CAPÍTULO XI EL SANTUARIO #2
Sin embargo, después de horas oyendo aquel ruido interminable, comenzó también a sentir agotamiento.
El puerto nunca terminaba de callarse. Incluso de noche seguían llegando pasos, gritos aislados, animales moviéndose entre los callejones y discusiones que parecían surgir de la oscuridad misma.
Durmió mal. Despertó varias veces empapada por la humedad pegajosa que entraba desde el mar.
Cerca del amanecer escuchó una pelea en la calle y después risas, como si ambos hombres hubieran olvidado inmediatamente el motivo del enfrentamiento.
A la mañana siguiente todavía sentía cansancio en los ojos.
Ese mismo día, mientras esperaba junto a unos depósitos de grano cercanos al puerto, un joven perieco comenzó a ayudar a descargar varias ánforas caídas de un carro.
Tendría apenas algunos años más que ella.
Las mangas enrolladas dejaban ver los brazos tensos por el esfuerzo y tenía una cicatriz fina cerca del cuello, parcialmente oculta por el sudor y el polvo.
Eurídice lo observó más tiempo del necesario.
El hombre levantó una de las ánforas y notó la mirada.
—Si vas a seguir mirando, al menos ayuda.
Ella tardó un instante en reaccionar.
—No estaba mirando.
—Claro.
Sonrió apenas antes de volver al trabajo.
La respuesta la irritó de inmediato.
Y también algo más.
Durante unos segundos permaneció inmóvil observando cómo el hombre acomodaba las cargas con movimientos rápidos y precisos. No parecía intimidado por su presencia. Tampoco especialmente interesado en impresionarla.
Eso le resultó extraño.
En Esparta los hombres rara vez hablaban así con mujeres de familias ciudadanas.
Cuando finalmente se inclinó para ayudar a mover una de las ánforas, el peso la sorprendió y estuvo a punto de perder el equilibrio. El perieco sostuvo rápidamente el borde antes de que cayera.
Sus manos quedaron demasiado cerca durante un instante.
Eurídice apartó la mirada primero.
El hombre soltó una risa breve.
—Definitivamente no haces esto seguido.
Ella quiso responder algo cortante, pero terminó callándose .
Más tarde volvió a verlo cerca del puerto discutiendo violentamente con otro trabajador por una deuda pequeña relacionada con pescado seco.
La pelea parecía a punto de terminar en golpes hasta que ambos comenzaron a insultarse de manera tan absurda que varios hombres alrededor terminaron riéndose.
Minutos después seguían trabajando juntos.
Aquello también desconcertaba a Eurídice.
Nada parecía permanecer estable demasiado tiempo allí.
Durante los días siguientes comenzó a observar con más atención a quienes llegaban al santuario. Había comerciantes jonios, navegantes de las islas, artesanos itinerantes, peregrinos y veteranos que habían servido junto a tropas lacedemonias. Cada uno parecía cargar una imagen distinta de Esparta.
Un vendedor de Mileto admiraba la austeridad lacedemonia porque, según él, ninguna otra ciudad resistía tan fácilmente la corrupción del lujo. Un marinero de Egina respondía que aquella misma austeridad le parecía una forma miserable de vivir.
—Prefiero morir endeudado que comer caldo negro toda mi vida —dijo provocando risas alrededor.
Un hombre apoyado cerca de unas redes respondió que al menos los espartanos no terminaban vendiendo hasta las sandalias cuando perdían dinero apostando. La discusión degeneró rápidamente en insultos sobre comerciantes fenicios y nadie volvió a mencionar a Esparta durante varios minutos.
Las conversaciones nunca avanzaban ordenadamente. Se rompían, se mezclaban, cambiaban de dirección.
Un niño pasó corriendo entre los hombres y robó un trozo de pan antes de desaparecer entre los puestos. Uno de los comerciantes intentó perseguirlo unos pasos, pero abandonó rápidamente la persecución entre carcajadas generales.
Más tarde, un veterano aliado de Tegea, cojo por una antigua herida, aseguró que los espartanos eran los únicos capaces de mantener una línea de combate cuando todos los demás pensaban en huir.
—No aman la guerra tanto como creen ustedes —murmuró mientras observaba el puerto—. Lo que pasa es que les enseñan desde niños a no moverse aunque tengan miedo.
Nadie respondió inmediatamente.
El hombre bebió otro sorbo de vino.
—Y eso sirve en una batalla.
La frase quedó ahí, sin grandeza ni épica, simplemente dicha por alguien cansado.
Aquellas palabras despertaron en Eurídice una punzada inesperada de orgullo.
Todavía amaba algo de Esparta. Quizá su firmeza.
Quizá la sensación de estabilidad que la polis ofrecía en medio de un mundo cambiante.
Pero cada vez que ese orgullo intentaba afirmarse dentro de ella, otra imagen aparecía inmediatamente: el hilota asesinado bajo las antorchas, las tablillas raspadas, los nombres borrados y los niños repitiendo poemas antes de comprender realmente la muerte.
Una tarde escuchó a un comerciante anciano originario de Argos conversar con varios periecos bajo una galería abierta al mar.
—Los espartanos creen demasiado en el silencio —murmuró mientras intentaba quitarse una espina clavada en la palma—. A veces uno no sabe si respetan a sus hombres o les temen.
Uno de los periecos miró rápidamente alrededor antes de responder:
—Baja la voz.
El anciano soltó una risa breve.
—Ni siquiera estamos dentro de Esparta y ya miras por encima del hombro .
Después cambió de tema para discutir el precio de unas redes de pesca.
La transformación se volvió más profunda durante una visita al santuario costero principal de la región.
A diferencia del archivo de piedra, cerrado y enterrado bajo oscuridad, aquel lugar estaba abierto al sol, al mar y a las voces humanas.
Las columnas blancas reflejaban una luz intensa.
Las ofrendas procedían de ciudades distintas: pequeñas figuras de bronce, telas teñidas, monedas extranjeras, conchas marinas y tablillas votivas escritas con manos diferentes.
Mientras observaba el mar desde las escalinatas del santuario, un viajero ateniense se sentó cerca de ella sin reconocerla como espartiata.
El hombre debía rondar los cincuenta años y llevaba marcas visibles de antiguos viajes marítimos.
Durante varios minutos ambos permanecieron en silencio mirando las embarcaciones alejándose lentamente hacia el horizonte.
Finalmente el hombre habló.
—Nunca he visto el mar tan tranquilo cerca de territorio lacedemonio.
Eurídice lo miró con cautela.
—¿Por qué?
El ateniense sonrió apenas.
—No lo sé. Uno escucha tantas historias sobre ustedes que espera encontrar soldados saliendo hasta del agua.
La respuesta la sorprendió. Había humor en ella. Cansancio también.
El hombre continuó observando el horizonte.
—Aunque debo admitir algo. Cuando viajé por Beocia conocí espartanos capaces de mantenerse firmes mientras todos los demás pensaban en huir. Eso impresiona incluso a quienes no los soportamos demasiado.
Eurídice permaneció callada .
—Quizá por eso resiste —respondió finalmente.
El ateniense asintió lentamente.
—Quizá.
Guardó silencio unos segundos.
—Aunque debe ser agotador vivir así todo el tiempo.
La frase apareció casi distraídamente, como un pensamiento cualquiera.
El hombre terminó poniéndose de pie.
—Las ciudades terminan pareciéndose a la gente que envejece dentro de ellas —murmuró mientras acomodaba su manto.
Pareció buscar otra frase, pero no la encontró o no le importó terminarla.
—En fin. Ya dije bastante. Hablo demasiado cuando el vino es malo.
Se alejó entre las columnas sin esperar respuesta.
Eurídice permaneció inmóvil frente al mar.
Una parte de ella todavía quería defender a Esparta. Quería decir que la disciplina no era miedo, que la obediencia había hecho grande a la polis y que otras ciudades se destruían constantemente entre ambiciones y disputas.
Pero el archivo de piedra seguía existiendo.
Los nombres borrados también.
Esa noche regresó sola hasta las escalinatas frente al puerto. Las luces de las embarcaciones temblaban sobre el agua oscura mientras detrás de ella continuaban las discusiones, las canciones desafinadas de los marineros y las negociaciones interminables entre comerciantes.
Alguien discutía por dinero. Un niño lloraba cerca de los puestos cerrados. Más lejos, varios hombres comenzaron a reírse después de que uno tropezara borracho contra unas ánforas vacías.
Eurídice observó durante largo rato las luces moviéndose lentamente sobre el mar.
Detrás de ella, las voces continuaban mezclándose sin orden.