CAPÍTULO XII LOS VIGILANTES
La mañana comenzó con una incomodidad difícil de precisar. Eurídice despertó antes de que saliera el sol y permaneció un rato inmóvil, mirando las vigas oscuras del techo mientras intentaba decidir si todavía valía la pena volver a dormirse.
En el patio ya había movimiento.
Varios hilotas descargaban sacos de cebada junto al depósito familiar. Uno de ellos tosía con una insistencia desagradable desde hacía varios minutos.
—Vas a escupir los pulmones dentro del grano —gruñó una anciana golpeándole la espalda.
El hombre siguió tosiendo.
El aire todavía conservaba el frío descendido desde el Taigeto. Más allá de los muros exteriores comenzaban a escucharse los primeros sonidos de la ciudad: madera golpeando escudos, animales removiéndose dentro de corrales, agua derramada sobre piedra, órdenes pronunciadas con sueño y fastidio.
Esparta despertaba lentamente.
Nada parecía distinto.
Quizá precisamente por eso Eurídice empezó a inquietarse.
Dos hombres dejaron de hablar cuando ella atravesó la calle principal. No fue extraño por sí mismo. Las conversaciones se interrumpían constantemente en la polis. Pero ambos continuaron observándola demasiado tiempo después del silencio.
Más adelante ocurrió algo parecido junto a un altar menor. Luego cerca de unos talleres. Después frente a los depósitos de aceite .
Pequeñas pausas.
Miradas.
Nada concreto.
Durante varios días intentó ignorarlo.
Acompañó a su madre en tareas habituales: revisar registros de cosecha, discutir entregas de aceite, recorrer campos próximos al río. Sin embargo, cuanto más intentaba convencerse de que exageraba, más comenzaba a reconocer ciertos rostros en distintos sectores de la ciudad.
Un ciudadano apoyado junto a una columna cerca de las syssitia.
El mismo hombre observando entrenamientos infantiles al día siguiente.
Un anciano sentado demasiado quieto frente al templo de Artemisa.
Nunca se acercaban.
Nunca hablaban.
Y aun así Eurídice empezó a pensar en ellos demasiado seguido.
Una mañana atravesó la plaza principal mientras varios niños realizaban ejercicios militares bajo la supervisión de veteranos ancianos.
El sonido acompasado de los movimientos resonaba entre las construcciones de piedra y durante unos instantes sintió nuevamente aquella forma antigua de orgullo que siempre le provocaba Esparta.
No había caos.
No había discusiones interminables.
Todo parecía funcionar.
Uno de los niños cayó durante los ejercicios y el instructor le gritó algo que Eurídice no alcanzó a escuchar. Los demás continuaron moviéndose sin mirarlo mientras el muchacho volvía rápidamente a incorporarse con las rodillas cubiertas de tierra.
Más allá de la plaza, dos mujeres discutían por pescado podrido. La vendedora terminó arrojándole vísceras a los pies de la otra y varios hombres comenzaron a reírse. Un anciano intentó intervenir, recibió un insulto y siguió caminando.
Eurídice observó la escena algunos segundos.
Después recordó a Dorieo.
La desaparición ocurrió al sexto día.
Dorieo no acudió al entrenamiento matinal.
Lo notó enseguida porque jamás faltaba. Incluso enfermo aparecía antes del amanecer junto a los demás jóvenes ciudadanos.
Pero aquella mañana su lugar permaneció vacío.
Los ejercicios continuaron normalmente.
Más tarde Eurídice preguntó discretamente por él.
Las respuestas fueron rápidas y contradictorias.
Uno afirmó que había sido enviado fuera de Esparta.
Otro dijo no saber nada.
Un tercero aseguró incluso que llevaba semanas ausente, aunque Eurídice había hablado con él pocos días antes.
Aquella noche pasó cerca de la vivienda de su familia.
La casa permanecía cerrada.
No abandonada.
Simplemente silenciosa.
Había una jarra todavía junto a la entrada y ceniza reciente debajo de un brasero apagado. Cerca del muro alguien había dejado secando una túnica infantil demasiado pequeña para pertenecer a Dorieo. El viento la movía apenas.
Pero no había voces .
Ni perros.
Ni pasos.
Una anciana barrió lentamente la entrada de su vivienda sin volver la vista hacia la casa vacía. Más lejos, alguien tocaba una flauta desafinada.
Entonces un gato apareció debajo de un banco cargando un trozo de carne entre los dientes. Se detuvo apenas un instante antes de desaparecer nuevamente entre las sombras.
Al cabo de un rato una mujer salió con una cesta de ropa mojada y comenzó a discutir con una vecina por el precio del aceite. Después pasaron a hablar de un compromiso matrimonial cancelado semanas atrás y de un hombre que, según ambas, bebía demasiado incluso para los estándares de Esparta.
La conversación siguió mientras Eurídice se alejaba.
A la mañana siguiente nadie volvió a mencionar el nombre de Dorieo.
Ni siquiera los niños.
Durante el resto del día intentó concentrarse en tareas menores. Revisó registros de aceite que ya estaban correctos. Discutió innecesariamente con un sirviente por unas cuentas mal copiadas. Pasó varios minutos buscando una aguja de bronce que después encontró enganchada en su propia túnica.
Más tarde observó a dos hilotas reparando una rueda rota junto al patio. Hablaron casi una hora sobre una cabra enferma, una mujer infiel y un vecino que se había quedado dormido borracho dentro de un establo.
Ninguno mencionó desapariciones.
La segunda señal llegó pocos días después.
La notificación apareció durante la comida nocturna.
Un funcionario administrativo acompañado por dos ciudadanos armados entregó una tablilla sellada informando que parte de las tierras asignadas a la familia serían redistribuidas “según necesidades recientes de la polis”.
Nada más.
Ninguna explicación.
Mientras hablaba, uno de los hilotas derramó vino accidentalmente sobre el suelo y quedó inmóvil esperando el golpe. Nadie reaccionó. El muchacho terminó limpiando el líquido apresuradamente mientras el funcionario seguía revisando registros.
El hombre tenía el ojo izquierdo ligeramente inflamado y cada tanto se rascaba debajo de la barba. En determinado momento incluso olvidó el nombre de uno de los terrenos y tuvo que revisar nuevamente la tablilla.
Después de terminar la explicación permaneció unos segundos observando el patio.
—Tu granado necesita agua.
La madre de Eurídice no respondió.
El hombre pareció arrepentirse inmediatamente del comentario. Carraspeó incómodo, acomodó el cinturón y se retiró junto a los guardias. Uno de ellos bostezó antes de salir.
La madre de Eurídice permaneció observando la tablilla mientras el viento movía las llamas de las lámparas.
Después se acercó y acomodó distraídamente un pliegue torcido de la túnica de su hija.
—No debes hacer preguntas durante un tiempo.
—¿Por qué?
En una habitación cercana alguien dejó caer un recipiente metálico.
—Porque alguien comenzó a hacerlas antes que tú.
Más tarde Eurídice encontró a su madre sentada frente al brasero apagado .
—Tu padre odiaba este vino —murmuró la mujer de pronto—. Decía que sabía a barro caliente.
Soltó una risa breve.
Al día siguiente discutió violentamente con una sirvienta porque la harina había llegado húmeda. Minutos después parecía haber olvidado completamente el motivo del enojo.
La vigilancia dejó de ser sutil.
Algunas conversaciones se interrumpían apenas Eurídice aparecía cerca. Varias mujeres comenzaron a evitarla durante ceremonias religiosas menores. Un ciudadano que antes saludaba regularmente a su familia dejó de responderle en la plaza principal.
No todos reaccionaban igual.
Un comerciante vecino empezó a mostrarse especialmente amable desde que las tierras fueron redistribuidas.
Incluso ofreció ayuda para reorganizar ciertos cultivos.
Días después Eurídice descubrió que parte de los terrenos retirados a su familia habían sido asignados a un primo lejano del mismo hombre.
Cuando volvieron a cruzarse en la plaza, el comerciante sonrió exactamente igual que siempre.
Eurídice comenzó a dormir mal.
A veces despertaba convencida de haber escuchado pasos dentro de la vivienda. Otras noches permanecía observando las sombras del techo hasta muy tarde, intentando recordar si realmente había visto ciertos rostros tantas veces o si el cansancio empezaba a deformarle la memoria.
También comenzó a irritarse fácilmente.
Un día perdió la paciencia con una muchacha hilota que había confundido varios registros y terminó sintiéndose ridícula al ver el miedo auténtico en el rostro de la joven.
Otra tarde sintió deseos repentinos de abandonar todo y regresar al puerto costero únicamente para dejar de escuchar el silencio ordenado de Esparta.
La idea desapareció rápido.
Pero no del todo.
Una tarde escuchó a dos funcionarios conversando cerca de los edificios administrativos.
—El éforo principal ya conoce el asunto —murmuró uno.
El otro respondió después de unos segundos:
—Entonces mejor deja eso para mañana.
Luego comenzaron a discutir sobre aceite adulterado y comerciantes incompetentes.
Pero el nombre ya había aparecido antes.
Dracón.
Eurídice lo había escuchado varias veces en voz baja.
Aunque no todos hablaban de él del mismo modo.
Un viejo veterano aseguró una tarde que Dracón era capaz de recordar cualquier nombre pronunciado frente a él una sola vez.
Días después, un comerciante borracho afirmó exactamente lo contrario.
—Ese hombre ni siquiera puede subir una escalera sin jadear.
Nadie respondió.
Aquella misma tarde Eurídice volvió a ver al hombre de capa oscura que había observado días atrás cerca de las syssitia.
Cuando pasó junto a él percibió un olor intenso a aceite medicinal.
Al acercarse más descubrió también una ligera rigidez en una de sus piernas. Apenas una cojera mínima que desaparecía casi completamente cuando permanecía quieto .
Eso bastó para inquietarla.
Porque dejó de parecer una figura construida por rumores.
Ahora parecía simplemente un hombre cansado.
Eurídice continuó caminando.
Entonces escuchó pasos detrás de ella.
Lentos.
Regulares.
El sonido de las sandalias resonaba sobre la piedra húmeda sin acercarse demasiado ni desaparecer nunca del todo.
El cielo comenzaba a oscurecerse sobre la polis. Las antorchas eran encendidas frente a templos y edificios públicos mientras patrullas armadas recorrían lentamente las calles.
En una esquina, dos hombres discutían por un burro perdido. Más adelante, varias muchachas reían alrededor de una fuente mientras comparaban brazaletes de bronce recién comprados.
La ciudad seguía viviendo.
Los pasos continuaron detrás de Eurídice hasta el acceso mismo de la vivienda familiar.
Aquella noche no logró dormir.
Permaneció largo rato observando las sombras proyectadas por la lámpara mientras el viento atravesaba lentamente las calles exteriores de Esparta.
En determinado momento creyó escuchar un roce breve en el patio.
Como una sandalia sobre piedra.
Se incorporó de inmediato.
El silencio regresó casi enseguida.
Cuando abrió la puerta no encontró a nadie .
Solo el viento moviendo las telas colgadas junto al muro.
Y, cerca del umbral, una pequeña tablilla de cera apoyada sobre la piedra.
No tenía inscripciones.
Junto a ella había barro seco marcado por una sandalia incompleta, hojas arrastradas por el viento y una cuerda vieja olvidada junto al muro.