Capítulo 4
M ientras Salazar y Telmo se encaminaban al arcén donde había aparecido la bicicleta, ambos policías iban sumidos en sus cavilaciones sobre el caso que tenían entre manos. Cuando llegaron a la carretera, las viviendas fueron sustituidas por descampados, huertas y algún que otro almacén agrícola.
Telmo rompió el silencio.
—Este asunto no me gusta, jefe.
Salazar dejó escapar un suspiro, sin apartar la mirada de la vía.
—A mí tampoco me gustan los secuestros.
El subinspector negó con la cabeza.
—No me refiero a eso. Lo que más me preocupa es la llamada. Si alguien secuestra a un chico de diecisiete años, lo habitual es que pida algo a cambio de su rescate.
Salazar asintió despacio.
—Sí, tienes razón. Que se haya comunicado sin hacer ninguna exigencia es algo que no esperaba. Tampoco a mí me gusta.
—¿Por qué cree que llamó a la madre si su intención no era exigirle un rescate?
Néstor se quedó en silencio por un segundo, antes de responder.
—No lo sé, Telmo. Tal vez para presionarla y que ceda con mayor facilidad cuando llegue el momento.
Telmo frunció el ceño.
—«Ha visto algo que no debía». ¿Qué pudo haber sido para desencadenar un secuestro?
El inspector sujetó el volante con más fuerza.
—Lo que fuera, debe representar un peligro para el secuestrador y en consecuencia, también para Unai. Tenemos que darnos prisa, Telmo. Me temo que el tiempo corre en contra del chico.
Cuando llegaron al tramo de la carretera donde había aparecido la bicicleta, ya el perímetro había sido levantado.
Encontraron a Remigio dando instrucciones a los agentes que lo acompañaban.
Los organizó para que vigilaran la escena, al mismo tiempo que enviaba a dos parejas a cerrar los accesos de los caminos secundarios.
El aire frío y el olor a tierra húmeda recibieron a Salazar y Telmo cuando bajaron del coche. La grava crujió bajo las suelas de sus zapatos, mientras se acercaban a su compañero.
—Estamos esperando a Científica —anunció Remigio, una vez que llegaron junto a él.
Telmo sacó su teléfono para hacer algunas fotografías y tomar nota de ciertos detalles del lugar, mientras Salazar ponía a Toro al día con respecto de la entrevista con la madre de la víctima.
Teniendo en cuenta esos datos y la distancia desde Anguciana, los policías calcularon la franja temporal exacta en la que el chico había desaparecido.
—Coincide —confirmó Remigio—. Al igual que la descripción de la bicicleta. No hay duda de que fue aquí donde interceptaron al chaval. Venid a ver esto.
Salazar y Telmo siguieron a Toro, quien les señaló la rueda delantera de la bicicleta. Los tres se agacharon para examinarla.
—Está pinchada —anunció Telmo—. No tuvo otra opción que detenerse.
—Y había alguien que lo estaba esperando —anunció Salazar, poniéndose de pie, despacio—. Apuesto mi gabán a que el pinchazo no fue accidental.
Remigio también se irguió y centró la mirada en la carretera.
—Revisaré el trayecto que la víctima recorría a diario entre la bodega y su casa desde aquí —anunció con decisión—. Aunque reconozco que es remota, existe la posibilidad de que el chaval haya dejado atrás la bicicleta después del pinchazo, y que intentara llegar a Haro andando o haciendo autostop.
Néstor asintió.
—De acuerdo. Mientras tanto, Telmo y yo buscaremos posibles testigos por los alrededores. Quizá encontremos algún vecino o el trabajador de una bodega cercana que haya visto algo.
—No será fácil, jefe. Aquí solo hay terreno vacío.
—Aun así. Siempre existe la posibilidad de que alguien haya pasado por este tramo de la carretera en el momento preciso. Al menos, debemos intentarlo.
En ese momento llegó la furgoneta de Científica y Casimiro descendió con todo su equipo. Salazar se le acercó.
—Hola, Casi. Me alegro de que seas tú quien se ocupe de este caso.
El jefe Barros resopló como un toro.
—¡Tú! ¡Qué karma! Cómo hayas contaminado la escena, te embalo en una bolsa de pruebas y te mando al laboratorio como curiosidad evolutiva. Espero que por lo menos hayas traído mi desayuno.
—Lo siento. Esta llamada me cogió por sorpresa.
—¡Explotador!
—A mí también me complace verte, Casi. Te debo ese desayuno, ¿de acuerdo? —Salazar levantó la mano derecha—. Palabra de explorador.
—Explorador… explorador… Ya me gustaría a mí explorarte la cabeza para ver si hay alguien ahí. Ahora, lárgate y no me hagas perder el tiempo, que algunos trabajamos.
Néstor se alejó sonriendo, mientras Casimiro ordenaba el despliegue de su equipo sobre el terreno. Salazar volvió a reunirse con sus colegas.
—¿Qué cree usted que ocurrió aquí, jefe?
El inspector meditó su respuesta por un momento.
—Es evidente que la rueda pinchada obligó al chico a detenerse. Alguien lo estaba esperando, preparado para llevárselo en contra de su voluntad.
Remigio mostró su acuerdo con un asentimiento.
—Me pregunto si lo eligieron al azar o le tendieron una trampa.
—A juzgar por la llamada que recibió la madre, me inclino por la segunda opción —opinó Néstor.
Toro se encogió de hombros.
—No pierdas de vista que la llamada pudo tener el objetivo de despistarnos.
Telmo los escuchó con atención, antes de intervenir.
—Si la elección fue deliberada, ¿por qué escogieron a Unai? A juzgar por su casa, no parece que fuera por dinero.
Salazar asintió.
—Tienes razón, Telmo. Quizá, después de todo, el sujeto que hizo la llamada dijera la verdad y el motivo del secuestro sea algo que el chico vio. Tendremos que averiguar de qué se trata y a quién afecta. Así que vamos a trabajar. Remigio…
Toro asintió.
—Descuida, haré un barrido minucioso de la carretera para detectar desvíos, entradas a fincas y caminos rurales que no figuren en los mapas oficiales, y que pudieron ofrecer una vía discreta de salida al secuestrador.
—¡Perfecto!
Los policías subieron a sus respectivos coches. Mientras Remigio se encaminaba hacia Haro muy despacio, escrutando la vía palmo a palmo, Salazar y Telmo indagaron en las bodegas y viviendas más cercanas. Allí interrogaron a trabajadores y vecinos.
Dos empleados de una bodega situada a un par de kilómetros declararon que la tarde anterior habían adelantado a un ciclista, a una hora que coincidía con la franja del recorrido de Unai.
Ambos añadieron que también habían visto un coche averiado en el arcén.
No supieron describirlo. No le habían prestado atención porque no les pareció extraño, además de que ya estaba demasiado oscuro como para distinguir marca o color.
Aquellos testimonios reforzaban la hipótesis de los policías, así que, después de tomar nota, Salazar y Telmo solicitaron las grabaciones de las cámaras de vigilancia a los accesos de las bodegas circundantes.
Una vez terminadas las entrevistas, el inspector se comunicó con Miguel, quien continuaba en la comisaría. Así que, después de ponerlo al día, le ordenó que contactara con sus informantes.
—Averigua si hay rumores sobre el secuestro en las calles. Si necesitaron ayuda para dominar al chaval, es posible que la buscaran en los callejones oscuros de Haro.
—Entendido. Déjalo de mi cuenta.
—También quiero que Ángela contacte con la DGT y solicite grabaciones de las cámaras que cubren las rotondas y gasolineras cercanas. Si tenemos suerte, tal vez podamos identificar el coche que estuvo detenido en el arcén.
—De acuerdo.
Salazar terminó la llamada y guardó el móvil, al mismo tiempo que se ponía el cinturón de seguridad y encendía el motor.
—Vamos, Telmo. Tenemos que averiguar en qué lío estaba metido el chaval.