CAPÍTULO XIX LA CIUDAD DEL SILENCIO
Un vendedor de aceitunas terminó golpeando a otro con una cuchara de madera porque le había ocupado parte del puesto mientras descargaban mercadería. Los insultos comenzaron antes incluso de que la gente entendiera qué había ocurrido.
—¡La calle no es tuya!
—Entonces aprendé a mover una carreta sin bloquear media ciudad.
Varios hombres se detuvieron a mirar. Uno empezó a reírse. Otro aprovechó la discusión para robar un puñado de higos de una mesa cercana antes de desaparecer entre la multitud.
El vendedor más viejo seguía gritando mientras intentaba limpiarse aceite de la túnica.
A pocos pasos, una mujer discutía con su esposo porque había gastado casi todo el dinero de la semana apostando durante los entrenamientos.
—Nos vamos a quedar sin harina por tu culpa.
—Ganaba seguro.
—Siempre ganás seguro.
El hombre intentó responder algo. Terminó apartándose sin mirar a nadie mientras ella seguía insultándolo frente a medio mercado.
Un niño tropezó contra un puesto de pescado y comenzó a llorar porque se había lastimado la rodilla. El vendedor apenas levantó la vista antes de empujarlo suavemente para que dejara de molestar .
Esparta continuaba funcionando.
La primavera comenzaba a extenderse lentamente sobre Laconia, aunque el aire todavía conservaba humedad y humo atrapados entre las calles de piedra.
Los mercados seguían llenándose desde temprano y los niños corrían entre los puestos como siempre, pero ahora las conversaciones parecían terminar apenas alguien desconocido se acercaba demasiado.
Eurídice comenzó a notarlo en pequeñas cosas.
Las voces descendían automáticamente.
Las puertas se cerraban antes del anochecer.
Algunos hombres dejaban de reunirse en las esquinas donde antes discutían durante horas.
Y las patrullas aparecían cada vez más seguido.
Todo comenzó con rumores.
Un comerciante desaparecido.
Un antiguo oficial apartado repentinamente de la vida pública.
Un maestro acusado de repetir versiones incorrectas de antiguas enseñanzas.
Pero nadie parecía saber exactamente qué era verdad.
Un hombre juraba que habían arrestado a un comerciante por esconder vino.
Otro aseguraba que había insultado a Dracón durante una cena.
Más tarde alguien afirmó que nunca había existido ningún arresto y que todo era una invención de los soldados para asustar a la gente.
Y aun así todos seguían bajando la voz.
Una tarde, mientras caminaba junto a su madre cerca de los templos centrales, Eurídice observó a varios hombres retirar discretamente unas tablillas públicas fijadas junto a uno de los edificios administrativos.
Trabajaban rápido. Sin hablar. Un funcionario supervisaba la tarea mientras dos guardias permanecían inmóviles observando alrededor.
Los guardias llevaban brazaletes oscuros que Eurídice no había visto antes.
También nuevas varas cortas colgando junto a las espadas.
—¿Qué ocurrió? —preguntó.
Su madre evitó mirar directamente hacia los hombres.
—Nada que debamos comentar acá.
Continuaron caminando.
Una mujer pasó junto a ellas llevando pan recién horneado envuelto en tela. Más adelante, dos ancianos discutían porque uno acusaba al otro de esconder vino aguado durante las ceremonias públicas.
La ciudad seguía llena de ruido.
Pero algunas conversaciones ahora terminaban demasiado rápido.
Durante las semanas siguientes las desapariciones comenzaron a repetirse con mayor frecuencia. Algunos ciudadanos simplemente dejaban de aparecer en los entrenamientos públicos. Otros abandonaban repentinamente sus cargos sin explicación alguna.
Después de unos días, nadie volvía a mencionarlos.
Las conversaciones cambiaban de dirección cuando algún nombre surgía por error. Incluso los niños parecían comprender instintivamente que ciertas preguntas ya no debían hacerse.
Pero no todos parecían incómodos.
Algunos comerciantes comenzaron a felicitar públicamente a los nuevos guardias. Un herrero aseguró que “hacía falta mano dura”. Otro hombre dijo que ahora por fin la ciudad volvía a parecerse a la Esparta de antes.
—La gente decente no tiene nada que temer —dijo alguien cerca de una fuente.
Nadie respondió.
Una noche Eurídice escuchó voces alteradas provenientes del patio interior de una vivienda vecina. Permaneció inmóvil junto a la ventana mientras varias sombras atravesaban rápidamente el corredor exterior.
Después llegaron los golpes contra la madera.
Más tarde los gritos.
Breves.
Ahogados casi inmediatamente.
Eurídice observó las ventanas cercanas.
Nadie abrió una puerta.
Nadie se asomó.
A la mañana siguiente la vivienda seguía clausurada. Dos soldados vigilaban discretamente la entrada mientras varios vecinos caminaban alrededor fingiendo no observar nada.
Una anciana pasó frente a la casa llevando agua. Durante un instante levantó apenas la mirada hacia la puerta cerrada.
Después siguió caminando.
Cerca del mercado, unos muchachos discutían porque uno había hecho trampas jugando dados la noche anterior. Uno terminó empujando al otro contra un muro mientras los demás se reían.
Un hombre borracho empezó a cantar cerca de los puestos de pescado y olvidó la mitad de la canción antes del segundo verso. Nadie le prestó demasiada atención.
Dos perros comenzaron a pelearse por un hueso frente a una fuente y terminaron derribando un recipiente lleno de aceitunas.
El vendedor gritó como si hubieran incendiado la ciudad.
La vida siguió avanzando alrededor de la casa vacía.
Más tarde Eurídice intentó dormir un rato durante la tarde, pero el calor atrapado dentro de la vivienda volvía pesado el aire. Terminó levantándose irritada, con el cuerpo pegajoso por el sudor y olor a humo adherido al pelo.
Su madre limpiaba lentejas junto al patio interior.
—¿No vas a comer nada?
—Después.
La mujer levantó apenas la vista.
—Últimamente siempre es después.
Eurídice estuvo a punto de responder algo.
No respondió.
En una habitación cercana un niño tosía desde hacía rato. Alguien intentaba hacerlo beber agua mientras una mujer murmuraba amenazas cansadas para que dejara de llorar.
Más tarde un hombre regresó borracho a una vivienda vecina y comenzó a golpear la puerta porque había olvidado la llave. Su esposa tardó tanto en abrirle que terminó sentado en el suelo insultando a toda su familia mientras lloraba.
Nadie intervino.
Eurídice permaneció un largo rato sentada junto al patio observando cómo el agua hervía lentamente sobre el fuego. El humo le irritaba los ojos. Afuera alguien seguía discutiendo por dinero.
Por un momento pensó en advertirle a la familia vecina que empezaban a hablar demasiado durante las noches.
No lo hizo.
Y el alivio que sintió después la avergonzó más que el silencio .
Esa noche las ceremonias públicas volvieron a prolongarse más de lo habitual. Los ancianos repetían constantemente palabras como pureza, disciplina y traición mientras varios sacerdotes insistían sobre enemigos invisibles que amenazaban la estabilidad de la polis.
Siempre enemigos invisibles.
Siempre amenazas imprecisas.
Un joven se equivocó al repetir una antigua máxima ritual frente a uno de los instructores.
La corrección fue inmediata.
El golpe lo hizo caer sobre las piedras.
Nadie reaccionó.
Los demás continuaron recitando las fórmulas exactamente igual que antes.
El muchacho volvió lentamente a ocupar su lugar dentro de la formación.
Ni siquiera levantó la vista.
Eurídice sintió deseos absurdos de intervenir.
No se movió.
Miró sus propias manos.
Después bajó la cabeza igual que los demás.
Más tarde encontró a Leandro sentado sobre unos escalones húmedos detrás de los edificios administrativos. Tenía las manos vendadas y parecía agotado. También más delgado.
—¿Qué pasó?
Leandro observó distraídamente la tela manchada alrededor de sus nudillos.
—Entrenamiento .
Ella lo miró varios segundos.
—Mentís peor que antes.
Leandro soltó una risa breve.
Pero no respondió.
Durante un rato permanecieron sentados sin hablar. Desde alguna calle cercana llegaban voces de vendedores y olor a carne quemándose sobre braseros. Un niño corría detrás de una cabra mientras una mujer lo insultaba desde una ventana.
Leandro respiró lentamente antes de hablar.
—Hoy arrestaron a un hombre del puerto.
Eurídice volvió la cabeza hacia él.
—¿Por qué?
Leandro tardó demasiado en responder.
—Dijeron que estaba difundiendo rumores.
—¿Y lo estaba haciendo?
Él se encogió apenas de hombros.
—No importa mucho ya.
La respuesta cayó entre ambos como algo sucio.
Eurídice observó las vendas sobre sus manos.
Quiso preguntarle si había participado.
Antes de que pudiera hacerlo, un soldado apareció al final del corredor y llamó a Leandro levantando apenas la mano.
Leandro respondió inmediatamente.
Ni siquiera dudó.
—Tengo que irme.
Se levantó rápido.
Demasiado rápido.
Eurídice también se puso de pie .
Por un instante quiso sujetarlo del brazo.
Besarlo.
Golpearlo.
No hizo ninguna de las tres cosas.
Leandro evitó mirarla directamente antes de alejarse junto al otro soldado.
Ella permaneció inmóvil observando cómo desaparecía hacia los patios superiores.
Le molestó descubrir cuánto seguía queriéndolo cerca.
Y cuánto deseaba todavía sentir sus manos sobre su cuerpo.
Más allá del corredor varios soldados atravesaban la calle con los nuevos brazaletes oscuros sobre las túnicas. Uno de los hombres se detuvo a hablar brevemente con un funcionario y este bajó inmediatamente la cabeza antes de responder.
Todo parecía ocurrir sin necesidad de órdenes.
—Al principio protestan —había dicho Leandro.
Después se cansan.
Una tarde escuchó a un niño preguntar por qué cierto vecino ya no aparecía durante las ceremonias.
Su madre permaneció inmóvil.
Solo un instante.
Después respondió:
—No vuelvas a preguntar eso.
La voz no sonó severa.
Sonó agotada.
Los mercados comenzaron a volverse más silenciosos. Las conversaciones terminaban apenas alguien desconocido se acercaba demasiado. Amigos que antes compartían largas discusiones comenzaron a saludarse brevemente antes de seguir caminando en direcciones opuestas.
Pero no todos parecían incómodos.
Algunos hombres comenzaron a mostrarse demasiado entusiasmados con los nuevos controles. Un comerciante felicitó públicamente a unos guardias por “limpiar la ciudad”. Otro pidió castigos más duros para quienes difundieran rumores.
Incluso había quienes parecían disfrutar el nuevo orden.
Una noche volvió a despertarse sobresaltada por el sonido de pasos atravesando rápidamente la calle exterior. Se acercó lentamente a la ventana y observó varias antorchas avanzando entre las sombras.
Un grupo de soldados rodeaba una vivienda cercana mientras un funcionario leía algo en voz alta.
No logró escuchar las palabras.
Solo vio cómo sacaban a un hombre de la casa mientras su familia permanecía inmóvil junto a la entrada.
Nadie gritó.
Nadie resistió.
El hombre tampoco habló.
Simplemente bajó la cabeza mientras los soldados se lo llevaban hacia la oscuridad.
Eurídice sintió deseos repentinos de abrir la puerta.
No lo hizo.
Después escuchó a alguien vomitando en alguna calle cercana.
Más lejos un perro comenzó a ladrar.
Nadie salió.
A la mañana siguiente la vivienda permanecía abierta y vacía.
Algunos vecinos cruzaban frente a ella evitando mirar hacia el interior.
Otros fingían no haber escuchado nada durante la noche.
Un vendedor ambulante pasó ofreciendo pan como cualquier otra mañana.
Días después Eurídice regresó una vez más cerca de los antiguos archivos. El edificio permanecía casi vacío y las antorchas iluminaban apenas los corredores de piedra.
Mientras avanzaba observó varias tablillas retiradas de los muros y acumuladas contra una pared lateral.
Se aproximó lentamente.
Algunas habían sido raspadas recientemente. Otras mostraban sectores destruidos deliberadamente. Había nombres eliminados, fragmentos arrancados y líneas enteras cubiertas por nuevas inscripciones.
Varias superficies conservaban marcas irregulares donde antiguos registros habían sido borrados apresuradamente.
Eurídice permaneció inmóvil observando la piedra mutilada mientras el viento atravesaba lentamente el corredor.
Las antorchas oscilaron suavemente.
Un nombre parcialmente borrado todavía sobrevivía bajo las marcas recientes.
Casi invisible.
Eurídice apagó la antorcha.
La oscuridad ocupó inmediatamente el corredor.