CAPÍTULO XVII LAS LEYES ENTERRADAS
La lluvia había cesado antes del amanecer.
El agua seguía descendiendo lentamente por las piedras de Esparta y formando pequeños hilos oscuros entre las grietas de los muros.
En algunos patios todavía quedaban recipientes llenos hasta el borde.
Las mujeres vaciaban el exceso de agua en silencio mientras el humo húmedo de los hornos comenzaba a elevarse sobre los techos.
Un niño corría detrás de otro entre los callejones estrechos golpeando una espada de madera contra las paredes.
—Vas a romperla otra vez.
—Entonces dame una de verdad.
La madre ni siquiera levantó la vista mientras acomodaba panes sobre una tela.
—Cuando puedas sostenerla.
Los chicos desaparecieron entre las casas riendo.
Eurídice los observó apenas un instante antes de continuar caminando.
Desde hacía semanas le costaba mirar la ciudad como antes.
En el mercado, los comerciantes discutían por aceite y cebada. Dos ancianos debatían cerca de una fuente sobre impuestos militares. Más allá, un veterano dormía sentado contra una pared mientras las moscas se acumulaban alrededor de su pierna vendada.
Todo parecía normal .
Y, sin embargo, algo se había desplazado.
Las conversaciones escuchadas en la Gerusía seguían regresando en momentos inesperados. A veces mientras entrenaba. A veces durante las ceremonias. A veces simplemente al escuchar a alguien pronunciar el nombre de Licurgo con aquella seguridad absoluta que antes jamás había cuestionado.
Esa tarde acompañó a su madre hasta una antigua construcción utilizada por escribas y funcionarios religiosos.
El edificio olía a humedad vieja.
Había corredores angostos cubiertos de humo antiguo y lámparas de aceite que apenas lograban iluminar las paredes ennegrecidas. Un escriba joven transportaba tablillas envueltas en tela. Otro discutía con un anciano junto a una mesa cubierta de pergaminos.
—No encuentro la versión anterior.
—Entonces sigue buscando.
—Algunas ya no están.
El anciano levantó la vista lentamente.
—Todo está.
El muchacho dudó antes de alejarse.
Eurídice aguardó junto a una sala lateral mientras su madre conversaba con un funcionario.
Entonces escuchó voces detrás de una puerta entreabierta.
—No deberían seguir comparando registros.
—La revisión fue autorizada.
—La revisión, sí.
Hubo un silencio breve.
—Pero no esto.
Eurídice permaneció inmóvil .
Dentro de la habitación alguien dejó caer una tablilla sobre madera.
—Cada vez cuesta más ocultarlo.
—Baja la voz.
—¿Para qué?
Otra voz habló después de varios segundos.
—Licurgo jamás escribió parte de esas reformas.
Nadie respondió inmediatamente.
Solo se escuchó el roce seco de pergaminos.
Eurídice se acercó apenas.
Desde la abertura de la puerta alcanzó a distinguir una mesa cubierta de polvo y tablillas antiguas.
Algunas tenían sectores raspados. Otras mostraban líneas corregidas con tinta más reciente.
Sobre un pergamino parcialmente desenrollado todavía podían verse restos de una inscripción anterior bajo el texto nuevo.
Un hombre pasó lentamente los dedos sobre una de las correcciones.
—Esto apareció después de las guerras mesenias.
—Lo sé.
—Entonces no pertenece a Licurgo.
—Ahora pertenece.
El anciano apoyó ambas manos sobre la mesa.
—La ciudad cambió.
—La ciudad tuvo miedo.
La frase quedó suspendida y nadie volvió a hablar durante varios segundos.
Eurídice retrocedió despacio hacia el corredor.
Aquella noche cenó casi sin intervenir. El humo de las lámparas se acumulaba lentamente cerca del techo y el olor a lentejas hervidas permanecía adherido al aire caliente de la habitación. Uno de los niños tenía la rodilla vendada y exageraba el dolor para evitar el entrenamiento del día siguiente.
—Creo que voy a morir.
—Ojalá —respondió su hermana mientras seguía comiendo.
El padre soltó una carcajada seca.
—Entonces al menos dejarías de hablar mientras cenamos.
La madre le apartó el cuenco vacío de un golpe suave antes de que intentara servirse otra vez.
—Dejalo para los demás.
El niño protestó.
La discusión continuó varios minutos alrededor del queso endurecido y del último trozo de pan todavía caliente. Incluso Eurídice terminó sonriendo apenas. Por un momento logró olvidarse de las voces escuchadas en los archivos.
Después su padre pronunció el nombre de Licurgo mientras hablaba sobre nuevas restricciones comerciales.
La sonrisa desapareció lentamente.
—Van a limitar otra vez los viajes hacia el norte —dijo su padre mientras cortaba un pedazo de carne demasiado cocida—. Dicen que algunos comerciantes regresan hablando demasiado.
La madre no respondió enseguida.
—La ciudad siempre teme algo.
—Por eso sigue existiendo.
Eurídice observó a ambos en silencio. Su madre evitaba discutir ciertas cosas delante de los demás, pero aquella noche parecía cansada.
—Antes no eras así —dijo Eurídice sin pensar .
La frase cayó sobre la mesa.
Su madre levantó lentamente la vista.
—¿Así cómo?
Eurídice dudó.
—Antes discutías.
Nadie habló durante varios segundos. Incluso los niños dejaron de moverse.
La madre terminó apartando la mirada.
—Antes era más joven.
Continuó repartiendo comida como si nada hubiera ocurrido.
Eurídice observó las manos de todos moviéndose alrededor de la mesa. Nadie dudaba. Nadie vacilaba al repetir aquellas palabras aprendidas desde la infancia.
Sintió una incomodidad física, como si algo se hubiera desplazado dentro de ella y ya no consiguiera volver exactamente a su lugar.
Su padre hablaba sobre nuevas restricciones comerciales mientras su madre repartía comida entre los sirvientes y los niños más pequeños discutían por un trozo de queso endurecido.
—Él tomó más.
—Porque vos hablás demasiado.
La madre golpeó la mesa suavemente con los dedos.
—Coman.
Las lámparas oscilaban sobre las paredes de piedra.
Licurgo.
El nombre apareció varias veces durante la conversación.
Nadie dudaba al pronunciarlo.
Al día siguiente asistió a un ritual junto a otras mujeres .
Las voces avanzaron unidas repitiendo fórmulas antiguas. Los ancianos pronunciaban cada palabra sin mirar a los presentes, como si el rito pudiera continuar incluso con una ciudad vacía.
Cuando llegó el momento final, Eurídice demoró apenas un instante antes de repetir el juramento.
La mujer que estaba a su lado la observó brevemente.
—¿Te sentís mal?
—No.
—Estás pálida.
Eurídice negó con la cabeza.
Al terminar la ceremonia, varios jóvenes comenzaron a bromear cerca de la salida. Uno imitaba exageradamente la voz grave de un instructor mientras los demás intentaban contener la risa.
Un anciano los fulminó con la mirada.
Los muchachos se dispersaron de inmediato.
Eurídice permaneció quieta observando cómo el silencio regresaba al patio.
Más tarde volvió a encontrarse con el soldado cerca de los edificios administrativos.
Antes de acercarse lo observó discutir con un comerciante de vino.
—Te estoy diciendo que esto está aguado.
—Y yo te estoy diciendo que llevás media jarra encima desde el mediodía.
El soldado soltó una risa breve.
—Entonces necesito otra para comparar.
El comerciante terminó llenándole la copa mientras negaba con la cabeza .
—Los héroes de Esparta van a dejarme pobre.
—Eso hacemos con todo.
Cuando Eurídice llegó junto al corredor, el hombre todavía conservaba una sonrisa cansada.
La humedad había oscurecido los bordes de su túnica y una cicatriz reciente sobresalía cerca de la clavícula.
—¿Licurgo existió?
La sonrisa desapareció.
El soldado dejó lentamente la copa en el suelo.
Miró alrededor antes de responder.
—No hagas esa pregunta acá.
—Solo quiero saber.
El hombre permaneció varios segundos en silencio mientras el ruido distante del mercado atravesaba las galerías.
—Algunos dicen que sí.
—¿Y los otros?
El soldado volvió a tomar la piedra de afilar.
—Los otros dicen que la ciudad necesitaba a alguien.
—¿Para qué?
—Para ordenar todo esto.
Hizo un gesto vago hacia las calles.
—Un nombre sirve más que cien discusiones.
Eurídice esperó.
El sonido metálico de la hoja regresó lentamente.
—Las leyes cambiaron demasiadas veces.
—Pero todos hablan de ellas como si fueran eternas.
—Eso ayuda.
—¿A quién ?
El hombre levantó apenas la vista.
—A los que gobiernan.
Guardó silencio unos segundos antes de agregar:
—No todo era mentira.
Eurídice permaneció quieta.
—Antes de las guerras, antes del hambre... la ciudad era distinta. Más dura, sí. Pero también más simple.
—¿Y mejor?
El soldado tardó en responder.
—A veces.
Un grupo de jóvenes pasó corriendo frente al corredor llevando lanzas de entrenamiento sobre los hombros. Uno tropezó contra otro y comenzaron a insultarse entre risas hasta que apareció un instructor y ambos recuperaron inmediatamente la compostura.
El soldado observó la escena alejarse.
—La gente cree más fácilmente en lo que viene del pasado.
Luego volvió a bajar la vista hacia la hoja.
Eurídice iba a marcharse cuando el hombre habló otra vez.
—Deberías dejar de acercarte a los archivos.
Ella se detuvo.
—¿Por qué?
—Porque alguien empezó a preguntar quién estuvo escuchando conversaciones.
Eurídice sintió un vacío inmediato en el estómago.
—¿Quién?
El soldado tardó demasiado en responder.
—No importa .
—Importa si me están buscando.
El hombre volvió a afilar la hoja.
—A veces hacés demasiadas preguntas.
Por primera vez Eurídice no supo si estaba intentando protegerla o advertirle algo mucho peor.
El hombre afilaba una hoja corta sentado bajo un corredor de piedra. Tenía ojeras profundas y la túnica húmeda en los bordes.
Eurídice se detuvo frente a él.
—¿Licurgo existió?
El soldado dejó de mover la piedra.
Miró alrededor antes de responder.
—No hagas esa pregunta acá.
—Solo quiero saber.
El hombre permaneció un momento en silencio.
A lo lejos se escuchaban vendedores discutiendo en la calle principal.
—Algunos dicen que sí.
—¿Y los otros?
El soldado volvió lentamente a la hoja.
—Los otros dicen que la ciudad necesitaba a alguien.
—¿Alguien?
—Un origen.