CAPÍTULO XVI LA CIUDAD QUE RECUERDA
Después de las desapariciones, la ciudad parecía llena de conversaciones que se interrumpían apenas alguien se acercaba demasiado. Los rumores atravesaban mercados, patios y templos con la misma facilidad que el polvo arrastrado por el viento. Nadie hablaba claramente. Nadie decía demasiado.
Y aun así todo terminaba sabiéndose.
El calor llegó antes que el verano. Primero apareció en las piedras. Después en las paredes de las viviendas, en los depósitos de aceite y en el aire inmóvil de las calles estrechas. Hacia el mediodía caminar se volvía insoportable y hasta los perros buscaban sombra debajo de los carros detenidos.
Las cigarras comenzaron a escucharse poco después. Miles. Ocultas entre árboles secos y patios interiores, produciendo un sonido continuo que parecía cubrir toda la ciudad.
Eurídice empezó a despertarse sudando. Las noches se habían vuelto pesadas y dormir resultaba difícil incluso con las ventanas abiertas.
A veces permanecía acostada mirando el techo oscuro mientras escuchaba respiraciones ajenas detrás de las paredes vecinas, discusiones lejanas o pasos de patrullas avanzando lentamente por las calles calientes.
Todo parecía más cansado durante aquel verano.
También las personas.
Una mañana acompañó a su madre hasta el mercado oriental.
El olor a pescado, sudor y aceitunas fermentadas se mezclaba bajo el calor acumulado entre los puestos.
Los comerciantes discutían precios con menos energía que de costumbre y varios ancianos permanecían sentados en silencio buscando sombra cerca de las columnas.
El vendedor del vino aguado seguía gritando que los dioses castigaban la ciudad.
—Antes al menos el vino emborrachaba —protestaba mientras agitaba una jarra—. Ahora ni eso funciona.
Nadie parecía escucharlo demasiado.
Más allá, dos mujeres discutían porque una de ellas había comprado harina mezclada con arena. Un anciano dormía sentado contra una pared con la boca abierta. Cerca de los puestos de pescado, un muchacho vomitaba después de haber entrenado bajo el sol demasiado tiempo.
La discusión de las mujeres terminó cuando apareció una patrulla. Ambas callaron inmediatamente. Después siguieron insultándose en voz baja.
Mientras su madre negociaba unas telas, Eurídice observó a un grupo de jóvenes entrenando cerca del extremo norte del mercado. Corrían bajo el sol casi desnudos, cubiertos de sudor y polvo. Uno tropezó y recibió golpes antes de poder levantarse. Los demás siguieron corriendo.
Una muchacha cercana a Eurídice observaba el entrenamiento fingiendo no hacerlo.
—Ése es hijo de Menón —murmuró una mujer junto a ellas—. Dicen que va a entrar a la guardia real.
La muchacha sonrió apenas.
Eurídice descubrió que ella también estaba observando a los jóvenes más de lo necesario. Los cuerpos brillaban de sudor bajo el sol. Espaldas tensas. Brazos cubiertos de polvo. Respiraciones agitadas.
Desvió la mirada.
Más tarde pasaron junto a un anciano que discutía furiosamente con un vendedor porque le habían entregado higos podridos .
—La mitad está aplastada.
—La mitad sigue siendo comida.
—Hace diez años esto no pasaba.
—Hace diez años usted veía mejor.
El anciano permaneció callado unos segundos.
Después terminó comprando los higos igual.
Durante las semanas siguientes la polis pareció relajarse apenas.
Las desapariciones no se detuvieron del todo, pero comenzaron a hablarse menos.
Los mercados recuperaron ruido. Algunas noches incluso aparecían grupos de jóvenes cantando cerca de los patios ceremoniales después de beber demasiado vino.
La vida continuaba avanzando con una terquedad extraña.
Una tarde Eurídice ayudó a su madre a limpiar trigo durante horas. El polvo terminaba pegándose al sudor de los brazos y ambas trabajaron casi sin hablar mientras una esclava anciana se quejaba continuamente del calor.
—Cuando yo era joven al menos el verano servía para algo.
—¿Para qué? —preguntó Eurídice.
La mujer tardó en responder.
—No me acuerdo.
Siguió separando piedras del trigo.
Más tarde comenzaron a discutir porque faltaba aceite en una de las ánforas. Su madre culpó a un sirviente. El sirviente culpó a otro. Nadie resolvió nada.
Al anochecer Eurídice ya estaba cansada incluso de escuchar voces.
Una noche Helena convenció a Eurídice de acompañarla a una pequeña celebración organizada cerca de las zonas agrícolas del sur.
—Mi madre cree que estoy visitando a una prima —dijo mientras caminaban entre callejones oscuros.
—¿Y no estás visitando a una prima?
—No una real.
La reunión se realizaba en un patio amplio detrás de una vivienda antigua. Había lámparas de aceite colgadas sobre cuerdas, jarras de vino mezclado con agua y varias personas sentadas directamente sobre mantas extendidas en el suelo.
Algunos músicos tocaban flautas y liras cerca del muro principal. La música era mala. Pero nadie parecía preocuparse demasiado.
Eurídice reconoció a varios jóvenes de familias ciudadanas, aunque también había comerciantes, artesanos y algunos hombres mayores demasiado borrachos para mantener conversaciones coherentes.
El anciano que había estado dormido en el mercado intentaba ahora bailar sosteniendo una copa mientras derramaba vino sobre todos alrededor.
Helena le entregó una copa a Eurídice.
—Si sigues mirando todo como si fueras sacerdotisa terminarás envejeciendo antes de tiempo.
—No miro así.
—Sí miras así.
Helena imitó su expresión seria y Eurídice terminó riéndose.
Después bebió.
El vino estaba caliente. Y aun así resultaba agradable.
Más tarde un muchacho terminó cayendo encima de una mesa pequeña y rompió dos recipientes de barro. Varias personas comenzaron a insultarlo entre risas. Otro intentó tocar la flauta y fue expulsado por los músicos después de desafinar menos de un minuto.
Helena se inclinó hacia Eurídice.
—El alto de allí quiere hablar contigo.
Eurídice miró hacia uno de los extremos del patio.
Un joven soldado la observaba desde cerca de una lámpara. Tendría pocos años más que ella. El cabello corto todavía húmedo de sudor y una cicatriz reciente sobre uno de los hombros.
Cuando notó que Eurídice lo miraba, levantó apenas la copa.
Ella desvió la vista inmediatamente.
Helena soltó una carcajada.
—Eres peor que una niña.
Más tarde el muchacho terminó acercándose igual.
Se llamaba Licón.
Hablaba demasiado rápido y parecía incapaz de permanecer quieto. Mientras conversaban observaba constantemente alrededor como si todavía siguiera dentro de un entrenamiento militar.
—Te vi antes en el mercado —dijo.
—Eso es imposible.
—No. Estabas con otra muchacha.
—La mitad de las mujeres de Esparta caminan con otra muchacha.
Licón sonrió. Tenía una sonrisa torpe. Mucho más humana de lo que Eurídice esperaba encontrar en un soldado.
Hablaron un rato sobre cosas insignificantes. El calor. El vino horrible. Un comerciante que había intentado vender sandalias defectuosas a varios jóvenes del entrenamiento.
Cuando Licón se inclinó para escuchar mejor lo que ella decía, Eurídice percibió olor a sudor, cuero caliente y vino sobre su piel.
No se apartó.
Más tarde él apoyó una mano detrás de ella para alcanzar una jarra y durante un instante sintió el calor del brazo demasiado cerca de su espalda.
Después alguien empezó a cantar una canción obscena sobre un magistrado famoso por acostarse con viudas demasiado jóvenes. Varios terminaron golpeando el suelo entre carcajadas mientras el anciano borracho seguía intentando bailar sin equilibrio.
Durante unos segundos Eurídice olvidó completamente las viviendas vacías. Olvidó los nombres retirados.
Solo existían el calor, el vino y la música torcida de las flautas.
Cuando la celebración empezó a deshacerse, Licón acompañó a Eurídice y Helena parte del camino de regreso.
Las calles estaban casi vacías. Las cigarras seguían sonando entre los árboles oscuros.
—¿Volverás la próxima vez? —preguntó él mientras se detenían cerca de un cruce.
Eurídice dudó apenas.
—Tal vez.
Licón sonrió otra vez.
Después se alejó calle abajo junto a otros jóvenes soldados.
Helena esperó hasta perderlo de vista antes de hablar.
—Definitivamente te pusiste roja.
Eurídice la empujó suavemente.
—Cállate.
Aquella noche Eurídice regresó tarde a la vivienda familiar. Al entrar encontró a su madre todavía despierta cosiendo junto a una lámpara pequeña.
—Pensé que estabas con tu prima —dijo sin levantar demasiado la vista.
Eurídice permaneció quieta unos segundos.
—Sí.
Su madre siguió cosiendo.
—Mentías peor cuando eras niña.
La aguja continuó atravesando la tela lentamente.
—Tu padre también creía que no me daba cuenta de ciertas cosas.
Eurídice no supo qué responder.
Después de unos segundos su madre habló otra vez.
—¿Te divertiste?
La pregunta la sorprendió.
—Sí.
Su madre asintió apenas.
—Está bien.
Nada más.
Eurídice observó las manos de su madre más tiempo de lo normal.
Días después acompañó nuevamente a su madre a una ceremonia religiosa cerca del templo de Atenea. El humo del incienso se acumulaba debajo de las columnas y varios músicos afinaban instrumentos en el patio central mientras los ciudadanos comenzaban a reunirse alrededor de las lámparas ceremoniales.
Allí vio al grupo por primera vez.
Varios ancianos reunidos junto al extremo norte del patio, hablando entre ellos mientras los demás ciudadanos evitaban acercarse demasiado.
—¿Quiénes son? —preguntó Eurídice en voz baja.
—Miembros de la Gerusía —respondió su madre sin mirar directamente hacia ellos.
Eurídice observó sus rostros bajo la luz irregular de las antorchas.
No parecían hombres poderosos.
Parecían hombres cansados.
Uno respiraba con dificultad apoyado sobre un bastón oscuro. Otro ocultaba el temblor de sus manos dentro de las mangas de la túnica. Un tercero parecía haberse perdido varias veces en la conversación.
—No podemos seguir reuniéndonos todas las semanas por esto —murmuró uno.
—Entonces deja de venir —respondió otro.
El primero soltó una risa seca.