La sombra del gato: El peso del silencio (Inspector Salazar 14)
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Capítulo 1
U nai estuvo a punto de perder el equilibrio cuando se le pinchó la rueda delantera de su bicicleta.
El sol ya había desaparecido en el horizonte y un manto de fría oscuridad cubría la carretera, apenas iluminada por algunas farolas dispersas.
Un foco de luz intenso a pocos metros atrajo su atención.
Aunque en un primer momento no consiguió precisar de qué se trataba, comprendió que provenía del arcén, así que supuso que era un coche averiado.
Avanzó hacia la luz, arrastrando la bici a su lado.
Tal vez el conductor pudiera ayudarlo a reparar la rueda o al menos, podría aprovechar la luz de la que disponía.
Cuando se acercó lo suficiente, pudo comprobar que la iluminación provenía de una linterna de campamento muy potente, reforzada por las luces de emergencia parpadeantes del coche.
El capó del Dacia estaba abierto y un hombre con una calva incipiente se encontraba inclinado sobre la maquinaria, toqueteando mangueras y cables, al mismo tiempo que refunfuñaba por lo bajo.
Unai llegó a su lado sin que se percatara de su presencia.
—Hola, disculpe… No quiero molestar, pero… le agradecería mucho si pudiera ayudarme.
El hombre levantó la mirada y se enderezó con lentitud.
—Vaya. ¿Qué ocurre, chaval?
—Regresaba a casa de mis prácticas en la bodega, pero algo pinchó la rueda de mi bici y…
—A ver, déjame ver…
El desconocido se agachó frente a la rueda dañada y la examinó con ojo experto. Unai lo imitó. Al cabo de algunos segundos, el hombre se encogió de hombros.
—Parece que tuviste suerte, después de todo… Esto es un pinchazo limpio. ¿Llevas bomba?
—No.
—Normal. Casi nadie la lleva, hasta que la necesita.
—¿Usted tiene una?
—Sí, claro, en el maletero del coche. También tengo parches. Si el pinchazo es pequeño, lo podremos resolver en un momento.
Unai dejó escapar un suspiro de alivio.
—Gracias. Creí que tendría que regresar a casa andando, con la bici a remolque.
El hombre sonrió.
—No será necesario. En unos minutos lo arreglamos y podrás volver a casa con tu madre.
Unai frunció el ceño y se puso de pie como si tuviera un resorte en las piernas. El desconocido siguió sus movimientos.
—Ha dicho mi madre y no mis padres. ¿Cómo sabe que vivo solo con mi madre? ¿Quién es usted?
—Lo lamento, chaval.
El joven no consiguió reaccionar al movimiento rápido de la mano derecha del sujeto. Unai solo sintió la humedad en el rostro y un ligero olor químico y dulzón, que le recordó a los hospitales.
Antes de que el chico pudiera preguntarse qué estaba ocurriendo, lo invadió un mareo, acompañado por un desagradable vacío en el estómago.
Los oídos comenzaron a zumbarle y el suelo pareció perder solidez e inclinarse.
Trató de hablar, de gritar y pedir ayuda, pero la lengua no le obedeció.
Su visión comenzó a perder foco, su cuerpo ya no le pertenecía y antes de que pudiera intentar nada, notó que había caído.
Lo último que vio fue la silueta del hombre acercándose y antes de que pudiera sentir miedo, ya lo había dominado la oscuridad.