Capítulo 3
N éstor y su compañero permanecieron en alerta, mientras la vecina se acercaba a la puerta y la abría.
En el umbral se encontraban Rebeca y Toni.
Salazar les informó a las mujeres que ambos eran parte del equipo y la señora Martínez los dejó pasar.
Después de murmurar un saludo, Rebeca entró a la sala, seguida por el informático, quien llevaba una mochila al hombro que parecía bastante pesada.
Mientras Toni trasteaba en la mochila, sacando equipos electrónicos sofisticados y cables, Rebeca, Salazar y Telmo se apartaron un poco, para hablar en privado.
—Hay novedades —dijo la inspectora en voz muy baja.
—¿Qué ocurrió?
—Recibimos un aviso hace algunos minutos. Un conductor encontró una bici tirada en el arcén, en la LR–202, a unos 800 metros de la ronda norte de Haro.
—Esa es la ruta que solía recorrer Unai para regresar a casa desde la bodega —comentó Telmo.
Rebeca asintió.
—Ya me temía que el hallazgo estuviera relacionado con la desaparición del chico. El conductor la reportó al 112.
Los policías hicieron una comparación entre la descripción de la bicicleta que había aparecido en la carretera y la que se veía en la fotografía, que pertenecía al joven desaparecido.
—Coincide —comentó Telmo.
Rebeca retomó la palabra.
—Científica ya va en camino al lugar del hallazgo, y Ángela ya solicitó el equipo de peritos que revisará este piso.
Salazar asintió.
—Perfecto. Rebeca, por favor, quédate aquí para que acompañes a la madre y la respaldes. Prepara una lista de familiares y conocidos. También proporciónale orientación si el secuestrador vuelve a comunicarse.
—De acuerdo. Remigio va de camino hacia el lugar donde apareció la bicicleta. Lo están acompañando dos patrullas, que vigilarán el perímetro de la escena del presunto secuestro. Miguel y Ángela nos están apoyando desde la comisaría.
Néstor aprobó la repartición de tareas y después de despedirse, salió de la casa junto con Telmo.
Rebeca respiró profundo y se preparó para una jornada difícil.
Toni estaba concentrado en dejarlo todo listo para extraer la máxima información posible de la siguiente llamada del secuestrador, mientras la madre sollozaba sujetando el pañuelo en un puño, como si le fuera la vida en ello.
Su amiga le envolvía los hombros en un abrazo y trataba de consolarla.
Rebeca fue consciente del ambiente pesado y cargado de miedo.
Ese miedo que nace de la incertidumbre cuando todavía se conserva la esperanza, pero al mismo tiempo se teme la peor noticia.
Ella también era madre y podía comprender a la mujer desconsolada que lloraba en el sofá.
Sin embargo, si quería ayudarla, debía superar sus sentimientos y actuar con profesionalidad.
Tomó asiento junto a ella y le habló con un tono de voz suave y amigable.
—Señora Garrido, comprendo su angustia, pero no está sola en esto. La apoyaremos y la guiaremos paso a paso, ¿de acuerdo? —Ainhoa asintió—. Si ese hombre vuelve a llamar, estaremos preparados. Ahora necesitamos que firme una autorización para intervenir su teléfono.
Ainhoa aceptó sin ningún reparo. Ya Toni tenía todo lo que necesitaba sobre la mesa del comedor: un portátil, un pequeño micrófono de pinza, un par de cables y un teléfono auxiliar. Entonces, el joven informático habló con voz suave, como si se dirigiera a un cervatillo.
—Señora Garrido, solo tocaré su móvil en lo que sea imprescindible, pero necesito prepararlo para que, si esa persona vuelve a llamar, podamos grabarlo todo —La madre tragó saliva y asintió con mirada ausente—.
Para conseguirlo, instalaré una aplicación oficial que graba llamadas entrantes. Usted lo va a usar como siempre.
Rebeca tocó el brazo de Ainhoa con suavidad.
—Yo la acompañaré en todo momento, ¿de acuerdo? No va a estar sola.
Toni comenzó a trabajar en el móvil, mientras le explicaba cada paso a la madre, con el único objetivo de tranquilizarla.
—Esto grabará cualquier llamada. También enviará un aviso de alerta al portátil —le explicó, al mismo tiempo que encendía el ordenador—. Mire, cuando alguien llame, este icono se pondrá en rojo. Esto nos permitirá escuchar al mismo tiempo que usted. Si es necesario, incluso desde la comisaría.
La madre lo miró con expectación, como si él fuese capaz de salvar a su hijo con un solo clic.
—No tendrá que preocuparse por nada —dijo Rebeca en voz baja—. Usted solo deberá responder con normalidad. Trate de mantener la calma. No le pregunte por el chico ni le lleve la contraria. Deje que hable.
Mientras la inspectora le daba instrucciones a la madre, Toni se dedicó a trastear con los dispositivos. Cuando terminó, se lo indicó a Rebeca con un gesto.
Ella tocó el antebrazo de Ainhoa con suavidad.
—Si vuelve a llamar, yo le indicaré con gestos si es mejor seguir hablando o guardar silencio. No se preocupe por Toni. Él se ocupará de todo, antes de marcharse.
—¿Y… y si llama ahora? —preguntó la mujer, con voz temblorosa.
Toni le sonrió con amabilidad.
—Ya estamos preparados.
El informático centró su atención en la pantalla del portátil.
El icono de alerta permanecía verde. Todo en calma.
Desde la calle, se escuchó el chirrido de un coche que frenó de repente, justo bajo la ventana.
Rebeca y Toni levantaron la mirada al mismo tiempo. Sin embargo, el icono permaneció verde.
—Voy a echar un vistazo al portal —susurró Rebeca, al mismo tiempo que se ponía de pie con la mano en la culata de su arma reglamentaria, pero sin sacarla—. Se asomó y negó con la cabeza.
—Es solo un vecino que descubrió una plaza libre.
Después del momento de tensión, todas las miradas se centraron en la pantalla del ordenador, como si esperaran un desmentido. Aunque el icono seguía verde, nadie fue capaz de relajarse.