La sombra de Esparta CAPÍTULO XIII LA CIUDAD DORMIDA
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CAPÍTULO XIII LA CIUDAD DORMIDA

La ciudad parecía distinta de noche.

No más tranquila. Distinta.

Eurídice lo comprendió mientras permanecía inmóvil en el patio interior de la vivienda familiar observando cómo las sombras avanzaban lentamente sobre los muros de piedra.

El viento descendía desde las laderas oscuras del Taigeto y levantaba polvo entre las calles estrechas.

Sobre algunos techos todavía ardían antorchas junto a templos y edificios administrativos.

Desde hacía varios días dormía mal.

La pequeña tablilla encontrada junto al umbral seguía apareciendo en su cabeza en momentos absurdos: mientras intentaba comer, mientras revisaba registros, incluso mientras discutía por el precio del aceite con un comerciante incapaz de sumar correctamente.

Su madre no volvió a mencionar el episodio.

Simplemente había tomado la tablilla, la observó unos segundos bajo la lámpara y la arrojó al fuego.

Ahora, mientras la vivienda permanecía en silencio, Eurídice escuchaba sonidos dispersos procedentes del exterior: pasos sobre piedra húmeda, el roce de lanzas y órdenes pronunciadas en voz baja mientras patrullas recorrían lentamente las calles.

Nunca dejaban de pasar.

El sonido aparecía, desaparecía y luego regresaba desde otra dirección.

Más allá del muro exterior todavía podían escucharse entrenamientos cerca de la agogé. No eran los ejercicios habituales del amanecer. Aquellos movimientos sonaban más rápidos. Más bruscos.

Eurídice tomó una capa oscura y abandonó la vivienda.

El aire nocturno golpeó inmediatamente su rostro.

El frío descendía desde las montañas y se acumulaba sobre las calles estrechas de la polis.

El olor a humo, aceite quemado, cuero húmedo y basura vieja permanecía suspendido entre las construcciones silenciosas.

Cerca de un desagüe abierto había agua estancada mezclada con restos de comida y el olor agrio obligó a Eurídice a apartar apenas el rostro mientras seguía caminando.

En una esquina alguien había dejado una cesta rota llena de higos podridos. Moscas oscuras se movían lentamente sobre la fruta aplastada.

Más adelante una mujer vaciaba agua sucia desde una ventana sin mirar siquiera hacia abajo. El líquido cayó a pocos pasos de Eurídice y se extendió lentamente sobre la piedra.

La mujer ni siquiera pidió disculpas.

Esparta resultaba extrañamente hermosa bajo la noche.

Y al mismo tiempo profundamente agotada.

Las columnas proyectaban sombras largas sobre las plazas y el resplandor rojizo de algunos altares iluminaba parcialmente templos y edificios públicos. Desde algún punto invisible llegaban cánticos rituales pronunciados por sacerdotisas.

Más adelante un hombre vomitaba apoyado contra un muro mientras otro intentaba sostenerlo sin demasiado éxito.

—Te dije que no mezclaras vino de Corinto —murmuró el segundo, fastidiado.

El otro respondió algo incomprensible antes de volver a inclinarse sobre la calle.

Eurídice siguió caminando .

En una esquina dos muchachas discutían porque una de ellas había descubierto que un joven ciudadano prometía matrimonio simultáneamente a ambas familias. Una lloraba. La otra parecía más furiosa que triste.

Un anciano que pasaba cerca murmuró:

—Si es inteligente, huirá esta noche.

Las muchachas lo insultaron al mismo tiempo.

Más adelante un perro comenzó a ladrar violentamente detrás de una puerta cerrada hasta que alguien arrojó agua desde el interior de la vivienda y el animal salió corriendo calle abajo.

Un hombre dormía envuelto en una manta junto a una pared exterior con una sandalia todavía puesta y la otra perdida varios pasos más allá. Cerca de él había un cuenco roto lleno de aceitunas aplastadas y moscas.

La ciudad no estaba dormida.

Solo parecía cansada.

Dos ciudadanos armados aparecieron desde una calle lateral y atravesaron lentamente la plaza cercana. Uno llevaba una lámpara parcialmente cubierta con tela para evitar que la luz se expandiera demasiado.

Eurídice disminuyó apenas la velocidad.

Los hombres la observaron brevemente.

No dijeron nada.

Pero tampoco apartaron la mirada hasta haber pasado junto a ella.

Cuando desaparecieron calle abajo, Eurídice soltó lentamente el aire.

Se dio cuenta entonces de que tenía hambre otra vez.

Había dejado pan sobre la mesa antes de salir.

Pensó absurdamente en eso durante varios pasos antes de recordar que también había olvidado reparar una costura de su túnica. Maldijo en silencio.

Después pisó barro.

La sandalia resbaló apenas y tuvo que apoyarse contra un muro para no caer. Permaneció unos segundos inmóvil, irritada, limpiándose la suciedad de la piel con el borde de la capa mientras escuchaba nuevamente el ruido de las patrullas.

Continuó avanzando.

Cerca de los edificios administrativos distinguió movimiento entre las columnas exteriores.

Varios jóvenes transportaban tablillas bajo vigilancia armada incluso a aquella hora de la noche.

Los muchachos evitaban levantar la vista mientras cruzaban rápidamente el patio principal y desaparecían dentro de una construcción todavía iluminada.

Las sombras de los escribas seguían moviéndose detrás de las ventanas estrechas.

Un grupo de hombres descendió entonces desde una escalinata lateral transportando registros sellados con cordeles oscuros. Uno de ellos habló en voz baja mientras entregaba parte de las tablillas a un funcionario anciano.

—El éforo principal quiere informes nuevos antes del amanecer.

El anciano asintió.

—Dracón cree que los rumores comenzaron antes de Arcadia.

Hubo silencio.

Uno de los hombres miró rápidamente alrededor antes de cambiar de tema.

—También faltan registros del depósito sur.

El anciano soltó un insulto cansado entre dientes.

—Otra vez esos idiotas .

Otro funcionario apareció entonces desde el interior del edificio cargando más tablillas.

—¿Dónde dejo esto?

—Donde no estorben.

—Todo estorba aquí.

Nadie respondió.

Uno de los jóvenes tropezó accidentalmente al subir la escalinata y varias tablillas cayeron al suelo. El ruido resonó entre las columnas. Un guardia comenzó a insultarlo inmediatamente mientras el muchacho recogía los registros apresuradamente.

—Mira lo que haces. ¿Quieres pasar la noche copiando nombres otra vez?

El joven no respondió.

Otro escriba apareció detrás de ellos sosteniendo una tablilla raspada casi por completo.

—Este nombre no coincide.

—¿Cuál?

—Aquí dice “Leonte”. En la copia anterior aparece “León”.

—Entonces escribe el que falte.

—¿Y si no es el mismo?

El anciano levantó la vista apenas un instante.

—Nadie va a morir por una letra.

Uno de los guardias soltó una risa breve.

Otro respondió:

—No digas eso demasiado fuerte.

Un tercer hombre intervino mientras se rascaba distraídamente la barba.

—La semana pasada arrestaron al hijo equivocado cerca del río .

—¿Y?

—Nada. Lo soltaron dos días después.

El anciano ni siquiera pareció sorprendido.

—Entonces tuvo suerte.

Uno de los muchachos seguía arrodillado recogiendo tablillas del suelo. Movía los labios mientras intentaba volver a ordenarlas correctamente.

—Éstas no iban juntas —murmuró.

—Da igual —respondió otro escriba sin mirarlo.

Eurídice siguió avanzando hacia las zonas cercanas a la agogé mientras los sonidos de los entrenamientos nocturnos se volvían más intensos.

Golpes secos.

Respiraciones agitadas.

Órdenes repetidas bajo la oscuridad.

Finalmente llegó hasta uno de los patios parcialmente ocultos detrás de varias construcciones militares y se detuvo entre las sombras.

Decenas de muchachos entrenaban bajo la luz oscilante de las antorchas.

Descalzos. Cubiertos de sudor y polvo. Algunos combatían utilizando lanzas de madera mientras instructores armados con varas recorrían las filas corrigiendo posiciones y castigando errores con golpes rápidos.

Otros corrían cargando piedras sobre los hombros.

El olor a tierra húmeda, humo y sangre reciente permanecía mezclado bajo el aire frío.

Eurídice observó a un muchacho caer de rodillas agotado. Tendría apenas doce años. Sus brazos temblaban mientras intentaba recuperar el aire.

El instructor se detuvo frente a él .

—Levántate.

El muchacho intentó incorporarse, pero volvió a caer sobre una mano.

—¿El enemigo esperará a que descanses?

—No.

—Entonces levántate.

El niño consiguió ponerse de pie otra vez.

El instructor continuó caminando.

No parecía furioso.

Solo cansado.

Más allá del patio principal otros grupos realizaban ejercicios distintos. Jóvenes cubiertos con capas oscuras avanzaban silenciosamente entre muros utilizando cuchillos de entrenamiento mientras veteranos observaban desde las sombras.

La Krypteia.

Pero incluso allí había algo menos perfecto de lo que Eurídice había imaginado durante años.

Uno de los jóvenes tropezó contra un muro y recibió un insulto inmediato de otro compañero.

Más atrás, dos muchachos discutían en voz baja porque uno había perdido un cuchillo de entrenamiento durante el ejercicio anterior.

—Te van a hacer buscarlo hasta el amanecer.

—Cállate.

—Te dije que lo sujetaras mejor.

Un instructor pasó junto a ellos sin intervenir siquiera.

Otro muchacho tenía sangre seca alrededor de la nariz y caminaba arrastrando ligeramente una pierna. Nadie parecía prestarle atención .

Más lejos, uno de los jóvenes aprovechó una pausa para sentarse sobre una piedra y quitarse una sandalia rota. Maldijo varias veces mientras intentaba volver a atarla con una cuerda deshilachada.

Otro simplemente se quedó quieto mirando el suelo, respirando con dificultad, como si hubiese olvidado momentáneamente dónde estaba.

Un grupo avanzó cerca de donde Eurídice permanecía oculta. Caminaban agotados, cubiertos de barro y sudor.

—¿Qué ocurre si un hilota escapa durante la noche? —preguntó un instructor sin detenerse.

—Se lo persigue —respondió uno de los jóvenes.

—¿Y si otros intentan ocultarlo?

Hubo un silencio breve.

—Se castiga a todos.

El instructor asintió apenas.

Uno de los muchachos tropezó contra una piedra y recibió un golpe seco en la nuca por parte de otro compañero.

—Mira por dónde caminas, imbécil.

El instructor ni siquiera volvió la cabeza.

Más allá de las últimas construcciones de Esparta comenzaban los campos oscuros del valle.

Allí vivían los hilotas.

Muchos más numerosos que los ciudadanos que intentaban vigilarlos.

Eurídice permaneció observando aquella oscuridad durante unos segundos. Sintió frío en las piernas. También hambre.

Y, de manera incómoda, sintió otra cosa.

Orgullo .

No consiguió evitarlo.

Había crecido viendo aquellos entrenamientos.

Escuchando historias sobre disciplina, resistencia y orden.

Recordó brevemente a su padre levantándola cuando era niña para que pudiera observar las procesiones militares durante las fiestas religiosas.

Recordó el sonido de los escudos avanzando juntos y la emoción absurda que sentía entonces.

Parte de ella todavía quería creer que toda aquella dureza protegía algo necesario.

Después escuchó a un niño vomitar detrás de las filas de entrenamiento.

Nadie se volvió a mirarlo.

La sensación desapareció.

Eurídice siguió avanzando lentamente hasta llegar a otro patio iluminado por antorchas bajas. Allí entrenaban niños todavía más pequeños. Algunos apenas tendrían diez años. Sostenían pequeñas lanzas de madera mientras un anciano veterano corregía sus movimientos.

Uno de ellos lloraba en silencio intentando contener el temblor de los brazos.

El anciano se detuvo frente a él.

—¿Tienes miedo?

El niño dudó.

—Sí.

El veterano observó la lanza unos segundos.

—Bien. Ahora vuelve a levantarla.

El niño obedeció secándose rápidamente la cara con el antebrazo.

Más atrás, otro muchacho aprovechó la distracción para empujar a un compañero y robarle un trozo de queso escondido entre las ropas. El niño insultado intentó perseguirlo, pero un instructor lo golpeó inmediatamente detrás de la cabeza para obligarlo a volver a la fila.

Un tercer niño seguía intentando contener la risa sin éxito.

Eurídice continuó caminando.

En algunos cruces veía patrullas detenidas observando las viviendas como si aguardaran algo. En otros, ciudadanos armados permanecían junto a depósitos de grano y edificios públicos pese a la hora avanzada.

Más adelante dos soldados discutían por una deuda de juego mientras compartían un pedazo de queso endurecido.

—Te dije que eran cuatro monedas.

—Eran tres.

—Mientes peor de lo que lanzas.

Uno de ellos soltó una carcajada breve antes de notar a Eurídice cruzando la calle y guardar silencio inmediatamente.

Ella siguió caminando sin mirarlos.

Al atravesar una calle estrecha encontró a un veterano sentado junto a un muro de piedra. El hombre sostenía una lanza apoyada sobre las piernas y observaba la oscuridad. Una vieja cicatriz atravesaba parte de su mandíbula.

Cuando Eurídice pasó cerca, el anciano habló sin mirarla.

—Los jóvenes creen que Esparta domina Grecia.

Ella disminuyó apenas la velocidad.

—¿Y usted qué cree?

El veterano tardó unos segundos en responder.

—Creo que mañana volverán a despertarnos antes del amanecer.

Escupió hacia un costado de la calle.

—Y que mis rodillas ya están hartas de subir colinas .

Eurídice siguió caminando.

Cerca de uno de los templos periféricos varias sacerdotisas realizaban rituales nocturnos frente a un altar cubierto de humo y aceite ardiente. Sus voces ascendían lentamente bajo la oscuridad mientras ciudadanos armados permanecían inmóviles alrededor del santuario observando las calles cercanas.

Una de las sacerdotisas arrojó hierbas aromáticas al fuego.

Las llamas se elevaron brevemente.

Entonces se escuchó un golpe seco en una calle cercana.

Después un grito ahogado.

Eurídice se detuvo.

A cierta distancia distinguió movimiento entre las sombras. Cuatro ciudadanos armados arrastraban a un hombre hacia un callejón estrecho. El individuo intentó resistirse, pero uno de los guardias le golpeó violentamente el abdomen antes de cubrirle la boca.

Nadie salió de las viviendas cercanas.

Las puertas permanecieron cerradas.

El hombre desapareció entre las sombras.

Una de las sacerdotisas siguió rezando sin interrumpirse.

Eurídice permaneció inmóvil unos segundos antes de continuar avanzando.

Desde distintos sectores seguían llegando sonidos dispersos: pasos militares, órdenes lejanas, metal golpeando metal y perros ladrando brevemente antes de volver al silencio.

Cuando finalmente regresó hacia la vivienda familiar escuchó nuevamente pasos detrás de ella.

Lentos.

Regulares.

Siempre a la misma distancia .

No volvió la cabeza.

Más adelante alguien cerró una puerta de golpe.

Un perro volvió a ladrar en la oscuridad.

Los pasos continuaron detrás de ella.