CAPÍTULO XI EL SANTUARIO
La sensación de amenaza no abandonó a Eurídice después de lo ocurrido en el archivo de piedra.
Durante días evitó regresar a ciertos sectores administrativos y comenzó a desplazarse por Esparta con una cautela que jamás había necesitado antes.
Ahora comprendía que no se enfrentaba únicamente a hombres concretos ni a magistrados corruptos.
Había descubierto algo más antiguo, una costumbre instalada tan profundamente en la ciudad que muchos parecían obedecerla incluso sin verla.
Las palabras del sacerdote seguían regresando a su memoria en momentos inesperados: mientras atravesaba el ágora, durante las comidas familiares, al escuchar niños recitando versos aprendidos demasiado temprano.
Intentó apartarlas, pero cuanto más observaba la polis, más difícil le resultaba ignorar ciertos detalles: pausas extrañas en conversaciones públicas, silencios demasiado rápidos cuando determinados nombres aparecían y una tensión apenas visible en ciudadanos que antes le habían parecido completamente seguros de sí mismos.
Por primera vez comenzó a preguntarse algo que jamás había considerado realmente: cómo veía Grecia a Esparta.
Hasta entonces su vida había transcurrido casi completamente dentro de la mirada espartana del mundo.
Había escuchado hablar de Atenas, Corinto, Argos o Tebas, pero siempre desde la voz de la polis: ciudades inestables, excesivas o debilitadas por el lujo y la discusión constante.
Ahora ya no estaba segura de cuánto de aquello era verdad.
La oportunidad de descubrirlo apareció poco después.
Su madre recibió noticias relacionadas con propiedades familiares administradas por periecos cerca de un santuario costero situado al sur de Laconia.
Algunos desacuerdos comerciales obligaban a enviar representantes para revisar tributos, registros de intercambio y entregas de grano.
Eurídice se ofreció inmediatamente para acompañarla.
Su madre aceptó con cierta sorpresa. Quizá creyó que el viaje ayudaría a distraerla. Quizá simplemente no sospechaba nada.
Partieron al amanecer junto a una pequeña comitiva de administradores, sirvientes y dos ciudadanos armados.
Durante las primeras horas el paisaje continuó siendo el mismo que Eurídice conocía desde niña: colinas secas, olivares silenciosos y caminos vigilados donde cada viajero parecía ocupar un lugar perfectamente definido.
Sin embargo, a medida que descendían hacia las regiones costeras, algo comenzó a cambiar.
Los caminos mostraban más tránsito. Aparecieron caravanas procedentes de otras ciudades griegas, carros cargados de ánforas y comerciantes que discutían precios mientras avanzaban.
Los dialectos empezaron a mezclarse alrededor de los puestos de descanso y Eurídice sintió por primera vez una incomodidad física, no solo intelectual: demasiadas voces, demasiados gestos, demasiada gente moviéndose sin esperar permiso.
Los viajeros hablaban al mismo tiempo. Se interrumpían.
Reían con facilidad. Dos hombres podían discutir violentamente por el precio de una carga y minutos después continuar caminando juntos como si nada hubiera ocurrido.
En Esparta incluso las conversaciones parecían someterse a disciplina.
Allí, en cambio, las palabras circulaban libremente. A veces demasiado libremente.
El aire también cambió conforme se acercaban a la costa.
La sequedad áspera del interior cedió lentamente ante una humedad salada que Eurídice apenas conocía.
El olor del mar comenzó a mezclarse con humo, pescado, vino derramado, algas húmedas y especias desconocidas transportadas por mercaderes extranjeros .
Cuando finalmente llegaron a la población cercana al santuario, el ruido la golpeó antes que cualquier imagen.
Había talleres de cerámica abiertos hacia la calle, puestos de tejidos teñidos con colores intensos, pescadores remendando redes junto al puerto y embarcaciones pequeñas llegando desde distintos puntos del Peloponeso.
Vendedores anunciaban mercancías, martillos golpeaban madera, niños corrían entre puestos, marineros discutían mientras descargaban ánforas y músicos callejeros tocaban flautas cerca de las tabernas.
Gaviotas descendían sobre restos de pescado abandonados junto al muelle.
Un perro flaco arrastraba algo irreconocible entre charcos oscuros mientras dos muchachos se empujaban junto a un puesto de frutas.
Más allá, un marinero vomitaba contra una pared sin que nadie pareciera prestarle demasiada atención.
Todo parecía mezclarse en un desorden continuo que a Eurídice le resultó casi agresivo al principio. Después comenzó a descubrir algo inquietante: aquella confusión también estaba viva.
Un vendedor intentó detenerla apenas atravesó el mercado.
—¡Aceite de Quíos! ¡Mucho mejor que el laconio!
El hombre levantó una pequeña vasija frente a ella con insistencia exagerada.
—No necesito aceite —respondió Eurídice sin detenerse.
—Entonces compra la vasija. Mira qué hermosa es.
El comerciante sonrió mostrando varios dientes oscurecidos.
—O cómprame a mí. Estoy más barato que el aceite.
Dos mujeres comenzaron a reír cerca del puesto y el hombre hizo una reverencia absurda antes de volver a gritar ofertas hacia otros viajeros.
Eurídice siguió caminando con una incomodidad difícil de explicar. No estaba acostumbrada a que desconocidos hablaran así. Parte de ella sintió rechazo. Otra parte, más inesperada, sintió curiosidad.
Los periecos saludaban respetuosamente a los ciudadanos espartanos, pero Eurídice empezó a percibir algo que jamás había observado claramente: la distancia emocional entre unos y otros.
Los comerciantes inclinaban la cabeza ante los espartiatas, aunque detrás de aquella obediencia parecía existir una cautela antigua, aprendida con los años.
Vivían bajo autoridad espartana. Dependían de ella.
Comerciaban para ella. Pero no pertenecían realmente a su mundo.
Uno de los ceramistas entregó registros de producción a los administradores espartanos.
Hablaba con respeto, aunque Eurídice observó cómo tensaba apenas la mandíbula cuando uno de los ciudadanos corrigió bruscamente una cifra frente a todos.
El hombre aceptó en silencio, bajó la mirada y continuó trabajando.
Más tarde, cuando los espartanos se alejaron, volvió a reír con otros artesanos mientras compartían vino aguado junto al horno todavía encendido.
Uno de ellos imitó la voz grave del administrador y los demás estallaron en carcajadas.
La imitación no era valiente ni rebelde.
Era pequeña, casi infantil. Precisamente por eso le pareció más verdadera.
Aquella misma tarde, mientras esperaba cerca de unos depósitos de trigo, vio a una anciana intentando acomodar un puesto de higos secos que el viento derribaba constantemente.
Nadie parecía prestarle atención. Después de observarla unos segundos, Eurídice terminó acercándose para sostener una de las telas mientras la mujer volvía a atarla.
—Tus manos no son de comerciante —murmuró la anciana sin mirarla.
—No.
—Mejor para ti.
El comentario no sonó amable ni hostil. Solo cansado.
La mujer siguió acomodando los higos lentamente. Tenía las uñas oscurecidas y pequeños cortes antiguos en los dedos.
—Mi hijo debería ayudarme, pero desapareció con unos marineros hace tres días.
—¿Desapareció?
—Seguramente está borracho en alguna taberna.
La anciana resopló.
—O muerto. A veces me cuesta distinguir la diferencia.
Eurídice no supo si debía responder.
La mujer terminó de acomodar las telas y comenzó a separar fruta podrida con absoluta tranquilidad.
—Si vuelve, le romperé la cabeza.
Después le ofreció un higo como si la conversación anterior jamás hubiera ocurrido.
Durante la primera tarde comenzó a escuchar conversaciones sobre Esparta pronunciadas por extranjeros. No eran elogios simples. Tampoco críticas abiertas. Eran opiniones mezcladas, incompletas, a veces contradictorias.
Un comerciante procedente de Corinto hablaba con admiración sobre la capacidad militar espartana mientras varios hombres descargaban mercancías cerca del puerto.
—Ninguna otra ciudad mantiene hombres así durante generaciones —dijo mientras intentaba desatar una cuerda endurecida por la sal—. En una batalla, todos quieren tener espartanos cerca.
Otro hombre, probablemente ateniense por su acento, respondió sin demasiado interés mientras limpiaba vino derramado sobre su túnica.
—Sí. Aunque también deben ser insoportables para convivir.
Varios rieron .
Un marinero agregó algo sobre impuestos lacedemonios y el precio del aceite en invierno.
Otro aseguró que los espartanos bebían menos porque seguramente desconfiaban incluso del vino.
Las bromas comenzaron a mezclarse unas con otras hasta que la conversación derivó hacia rutas comerciales, cargamentos perdidos cerca de Sicilia y un capitán que, según todos, mentía sobre el tamaño de su barco.
Nada parecía solemne.
Eso desconcertaba a Eurídice. En Esparta, hablar de la polis siempre implicaba cierta gravedad. Allí las ciudades podían convertirse en tema de discusión ordinaria, mezcladas con comida, negocios y burlas.
Aquella noche permaneció despierta escuchando las voces procedentes de las tabernas cercanas al puerto.
El viento traía fragmentos de conversaciones mezclados con el sonido del mar golpeando suavemente contra las embarcaciones.
Un grupo de marineros discutía sobre impuestos.
Dos comerciantes debatían sobre rutas hacia Sicilia.
Alguien cantaba desafinadamente en una mesa cercana.
Más lejos, una mujer reía con una intensidad que Eurídice jamás había escuchado dentro de Esparta.
Las voces se cruzaban constantemente. Nadie parecía demasiado preocupado por ser escuchado.