

Al cabo de pocos minutos, al final de un camino bordeado por viñedos, la bodega se alzó frente a ellos.

Una niebla tenue permanecía suspendida sobre las cepas casi desnudas, cuyas hojas doradas reposaban sobre la tierra húmeda.

La vendimia había terminado y se respiraba calma alrededor de las instalaciones.

Cuando bajaron del coche, percibieron un leve aroma a mosto y madera húmeda, que se mezclaba con el perfume terroso del otoño.

El rugido del motor de un tractor lejano rompió el silencio durante un segundo, pero se diluyó enseguida, dejando solo el murmullo del viento entre las ramas.

El edificio no era una instalación gigantesca, pero tampoco se reducía a una bodega familiar.

En cuanto entraron, se identificaron y pidieron hablar con el encargado.

Un empleado los condujo hasta una pequeña oficina situada al final de la nave de depósitos.

El trabajador llamó a la puerta y la abrió sin esperar respuesta.

En su interior había un hombre de mediana edad que levantó la mirada de los documentos que revisaba, sin disimular su sorpresa por la interrupción.

—¡García! ¿Qué ocurre?

—Estos policías quieren hablar con usted, señor Ríos.

El empleado desapareció, antes de que su jefe tuviera tiempo de reaccionar. Salazar levantó su identificación con un movimiento suave.

—Soy el inspector Salazar, de la comisaría de San Miguel. Mi compañero es el subinspector Álvarez. Necesitamos hablar con usted, acerca de uno de sus pasantes. ¿Puede decirnos su nombre completo, por favor?

Ríos parpadeó.

— Sí, claro… Juan Ríos. Siéntense, por favor. ¿Qué puedo hacer por ustedes?

Salazar ocupó la silla frente a Ríos, mientras Telmo permanecía de pie, con los brazos cruzados, detrás de su superior. El inspector apoyó la espalda en el respaldo.

—Queremos hacerle algunas preguntas acerca de Unai Ibáñez.

Ríos enarcó las cejas

—¿Unai Ibáñez? ¡Ah, sí! El hijo de Marcos Ibáñez. Me temo que no tengo trato directo con él. Como pasante, tiene un tutor asignado, pero no tengo noticia de que haya causado ningún problema. ¿Ha ocurrido algo?

Telmo respondió con tono neutro.

—El chico desapareció ayer, después de salir de su práctica.

Ríos cogió aire y lo retuvo por un segundo. Entonces, comenzó a mover papeles sobre la mesa en un gesto automático.

—Yo… lo lamento, pero no comprendo por qué piensan que eso tiene algo que ver con la bodega. Quiero decir, es un adolescente. Y los chavales suelen hacer cosas así. Marcharse sin decirle a nadie, irse de casa por una rabieta… ya saben…

Néstor se giró e intercambió una mirada con su compañero. Luego, volvió a centrarse en el director, que continuaba moviendo papeles sin ton ni son.

—No se trató de una rabieta de adolescente, señor Ríos. Tenemos evidencia de que alguien se llevó al chico en contra de su voluntad.

Ríos se pasó una mano por el cabello.

—Eso… es terrible, pero… ¿por qué buscan aquí?… quiero decir… ¿qué tiene que ver la bodega con la desaparición del joven?

—Eso es lo que queremos averiguar —respondió Salazar.

—El chaval desapareció justo después de salir de aquí —dijo Telmo en tono seco—. La bodega podría estar más involucrada de lo que usted pretende hacernos creer.

El inspector no le dio respiro.

—¿Dónde estuvo ayer después de las 19 horas, señor Ríos?

El encargado parpadeó, al mismo tiempo que el color huía de su rostro.

—¿Yo? ¡Yo no sé nada! No tengo nada que ver —Ríos volvió a mesarse los cabellos con manos temblorosas.

Salazar se inclinó hacia adelante y empleó un tono amable.

—Señor Ríos, no lo estamos acusando de nada, todavía, pero necesitamos conocer los movimientos de todas las personas relacionadas con Unai. Solo queremos saber dónde estuvo usted a la hora en que ocurrió el secuestro.

Ríos respiró profundo, haciendo un esfuerzo por calmarse. Entonces, asintió.

—Perdone, inspector, no estoy acostumbrado a que la Policía me interrogue. Tiene razón. Lo importante es que encuentren al chico sano y salvo. Colaboraré en lo que sea necesario.

—Comience por responder a la pregunta —intervino Telmo con voz autoritaria.

—Ayer salí temprano: a las 18 horas. Tenía una reunión con el dueño de la bodega, el señor Joaquín Umbravara. Le llevé algunos informes que él quería revisar. Estuve en su casa hasta las 21 horas.

Salazar dejó que se hiciera un pequeño silencio, mientras Telmo tomaba nota en su teléfono. Después de la breve pausa, el inspector reanudó el interrogatorio.

—¿Vio usted a Unai en la bodega ayer?

Ríos se encogió de hombros.

—Sí, de lejos, pero no hablé con él. No suelo ocuparme de los pasantes. Eso es tarea de sus tutores.

—Pero sí conoce a Unai.

—Sí, claro. El chico suele andar por toda la bodega. Es curioso y le gusta hacer muchas preguntas.

Telmo frunció el ceño.

—¿Eso le molesta a alguien?

—No que yo sepa. Quiero decir, nadie se ha quejado. Es un estudiante que quiere aprender y lleva la enología en la sangre. Su padre era enólogo y trabajó en esta bodega, antes de morir de un infarto. Por eso el chaval pidió hacer sus prácticas aquí.

Salazar entornó los ojos.

—¿Tiene noticias de que alguien mantuviera enemistad con el padre de Unai?

Ríos negó con la cabeza sin dudarlo.

—No. Hasta donde sé, Ibáñez era muy apreciado por todos —El rostro del encargado se ensombreció de repente—. Inspector, ¿cree que han podido lastimar al chico?

Salazar hizo una pausa y cogió aire, antes de responder.

—Lo sabremos cuando lo encontremos.

Ríos tragó saliva y asintió.

—Espero que consigan rescatarlo sano y salvo. Por mi parte, yo haré todo lo posible para ayudar.

Salazar asintió con un gesto leve. Un mensaje entró en los móviles de ambos policías al mismo tiempo.

El inspector sacó su teléfono y comprobó de qué se trataba.

Como esperaba, Ángela les había enviado la orden de registro.

Se la mostró a Ríos y esperó algunos segundos, mientras el director ejecutivo de la bodega la asimilaba.

—¿Qué… qué debo hacer?

Néstor se encogió de hombros.

—Para comenzar, necesitaremos un listado completo de sus empleados, temporeros y personal externo, que incluya transportistas y repartidores. También queremos hablar con el tutor de Unai.

—Antonio Romero —murmuró Ríos, al mismo tiempo que abría el archivo de personal y comenzaba a imprimir la lista.

Mientras la impresora trabajaba, el director ejecutivo se comunicó con el tutor y le pidió que acudiera a su despacho.

Pocos minutos después, un hombre de contextura fuerte y entradas pronunciadas se presentó en la oficina.

Después de que Ríos le informó acerca del motivo de la convocatoria, Salazar tomó la palabra con voz tranquila.

—Señor Romero, necesitaremos su colaboración para conocer las actividades de Unai en la bodega.

El tutor parpadeó como si necesitara poner en orden sus ideas.

—Unai está aquí por un acuerdo con el Instituto Río Tirón. Está haciendo sus prácticas del ciclo de elaboración de vinos.

—¿En qué consisten esas prácticas? —preguntó Telmo, listo para tomar notas en su móvil.

—Él… limpia y prepara los equipos, ayuda en remontados y trasiegos. Además, en ocasiones, toma mediciones básicas en los depósitos. Es un chaval muy responsable. Siempre está dispuesto a echar una mano en lo que haga falta.

Salazar cambió de postura y pasó la mirada de uno a otro testigo.

—¿Existe algún conflicto en la bodega del que quieran informarnos ahora? Me refiero a denuncias por amenazas, robos o problemas entre los empleados.

Tanto Ríos como Romero negaron con la cabeza. Salazar asintió y se centró en el tutor.

—Muy bien, señor Romero. Por favor, dígame cuáles fueron las actividades de Unai ayer.

El tutor lo pensó por un momento, antes de responder.

—Veamos… ayer, después de que limpió las herramientas, le pedí que utilizara el servidor de la bodega para subir las lecturas de densidad, temperaturas y notas de los depósitos. El enólogo jefe está de viaje y quería enviárselas antes de marcharme a casa.

—¿Unai cumplió la tarea que le encomendó?

—Sí, como siempre.

Salazar intercambió una mirada con Telmo y asintió.

—Señor Ríos, necesitamos revisar el servidor.

El director asintió con resignación y los condujo hasta una pequeña oficina anexa a la nave de elaboración. Un empleado de mediana edad de aspecto anodino ocupaba un escritorio junto a la puerta. Ríos se dirigió a él.

—Infante, por favor, tómese un descanso de quince minutos. Necesitaremos privacidad.

El empleado miró con curiosidad mal disimulada a los policías, cogió su chaqueta del respaldo y se marchó en silencio.

El inspector le pidió a su compañero que revisara el servidor y Telmo se puso manos a la obra.

Romero le proporcionó las contraseñas que necesitaba.

Al cabo de pocos segundos, el subinspector anunció que ya había accedido al usuario de Unai.

—Aquí hay varias carpetas… «Prácticas_FCT», «Control_de_depósitos» y «Laboratorio_Básico».

—No parece extraño para un chaval en prácticas.

—Espere, jefe. Aquí hay una etiquetada como «Privada».

Salazar se inclinó sobre el hombro del joven subinspector para examinar la pantalla más de cerca.

—¡Es posible que sea lo que estamos buscando, Telmo! Veamos que contiene.

—¡Esperen! —protestó Romero—. Si dice que es privado, no tienen derecho… Más bien, ¿no deberían estar buscando a Unai allá afuera?

Mientras Telmo ignoraba la queja y continuaba trabajando en el ordenador, Salazar se enderezó para encararse con el tutor.

—Señor Romero, lo que está en juego es la vida de un chaval y disponemos de una orden judicial. Me pregunto… ¿por qué le preocupa que accedamos a esa carpeta?

Antes de que Antonio intentara justificarse, Telmo intervino.

—Lo lamento, jefe, pero no puedo abrir el archivo. Está encriptado y exige una nueva contraseña.