La sombra de Esparta CAPÍTULO XVI LA CIUDAD QUE RECUERDA #2
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CAPÍTULO XVI LA CIUDAD QUE RECUERDA #2

—Ojalá pudiera.

Uno de los ancianos tosió varias veces seguidas y tardó unos segundos en recuperar el aire. Otro aprovechó la interrupción para sentarse pesadamente sobre un banco bajo mientras se masajeaba una rodilla hinchada.

Más allá del patio, un niño corría detrás de un perro pequeño entre las columnas mientras dos mujeres discutían porque alguien había ocupado un sitio reservado para las familias ceremoniales.

La ceremonia seguía desarrollándose alrededor de ellos.

—Antes esto era más simple —dijo uno de los ancianos.

—No era más simple.

—Bueno… al menos dormíamos.

Varios evitaron mirarlo .

Durante unos segundos solo se escuchó el sonido de los músicos afinando cerca del altar principal y la respiración fatigada de varios hombres alrededor del banco de piedra.

Después uno de ellos habló sin levantar demasiado la voz.

—Ya nadie confía en nadie dentro de esta ciudad.

Otro tardó unos segundos en responder.

—Tal vez nunca confiamos realmente.

La conversación terminó cuando comenzaron a acercarse más ciudadanos hacia el patio central. Los ancianos guardaron silencio casi inmediatamente.

Uno incluso olvidó por un momento lo que estaba diciendo.

—Lo que quería decir era que… bueno…

Movió una mano con cansancio.

—Ya no importa.

Aquella noche Eurídice apenas consiguió dormir. Permaneció despierta escuchando perros ladrando a lo lejos, pasos de patrullas y voces apagadas detrás de las paredes vecinas.

Todo seguía funcionando.

Y precisamente por eso la ciudad comenzaba a inquietarla más.

Días después volvió a encontrarse con Licón cerca de una calle próxima al mercado menor. El muchacho venía acompañado por otros soldados y tardó apenas un instante en reconocerla.

Solo un instante.

—Eurídice —dijo finalmente.

Ella asintió.

Licón sonrió, aunque ya no parecía tan cómodo como durante la celebración.

—Pensé que habías regresado al campo con tu familia .

—No.

Uno de los soldados llamó a Licón desde más adelante.

Él levantó una mano sin dejar de mirarla.

—Bueno… me alegra verte.

Después dudó apenas.

—Creo.

Los otros comenzaron a reírse.

Licón se alejó con ellos.

Eurídice permaneció quieta unos segundos antes de continuar caminando.

Más tarde, cerca del archivo menor, vio a un funcionario retirando tablillas viejas desde un depósito húmedo. Varias estaban dañadas por el agua y la cera se desprendía en pequeñas láminas oscuras.

El hombre trabajaba lentamente.

A veces parecía quedarse quieto sin motivo.

Eurídice observó cómo apartaba una tablilla, la miraba un momento y luego la dejaba junto a otras sin demasiada atención.

Después siguió caminando.

La lluvia comenzó poco después.

Cerca del archivo menor, una lámpara seguía encendida.

El interior olía a cera húmeda y aceite consumido. Había pocos funcionarios. Uno dormía sentado junto a una pared. Otro revisaba cuentas agrícolas con la cabeza apoyada en una mano. Desde una sala cercana llegaba el ruido bajo de un estilete raspando.

Eurídice avanzó hacia la mesa donde solían dejar las listas auxiliares de propiedades y permisos.

Tomó una tablilla .

Después otra.

Había registros de aceite, tierras menores, autorizaciones para traslado de grano, vínculos familiares, nombres de sirvientes, deudas pequeñas.

En una de ellas encontró una línea recién corregida.

Se detuvo.

Acercó la tablilla a la lámpara.

La cera había sido alisada sobre una inscripción anterior. Todavía conservaba un brillo húmedo. Debajo de la superficie nueva, apenas hundida, quedaba una forma incompleta.

Una letra.

No toda.

Solo el comienzo.

Permaneció inmóvil.

Desde otra mesa alguien bostezó.

Un funcionario dejó caer un sello y maldijo en voz baja antes de buscarlo debajo del banco. Afuera, la lluvia seguía golpeando el patio.

Eurídice volvió a mirar la tablilla.

No estaba borrada.

Todavía no.

La línea había empezado a cambiar.

Escuchó pasos detrás de ella.

Un escriba joven apareció junto a la mesa llevando una pila de registros.

—Eso no debería estar aquí —dijo.

No sonó amenazante.

Solo cansado.

Eurídice dejó la tablilla sobre la mesa .

—Buscaba un permiso familiar.

El escriba revisó la superficie sin demasiado interés.

—Tendrás que volver otro día.

—¿Por qué?

El muchacho se encogió de hombros.

—Están corrigiendo.

Tomó la tablilla y la colocó debajo de otras.

—Necesito tu nombre.

Eurídice abrió la boca.

El muchacho ya estaba revisando otra tablilla.

Ella permaneció inmóvil unos segundos.

Después salió del archivo sin responder.

Aquella tarde Eurídice caminó sin dirección clara por las calles cercanas al mercado occidental.

El calor seguía atrapado sobre la piedra incluso después del descenso del sol y el aire olía a aceite viejo, humo y animales encerrados.

Cerca de los puestos vacíos varios comerciantes comenzaban a cubrir mercancías mientras grupos de muchachos regresaban del entrenamiento todavía cubiertos de polvo.

La ciudad continuaba moviéndose con la misma lentitud agotada de siempre.

Nada parecía distinto.

Una mujer discutía por el precio de unas aceitunas. Un anciano intentaba levantar un saco demasiado pesado mientras insultaba a un muchacho que fingía no escucharlo. Más lejos alguien reía durante una conversación imposible de distinguir entre el ruido del mercado.

Eurídice avanzó lentamente entre ellos.

Sentía todavía el peso del registro parcialmente corregido dentro de la memoria. La superficie raspada. Su nombre detenido a mitad de la desaparición.

No había llorado.

Ni siquiera había conseguido sentir miedo de la manera habitual.

Solo cansancio.

Al doblar hacia una calle más estrecha vio a varias mujeres limpiando pescado frente a recipientes de agua oscura.

Las moscas giraban alrededor de los restos acumulados junto al muro y una de las mujeres se quejaba porque alguien había cambiado de lugar unas ánforas vacías.

Cerca de ellas, sentado sobre el suelo caliente, un niño jugaba distraídamente con pequeñas piedras blancas.

Eurídice disminuyó apenas la marcha.

Lo reconoció.

Había pasado muchas veces por la vivienda de su familia años atrás. Recordaba haberlo ayudado durante una ceremonia cuando cayó y se golpeó una rodilla contra las escalinatas del templo. Entonces era mucho más pequeño.

El niño levantó la vista al verla.

Durante un instante sonrió.

Después el gesto empezó a deshacerse lentamente.

—¿Quién eres?

La pregunta salió limpia.

Sin miedo.

Sin sospecha.

Una de las mujeres levantó apenas la vista desde el pescado.

—No molestes.

Pero el niño seguía observando a Eurídice.

—La conozco .

La mujer continuó trabajando.

—Entonces salúdala y deja de mirar así.

El niño dudó.

Miró nuevamente a Eurídice.

—Tú eres...

Calló.

Frunció apenas el ceño.

Eurídice permaneció quieta.

El niño siguió mirándola unos segundos más.

—Eres Eu...

La palabra murió antes de terminar.

Bajó la vista, incómodo consigo mismo.

Después volvió a intentarlo.

—Eres la hija de...

Otra vez el vacío.

Una de las mujeres soltó aire con cansancio.

—Vamos. Ayuda con esto.

Pero el niño seguía observando a Eurídice, inmóvil ahora frente a algo que no conseguía recordar.

—Yo sabía tu nombre —murmuró.

Eurídice abrió apenas la boca.

Sonrió apenas.

Pero no dijo nada.

El niño bajó finalmente la vista y volvió a mover las piedras sobre el suelo caliente. Una de ellas se le escapó rodando hacia el centro de la calle y él corrió inmediatamente detrás, olvidando casi al instante la conversación.

Las mujeres continuaron limpiando pescado. El agua oscura siguió llenándose de escamas bajo la luz cansada del atardecer. Más lejos un vendedor gritó el precio del aceite por última vez antes de cerrar y alguien comenzó a cantar desafinadamente en alguna calle próxima.

Eurídice permaneció inmóvil unos segundos.

Después siguió caminando.

Detrás de ella, el ruido de las piedras volvió a mezclarse con las voces del mercado.

La lluvia seguía cayendo sobre las calles vacías.

Caminó lentamente por la polis. El agua mezclaba polvo y ceniza vieja junto a los bordes de los muros.

En una casa cercana, una mujer regañaba a un niño por haber mojado pan recién comprado.

Más adelante, dos soldados discutían bajo un techo estrecho porque uno había perdido una capa.

Un perro sacudió el agua del lomo junto a una fuente vacía.

Al pasar cerca del santuario de Artemisa escuchó voces juveniles recitando versos en el interior. Los niños repetían juntos, se equivocaban, volvían a empezar. La vara de un instructor golpeó el suelo.

Eurídice se detuvo bajo la lluvia.

Durante un instante intentó recordar la voz de Damaris.

No pudo.

Siguió caminando.

Más adelante, en el mercado, varios comerciantes comenzaban a cubrir sus puestos. Uno gritaba que la lluvia arruinaría los higos. Otro aseguraba que el agua era buena para el polvo, mala para el vino y peor para los viejos.

Alguien rió.

Eurídice cruzó la plaza sin que nadie la llamara.

Al llegar a una esquina vio a Helena bajo un alero, acompañada por una mujer mayor. Helena la vio también .

Durante un segundo pareció a punto de levantar la mano.

No lo hizo.

Bajó la vista.

Eurídice siguió caminando.

Afuera los niños seguían recitando.