CAPÍTULO XV LOS QUE DESAPARECEN
Después de Mesenia, la violencia visible empezó a retirarse lentamente de las calles.
Los carros con heridos dejaron de atravesar las plazas principales, el humo que durante días había cubierto el horizonte occidental terminó deshaciéndose sobre las montañas y los mercados recuperaron parte de su actividad habitual.
Las patrullas siguieron allí. Menos agitadas, pero constantes.
Eurídice comenzó a notar cambios pequeños.
Conversaciones que se interrumpían cuando alguien se acercaba demasiado.
Vecinos bajando la voz incluso dentro de sus propias viviendas.
Puertas cerrándose apenas aparecía un grupo de soldados al final de una calle.
Los ciudadanos seguían recorriendo mercados y plazas, pero lo hacían con movimientos más contenidos, como si todos hubieran aprendido a ocupar menos espacio.
Una mañana, mientras atravesaba el mercado central junto a su madre, vio un vacío extraño entre varios puestos comerciales.
Las telas que normalmente cubrían aquella zona habían desaparecido y las puertas de madera permanecían selladas con marcas oficiales.
No había daños ni restos de lucha. Solo puertas cerradas.
—¿Qué ocurrió aquí? —preguntó.
Su madre apenas miró el lugar.
—La familia Téleos fue retirada del registro ciudadano.
Eurídice observó las marcas sobre la madera.
—¿Por qué ?
—Nadie lo sabe.
La respuesta llegó demasiado rápido.
Más adelante, dos ancianos conversaban junto a una fuente.
—Dicen que uno de los hijos habló contra el Consejo.
—No. Escuché que ocultaban información.
—También dicen que tenían tratos con Argos.
—Baja la voz.
Los hombres callaron cuando Eurídice pasó cerca.
Aquel mismo día, una mujer discutió durante casi media hora porque alguien había cambiado de sitio sus jaulas de aves.
Un vendedor de pescado repetía el mismo chiste obsceno a cualquiera que pasara frente a su puesto.
Dos hermanos se golpeaban con palos detrás de un depósito mientras una mujer intentaba coser sin mirarlos.
La ciudad seguía llena de voces.
Días después, una joven que ayudaba en los rituales del templo de Artemisa dejó de aparecer. Las sacerdotisas reorganizaron las tareas y nadie preguntó por ella.
Eurídice intentó mencionarla durante una conversación con Helena.
—¿Sabes qué ocurrió con Damaris?
Helena levantó inmediatamente la vista alrededor.
—No digas ese nombre aquí.
No añadió nada más.
Una tarde, agobiada por el calor dentro de la vivienda familiar, Eurídice caminó hacia el sector occidental de la polis.
El sol caía vertical sobre las calles de piedra y varias personas dormían bajo sombras estrechas.
Cerca de una plaza, tres muchachos jugaban con huesos marcados mientras un anciano repetía por quinta vez una historia militar que nadie escuchaba .
Más adelante, una muchacha sentada frente a una puerta intentaba tocar una flauta pequeña. Tocaba mal. Se equivocaba siempre en las mismas notas y aun así seguía intentándolo mientras su madre limpiaba lentejas dentro de un recipiente de barro.
Eurídice disminuyó la marcha al escuchar la melodía torcida.
Durante un instante recordó que de niña había querido aprender música. Su padre decía que perdía demasiado tiempo distraída.
Continuó avanzando hasta reconocer la vivienda de los Eudamos.
Las puertas estaban abiertas.
El interior vacío.
Dos hombres retiraban tablillas y símbolos familiares de las paredes mientras un funcionario supervisaba el trabajo.
Sobre el suelo había cofres abiertos, lámparas apagadas y objetos domésticos apilados con orden.
Uno de los trabajadores arrancó el emblema de bronce colocado junto a la entrada.
Al quitarlo, quedó sobre la piedra una marca más clara.
Cerca del patio interior había una figura de madera abandonada junto a una columna. Una mesa seguía preparada para la comida. Uno de los vasos todavía tenía agua. Sobre una cuerda interior colgaban prendas infantiles moviéndose apenas con el viento.
En el exterior, un perro permanecía acostado frente a la entrada.
—¿Qué hicieron? —preguntó Eurídice a un ciudadano que observaba desde la calle opuesta.
El hombre tardó en responder.
—No importa.
Después desvió la mirada .
Aquella noche, durante la cena, Eurídice observó su propia casa con una incomodidad nueva.
La comida estaba demasiado salada. Uno de los sirvientes pidió disculpas dos veces aunque nadie había dicho nada.
Su madre parecía cansada. Tenía pequeñas manchas de aceite sobre una manga y durante varios minutos permaneció mirando la mesa sin hablar.
—¿Puede desaparecer cualquiera? —preguntó Eurídice finalmente.
Su madre levantó la vista.
—Cualquiera no.
Dejó la copa sobre la mesa.
—Solo quienes dejan de ser útiles.
—¿Y quién decide eso?
Su madre sostuvo la mirada unos instantes.
—Los mismos de siempre.
Después siguió comiendo.
Más tarde, mientras ayudaba a guardar recipientes en el patio, Eurídice permaneció un rato lavándose las manos aunque ya estaban limpias. El agua había comenzado a enfriarse y el viento nocturno traía olor a humo viejo desde el oeste.
Aquella noche soñó con la vivienda vacía de los Eudamos.
A la mañana siguiente desapareció uno de los jóvenes instructores de la agogé.
Su nombre ya no figuraba en las listas de entrenamiento y otro hombre ocupaba su lugar.
Los muchachos continuaron los ejercicios bajo el sol.
Uno vomitó durante la práctica y recibió golpes antes de incorporarse.
Otro siguió entrenando pese a sangrar por la nariz. Nadie detuvo los ejercicios.
Días después encontró a Helena cerca de los antiguos depósitos administrativos.
—Mi padre quiere enviarnos al campo por un tiempo —dijo.
—¿Por qué ?
Helena tardó en responder.
—Uno de mis tíos fue llamado por el Consejo hace tres noches.
—¿Y qué ocurrió?
—Regresó esta mañana.
—Entonces está bien.
Helena negó con la cabeza.
—No regresó igual.
El viento levantó polvo alrededor de ambas.
—Le quitaron su derecho a participar en la Asamblea. Ya no puede entrenar con otros ciudadanos. Nadie vendrá a nuestra casa durante un tiempo.
Guardó silencio unos segundos.
—Mi hermano menor preguntó esta mañana si todavía seguimos siendo espartanos.
Helena desvió la mirada.
—Mi madre no supo qué responderle.
Permanecieron unos segundos calladas.
Después Helena soltó una risa breve.
—Lo peor es que mi tío sigue corrigiendo a todos durante la cena como si todavía fuera importante.
Eurídice sonrió apenas.
—Tal vez eso no se pierde.
—Ojalá.
Helena no la tocó al despedirse. Miró alrededor antes de alejarse.
Eurídice la observó desaparecer entre las calles y sintió una incomodidad extraña. Parte de ella quería correr detrás y pedirle que se quedara un rato más .
Otra parte sintió alivio.
No era su familia la que había caído.
El pensamiento apareció rápido y le produjo vergüenza casi inmediatamente.
Esa misma tarde, mientras limpiaba trigo junto a otras mujeres, una anciana comenzó a contar historias obscenas sobre un magistrado muerto hacía años. Varias rieron tanto que terminaron inclinándose sobre los recipientes para recuperar el aire. Después siguieron trabajando.
El polvo se pegaba al sudor de los brazos. A Eurídice le dolió la espalda antes de terminar y por un momento sintió rabia hacia las mujeres, hacia los soldados, hacia Esparta entera.
Pero cuando una de las muchachas empezó a cantar una canción ridícula sobre un hombre incapaz de montar un caballo, Eurídice terminó riéndose también.
Más tarde compartieron vino aguado y aceitunas sentadas junto a los depósitos mientras el calor empezaba a descender lentamente sobre la ciudad.
Una de las mujeres contó que había conocido a su esposo durante una competencia atlética.
Otra aseguró que seguía casada con él únicamente porque cocinaba bien.
Las demás comenzaron a burlarse de ella.
Eurídice escuchaba y sonreía.
Por momentos casi olvidaba las viviendas vacías.
Esa noche caminó otra vez cerca de los edificios administrativos. Había patrullas en las calles.
Al acercarse a uno de los patios interiores escuchó voces dentro de una sala iluminada. Dos funcionarios organizaban tablillas sobre una mesa larga.
—Los nombres de la familia Téleos ya fueron retirados de los registros comerciales.
—¿Y de los archivos militares ?
—También.
Uno tomó otra tablilla.
—¿Qué hacemos con los Eudamos?
Hubo un silencio breve.
—Habrá que modificar también las genealogías.
Uno de los funcionarios raspaba una inscripción sobre madera mientras el otro revisaba listas junto a una lámpara de aceite.
De pronto uno dejó caer varias tablillas al suelo.
Maldijo.
El otro comenzó a reírse mientras lo ayudaba a recogerlas.
—Ésas no. Las otras.
—Todas se parecen.
—Entonces aprende a leer mejor.
Siguieron trabajando.
Las familias eran retiradas de los registros como si hubieran ocupado un espacio por error.
Un ruido sonó detrás de ella.
Eurídice giró.
El soldado que la había dejado marcharse semanas atrás estaba al final del corredor. Tenía nuevas cicatrices en el cuello y sombras profundas bajo los ojos.
—Sigues escuchando cosas que no deberías escuchar —dijo.
Eurídice sostuvo la mirada.
—¿Es cierto?
—¿Qué cosa?
—¿Pueden borrar a una familia entera?
El hombre miró hacia la sala iluminada .
—Sí.
—¿Y nadie dice nada?
El soldado sonrió apenas.
—Tú tampoco deberías.
Las antorchas temblaron.
—Vuelve a tu casa.
Eurídice no se movió.
—¿Por qué me ayudas?
El hombre tardó en responder.
—No sé.
La respuesta salió seca, casi torpe.
Después agregó:
—Quizá porque estoy cansado.
Guardó silencio unos segundos.
—O porque mi hermano desapareció hace años y nadie volvió a nombrarlo.
Desvió la mirada inmediatamente después.
—Vete.
Se alejó por el corredor.