La sombra de Esparta CAPÍTULO XVII LAS LEYES ENTERRADAS #3
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CAPÍTULO XVII LAS LEYES ENTERRADAS #3

El sonido de los escudos. El movimiento perfecto. El orgullo colectivo. La sensación brutal de orden.

Eurídice sintió náuseas.

Porque una parte de ella todavía entendía por qué tantos hombres habían entregado la vida para proteger algo así .

Cuando abandonaron los patios, caminaron varios minutos sin hablar.

Al pasar cerca de las barracas militares escucharon gritos. Dos soldados sujetaban a un tercero completamente borracho mientras este intentaba soltarse insultando a todos.

—¡Decile a Dracón que venga él mismo si quiere callarme!

Uno de los hombres le golpeó el estómago para hacerlo arrodillar.

El borracho comenzó a reír incluso mientras escupía sangre.

—Todos ustedes terminaron obedeciendo igual.

Un segundo golpe lo dejó sin aire.

Eurídice se detuvo involuntariamente.

Leandro evitó mirarla.

—No conviene quedarse.

Siguieron caminando mientras detrás de ellos continuaban escuchándose insultos ahogados y el sonido seco de los golpes.

Leandro tampoco.

Finalmente Eurídice se detuvo cerca de un corredor vacío.

—¿Vos también creés que eso era necesario?

El joven tardó demasiado en responder.

—Creo que una ciudad así no sobrevive permitiendo debilidad.

La respuesta la golpeó con más fuerza que el entrenamiento.

Leandro vio inmediatamente el cambio en su rostro.

—No quise decir...

—Sí quisiste.

El silencio posterior fue insoportable .

A lo lejos todavía resonaban los cantos militares descendiendo desde los patios superiores.

Leandro dio un paso hacia ella.

—Eurídice.

Ella no retrocedió.

Tampoco avanzó.

Durante un instante quedaron demasiado cerca.

Eurídice podía sentir el calor de su respiración mezclándose con el aire frío del corredor. Había polvo sobre las manos de Leandro y una pequeña cicatriz reciente junto a su mandíbula.

Por primera vez deseó tocarlo antes incluso de decidir si debía hacerlo.

Días después, incapaz de dejar de pensar en él, Eurídice tomó una decisión impulsiva.

Volvió sola a los archivos antiguos y robó una pequeña tablilla parcialmente corregida que había visto semanas atrás.

No sabía exactamente para qué lo hacía.

Tal vez quería conservar una prueba.

Tal vez quería demostrarle algo a Leandro.

Tal vez simplemente necesitaba sentir que todavía podía actuar sobre algo.

Ocultó la tablilla bajo su túnica mientras el corazón le golpeaba con tanta fuerza que creyó que cualquier guardia podría escucharlo.

Cuando salió nuevamente a las calles sintió, por primera vez desde el inicio de sus dudas, verdadero terror.

Él levantó lentamente la mano y apartó un mechón húmedo de su rostro.

El contacto fue mínimo.

Pero Eurídice sintió el corazón golpeándole con fuerza dentro del pecho.

Quiso acercarse.

Quiso besarlo.

Quiso golpearlo.

Y comprendió con terror que ambas cosas podían existir al mismo tiempo.

Esa noche no logró dormir.

Cerca del amanecer escuchó voces en la calle. Dos vecinos discutían porque uno había denunciado al hermano del otro por ocultar parte de una cosecha.

—Solo querías quedarte con sus tierras.

—Solo quería evitar problemas.

Nadie parecía sorprendido.

La discusión terminó cuando apareció una patrulla.

Al día siguiente, la vivienda del hombre denunciado amaneció vacía.

Nadie volvió a mencionarlo.

Ni siquiera en el mercado.

Y Eurídice comprendió que el silencio de Esparta no siempre nacía de la obediencia.

A veces nacía del cansancio.

Otras veces del miedo.

Y otras, simplemente, de la costumbre de seguir viviendo aunque alguien desapareciera.

Pasaron varios días antes de que volviera a encontrarse con Leandro.

La ausencia le molestó más de lo que esperaba.

Cuando finalmente apareció, tenía el rostro marcado por el agotamiento y olor a cuero húmedo y sangre seca .

—¿Dónde estabas?

Leandro se encogió de hombros.

—Entrenamientos.

Ella sostuvo la mirada unos segundos.

—Mentís mal.

Por primera vez él pareció verdaderamente incómodo.

Miró alrededor antes de responder.

—Hubo arrestos cerca de las zonas rurales.

Eurídice sintió frío inmediato.

—¿Participaste?

Leandro tardó demasiado en contestar.

—No podía negarme.

La respuesta quedó entre ambos.

A lo lejos se escuchaban risas provenientes de una taberna cercana.

Alguien cantaba horriblemente mal.

La ciudad seguía viva alrededor de ellos.

Eurídice sintió deseos absurdos de abrazarlo y alejarse al mismo tiempo.

Leandro dio un paso más cerca.

—No entendés lo que pasa si uno empieza a quedar afuera.

—Tal vez ya no quiero entenderlo.

Él cerró los ojos un instante.

—Yo tampoco quería muchas cosas.

La frase sonó cansada.

Humana.

Y eso la volvió todavía peor .

Durante los días siguientes Eurídice comenzó a notar pequeños detalles que antes parecían invisibles.

También comenzó a notar aquello que todavía mantenía unida a la ciudad.

Una mañana vio a varios muchachos ayudar en silencio a un veterano cuyo carro había quedado atrapado en el barro.

Ninguno parecía hacerlo por obligación. Más tarde, una mujer dejó comida frente a la vivienda de un soldado herido antes de desaparecer calle abajo sin decir una palabra.

Durante un entrenamiento público, uno de los jóvenes cayó exhausto y los demás terminaron el recorrido cargándolo entre todos mientras los instructores fingían no mirar.

Había algo real allí, no únicamente miedo sino también orgullo, pertenencia e incluso afecto, y eso volvía todo más difícil.

Días después asistió junto a su familia a una comida pública cerca de los patios de entrenamiento.

El humo de la carne asada cubría parcialmente las columnas y el suelo estaba lleno de huesos, vino derramado y niños corriendo entre los bancos.

Un anciano intentaba relatar una antigua victoria militar mientras varios soldados jóvenes exageraban todavía más la historia.

—Éramos treinta contra doscientos.

—La semana pasada dijiste trescientos.

—Porque ahora me acuerdo mejor.

Las carcajadas se mezclaron con el sonido de las copas golpeando la madera.

Cerca del fuego, un muchacho intentaba impresionar a una joven describiendo heridas que claramente nunca había recibido.

—Todavía me duele cuando cambia el clima.

La muchacha observó sus brazos intactos y sonrió apenas.

—Qué milagro .

Más allá, dos mujeres discutían porque una había llevado un pan demasiado pequeño para compartir.

—Tu familia siempre hace lo mismo.

—Entonces la próxima vez no comas.

Un niño tropezó contra la mesa en mitad de la discusión y terminó cubierto de vino. Los adultos siguieron discutiendo mientras él intentaba lamerse el líquido de los brazos entre risas.

Eurídice observó todo aquello en silencio. Por momentos resultaba difícil reconciliar aquella ciudad ruidosa, vulgar y cansada con la Esparta solemne de los rituales.

Incluso las ceremonias religiosas empezaban a parecer distintas.

Durante una pequeña festividad en honor a los antepasados, uno de los sacerdotes olvidó parte del canto ceremonial y otro debió corregirlo en voz baja mientras varios jóvenes intentaban contener la risa.

Un perro atravesó el patio sagrado perseguido por dos niños antes de derribar una cesta de frutas frente al altar.

La tensión duró apenas un instante.

Después alguien comenzó a reír.

Y el resto terminó haciendo lo mismo.

Sin embargo, las grietas seguían apareciendo.

Un instructor corrigió una máxima tradicional en mitad de una clase y continuó hablando como si nadie hubiera notado el error.

Durante otra jornada de entrenamiento, un muchacho recibió mal el impacto de una lanza de práctica y cayó al suelo sin levantarse.

Durante unos segundos nadie se movió. Después comenzaron los gritos.

El instructor ordenó continuar mientras dos hombres arrastraban al herido fuera del patio dejando un rastro oscuro sobre la arena .

Los demás siguieron entrenando.

Más tarde, durante un funeral breve y torpe, la madre del muchacho interrumpió el discurso oficial.

—Mi hijo no murió por Esparta. Murió porque ese idiota lo hizo entrenar lesionado.

El silencio se volvió insoportable.

Un funcionario intentó hacerla callar, pero la mujer continuó llorando y maldiciendo incluso mientras otras intentaban sostenerla.

Algunos apartaron la vista.

Otros fingieron no escuchar.

Eurídice permaneció inmóvil observando cómo el discurso ceremonial terminaba deshaciéndose bajo el viento y los gritos.

En el mercado, dos mujeres discutían junto a un puesto de pescado salado.

—Antes esa ración era para cualquiera.

—Antes también pasábamos hambre.

Un viejo vendedor soltó una risa ronca mientras limpiaba sangre de cabra de una piedra.

—En Esparta siempre dicen que todo existió desde el principio.

La mujer le ordenó callarse de inmediato.

El anciano levantó las manos fingiendo rendición aunque todavía seguía sonriendo, y durante un instante las mujeres también parecieron contener la risa antes de volver a sus tareas.

Un instructor corrigió una máxima tradicional en mitad de una clase y luego continuó hablando como si nada hubiera ocurrido.

Un anciano interrumpió a otro durante una ceremonia:

—Eso no se decía así .

—Ahora sí.

En el mercado escuchó a dos mujeres discutir sobre nuevas normas relacionadas con los alimentos reservados para soldados.

—Antes no era así.

—Antes también pasaban hambre.

Un viejo vendedor soltó una carcajada.

—En Esparta siempre dicen que todo existió desde el principio.

La mujer le ordenó callarse de inmediato.

Aquella misma noche Eurídice volvió cerca de los edificios de archivos.

El viento había arrastrado olor a lluvia estancada desde los sectores bajos de la ciudad. Cerca de las escalinatas dormían dos perros flacos entre recipientes volcados y restos de comida. Uno levantó apenas la cabeza al verla pasar antes de volver a acomodarse contra la piedra tibia.

Las antorchas exteriores apenas resistían el viento.

Desde una sala abierta llegaban voces bajas.

—No podemos seguir corrigiendo registros cada vez que cambian las decisiones del Consejo.

—Las contradicciones deben desaparecer.

—Ya desaparecieron demasiadas cosas.

Hubo un silencio pesado.

Eurídice permaneció inmóvil junto al muro.

Dentro de la habitación varios hombres observaban tablillas extendidas sobre una mesa larga. Algunos parecían agotados. Uno tosía continuamente cubriéndose la boca con un paño oscuro.

Otro señaló una inscripción parcialmente raspada .

—Esto todavía puede leerse.

—Entonces raspá más profundo.

El anciano sentado al fondo negó lentamente con la cabeza.

—Algún día alguien volverá a encontrarlo.

Nadie respondió.

El fuego osciló sobre la piedra marcada.

Debajo de la corrección todavía sobrevivían restos de la inscripción antigua, casi invisibles bajo la luz inestable de las antorchas.

Eurídice observó la tablilla durante varios segundos.

Pensó en los niños peleando durante la cena. En los jóvenes cargando al muchacho agotado. En las mujeres dejando comida frente a casas ajenas antes del amanecer.

Pensó también en las voces de aquella habitación raspando lentamente el pasado para que la ciudad continuara pareciendo eterna.

Por primera vez no supo qué parte de Esparta deseaba conservar ni cuál empezaba lentamente a desear que desapareciera.

Entonces escuchó pasos acercándose por el corredor.

Retrocedió de inmediato hacia la oscuridad.

Y desapareció antes de que alguien saliera de la sala.