La sombra de Esparta CAPÍTULO XIV LOS SOBREVIVIENTES
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CAPÍTULO XIV LOS SOBREVIVIENTES

La noticia llegó antes del amanecer.

No mediante heraldos ni proclamaciones oficiales, sino a través de ese movimiento extraño que recorría Esparta cada vez que algo grave ocurría: pasos apresurados en las calles, patrullas multiplicándose alrededor de los edificios administrativos y ciudadanos abandonando sus viviendas antes de que apareciera la primera luz del día.

Eurídice despertó al escuchar golpes secos en el patio exterior.

Cuando salió de la habitación encontró a su madre observando hacia la calle. Dos ciudadanos armados cruzaban frente a la vivienda acompañando a un mensajero cubierto de polvo hasta las rodillas. El hombre respiraba agitadamente y llevaba manchas oscuras sobre la túnica.

Sangre.

—¿Qué ocurrió? —preguntó Eurídice.

Su madre tardó unos segundos en responder.

—Mesenia.

Solo dijo eso.

Y bastó.

Desde pequeña había escuchado aquel nombre acompañado por silencios incómodos y conversaciones interrumpidas. Cuando era niña, los adultos cambiaban de tema apenas ella entraba en la habitación .

El mensajero continuó avanzando calle abajo escoltado por soldados mientras otras puertas comenzaban a abrirse lentamente alrededor. Una mujer recogió ropa tendida antes de tiempo. Un anciano salió apoyándose sobre un bastón y permaneció observando la calle sin hablar con nadie.

Más lejos alguien gritaba porque no encontraba una mula.

A lo largo de la mañana las noticias comenzaron a multiplicarse. Ataques nocturnos sobre propiedades agrícolas. Depósitos incendiados. Ciudadanos asesinados cerca del valle occidental. Hilotas armados organizándose en distintos sectores rurales.

Las plazas se llenaron de soldados. Las entradas principales de la polis quedaron bajo vigilancia reforzada.

Los entrenamientos juveniles fueron suspendidos para trasladar instructores y veteranos hacia las zonas rurales cercanas a Mesenia.

Cuernos militares comenzaron a escucharse desde distintos sectores de la ciudad y largas columnas de humo aparecieron sobre el horizonte occidental incluso después de amanecer.

El olor llegó antes que los heridos.

Humo húmedo. Tierra quemada. Algo espeso debajo.

Incluso dentro de la polis comenzaba a sentirse el incendio de los campos lejanos. El olor se adhería a la ropa, al cabello y a las piedras calientes de las calles.

Un comerciante empezó a cerrar apresuradamente su puesto de aceite pese a que todavía faltaban horas para el mediodía.

—Van a vaciar depósitos otra vez —murmuró mientras envolvía recipientes con tela.

Nadie respondió.

Una mujer seguía discutiendo el precio del pescado como si el humo sobre el horizonte no existiera. Dos niños corrían alrededor de una fuente seca golpeándose con ramas mientras un anciano intentaba dormir apoyado contra una columna .

Los hombres hablaban menos. Las mujeres regresaban antes a sus viviendas. Algunos veteranos permanecían demasiado tiempo observando el oeste.

Aquella tarde llegaron los primeros carros desde las zonas rurales.

Eurídice observó el ingreso de la caravana desde una calle elevada cercana a los templos principales. Soldados cubiertos de polvo y sangre avanzaban lentamente escoltando prisioneros hilotas con las manos atadas detrás de la espalda.

Algunos ciudadanos observaban desde los bordes de la calle.

Nadie gritaba.

Nadie celebraba.

Uno de los carros transportaba cuerpos cubiertos con telas oscuras. Debajo de una de ellas asomaba una mano rígida manchada de sangre seca.

Más atrás avanzaba una mujer hilota sosteniendo a un niño pequeño contra el pecho mientras caminaba encadenada junto a otros prisioneros. El niño no lloraba. Solo observaba alrededor con los ojos demasiado abiertos.

La mujer intentó cubrirle el rostro cuando pasaron frente a un grupo de ciudadanos, pero un soldado la obligó a continuar avanzando.

Detrás de ellos otro carro transportaba heridos espartanos. Uno de los hombres tenía el brazo vendado hasta el hombro y la tela blanca estaba completamente oscurecida por sangre seca. Otro permanecía inmóvil con la mirada perdida mientras un compañero intentaba mantenerlo sentado.

Un joven soldado vomitó junto a una rueda.

Nadie se detuvo.

Más atrás, un ciudadano discutía furiosamente porque alguien había aplastado una cesta de higos durante el paso de la caravana. Una anciana pidió que apartaran los carros porque no podía cruzar la calle con sus cabras.

Toda su infancia había transcurrido viendo hilotas inclinar la cabeza al cruzarse con ciudadanos. Trabajaban los campos. Reparaban muros. Cargaban mercancías. Encendían hornos antes del amanecer.

Eurídice recordó de pronto una comida antigua junto a su padre. Tendría quizá ocho años. Había preguntado por qué ciertos hombres nunca compartían mesa con los ciudadanos.

Su padre continuó comiendo varios segundos antes de responder:

—Porque las cosas funcionan así.

Nada más.

Durante los días siguientes la polis cambió.

Las patrullas se volvieron permanentes. Los ciudadanos comenzaron a desplazarse en grupos pequeños evitando alejarse demasiado de las zonas centrales.

Los mercados redujeron horarios. Los templos permanecían custodiados constantemente.

Nuevas listas comenzaron a circular entre funcionarios y soldados mientras mensajeros atravesaban las calles a cualquier hora transportando tablillas selladas.

Pero junto al miedo seguía existiendo la rutina.

Las lavanderas seguían peleando cerca de los pozos.

Un hombre borracho terminó dormido junto a las escalinatas del mercado y dos muchachos intentaron robarle las sandalias antes de que despertara insultándolos.

En una vivienda cercana una mujer gritaba porque alguien había olvidado alimentar a las cabras.

Nada tenía relación con Mesenia.

Y sin embargo la vida continuaba desplazándose entre humo, discusiones y cansancio.

Otra tarde, cerca de los pozos, varias muchachas reían mientras intentaban adivinar con cuál de los soldados regresaría casada una joven del barrio occidental. Una anciana intervino solo para decir que todos los soldados terminaban borrachos o muertos.

Las muchachas siguieron riendo.

Incluso Eurídice terminó sonriendo.

Después siguieron caminando bajo el calor del mediodía. La piedra quemaba debajo de las sandalias y el olor a aceitunas fermentadas llegaba desde los depósitos cercanos.

Durante un instante Eurídice pensó en bañarse al regresar a casa. Después recordó que el agua estaba siendo racionada otra vez y abandonó la idea.

Sentía polvo adherido detrás de las rodillas y una fatiga lenta acumulándose en la espalda desde hacía días.

Una tarde, mientras acompañaba a su madre cerca de los depósitos agrícolas del sector oriental, Eurídice observó un grupo de ciudadanos reunidos alrededor de un funcionario militar.

—La ciudad debe permanecer unida —decía el hombre mientras se secaba sudor del cuello.

—¿Cuántos murieron? —preguntó alguien.

El funcionario acomodó distraídamente el cinturón.

—Los éforos ya están tomando medidas.

Otro ciudadano habló entonces:

—Dracón decía que la vigilancia se estaba relajando.

Aquella frase produjo un silencio breve.

Un hombre mayor endureció el rostro.

—También decía demasiadas cosas.

El funcionario intervino antes de que continuaran.

—La prioridad es evitar más incendios .

Más atrás, dos comerciantes seguían discutiendo por el precio del trigo. Uno acusaba al otro de esconder mercancía. El otro juraba que los soldados ya habían requisado la mitad de sus depósitos.

Entonces apareció un muchacho asegurando que los rebeldes habían llegado hasta un poblado cercano al río.

Otro hombre dijo que era mentira.

El funcionario terminó alejándose sin aclarar nada.

Un perro comenzó a perseguir gallinas entre los puestos y durante unos segundos toda la discusión se interrumpió porque alguien intentó atraparlo.

Esa noche las primeras caravanas militares abandonaron nuevamente la polis.

Eurídice observó el avance de los soldados desde una calle elevada cercana a los templos. Bajo la luz de las antorchas, las filas descendían lentamente hacia los caminos occidentales cargando lanzas, escudos y provisiones.

El sonido de las sandalias sobre piedra húmeda resonaba con una regularidad cansada.

Un muchacho intentó ajustar una correa rota del escudo mientras caminaba y terminó recibiendo insultos de otro soldado que cargaba provisiones.

Nadie redujo la marcha para ayudarlo.

Junto a Eurídice, un anciano veterano observaba el mismo desfile militar. Sostenía una lanza apoyada contra el suelo y la luz de las antorchas revelaba cicatrices antiguas sobre sus brazos.

—¿Ya luchó en Mesenia? —preguntó Eurídice.

El hombre tardó en responder.

—Todos terminamos allí de una forma u otra.

Escupió hacia un costado .

—Aunque algunos nunca crucen los campos.

Eurídice esperó.

El anciano observó las columnas militares alejándose.

—Los jóvenes creen que esto se trata de gloria.

Guardó silencio unos segundos.

—Después se cansan.

Se rascó distraídamente el cuello.

—Y después les duelen las rodillas para siempre.

Sonrió apenas.

—A mí también me gustaban las marchas cuando era joven.

Guardó silencio otra vez.

Después frunció el ceño.

—Había un muchacho conmigo la primera vez…

Se detuvo.

Eurídice esperó el nombre.

El anciano abrió apenas la boca.

Nada.

Miró hacia el suelo.

—Murió cerca del río…

Volvió a callar.

La mano endurecida sobre la lanza tembló apenas.

—Lo tenía aquí hace un momento.

Se golpeó suavemente la sien con dos dedos.

—Ya no puedo recordarlo.

No parecía triste.

Parecía agotado.

Permaneció inmóvil unos segundos.

—Antes no pasaba.

Las antorchas seguían descendiendo hacia el valle.

Finalmente el anciano volvió a caminar calle abajo, arrastrando apenas una pierna.

Más allá de las últimas construcciones de la polis comenzaba la oscuridad inmensa del valle.

Y en esa oscuridad vivían quienes trabajaban la tierra y alimentaban a Esparta.

Los informes comenzaron a llegar tres días después.