La sombra de Esparta CAPÍTULO XIV LOS SOBREVIVIENTES #2
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CAPÍTULO XIV LOS SOBREVIVIENTES #2

La represión había sido brutal. Poblados arrasados. Hilotas ejecutados públicamente. Cuerpos exhibidos junto a caminos rurales.

Una mañana, mientras atravesaba una plaza cercana a los edificios militares, Eurídice vio un grupo de hilotas arrodillados contra un muro bajo vigilancia armada. Tenían las manos atadas y el rostro cubierto de polvo.

Un funcionario leía nombres desde una tablilla mientras varios soldados aguardaban alrededor.

Cada vez que pronunciaban un nombre, uno de los prisioneros era apartado del grupo.

No había gritos.

Solo pasos.

Entonces apareció un segundo funcionario llevando otra tablilla.

—Ése no —dijo señalando a uno de los muchachos.

El soldado frunció el ceño.

—¿Qué?

—El otro.

—Leíste mal el nombre.

Hubo un momento de confusión incómoda .

Uno de los guardias soltó un insulto mientras devolvían al muchacho junto al grupo inicial y arrastraban a otro prisionero hacia el edificio cercano.

El anciano de la tablilla siguió leyendo nombres como si nada hubiese ocurrido.

Un soldado bostezó.

Otro preguntó cuándo les permitirían comer.

Nadie respondió.

Más allá de la plaza, un vendedor ambulante seguía ofreciendo nueces tostadas a ciudadanos que evitaban mirar hacia el muro.

Nuevas restricciones fueron anunciadas. Más vigilancia nocturna. Registros especiales. Limitaciones sobre desplazamientos rurales. Autorizaciones obligatorias para reuniones públicas.

Y aun así las fiestas religiosas no fueron suspendidas.

Los músicos seguían ensayando junto a los templos. Dos jóvenes se besaban detrás de un depósito de aceite creyendo que nadie los veía. Más tarde alguien comenzó a tocar una flauta desafinada y varios niños terminaron bailando igual.

Aquella noche Eurídice encontró a Nicandro en una de las salas menores del edificio administrativo.

El hombre revisaba tablillas bajo la luz temblorosa de una lámpara de aceite. Había recipientes vacíos sobre la mesa y varias listas militares apiladas alrededor de sus brazos.

Parecía no haber dormido.

La cera raspada cubría parcialmente sus dedos.

—Sigues aquí —dijo Eurídice.

Nicandro no levantó la vista inmediatamente.

—Todos seguimos aquí .

Continuó leyendo.

—¿Qué están corrigiendo?

—Registros.

—¿De qué tipo?

—De los necesarios.

La respuesta salió automática.

Como si perteneciera más al edificio que a él.

Eurídice observó varias tablillas parcialmente modificadas sobre la mesa. Nombres. Fechas. Cifras corregidas. Una línea recién raspada.

—¿Los muertos? —preguntó ella.

Nicandro tardó demasiado en responder.

—A veces los muertos cambian.

La frase quedó suspendida entre ambos.

Desde otra sala llegaba el sonido constante de estiletes raspando cera. Alguien tosía. Un funcionario discutía porque faltaban sellos oficiales.

Nicandro siguió trabajando.

Eurídice comprendió que ya no sabía cuándo había empezado a hablar así.

Esa noche decidió regresar a las zonas administrativas cercanas a los depósitos interiores.

La ciudad permanecía despierta.

Patrullas recorrían constantemente las calles y grupos de funcionarios transportaban tablillas entre edificios custodiados. El olor a humo y aceite quemado seguía suspendido sobre la polis mientras las antorchas proyectaban sombras irregulares sobre los muros.

Eurídice avanzó silenciosamente entre columnas y callejones hasta acercarse a uno de los patios interiores utilizados por escribas y funcionarios menores.

Fue entonces cuando escuchó voces.

Se detuvo inmediatamente detrás de una pared de piedra.

—Las listas nuevas ya fueron aprobadas —murmuró uno de los hombres dentro del edificio.

—Era inevitable.

—Después de esto nadie volverá a cuestionar los registros.

Hubo silencio.

—Bueno… ahora todos están asustados.

Después se escuchó el ruido de agua derramándose.

Uno de los funcionarios maldijo porque había manchado varias tablillas recién selladas.

El otro soltó una risa cansada.

Un ruido metálico resonó detrás de Eurídice.

Ella giró bruscamente.

Un soldado acababa de aparecer al final del corredor.

La observaba.

Durante un instante ninguno de los dos se movió.

Entonces el hombre avanzó lentamente hacia ella.

—No deberías estar aquí —dijo.

Eurídice intentó controlar la respiración.

—Me perdí.

El soldado la observó varios segundos. La luz de las antorchas reveló ojeras profundas, sangre seca sobre uno de los antebrazos y el cansancio de alguien que llevaba demasiado tiempo sin dormir.

Luego desvió apenas la mirada hacia el edificio donde los funcionarios continuaban hablando detrás de las paredes iluminadas .

Cuando volvió a observarla, su voz sonó más agotada que amenazante.

—Vuelve a tu casa, Eurídice.

Ella sintió un estremecimiento inmediato.

El hombre conocía su nombre.

El soldado permaneció inmóvil mientras ella comenzaba a retroceder lentamente hacia la oscuridad del corredor.

No intentó detenerla.

Pero antes de que desapareciera entre las sombras volvió a hablar.

—Hay cosas que es mejor no repetir.

Dudó apenas.

Después calló.

Eurídice abandonó el patio sintiendo el corazón golpeando con fuerza dentro de su pecho.

A mitad de camino recordó absurdamente que no había comido desde la mañana.

El hambre le produjo una náusea breve.

Cuando finalmente regresó a la vivienda familiar, se detuvo unos segundos antes de entrar.

Las mismas paredes. Las mismas lámparas. Los mismos depósitos cuidadosamente ordenados.

Desde el patio todavía se veía humo.

Su madre dormía.

Sobre una de las mesas descansaban varias tablillas domésticas vinculadas a cuentas agrícolas y registros familiares. Eurídice pasó junto a ellas distraídamente.

Entonces se detuvo.

Volvió atrás .

Tomó una de las tablillas.

La observó bajo la lámpara.

En uno de los bordes inferiores faltaba una pequeña línea vinculada a la distribución de propiedades menores. La marca raspada todavía conservaba restos recientes de cera endurecida.

Habían raspado una línea.

Después dejó la tablilla sobre la mesa.

Afuera, muy lejos, todavía seguían moviéndose las antorchas sobre los caminos de Mesenia.