CAPÍTULO VII EL POETA CIEGO
Un adolescente desafinó.
Las risas duraron apenas un instante.
El instructor giró lentamente la cabeza hacia el grupo y el silencio volvió a caer sobre el santuario con la misma rapidez con que había desaparecido. El muchacho acomodó mal la postura, tragó saliva y retomó el verso desde el comienzo.
Nadie volvió a equivocarse.
Los jóvenes recitaban formando una línea irregular frente a las columnas ennegrecidas de Artemisa Ortia.
El humo viejo de las ofrendas seguía impregnando las piedras y el calor de la tarde descendía lentamente sobre el patio de tierra endurecida.
Cada cierto tiempo golpeaban el suelo con los pies al terminar un pasaje, respirando al mismo ritmo, como si el poema formara parte del entrenamiento físico.
Algunos ya recitaban tan rápido que las palabras terminaban mezclándose unas con otras.
Las voces subían juntas.
Caían juntas.
Detrás de ellos, varios ancianos observaban inmóviles bajo la sombra de las columnas.
Uno de los niños más pequeños apenas conseguía seguir la cadencia del resto. Pronunciaba palabras cuyo significado probablemente todavía no comprendía, pero las repetía con obstinación mientras vigilaba de reojo a los instructores.
Más atrás, una niña aferrada a la túnica de su madre movía los labios intentando imitarlos .
Eurídice sintió algo incómodo.
Pero no fue rechazo.
Durante un instante el ritmo de las voces volvió a producirle la misma impresión que había sentido de niña: la certeza de pertenecer a algo antiguo, sólido y difícil de quebrar.
Los cuerpos avanzaban y retrocedían apenas al respirar.
El sonido de los pies golpeando la tierra parecía surgir de una sola garganta.
Y por un momento aquello le pareció hermoso.
Entonces uno de los adolescentes vaciló apenas en una palabra.
La vara golpeó nuevamente el suelo.
El grupo entero volvió a empezar.
La sensación desapareció tan rápido que Eurídice sintió vergüenza de haberla experimentado.
Aquella noche recordó una conversación escuchada años atrás entre su padre y varios veteranos durante una comida de invierno.
Uno de ellos había mencionado a un anciano poeta que vivía cerca de los olivares del sur y que todavía conservaba versiones antiguas de ciertos cantos que ya no se utilizaban en la ciudad.
Durante varios días intentó no pensar más en ello.
No lo consiguió.
La mañana en que abandonó Esparta, una neblina ligera descendía desde el Taigeto y cubría parcialmente los caminos exteriores. A medida que se alejaba de las plazas principales, el sonido de los entrenamientos comenzó a disolverse detrás de ella.
Los golpes secos de madera.
Las órdenes repetidas.
Los pasos sincronizados .
Todo fue quedando atrás poco a poco.
Cerca de un canal estrecho, una mujer lavaba telas apoyada sobre las piedras húmedas de la orilla mientras cantaba desafinadamente algo imposible de reconocer. Dos niños corrían detrás de una cabra flaca entre los olivos hasta que vieron pasar a varios ciudadanos y dejaron de gritar de inmediato.
Más adelante, varios hilotas discutían junto a un pozo por el reparto de agua. Uno de ellos levantaba demasiado la voz.
Otro le hizo una seña brusca al notar gente acercándose por el camino.
El primero calló enseguida.
Un anciano dormía sentado frente a su vivienda con una pierna amputada extendida bajo el sol. La prótesis de madera descansaba a un lado, cubierta de polvo. Las moscas caminaban lentamente sobre el cuero endurecido de las correas.
Un perro cojo olfateó la sandalia de Eurídice y siguió avanzando sin interés.
Más adelante, un grupo de muchachos terminaba un entrenamiento improvisado junto a una pared agrietada. Reían mientras uno de ellos orinaba contra las piedras sin dejar de cantar fragmentos de un poema patriótico.
Los demás lo empujaban entre carcajadas.
Uno intentó repetir los versos con solemnidad exagerada y todos volvieron a reír.
Eurídice siguió caminando.
Por un momento recordó haberse reído igual durante una ceremonia muchos años atrás, cuando una antorcha cayó antes de tiempo y uno de los sacerdotes comenzó a gritar insultos delante de todos.
Su madre le había apretado la mano con fuerza para que dejara de reír .
Todavía podía recordarlo.
Aquella parte de Esparta parecía más vieja que la ciudad que conocía. Los olivares crecían torcidos alrededor de construcciones bajas y agrietadas, y el aire olía a tierra húmeda, humo apagado y aceite rancio.
Finalmente encontró la vivienda.
Era pequeña y estaba parcialmente cubierta por ramas secas. Parte del techo parecía hundido y las raíces de los árboles cercanos deformaban el suelo alrededor de la entrada.
Golpeó suavemente la puerta.
No obtuvo respuesta.
Cuando estaba por marcharse escuchó pasos lentos arrastrándose desde el interior.
La puerta se abrió apenas.
El hombre que apareció sostenía un bastón gastado. El cabello blanco caía desordenado sobre sus hombros y los ojos apagados parecían mirar ligeramente por encima de ella.
—¿Quién eres?
La voz era áspera.
—Mi nombre es Eurídice. Busco a Leonte.
El anciano permaneció callado unos segundos.
—Hace mucho que nadie viene buscando poetas.
La frase sonó más cansada que irónica.
Finalmente abrió la puerta.
El interior de la vivienda estaba cargado de olor a aceite viejo, humo húmedo y telas encerradas durante demasiado tiempo. El aire era espeso. Eurídice sintió inmediatamente la garganta irritada.
Había tablillas apiladas contra las paredes, pequeñas flautas cubiertas de polvo y rollos deteriorados sujetos con cuerdas deshilachadas. También había restos de comida seca sobre una mesa torcida y una manta caída junto a una lámpara apagada.
Nada parecía ordenado.
Una rata cruzó rápidamente detrás de la mesa.
Leonte ni siquiera giró la cabeza.
Avanzó lentamente hasta sentarse, tanteando el borde con los dedos antes de encontrar una copa de arcilla.
Cuando finalmente la tomó, golpeó accidentalmente una tablilla que cayó al suelo partiéndose en una esquina.
El anciano soltó una maldición entre dientes.
—Ya no sirven mis manos para nada.
Se inclinó lentamente para recoger el fragmento.
Eurídice intentó ayudarlo.
—Déjalo —murmuró él—. Lleva años roto.
Luego pareció arrepentirse del tono.
Buscó algo sobre la mesa y terminó acercándole un pequeño cuenco con aceitunas arrugadas.
—Come si quieres. No son buenas, pero siguen siendo aceitunas.
Eurídice tomó una por cortesía.
Estaba demasiado salada.
Afuera, alguien gritó algo incomprensible desde otra vivienda.
Leonte ni siquiera reaccionó.
—¿Qué deseas realmente?
Eurídice observó las tablillas desperdigadas alrededor.
Algunas estaban raspadas tantas veces que apenas conservaban marcas visibles.
—Quiero entender ciertas cosas .
Leonte dejó escapar una breve risa seca.
—Eso suele terminar mal.
Durante un rato hablaron de ceremonias y cantos militares. El anciano recordaba versos completos con una precisión sorprendente, aunque olvidaba nombres, repetía frases y se detenía de pronto para escuchar ruidos que Eurídice no alcanzaba a percibir.
En un momento volvió lentamente la cabeza hacia ella.
—¿Eres hija de Timágenes?
—No.
Leonte frunció el ceño.
—Te pareces a alguien.
Guardó silencio.
Después añadió:
—O quizá no.
Volvió a buscar la copa a tientas.
—Antes el vino era mejor —murmuró sin venir demasiado al caso—. Más áspero. Ahora todos lo rebajan demasiado.
Luego pareció olvidar por completo la frase.
Después comenzó a recitar.
Su voz era débil, pero las palabras conservaban una cadencia antigua y obstinada. Los versos hablaban de hombres avanzando bajo una lluvia de flechas, de soldados que seguían marchando aun después de perder hermanos y de muchachos demasiado jóvenes aprendiendo a no retroceder.
Mientras lo escuchaba, Eurídice volvió a sentir orgullo.
No quiso sentirlo.
Sin disciplina, pensó por un instante, ninguna ciudad sobreviviría demasiado tiempo .
La idea apareció sola.
Y eso la inquietó más que los versos.
Leonte bebió apenas un sorbo.
—Las leyes sirven durante un tiempo —murmuró—. Después la gente olvida quién las escribió.
Tosió.
La tos duró más de lo esperado.
Cuando finalmente recuperó el aire permaneció varios segundos respirando con dificultad mientras se limpiaba la boca con el dorso de la mano.
—Pero las canciones permanecen.
Afuera, el viento agitó las telas colgadas junto a la entrada.
—Los niños aprenden primero los versos —continuó—. Lo demás viene después.
Eurídice recordó al muchacho que había desafinado.
La vara golpeando el suelo.
La niña moviendo los labios.
—¿Tirteo escribió realmente todos los poemas que se le atribuyen?
Leonte sonrió apenas.
—No importa demasiado quién los escribió.
Sus dedos recorrieron lentamente una tablilla apoyada sobre la mesa.
—Importa quién decidió conservarlos.
Guardó silencio.
Después soltó una pequeña risa seca.
—Aunque tampoco estoy seguro de que eso importe ya.
Durante unos segundos pareció distraerse escuchando algo afuera .
Luego volvió a hablar.
—Hubo otros cantos antes de estos.
Eurídice levantó la vista.
—¿Otros?
—Canciones sobre hambre. Sobre hombres que regresaban mutilados. Sobre ciudadanos que discutían con los magistrados.
Leonte se quedó callado unos segundos.
—No eran útiles.
Luego volvió a recitar.
Pero esta vez los versos eran distintos.
No hablaban de gloria.
Hablaban de soldados incapaces de dormir después de las campañas. De madres esperando noticias que nunca llegaban. De hombres que regresaban sin reconocer su propia casa.
La voz del anciano tembló apenas en algunos pasajes.
Por primera vez la guerra dejó de parecerle limpia a Eurídice.
Sintió el olor agrio del interior de la vivienda.
La humedad.
La respiración fatigada del anciano.
Las moscas golpeando lentamente contra la pared.
Todo parecía más real que los versos aprendidos en el santuario.
Y aun así una parte de ella seguía pensando que quizá aquellas canciones duras y vacías habían sido necesarias para convertir a Esparta en lo que era.
La idea la avergonzó.
—¿Quién escribió eso?
Leonte tardó en responder .
—Un poeta que dejó de convenir.
La lámpara crepitó suavemente.
El anciano giró otra vez el rostro hacia la puerta, como si escuchara algo lejano entre los árboles.
—Conocí hombres capaces de memorizar genealogías enteras —murmuró—. Algunos desaparecieron. Otros aprendieron a callar.
Sus dedos seguían recorriendo la tablilla como si tocaran algo frágil.
—Nada desaparece solo en Esparta.
Eurídice observó las superficies raspadas.
Las correcciones.
Las palabras borradas.
Y durante un instante tuvo la sensación incómoda de que incluso sus propios recuerdos podían haber sido acomodados lentamente dentro de ella sin que alguna vez llegara a notarlo.
Leonte guardó silencio.
Después sonrió apenas.
—Antes los poetas podían causar problemas.
Se encogió de hombros.
—Ahora la ciudad los hace cantar para ella.
Cuando Eurídice abandonó la vivienda, el sol comenzaba a ocultarse detrás del Taigeto y las sombras de los olivares se extendían sobre el camino.
Caminó varios minutos sin mirar atrás.
Entonces escuchó un crujido breve entre las ramas.
Se detuvo.
El sonido cesó de inmediato.
Solo el viento moviendo lentamente los árboles .
Aceleró el paso.
Mientras descendía hacia la ciudad intentó convencerse de que no había nadie siguiéndola.
Pero unos versos comenzaron a regresar lentamente a su memoria.
No recordó haber empezado a recitarlos.
Cuando lo advirtió, ya los estaba pronunciando en voz baja.