Capítulo 2 #2
—En un primer momento, creí que se habría quedado estudiando con algún amigo y que olvidó llamarme o no pudo comunicarse… pero anoche no conseguí localizarlo y esta mañana, todavía no había llegado.
—¿Su hijo tiene alguna relación sentimental?
—No, que yo sepa. Al menos, nunca ha mencionado a nadie.
—¿Qué usa Unai para desplazarse? —preguntó Telmo.
Ainhoa se mordió los labios, antes de responder.
—Es… una bicicleta normal. Lo lamento, no sé casi nada sobre bicicletas —Entonces, la madre se giró en el asiento y señaló una de las fotografías sobre la cómoda—. Ahí la pueden ver.
Telmo se levantó y se acercó despacio. Cogió la fotografía y la estudió con ojo experto.
—Es una híbrida negra de manillar recto. Tiene sentido. Es una bicicleta ligera y práctica, mejor para recorrer kilómetros que para presumir en la montaña.
—¿Qué importancia tiene eso? —preguntó la madre con desesperación— ¡Yo solo sé que mi hijo ha desaparecido y lo quiero de regreso en casa!
La vecina intervino con suavidad.
—Por eso yo le sugerí que llamara a la Policía.
Salazar asintió.
—Hizo lo correcto —El inspector volvió a mirar a la madre y habló en tono suave—. Haremos todo lo posible para encontrar a Unai y traerlo a casa, pero necesitaremos que nos cuente todo lo que pueda sobre su hijo.
Ainhoa hizo una pausa para recomponerse, antes de volver a hablar.
—Unai es tranquilo y muy responsable. Desde pequeño, siempre ha tenido claro lo que quiere.
—¿Y qué es? —preguntó Telmo.
—Ser enólogo, como su padre.
La madre señaló con un gesto una fotografía del aparador donde aparecía un hombre de mediana edad, con un chico de diez años a su lado. Ambos posaban sonrientes delante de una bodega.
Salazar se levantó del sillón y se acercó a la fotografía. La cogió casi con reverencia, para examinarla con cuidado.
—¿Es la misma bodega donde Unai hace sus prácticas?
—Sí. Está cerca de Anguciana. Mi marido trabajó allí hasta que murió de un infarto, hace año y medio. Unai iba con él siempre que podía. Le fascinaba todo: los depósitos, las barricas, el olor del mosto… Es por eso que estudia en el instituto Río Tirón.
Telmo levantó la mirada del móvil donde estaba tomando notas.
—¿Enología?
—Técnico en Elaboración de Vinos. Segundo curso del grado medio.
Salazar asintió despacio.
—¿Le va bien en los estudios?
—Muy bien. Es uno de los mejores estudiantes de su curso y los profesores siempre dicen que es muy listo —dijo Ainhoa, con un leve toque de orgullo en la voz.
La mirada de Salazar se centró en un tablero de ajedrez sobre una mesita, en una esquina del salón.
—¿Ese tablero…?
—Era de mi marido —respondió Ainhoa, enjugándose las lágrimas—. Unai compartía su entusiasmo por el ajedrez. Ambos pasaban horas jugando.
Hubo un breve silencio. Salazar formuló la siguiente pregunta con voz serena y tono cauteloso.
—¿Sabe si Unai tiene enemigos?
La mujer frunció el ceño.
—No… por supuesto que no. Es un buen chaval.
—¿Ha mencionado algún conflicto reciente? ¿Algún problema en la calle?
La madre negó con la cabeza.
—Entiendo a qué se refiere, inspector. Le aseguro que no hay nada de eso. Unai no es el tipo de chico que se mete en líos. No bebe, no consume drogas… Incluso, a pesar de su edad, sale poco de noche.
Telmo intervino.
—¿Qué sabe de sus amigos?
—Se lleva bien con todos, aunque ninguno es lo bastante cercano como para que pueda considerarlo su mejor amigo. Anoche y esta mañana llamé a los que conozco y ellos a su vez se comunicaron con otros compañeros, pero ninguno pudo darme noticias de él.
Salazar dejó la fotografía en su lugar con cuidado y regresó al sillón.
—Señora Garrido, ¿qué fue lo que le dijeron en la llamada que recibió antes de avisarnos? ¿Recuerda las palabras exactas?
La mujer apretó el pañuelo en el puño.
—Sí. Era la voz de un hombre. Parecía tener prisa. Solo dijo: «Su hijo ha visto algo que no debía. Volveremos a hablar». Y colgó.
Salazar asintió.
—Haremos todo lo posible por encontrar a Unai cuanto antes, señora Garrido.
La mujer lo miró con expectación.
—Por favor, no dejen que le pase nada malo…
Néstor notó que un peso se instalaba sobre sus hombros.
—Ese es nuestro objetivo. Traer a Unai a casa, sano y salvo. Le prometo que no escatimaremos esfuerzos para conseguirlo.
—¿A qué hora recibió la llamada del secuestrador, señora Garrido? —preguntó Telmo.
—Esta mañana, temprano. Estaba muy nerviosa y no miré el reloj. Fue unos minutos antes de poner la denuncia.
—Eran las 9:30 —intervino la vecina.
Néstor asintió.
—¿Qué ropa usaba Unai cuando salió de casa, ayer por la mañana?
—Vaqueros, un jersey con capucha azul claro y zapatillas negras.
—¿Podría proporcionarnos una fotografía reciente de su hijo? —le pidió Telmo con delicadeza.
Ainhoa parpadeó como si despertara.
—Sí, por supuesto.
Salazar le proporcionó su número telefónico y Ainhoa le envió una fotografía de Unai, que había sido tomada la semana anterior. En cuanto la recibió, el inspector la compartió con su compañero.
—Gracias. Esto nos será de mucha utilidad. Por favor, guarde el número de mi móvil y avíseme si recuerda algo más. No importa la hora del día o de la noche.
—Sí, inspector.
—En cualquier momento llegarán nuestros compañeros para preparar el rastreo si ese sujeto vuelve a llamar. También vendrá un equipo de Científica que recogerá huellas y muestras de ADN de Unai. Necesitamos que colabore con ambos.
Ainhoa asintió. Antes de que Salazar y Telmo tuvieran oportunidad de despedirse, el timbre de la puerta captó la atención de todos los presentes en la sala.