CAPÍTULO XVII LAS LEYES ENTERRADAS #2
Eurídice esperó.
El hombre soltó una respiración cansada.
—Las leyes cambiaron demasiadas veces.
—Pero todos hablan de ellas como si fueran eternas.
—Eso ayuda .
—¿A quién?
El soldado levantó apenas la vista.
—No todo era mentira.
Eurídice permaneció en silencio.
El hombre apoyó la hoja sobre sus rodillas.
—Antes de las guerras, antes del hambre... la ciudad era distinta. Más dura, sí. Pero también más simple.
—¿Y mejor?
El soldado tardó en responder.
—A veces.
Después volvió a bajar la vista.
—A los que gobiernan.
Un grupo de jóvenes pasó corriendo frente al corredor llevando lanzas de entrenamiento sobre los hombros. Uno de ellos tropezó y los demás comenzaron a burlarse.
El soldado los observó alejarse.
—La gente cree más fácilmente en lo que viene del pasado.
Luego volvió a afilar la hoja.
El sonido metálico se mezcló con el viento húmedo que atravesaba la galería.
Durante los días siguientes Eurídice comenzó a dormir mal.
A veces despertaba convencida de haber escuchado pasos fuera de la vivienda. Otras veces soñaba con tablillas raspadas y despertaba con la mandíbula dolorida por haber estado apretando los dientes.
Una madrugada salió al patio para respirar aire frío y encontró a su madre despierta junto al fuego casi apagado.
—¿Tampoco podés dormir?
La mujer tardó en responder .
—Hace años que no duermo bien.
Eurídice permaneció observándola.
Las sombras marcaban con dureza el cansancio de su rostro.
—¿Por qué nunca dijiste nada?
La madre dejó escapar una sonrisa pequeña.
—Porque las personas siguen viviendo igual aunque estén cansadas.
Después cambió de tema y comenzó a preguntarle por una familia que planeaba casar a su hija con un joven oficial cercano a Dracón.
El nombre apareció apenas, pero Eurídice notó cómo su madre bajaba la voz al pronunciarlo.
En el mercado también empezaban a escucharse rumores.
Que Dracón reorganizaría los entrenamientos.
Que quería expulsar comerciantes extranjeros.
Que algunos lo admiraban porque todavía hablaba de grandeza mientras los ancianos solo parecían discutir.
Que otros preferían callarse cuando alguien mencionaba su nombre.
Fue durante esos días cuando Eurídice comenzó a encontrarse con Leandro con una frecuencia inesperada.
A veces no hablaban demasiado. Caminaban por calles todavía húmedas después de la lluvia o permanecían sentados cerca de los patios de entrenamiento mirando a los muchachos repetir movimientos durante horas bajo el sol.
En una ocasión compartieron un trozo de pan duro y vino agrio mientras observaban cómo varios niños jugaban a formar pequeñas falanges con ramas y tapas de madera.
Uno de ellos tropezó y todos comenzaron a insultarlo con una crueldad tan exagerada que Leandro terminó riéndose.
—En diez años van a ser exactamente iguales a nosotros .
—Eso debería preocuparles.
—Ya es tarde para eso.
El calor descendía lentamente sobre la ciudad y Eurídice podía sentir el olor espeso del sudor acumulado bajo las armaduras de entrenamiento mezclándose con el humo de los hornos cercanos.
Durante varios minutos ninguno dijo nada más.
Y, sin embargo, Eurídice comenzó a esperar esos silencios con una necesidad que no quería reconocer.
Lo había visto otras veces en ceremonias y entrenamientos públicos, aunque nunca habían hablado demasiado.
Era algunos años mayor que ella y entrenaba junto a los oficiales jóvenes que empezaban a ganar prestigio dentro de la ciudad.
No tenía el aspecto severo de muchos soldados espartanos.
A veces sonreía demasiado. A veces hablaba cuando debería callarse.
La primera vez que conversaron a solas fue cerca de las fuentes inferiores, mientras varias mujeres lavaban telas junto al agua.
Leandro observó las vendas húmedas que Eurídice llevaba entre las manos.
—Eso parece más pesado de lo que debería.
—Entonces ayudá.
El joven soltó una risa breve antes de tomar parte de la carga.
Durante algunos minutos caminaron sin hablar. El sol todavía calentaba la piedra mojada y desde las calles cercanas llegaban voces de comerciantes discutiendo precios.
—Escuché que estuviste en los archivos viejos —dijo él finalmente.
Eurídice sintió tensión inmediata en el pecho.
—La ciudad escucha demasiado .
—La ciudad está nerviosa.
Ella lo observó de reojo.
—¿Y vos?
Leandro tardó un momento en responder.
—Yo todavía creo que Esparta necesita orden.
La respuesta le produjo una decepción difícil de explicar.
Sin embargo siguió caminando junto a él.
Con el paso de las semanas comenzaron a encontrarse cada vez más seguido. A veces en el mercado. A veces después de los entrenamientos. Una noche coincidieron durante una celebración pequeña organizada tras el regreso de un grupo de soldados desde la frontera.
Había música desafinada, vino demasiado fuerte y jóvenes intentando bailar sobre el barro seco del patio. Un muchacho terminó vomitando junto a una columna mientras los demás lo insultaban entre carcajadas.
Leandro observaba la escena sonriendo.
—La gran disciplina espartana.
Eurídice terminó riéndose también.
Por un momento la ciudad pareció liviana.
Más tarde caminaron alejándose del ruido. Desde las terrazas superiores podía verse el resplandor irregular de las antorchas extendiéndose sobre Esparta.
—¿Nunca quisiste irte? —preguntó Eurídice.
Leandro la miró sorprendido.
—¿Irme?
—A otro lugar.
El joven apoyó los brazos sobre el muro de piedra.
—Cuando era chico sí .
—¿Y ahora?
—Ahora no sabría quién soy fuera de acá.
La respuesta quedó suspendida entre ambos.
El viento nocturno movía lentamente algunos mechones húmedos sobre el rostro de Eurídice.
Leandro extendió la mano como si fuera a apartarlos, pero se detuvo antes de tocarla.
—A veces hablás como si ya te hubieras ido.
Aquella frase le dolió más de lo que esperaba.
Durante varios segundos ninguno volvió a hablar.
Desde abajo todavía llegaban risas, música rota y voces ebrias perdiéndose entre las calles.
Eurídice comprendió entonces algo que la inquietó profundamente.
No quería perder aquella ciudad.
Ni siquiera después de todo lo que había descubierto.
Porque debajo del miedo, de las mentiras y de las leyes corregidas todavía existían personas capaces de reír, desear, protegerse y amar dentro de ella. Y cuanto más descubría sobre Esparta, más comenzaba a extrañar la seguridad sencilla con la que había vivido antes de empezar a dudar de todo.
Y por primera vez tuvo miedo de que la verdad pudiera destruir también eso.
Pocos días después asistió junto a Leandro a una demostración militar organizada en los patios superiores.
Desde temprano comenzaron a llegar ciudadanos de distintos sectores de la ciudad. Los niños corrían entre las columnas intentando imitar el paso de los soldados mientras los comerciantes vendían vino aguado y carne asada envuelta en hojas calientes .
Cuando sonaron los primeros cuernos, el murmullo general desapareció.
Las filas espartanas avanzaron con una precisión casi imposible. El golpe simultáneo de las lanzas contra los escudos recorrió el patio como un único sonido seco. Los movimientos parecían formar parte de un mismo cuerpo.
Eurídice sintió un estremecimiento.
Incluso sabiendo todo lo que sabía.
Incluso después de los archivos.
Los jóvenes avanzaban bajo el sol con una disciplina feroz y hermosa. El polvo se levantaba alrededor de las sandalias golpeando la piedra mientras los cantos militares comenzaban a extenderse entre las galerías.
Leandro observaba en silencio.
—Quiero entrar al círculo de oficiales antes del próximo invierno —dijo de pronto, sin apartar la vista de la formación—. Si Dracón termina controlando los entrenamientos, los ascensos van a cambiar.
Eurídice lo miró sorprendida.
—¿Querés trabajar para él?
Leandro tardó un momento en responder.
—Quiero seguir teniendo un lugar acá.
La honestidad de la respuesta resultó más incómoda que cualquier discurso.
Cerca de ellos, varios hombres comentaban en voz baja el nombre de Dracón.
—Por fin alguien habla como espartano.
—Los ancianos ya no sirven para nada.
—Dracón sí entiende cómo mantener unida la ciudad.
Uno de los soldados jóvenes levantó la copa .
—Esparta necesita hombres que no tengan miedo.
Los demás brindaron.
No sonaban obligados.
Sonaban convencidos.
Había orgullo en su rostro.
No orgullo ciego.
Algo más profundo.
Como si aquella ciudad todavía representara una parte de sí mismo que se negaba a abandonar.
Durante varios minutos Eurídice sintió lo mismo.
Entonces ocurrió.
Uno de los muchachos más jóvenes perdió el ritmo durante una maniobra. Apenas un instante.
El instructor avanzó hacia él sin detener la formación y lo golpeó brutalmente con el extremo de la lanza frente a todos.
El muchacho cayó de rodillas.
Nadie se movió.
La formación continuó avanzando.
El instructor volvió a golpearlo.
Esta vez directamente sobre el rostro.
Eurídice sintió el cuerpo tensarse.
Varios espectadores apartaron la mirada.
Otros permanecieron observando con absoluta normalidad.
El muchacho intentó incorporarse mientras la sangre descendía lentamente desde su boca hacia el cuello.
—Levantate —ordenó el instructor.
El joven volvió a caer .
Entonces el instructor levantó nuevamente la lanza.
Leandro sujetó el brazo de Eurídice antes de que avanzara.
—No.
Ella intentó soltarse.
—Lo va a matar.
—Mirá alrededor.
Eurídice lo hizo.
Nadie intervenía.
Ni los ancianos.
Ni los soldados.
Ni los padres del muchacho.
Solo observaban.
La respiración de Leandro era tensa junto a ella.
—Si lo desafiás delante de todos, el próximo castigado va a ser otro.
—Eso no tiene sentido.
—Acá sí.
El instructor golpeó una vez más.
Finalmente dos soldados retiraron al muchacho inconsciente mientras la formación continuaba avanzando bajo los cantos militares.
Y lo peor fue que, aun después de aquello, la ciudad seguía viéndose magnífica.