La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14) Capítulo 2
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Capítulo 2

E l sol ya entraba por la ventana de la buhardilla cuando Salazar salió de la habitación y encontró abierta la mochila que habían dejado preparada sobre el sofá, la noche anterior.

Gabriela estaba ocupada sacando los pañales con determinación, mientras Paca, con los bigotes todavía blancos por el desayuno, arrastraba uno por el suelo, como si hubiera cazado una presa blanca y mullida.

Rebeca se acercó desde la cocina con una taza de café en la mano.

Ambos llegaron a la sala al mismo tiempo.

—Esto es una asociación para delinquir en toda regla —murmuró Salazar, antes de agacharse para tratar de alcanzar el botín de las fauces de su gata.

—Papá —le dijo con la lengua enredada en el chupete, al mismo tiempo que abría los brazos hacia él.

Cuando Néstor la alzó, ella jugueteó con su corbata de aguacates, atraída por los colores. Luego le dio una palmadita en la mejilla, aniquilando cualquier posibilidad de reproche. Rebeca observó la escena con una sonrisa.

—Néstor, me temo que no tienes escapatoria.

Él admitió su rendición con un suspiro de resignación, besó la frente de su hija y recuperó del suelo el pañal del que se había apoderado Paca, quien le dedicó una mirada de profundo desprecio felino.

—Lo sé. Y no tengo esperanza de que la situación cambie en los próximos cincuenta años.

Rebeca soltó una carcajada, al mismo tiempo que dejaba la taza de café vacía sobre la barra americana.

—¿Tenemos todo lo que solicitaron en la lista de la guardería?

Él asintió.

—Todo lo que pidieron, pero…

—¿Qué ocurre?

—No lo sé… es tan pequeña… que dejarla sola en ese lugar… con extraños…

—No la abandonaremos en el bosque, Néstor.

Necesitamos trabajar y en algún momento, mi madre tendrá que volver a su vida.

Lo mejor es que Gabi se vaya acostumbrando poco a poco.

La propia Dika nos recomendó esa guardería.

Su experiencia con Quino fue muy buena, y eso tiene su mérito.

Cuentan con personal especializado y compartirá con otros niños de su edad. Estará bien…

—Sí, lo sé, pero es la primera vez que se quedará con gente que no conoce. ¿Y si le causamos un trauma?

—Creo que es más probable que el trauma lo sufras tú.

Cuando por fin Salazar consiguió restaurar su integridad y la de la mochila, se la puso a la espalda y dio un paso hacia la puerta, con Gabriela en brazos.

Ella apoyó la cabecita en el cuello de su padre.

Los tres salieron a la calle y recorrieron la corta distancia que los separaba de la guardería.

En cuanto llegaron a «La Casita del Duende», Salazar permaneció quieto como si no supiera qué hacer.

Rebeca tuvo que tocarle el brazo, para que él bajara a la niña al suelo.

Atraída por los colores del aula, Gabriela dio dos pasos con valentía.

Entonces, se detuvo y después de girarse, abrió y cerró el pequeño puño, mientras dirigía una mirada expectante a su padre.

—«Pa…pá». Ven.

La pequeña apuntó hacia el aula y luego se llevó la mano a la boca. Entonces, se aferró al gabán de su padre. Con el corazón encogido, Salazar se agachó, sacó su pañuelo y le limpió la comisura de la boca con delicadeza.

—Escúchame, renacuaja —le dijo en voz baja y cariñosa—. Aquí vas a jugar con muchos amiguitos. Si alguien te quita el sonajero, negocia, ¿de acuerdo? Mami y yo regresaremos a buscarte muy pronto.

Rebeca sonrió sin intervenir.

—Néstor, tiene año y medio. No creo que entienda…

—No la subestimes —Entonces, volvió a hablarle a su hija—. ¿Verdad, cariño?

Una de las educadoras se acercó con un oso de peluche en la mano.

—Inspectores, me alegra volver a verlos. Hola, Gabi, ¿vienes conmigo?

Gabriela miró a su padre y luego al peluche. Dudó por un momento, soltó el gabán y estiró la mano hacia el mullido oso. La educadora se lo entregó, le cogió la mano y se alejó con una sonrisa. La pequeña avanzó con ella, atraída por los niños y los juguetes del aula.

Salazar se quedó agachado un instante más.

—Se marchó sin mirar atrás —murmuró, un poco herido.

Rebeca apoyó la mano en el hombro de él.

—Es lo que queríamos, ¿no? Que se adaptara sin problema.

—Sí, claro, pero no pensé que se iba a dejar sobornar con tanta facilidad. Quiero decir… se separó de nosotros sin más…

—Vamos, Néstor. Vendremos a buscarla en algunas horas. Estará aquí cuando regresemos a por ella.

El curtido inspector asintió con resignación y salió de la guardería despacio, sintiendo que cada paso que lo alejaba de su hija era un golpe que recibía en el pecho.

Un par de horas después, Salazar se encontraba en su despacho cerrando su último caso, cuando Lali golpeó su puerta, para avisarle que el comisario lo estaba esperando. El inspector jefe siguió a la secretaria hasta la oficina de su hermano, y ella le dio paso sin hacerlo esperar.

—¿Querías hablar conmigo?

—Néstor. Sí, siéntate, por favor —Salazar obedeció—. Ya debo marcharme. Mi tren saldrá en dos horas.

—¿El curso de actualización para mandos territoriales? —El comisario asintió— Creí que comenzaba mañana.

Santiago se encogió de hombros.

—En realidad, es así, pero esta tarde será la conferencia de apertura. Ya sabes cómo son estas cosas… Estaré ausente una semana, así que quedas a cargo de la comisaría…

—Vale.

—Y por favor… procura que siga en pie cuando regrese.

Salazar se llevó una mano al pecho y puso su cara de ofendido en su honor.

—¿Me consideras tan irresponsable?

—Néstor… la última vez que te dejé al mando, se incendió la cafetera vieja.

—Ella empezó. No fue para tanto, Solo se trató de un malentendido «cafeinado».

Santiago frunció el ceño.

—Néstor…

—Seré cuidadoso y haré lo posible por evitar incendios y explosiones. Lo prometo.

—¡Sal de mi vista!

Salazar le deseó buen viaje, se despidió y regresó a su propio despacho. Una hora más tarde, mientras continuaba ocupado con la burocracia, Lali volvió a llamar a su puerta.

—Inspector jefe. El comisario ya se marchó y acabamos de recibir una denuncia.

Néstor respiró profundo, aceptando su karma.

—Te escucho, Lali.

—Se trata de la desaparición de un chico de 17 años.

Anoche no regresó a casa. Su madre contactó a su tutor y a sus amigos sin resultado.

Cuando ya estaba a punto de poner la denuncia, recibió una llamada preocupante.

El sujeto que llamó le dijo que el chico había visto algo que no debía y que se comunicaría más tarde.

El inspector sintió cómo se le erizaban los vellos de la nuca.

—¿Hubo alguna petición de rescate, amenaza o advertencia?

—No, señor.

—¿La madre tiene idea de quién pudo hacer esa llamada?

—Me temo que no.

Salazar cogió aire, lo retuvo por un momento y lo soltó despacio.

—Muy bien, Lali. Por favor, avisa al resto del equipo para que se mantengan atentos.

Esto tiene prioridad absoluta hasta nuevo aviso.

Que Rebeca prepare el monitoreo de la casa de la madre y dile a Telmo que lo espero en la recepción.

No sabemos con qué nos vamos a encontrar y no podemos perder el tiempo.

—Enseguida, inspector jefe.

Minutos después, Telmo se reunió con él, ambos salieron de la comisaría y cogieron el Clío, para trasladarse hasta la dirección donde vivía Unai, el chico desaparecido.

Cuando llegaron al piso, la puerta se abrió a los pocos segundos de haber tocado el timbre.

En el umbral apareció una mujer de mediana edad con mirada inquisitiva.

Se plantó como una guardiana, lista para darles con la puerta en las narices, si era necesario.

Detrás de ella, en la sala, una segunda mujer permanecía sentada con el rostro desencajado, los ojos enrojecidos y los brazos pegados al cuerpo.

Sostenía un pañuelo que se llevaba a la comisura de los ojos con frecuencia.

La mujer que sujetaba la puerta frunció el ceño en cuanto detalló a Salazar. Sus ojos pasaron del gabán demasiado grande a la colorida corbata de aguacates.

—¿Qué desean? Este no es buen momento.

El policía levantó la identificación que llevaba en la mano y habló con voz suave.

—Inspector Salazar, de la comisaría de San Miguel. Este es el subinspector Álvarez. ¿Podemos pasar, señora…?

Ella parpadeó, mientras recalibraba sus pensamientos.

—Martínez. Clara Martínez. Yo… soy la vecina de Ainhoa y solo he venido a ayudar. Pasen.

La vecina los dejó entrar al pequeño salón y ella se apresuró a sentarse junto a su amiga.

Los policías avanzaron despacio, como si se aproximaran a un cervatillo, mientras escaneaban cada detalle de la sala.

Ambos se sentaron a un gesto de su anfitriona.

Salazar centró su atención en la mujer que sostenía el pañuelo y comenzó por una pregunta de la que ya conocía la respuesta.

—¿Es usted la señora Garrido, la madre de Unai Ibáñez?

Ella se enjugó una lágrima y asintió.

—Sí, soy yo. Los llamé esta mañana. ¡Necesito que encuentren a mi hijo y me lo traigan a casa sano y salvo!

—Es por eso que estamos aquí, señora Garrido, pero para poder cumplir nuestro cometido, debemos hacerle algunas preguntas.

—Pregunten lo que quieran.

—¿Cuándo fue la última vez que vio a Unai?

—Ayer por la mañana, cuando salió a sus prácticas en la bodega, como siempre. Sé que pasó el día allí.

—¿Cómo lo sabe? —preguntó Telmo—. ¿Habló con él?

—No, pero como tardaba en llegar, llamé a la bodega. Me dijeron que había salido a las 19:30, media hora después de terminar su jornada.

Telmo anotó la hora, al mismo tiempo que Néstor entornaba los ojos.

—¿Es normal que saliera más tarde?

Ainhoa asintió.

—Unai es un chico muy responsable y dedicado. A veces se queda un rato más, trabajando en actividades académicas, que se relacionan con sus prácticas.

—¿Usa siempre la misma ruta para regresar a casa?

—Sí. Siempre viene por la carretera LR-202. Es la vía más directa para llegar hasta aquí, desde la bodega.

Salazar se inclinó un poco hacia adelante.

—Pero ayer fue diferente… No regresó.

La mujer negó con la cabeza y las lágrimas comenzaron a correr por sus mejillas.