CAPÍTULO VIII LA CRIPTIA
Un niño dejó caer parte del grano al suelo.
El administrador levantó la vista de inmediato.
—Más despacio, idiota.
El muchacho se arrodilló rápidamente para recoger los granos entre el polvo mientras su madre permanecía inmóvil unos pasos detrás, sosteniendo un saco vacío contra el pecho. Ninguno de los dos volvió a hablar.
Eurídice observó la escena desde la sombra del almacén.
El calor se había vuelto insoportable cerca del mediodía y el aire olía a cebada húmeda, sudor y aceite viejo. Varias familias hilotas esperaban formando filas irregulares mientras los administradores calculaban tributos y anotaban cantidades sobre tablillas cubiertas de marcas anteriores.
Un escriba se equivocó en una cifra.
El hombre a su lado soltó una maldición y raspó la superficie de la tablilla con demasiada fuerza.
—Así está mejor.
La frase sonó cansada, no severa.
Desde pequeña, Eurídice había acompañado ocasionalmente a su madre a propiedades rurales vinculadas a familias aliadas. Siempre le habían explicado aquellas visitas del mismo modo: supervisión de cosechas, distribución de tributos, organización agrícola.
Nada más.
Sin embargo, después de las últimas semanas, todo comenzó a parecerle distinto .
Los hilotas evitaban levantar la vista cuando pasaban ciudadanos armados cerca de los cultivos. Incluso los niños parecían haber aprendido a reconocer de lejos ciertos pasos, ciertos tonos de voz, ciertas capas oscuras.
A veces bastaba que un espartiata apareciera al final del camino para que las conversaciones se interrumpieran.
Más allá de los almacenes, varios hombres descargaban sacos de cebada bajo vigilancia de jóvenes ciudadanos armados con lanzas cortas.
Uno de los supervisores apenas tendría dieciocho años.
Tenía el rostro quemado por el sol y observaba constantemente los olivares cercanos mientras se mordía la piel de un dedo.
Un anciano hilota tropezó mientras levantaba un saco demasiado pesado.
El muchacho avanzó de inmediato.
Por un instante Eurídice creyó que iba a ayudarlo.
Pero solo esperó hasta que el hombre consiguió ponerse de pie otra vez.
Luego regresó a su lugar sin decir una palabra.
Durante el resto de la tarde recorrieron parcelas de cebada y olivares bajo un calor seco que volvía espeso el aire. Varias mujeres hilotas cargaban agua desde un pozo estrecho mientras algunos niños jugaban cerca de las acequias utilizando ramas como espadas.
Uno de ellos fingió atacar a otro.
El segundo cayó exageradamente sobre el barro.
Los demás rieron.
Entonces vieron acercarse ciudadanos armados.
Las risas desaparecieron.
Cerca de uno de los cultivos, Eurídice reconoció al hombre que más tarde sería capturado .
En ese momento estaba reparando una cuerda rota junto a un niño pequeño que insistía en ayudarlo. El hombre terminó sonriendo y apartando suavemente las manos del niño para volver a hacer el nudo él mismo.
Después le revolvió el cabello antes de regresar al trabajo.
Un poco más allá, dos mujeres discutían porque una de ellas había tomado agua antes de tiempo del pozo común. La pelea terminó cuando una anciana comenzó a insultarlas a ambas desde una ventana baja.
Nadie pareció prestarle demasiada atención.
Más tarde, mientras varios administradores discutían cantidades de grano cerca de uno de los depósitos rurales, Eurídice escuchó accidentalmente parte de una conversación.
—Tres más desaparecieron anoche.
—¿Dónde?
—Cerca de las colinas del oeste.
El otro hombre siguió revisando una tablilla antes de responder.
—Entonces ya se encargaron.
No dijo quiénes.
No hacía falta.
La conversación continuó hablando de cosechas inmediatamente después.
Aquella noche permanecieron en una residencia rural perteneciente a una familia aliada. La casa estaba llena de pequeñas incomodidades: olor a vino agrio, lámparas que ahumaban demasiado y ventanas mal cerradas por donde entraba tierra cada vez que el viento soplaba desde las colinas.
Durante la cena, uno de los administradores discutió varios minutos porque la carne estaba fría.
Otro se quejó del estado de los caminos .
Un anciano bebió demasiado vino y comenzó a repetir historias militares que nadie parecía escuchar realmente.
—En Mesenia fue peor —murmuró en determinado momento—. Mucho peor.
Nadie respondió.
El hombre siguió bebiendo.
Un rato después empezó a discutir absurdamente con otro ciudadano acerca de si las lluvias llegarían antes de la próxima luna. La discusión se extendió demasiado tiempo y terminó con ambos acusándose mutuamente de no entender nada del valle.
Algunos terminaron riéndose.
Incluso uno de los muchachos del servicio sonrió antes de bajar rápidamente la cabeza.
Más tarde, el anciano volvió a hablar, casi para sí mismo.
—Ustedes no vieron cómo ardían las granjas.
Uno de los administradores más jóvenes evitó mirarlo.
—Si se levantan otra vez, esta vez no quedará ciudad —dijo alguien desde el fondo de la mesa.
La frase quedó suspendida unos segundos.
Después uno de los hombres pidió más vino y la conversación cambió de tema.
Los hilotas encargados del servicio se movían rápido entre las mesas evitando rozar siquiera a los ciudadanos.
En un momento un plato cayó al suelo.
El ruido hizo que una de las muchachas del servicio se sobresaltara visiblemente.
Nadie le gritó.
Y precisamente por eso el miedo resultó más evidente.
Mucho después de medianoche, Eurídice despertó al escuchar pasos afuera .
Muy suaves.
Luego un silbido breve entre los olivares.
Se incorporó lentamente y avanzó hasta una abertura orientada hacia los campos.
Entonces los vio.
Varias figuras se desplazaban entre la oscuridad.
Eran jóvenes.
Vestían capas oscuras y se movían rápidamente entre los árboles utilizando señales mínimas con las manos. No llevaban armaduras pesadas ni insignias visibles. Algunos apenas parecían mayores que los muchachos que había visto entrenar en la ciudad.
Uno tropezó levemente con una raíz.
Otro lo sujetó antes de que cayera.
Más atrás, alguien respiraba demasiado fuerte.
Desaparecieron lentamente más allá de los cultivos.
Eurídice permaneció observando incluso después de que las sombras se confundieran completamente con la noche.
A la mañana siguiente preguntó discretamente por ellos.
Nadie respondió directamente.
Uno de los administradores solo levantó la vista de su comida durante un instante antes de seguir cortando pan.
Más tarde, mientras supervisaban el almacenamiento de grano, Eurídice volvió a escuchar fragmentos de conversación.
—Los muchachos están siendo enviados cada vez más jóvenes.
—Mejor aquí que durante una guerra.
El hombre que respondió ni siquiera parecía cómodo diciendo aquello .
Continuó revisando medidas de cebada mientras hablaba.
Otro permaneció callado unos segundos antes de murmurar:
—Antes al menos esperaban un año más.
Nadie respondió.
Esa noche el viento sopló con más fuerza desde las colinas.
Las lámparas exteriores comenzaron a apagarse una por una.
Nadie dio explicaciones.
Simplemente ocurrió.
Mucho después, un grito atravesó la oscuridad.
Luego llegó el silencio.
No un silencio natural.
Algo más pesado.
Como si incluso los animales hubiesen aprendido cuándo callar.
Los ciudadanos abandonaron lentamente sus habitaciones mientras varios administradores observaban las colinas sin sorpresa visible.
Uno de ellos bostezó antes de beber vino directamente de una jarra.
Otro preguntó si quedaban antorchas secas para la mañana siguiente.
A lo lejos comenzaron a aparecer luces moviéndose entre los olivares.
Las figuras regresaban.
Eurídice sintió el olor del humo antes de distinguir los rostros.
Uno de los jóvenes arrastraba al hombre que había visto horas antes junto al niño.
Tenía sangre en la frente y apenas conseguía mantenerse de pie. Detrás avanzaba la misma mujer de la tarde anterior abrazando al niño contra el pecho.
El grupo tardó varios segundos en cruzar el patio exterior. Las antorchas iluminaban fragmentos de cuerpos, manos embarradas, túnicas húmedas de sudor y rostros demasiado jóvenes.
El niño intentó soltarse al reconocerlo.
Uno de los administradores lo sujetó antes de que pudiera correr.
El hilota levantó apenas la cabeza.
Respiraba con dificultad.
Uno de los jóvenes lo obligó a arrodillarse frente a los presentes.
Las antorchas formaban un círculo irregular alrededor del patio de tierra.
Eurídice permanecía junto a una de las columnas exteriores de la residencia.
Sentía las piernas tensas y la garganta seca desde hacía rato.
Recién entonces descubrió que estaba apretando demasiado fuerte los dedos contra la piedra.
La mujer seguía detrás del prisionero.
El niño lloraba ahora, pero sin hacer ruido.
—Lo encontramos reuniéndose después del toque nocturno —dijo uno de los muchachos.
Su voz sonó insegura al final de la frase.
El hilota intentó hablar.
—Solo estábamos…
Uno de los jóvenes lo golpeó con el extremo de la lanza antes de que terminara.
La mujer cerró los ojos.
Nadie intervino .
Uno de los muchachos de la criptia avanzó lentamente hacia el prisionero. Era muy joven. Tenía barro pegado en las piernas y respiraba demasiado rápido.
Por un instante pareció no saber dónde poner las manos.
Miró brevemente hacia los administradores.
Después sacó el cuchillo.
El hilota volvió el rostro hacia el niño.
—No mires.
La voz apenas salió.
Durante un momento ocurrió algo extraño.
Uno de los administradores acercó una copa de agua hacia el prisionero, como si todo pudiera detenerse todavía. El hombre intentó beber, pero le temblaban demasiado las manos.
Parte del agua cayó sobre su pecho.
El muchacho de la criptia esperaba inmóvil.
Después alguien dijo:
—Hazlo de una vez.
El joven hundió el cuchillo en el pecho del hombre.
Pero la hoja se trabó.
El muchacho tiró hacia atrás con desesperación.
La sangre comenzó a extenderse lentamente sobre la tierra.
Otro joven apartó la vista de inmediato.
Uno soltó una risa breve y nerviosa que murió enseguida en el silencio.
El hombre seguía respirando.
Entonces el muchacho volvió a hundir el cuchillo.
Esta vez más abajo.
El cuerpo cayó pesadamente .
Durante unos segundos nadie hizo nada.
Eurídice observó absurdamente una mosca acercándose a la sangre antes de comprender que estaba conteniendo la respiración.
El muchacho que había apuñalado retrocedió inmediatamente después y comenzó a limpiarse compulsivamente las manos sobre la túnica aunque ya no quedara sangre visible. Intentó enderezarse, como si temiera parecer débil frente a los otros.
Tenía lágrimas en los ojos.
Pero un instante después soltó una sonrisa torcida hacia los demás muchachos.
Demasiado rápida.
Demasiado forzada.
Buscando algo parecido a aprobación.
Uno de los otros le golpeó brevemente el hombro.
El administrador más anciano observó la escena con cansancio.
—La próxima vez hazlo más rápido.
El joven bajó la cabeza.
Nadie habló durante varios segundos.
Solo se escuchaba el viento atravesando los olivares.
Finalmente el anciano volvió a mirar el cadáver.
—Déjenlo hasta el amanecer. Y apaguen esas antorchas antes de gastar todas.
Luego comenzó a alejarse hacia la residencia como si la conversación hubiese terminado.
Poco a poco los demás hicieron lo mismo.
Las antorchas desaparecieron entre los árboles .
La mujer seguía llorando en silencio.
El niño no.
Continuaba mirando el cuerpo tendido sobre la tierra.
Eurídice percibió entonces el olor agrio del vino sobre la túnica del administrador que había pasado junto a ella segundos antes.
Ese detalle absurdo permaneció atrapado en su mente mientras observaba el cadáver.
No consiguió apartar la vista durante varios segundos.
Después sintió náuseas.
Se alejó hacia la oscuridad lateral de la residencia y apoyó una mano contra la pared de piedra hasta que el mareo pasó. Desde allí todavía escuchaba voces hablando de herramientas, turnos y animales perdidos como si nada importante hubiese ocurrido.
Cuando amaneció, varios hilotas ya trabajaban nuevamente en los campos cercanos.
Dos hombres repartían herramientas junto al camino mientras evitaban mirar el cuerpo.
Un niño pasó cargando agua.
No levantó la vista.
Más tarde, un carro tuvo que desviarse apenas para no tocar el cadáver.
Nadie dijo nada.
Y mientras un perro olfateaba lentamente la sangre seca junto al cuerpo, Eurídice descubrió algo que la estremeció más de lo que había visto durante la noche:
ya no conseguía recordar con claridad el rostro del hombre sonriendo junto al niño.
Solo podía recordar el cuerpo sobre la tierra.