La sombra de Esparta CAPÍTULO XVIII LA LEY DE LICURGO
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CAPÍTULO XVIII LA LEY DE LICURGO

El muchacho cayó de cara sobre el barro y durante un instante nadie reaccionó. Después llegaron las carcajadas.

Uno de los jóvenes le arrojó tierra mojada sobre la espalda mientras otro imitaba exageradamente la caída para provocar todavía más ruido. El instructor dejó que se burlaran unos segundos antes de golpear dos veces el suelo con la vara.

—Otra vez.

Las risas desaparecieron de inmediato.

Los muchachos retomaron la formación respirando con dificultad bajo el aire frío de la mañana.

El barro les llegaba hasta los tobillos y el olor a sudor viejo, cuero húmedo y sangre seca permanecía suspendido sobre el patio.

Uno de ellos tenía la nariz rota y seguía tragando sangre sin dejar de sostener el escudo.

Eurídice observaba desde uno de los corredores laterales mientras intentaba limpiar sus sandalias contra una piedra. Tenía frío en las manos. También hambre. Había salido demasiado temprano y apenas había probado un poco de pan duro antes de abandonar la casa.

Llevaba varios días evitando los archivos.

O intentándolo.

A veces conseguía pasar horas enteras sin pensar en tablillas raspadas ni nombres corregidos. Después alguien pronunciaba el nombre de Licurgo y todo volvía otra vez.

Leandro apareció detrás de ella sosteniendo dos vasos de vino aguado .

—Parecés enferma.

—Gracias.

—Eso o enamorada.

Eurídice soltó una risa breve antes de beber. El vino estaba tibio y demasiado ácido.

Durante unos segundos permanecieron observando el entrenamiento sin hablar. El muchacho que había caído volvió a equivocarse durante una maniobra. Esta vez el instructor le golpeó las piernas con la vara.

No demasiado fuerte.

Lo suficiente.

El joven apenas hizo una mueca antes de recuperar la posición.

Leandro ni siquiera reaccionó.

Eso le molestó a Eurídice más de lo que esperaba.

A lo lejos comenzaban a escucharse voces provenientes del mercado inferior. Animales. Gente discutiendo. Alguien riéndose demasiado fuerte. Esparta ya estaba despierta.

—¿Vas a seguir evitando los archivos? —preguntó Leandro sin mirarla.

Eurídice tardó un instante en responder.

—No los estoy evitando.

—Claro.

Ella sintió irritación inmediata.

—¿Y vos ahora decidís qué hago?

Leandro finalmente volvió la vista hacia ella.

—Últimamente hablás como si todo estuviera por derrumbarse.

—Tal vez se está derrumbando .

Él soltó una respiración cansada.

—Es fácil decir eso cuando nunca tuviste que sostener nada.

La frase quedó suspendida entre ambos.

Eurídice quiso responder. No encontró cómo.

Uno de los muchachos volvió a caer sobre el barro y esta vez incluso el instructor terminó soltando una carcajada breve antes de recuperar inmediatamente la expresión severa.

Leandro sonrió apenas.

Ella odió que siguiera resultándole hermoso incluso cuando decía cosas que quería rechazar.

Caminaron hacia el mercado un rato después. El barro dificultaba el paso entre los puestos y una carreta atravesada había detenido media calle. Dos hombres intentaban mover una rueda rota mientras un tercero gritaba instrucciones contradictorias sin ayudar realmente en nada.

Un anciano vendía pescado salado junto a una mesa cubierta de moscas.

—Si seguís mirándolo así va a revivir solo para escapar.

El hombre soltó una carcajada ronca mostrando dientes oscuros antes de continuar limpiando escamas con una hoja oxidada.

Más adelante, varios soldados jugaban dados sentados sobre unos escalones húmedos. Uno acusó al otro de hacer trampas y terminaron empujándose mientras los demás se reían demasiado borrachos para intervenir.

Leandro compró pan todavía caliente en uno de los puestos.

Compartieron la comida caminando lentamente entre la multitud.

Hablaron de cosas inútiles.

De un caballo que había mordido a un funcionario durante una ceremonia.

De un anciano que fingía estar muriéndose cada vez que debía pagar vino.

De un instructor que se dormía durante los discursos públicos.

Eurídice terminó riéndose otra vez.

Después se sintió extrañamente culpable por hacerlo.

Cerca de las fuentes, dos mujeres discutían sobre un matrimonio próximo.

—Dicen que el muchacho va a entrar al círculo de oficiales.

—Entonces la familia ya decidió dejar de pasar hambre.

La otra mujer bajó inmediatamente la voz.

—No hables así.

El nombre de Dracón apareció otra vez.

Como siempre.

En voz baja.

Dos soldados jóvenes pasaron junto a ellos comentando nuevas reorganizaciones militares.

—Dicen que Dracón quiere endurecer los entrenamientos otra vez.

—Por fin alguien entiende cómo funciona esta ciudad.

—Los ancianos ya no sirven para nada.

No sonaban obligados.

Sonaban convencidos.

Leandro escuchó la conversación sin intervenir.

Eurídice lo observó de reojo.

—Parece que lo admiran bastante.

—Muchos creen que hace falta alguien así .

—¿Y vos?

Leandro tardó demasiado en responder.

—No sé.

Ella supo inmediatamente que estaba mintiendo.

Y aun así decidió no insistir.

Eso la irritó todavía más.

Comenzó a llover poco después.

La multitud se dispersó buscando refugio bajo corredores y toldos improvisados. Leandro tomó a Eurídice del brazo antes de que terminara empapada y ambos corrieron hasta una galería estrecha junto a los depósitos militares.

El espacio era demasiado pequeño.

La lluvia golpeaba violentamente los techos de piedra. Agua sucia descendía por una grieta del techo y caía cerca de sus pies formando un pequeño charco oscuro.

Leandro se quitó la capa mojada y la extendió parcialmente sobre ambos. Eurídice sintió inmediatamente el calor acumulado en su cuerpo bajo la tela húmeda. Podía oler lluvia, humo viejo, cuero mojado.

También sangre.

Había una pequeña herida reciente cerca del cuello de Leandro. La piel alrededor seguía enrojecida.

—Eso no parece un entrenamiento.

Él se tocó distraídamente la marca.

—No fue grave.

—No respondí eso.

Leandro sonrió apenas, pero la sonrisa desapareció rápido.

Eurídice extendió la mano antes de pensarlo demasiado y rozó apenas la piel cerca de la herida. Leandro dejó de moverse .

Ella sintió calor en el rostro aunque el corredor seguía frío.

Durante un instante ninguno pareció saber qué hacer.

Entonces un perro flaco apareció corriendo bajo la lluvia y terminó sacudiéndose agua exactamente junto a ellos.

Leandro soltó una risa inesperada.

Eurídice también.

La tensión se quebró apenas unos segundos.

Después escucharon pasos acercándose.

Dos soldados atravesaron el corredor arrastrando a un hombre completamente borracho.

—¡Soltame!

Uno de ellos le golpeó el estómago para hacerlo callar.

El hombre cayó de rodillas sobre el barro.

—Dracón va a limpiar esta ciudad aunque ustedes sigan escondiéndose —escupió uno de los soldados.

El borracho comenzó a reír mientras intentaba recuperar el aire. Escupió sangre sobre las piedras.

—Siempre aparece alguien diciendo que va a salvar Esparta.

El segundo golpe lo dejó doblado contra el suelo.

Los soldados volvieron a arrastrarlo bajo la lluvia.

Leandro observó el rastro oscuro sobre las piedras mojadas.

—Eso va a empeorar —dijo Eurídice.

—La ciudad está cansada.

—Eso no responde nada.

Leandro se pasó una mano húmeda por el rostro.

Parecía agotado.

Y enojado.

—No entendés lo que pasa cuando todo empieza a aflojarse .

—¿Y romperles las costillas lo arregla?

Él volvió a mirarla.

—Es fácil indignarse cuando otros sostienen el peso.

La frase le dolió más de lo que esperaba.

Leandro dio un paso atrás para acomodarse nuevamente la capa sobre los hombros.

Por un instante Eurídice quiso detenerlo.

No hizo nada.

Eso la humilló un poco.

Aquella noche asistió junto a su madre a una ceremonia en honor a soldados muertos durante antiguas campañas. El templo estaba lleno. Los jóvenes permanecían alineados frente a las columnas mientras los ancianos repetían las fórmulas ceremoniales con una precisión agotada.

Una niña comenzó a llorar porque había perdido una cinta roja entre la multitud y su madre intentaba hacerla callar sin dejar de repetir el juramento. Más atrás, un anciano cabeceaba medio dormido mientras otro le clavaba discretamente el codo en las costillas para mantenerlo despierto.

Las voces avanzaban sobre el patio.

Honor.

Disciplina.

Sacrificio.

Eurídice observó los rostros alrededor. Algunos muchachos repetían las palabras automáticamente. Otros parecían distraídos siguiendo el movimiento del humo sobre los pebeteros. Un soldado joven bostezó antes de recuperar inmediatamente la postura.

Entonces ocurrió algo inesperado.

Varias personas comenzaron a apartarse cerca de las escalinatas .

No hubo gritos.

Ni órdenes.

Solo una alteración repentina en el movimiento de la multitud.

Dracón acababa de entrar al templo.

Eurídice lo reconoció antes incluso de verlo claramente. Había algo en la forma en que los demás enderezaban la espalda a su alrededor.

No llevaba armadura ceremonial. Solo una túnica oscura húmeda por la lluvia y un manto pesado sobre los hombros.

Un sacerdote se acercó demasiado lento para dejarle paso.

Dracón ni siquiera lo miró.

Simplemente continuó avanzando.

El sacerdote terminó apartándose solo.

Nadie dijo nada.

Las voces retomaron el juramento casi inmediatamente.

Pero ahora sonaban distintas.

Más tensas.

Cuando el nombre de Licurgo atravesó el templo, Eurídice sintió algo peor que miedo.

Sintió pertenencia.

La fuerza brutal de cientos de voces pronunciando el mismo nombre al mismo tiempo. La sensación física de formar parte de algo antiguo y sólido.

Entonces recordó las tablillas raspadas.

La vacilación apenas duró un instante.

Pero estuvo ahí.

Al terminar la ceremonia encontró a Leandro esperándola junto a las escalinatas. La lluvia había cesado y todavía caían gotas desde los bordes del techo.

—Pensé que no ibas a salir nunca.

—Yo también.

Caminaron sin rumbo claro por calles todavía húmedas. Pasaron frente a viviendas donde las familias cenaban con las puertas abiertas hacia los patios interiores. El olor a cebada hervida, humo y aceite caliente descendía hacia la calle mezclándose con humedad y lana mojada.

Desde una casa cercana llegaban carcajadas.

En otra alguien discutía a los gritos.

Un niño corría descalzo detrás de un perro robando restos de comida.

Más adelante, varios soldados jugaban dados sobre un escalón mientras uno vomitaba contra la pared sin dejar de insultar al resto.

Esparta seguía viva.

—¿Qué pasa? —preguntó Leandro.

Eurídice tardó en responder.

—No sé si todavía entiendo qué es esta ciudad.

Leandro observó las calles vacías frente a ellos.

—Nadie la entiende completa.

—Vos parecés bastante seguro.

Él soltó una sonrisa cansada.

—No. Solo tengo más miedo de perderla.

La respuesta quedó suspendida entre ambos.

A lo lejos comenzaron a escucharse cantos militares provenientes de los patios superiores.

Leandro levantó apenas la cabeza .

Había orgullo en su rostro.

Y algo más.

Necesidad.

Eurídice comprendió de pronto que quizás nunca lograría separarlo completamente de aquella ciudad.

Y aun así, cuando él volvió a mirarla, sintió deseos absurdos de besarlo.

Días después regresó sola a los antiguos archivos.

Había intentado mantenerse lejos.

No pudo.

Las galerías exteriores estaban casi vacías y el olor a humedad vieja permanecía adherido al aire inmóvil.

Dentro de una de las salas varios hombres discutían en voz baja.

—Antes alcanzaba.

—¿Qué cosa?

Nadie respondió enseguida.

Después alguien dejó caer varios pergaminos sobre la mesa.

—Los jóvenes ya no reaccionan igual.

—Entonces habrá que endurecer otra vez.

—Siempre terminamos haciendo lo mismo.

Hubo una respiración cansada.

—Y siempre vuelve a funcionar.

Eurídice permaneció inmóvil junto a la entrada.

A través de la abertura alcanzó a distinguir tablillas acumuladas unas sobre otras y sectores parcialmente raspados bajo la luz oscilante de las antorchas.

Uno de los hombres pasó lentamente la mano sobre una inscripción corregida .

—Esto tendría que desaparecer.

—Ya casi no puede leerse.

—Casi no sirve.

Otro hombre permanecía sentado al fondo sin intervenir.

Finalmente habló:

—Si empiezan a preguntarse quién escribió realmente las leyes, después van a empezar a preguntarse otras cosas.

Nadie respondió.

Solo volvió a escucharse el roce seco de los pergaminos.

Eurídice retrocedió lentamente hacia el corredor.

Afuera seguía lloviendo.

Cerca de las escalinatas dos soldados discutían porque uno había perdido dinero apostando durante los entrenamientos.

Uno terminó golpeando al otro en la boca.

Nadie intervino.

El golpe volvió a escucharse.

Eurídice siguió caminando.