La sombra de Esparta CAPÍTULO XV LOS QUE DESAPARECEN #2
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CAPÍTULO XV LOS QUE DESAPARECEN #2

Eurídice abandonó el patio y atravesó nuevamente el sector occidental de la polis. La vivienda de los Eudamos permanecía oscura. El símbolo familiar ya había sido retirado de la entrada y sobre la piedra solo quedaba la marca más clara donde el metal había permanecido durante generaciones.

Frente a la casa, dos niños jugaban lanzándose pequeñas piedras.

Uno acertó contra la puerta sellada y soltó una carcajada. El otro le hizo una seña para que corriera antes de que alguien los viera .

Eurídice siguió caminando.

Al día siguiente buscó el nombre de Damaris en una de las listas del templo.

No apareció.

Preguntó por ella a una ayudante joven que encendía lámparas junto al santuario.

La muchacha frunció el ceño.

—¿Quién?

Eurídice repitió el nombre.

La joven miró hacia las sacerdotisas antes de responder.

—No sé.

Volvió a ordenar las lámparas.

—Quizá te confundes.

Eurídice permaneció unos segundos junto a las columnas ennegrecidas por el humo. Recordaba la voz de Damaris, sus dedos manchados de ceniza, una vez que había derramado aceite durante una ceremonia y había intentado limpiarlo con la manga antes de que alguien lo notara.

Pero en la lista no estaba.

En la tarde buscó otra copia en los registros auxiliares del santuario. La tablilla seguía húmeda en algunos bordes. La cera había sido alisada recientemente y en el espacio donde debía figurar el nombre quedaba una superficie demasiado limpia.

Pasó el dedo cerca de la marca sin tocarla.

La cera todavía estaba blanda.

Alguien había llegado antes.

Eurídice salió del santuario con las manos frías pese al calor. En la plaza cercana, un vendedor discutía con una mujer porque las aceitunas estaban demasiado amargas. Tres muchachos corrían detrás de una pelota de cuero. Un sacerdote se quejaba porque una lámpara no dejaba de apagarse.

Todo seguía moviéndose.

Por la noche encontró a Nicandro en el patio familiar. Había llegado tarde y comía solo, con la túnica todavía manchada de polvo. Movía los dedos como si continuara escribiendo sobre una tablilla invisible.

—¿Conocías a Damaris? —preguntó Eurídice.

Nicandro se detuvo.

—Muy poco.

Después tomó una aceituna.

—No.

—Trabajaba en el templo de Artemisa.

—Hay muchas muchachas en los templos.

—Su nombre fue retirado.

Nicandro masticó despacio.

—Entonces no deberías repetirlo.

La madre de Eurídice, sentada al otro lado del patio, no levantó la vista.

—¿También tú? —preguntó Eurídice.

Nicandro dejó el hueso de la aceituna sobre el borde del plato.

—También yo qué.

No había dureza en su voz.

—Nada.

La cena continuó en silencio. Desde la calle llegó una discusión por una mula que alguien había dejado suelta. Después una risa. Después pasos de patrulla.

A la mañana siguiente, Eurídice acudió al archivo menor para revisar un registro de tierras vinculado a su casa. El escriba joven que atendía la entrada recorrió una tablilla con el extremo del estilete.

—Nombre.

—Eurídice.

El muchacho siguió mirando la lista.

—¿De qué familia?

Ella lo observó.

—Ya lo sabes.

El escriba levantó la vista, confundido.

—Tengo que anotarlo.

Detrás de él, otro funcionario raspaba una tablilla con movimientos cortos. Cerca de una columna, dos hombres discutían por una medida de cebada mal registrada.

Eurídice dijo el nombre de su familia.

El muchacho lo anotó.

Después buscó otra tablilla.

—No encuentro la autorización anterior.

—Estaba registrada.

—Aquí no.

—Mira otra vez.

El muchacho revisó nuevamente la superficie encerada.

—No está.

Eurídice permaneció quieta.

El funcionario de la mesa cercana dejó de raspar durante un instante. Luego continuó.

—Puedo pedir una copia —dijo el escriba joven—. Tardará unos días.

Ella asintió .

Al salir, una mujer que esperaba junto a la entrada la reconoció. Habían compartido entrenamiento años atrás. Eurídice recordó su nombre después de unos segundos: Clea.

—Eurídice —dijo.

La mujer sonrió, pero enseguida miró hacia el interior del archivo.

—No sabía que seguías viniendo por aquí.

—¿Por qué no vendría?

Clea movió los dedos sobre el borde de su manto.

—No. Por nada.

Luego bajó la voz.

—Cuídate.

No esperó respuesta.

Se apartó cuando un funcionario salió con varias tablillas bajo el brazo.

Eurídice regresó caminando por calles demasiado conocidas. Cerca del mercado, un niño lloraba porque su madre no quería comprarle pan dulce. Dos soldados dormían sentados bajo una sombra estrecha. Una mujer lavaba sangre seca de una túnica sin mirar a nadie.

El olor a humo ya casi había desaparecido.

Durante días había pensado que la ciudad quedaría marcada por Mesenia.

Pero las piedras se enfriaban. Los puestos volvían a llenarse.

Las discusiones regresaban a los precios, a las deudas, a las cabras, a los matrimonios.

Incluso las casas selladas comenzaban a confundirse con otras casas cerradas.

En la plaza menor, un grupo de niños repetía versos ceremoniales bajo la vigilancia de un instructor. Se equivocaban en el mismo pasaje y volvían a empezar. Más allá, varios comerciantes levantaban toldos nuevos. Una mujer reía con la boca llena de pan. Un perro dormía junto a una fuente seca .

Eurídice se detuvo un momento.

La ciudad podía perder familias enteras y seguir abriendo los mercados al amanecer.

Podía retirar nombres y mantener encendidas las lámparas.

Podía borrar una voz del templo y enseñar el mismo canto al día siguiente.

Al caer la tarde, Eurídice regresó lentamente hacia el sector central de la polis.

El calor seguía suspendido sobre las calles y varias personas comenzaban a cerrar puestos antes de la noche.

Cerca del mercado menor un grupo de niños practicaba ejercicios de memoria bajo la supervisión de un instructor anciano.

Recitaban genealogías, campañas antiguas y nombres familiares con una precisión mecánica.

El hombre corregía cada error golpeando suavemente una vara contra el suelo.

—Otra vez.

Los niños repitieron.

Uno confundió el nombre de un magistrado y recibió un golpe seco sobre el hombro antes de comenzar nuevamente. Eurídice disminuyó apenas la marcha. Reconoció parte de la secuencia. Ella misma había repetido ejercicios parecidos durante años bajo el calor de patios semejantes.

Las voces infantiles continuaron avanzando bajo la luz agotada del atardecer, mezclando familias, hijos, guerras y muertos con la misma precisión con la que en otros edificios se corregían registros o se organizaban formaciones militares.

—Familia de Téleos.

Uno de los niños respondió inmediatamente:

—Extinguida.

El instructor golpeó el suelo con la vara.

—Otra vez.

Los muchachos comenzaron de nuevo sin protestar .

Entonces uno de los niños levantó la vista.

Frunció apenas el ceño.

—Ella vivía cerca del templo de Artemisa.

—¿Quién?

El instructor ni siquiera levantó completamente la vista.

El muchacho señaló a Eurídice.

Durante un instante intentó recordar.

—La hija de... Nicómaco.

El instructor negó inmediatamente.

—No. Nicómaco tuvo dos hijos.

Golpeó otra vez el suelo con la vara.

—Continúen.

Y las voces siguieron avanzando bajo el calor del atardecer.

Eurídice abrió apenas la boca.

Después volvió a cerrarla.

Permaneció inmóvil unos segundos mientras las voces infantiles seguían avanzando bajo la luz cansada de la tarde.

Después continuó avanzando entre ellas.

Un vendedor pasó junto a ella cargando una cesta de higos.

—¿Compras?

Eurídice negó con la cabeza.

El hombre siguió caminando sin mirarla otra vez.

Al regresar a casa encontró sobre la mesa una tablilla doméstica distinta de la que había revisado días antes. No estaba escondida. No parecía importante. Solo descansaba junto a unas cuentas de aceite, con marcas recientes en la superficie.

La tomó.

Una línea había sido alisada cerca del borde inferior .

Intentó recordarlo.

No pudo.

Después dejó la tablilla sobre la mesa.

Afuera alguien seguía vendiendo higos.