CAPÍTULO VI LA CASA DE LOS NOMBRES
El calor había llegado temprano aquel año.
Desde el amanecer, el aire permanecía inmóvil sobre Esparta y el polvo comenzaba a levantarse apenas alguien cruzaba las calles principales.
En el patio interior de la vivienda familiar, varias esclavas intentaban cubrir recipientes de aceite mientras discutían por el orden de unas ánforas agrietadas.
El olor a cebada, humo viejo y piedra caliente permanecía atrapado entre los muros.
Su madre revisaba registros junto a una mesa baja.
Llevaba casi toda la mañana corrigiendo cuentas relacionadas con propiedades agrícolas y depósitos familiares.
Cada cierto tiempo raspaba una línea de cera con demasiada fuerza antes de volver a escribir encima.
Una esclava joven dejó caer accidentalmente un recipiente pequeño y el sonido resonó sobre el patio.
—Ten más cuidado.
La muchacha asintió rápidamente y siguió trabajando.
Eurídice observaba las manos de su madre. Últimamente comenzaba a fijarse demasiado en las correcciones.
Desde su visita a los archivos administrativos no conseguía dejar de pensar en los nombres alterados, los registros rehechos y las conversaciones interrumpidas apenas alguien se acercaba demasiado.
Intentaba convencerse de que todo formaba parte del funcionamiento normal de la ciudad.
Esparta administraba tierras, matrimonios, campañas militares y ciudadanía. Era lógico que existieran errores.
Y aun así algo seguía resultándole profundamente incómodo .
No eran las cifras.
Ni siquiera las correcciones.
Eran los silencios.
La naturalidad con que ciertas preguntas dejaban de responderse. La forma en que algunos nombres desaparecían de las conversaciones sin que nadie pareciera notarlo demasiado.
Su madre dejó finalmente una superficie de cera sobre la mesa.
—Tendrás que llevar esto a la casa de los registros familiares.
Eurídice levantó la vista.
—¿Ahora?
—Antes de que cierre.
Le entregó varios documentos sujetos por un cordel oscuro.
—Son asuntos de ciudadanía.
La frase llamó inmediatamente su atención.
—¿Qué asuntos?
Su madre acomodó innecesariamente el borde de una tela.
—Herencias. Matrimonios.
Nada más.
Eurídice tomó los registros y salió hacia las calles cubiertas por calor y polvo.
El mercado estaba más silencioso que de costumbre.
Algunos vendedores dormitaban detrás de puestos medio vacíos mientras otros discutían lentamente bajo cubiertas de lino tensadas entre columnas.
Un hombre insultaba a un muchacho porque había dejado arruinar pescado junto al sol.
Cerca de una fuente, dos niños intentaban empujar un perro fuera de la sombra estrecha proyectada por un carro.
El animal jadeaba con la lengua afuera, demasiado cansado incluso para resistirse .
Más allá, dos ciudadanos discutían junto a un depósito de aceite.
—Te digo que ya no aparece en los registros.
—Entonces alguien lo quitó.
El segundo hombre miró alrededor antes de continuar.
—Baja la voz.
Cuando Eurídice pasó cerca, ambos callaron automáticamente.
Ni siquiera parecieron decidirlo.
Simplemente callaron.
Continuó caminando.
La casa de los nombres se encontraba próxima a uno de los sectores administrativos más antiguos de la polis.
El edificio era más pequeño que los archivos militares, pero parecía mucho más viejo.
Los muros conservaban manchas oscuras producidas por décadas de humo acumulado y varias inscripciones sobre la piedra habían terminado erosionadas hasta volverse casi ilegibles.
Dos columnas bajas sostenían la entrada principal.
Un anciano barría lentamente polvo acumulado cerca de los escalones. Parecía hacerlo sin ninguna prisa, como si llevara años repitiendo exactamente los mismos movimientos.
Al verla acercarse levantó apenas la cabeza.
—¿Qué buscas?
—Traigo registros familiares.
El hombre extendió la mano.
Eurídice dudó.
—Debo entregarlos dentro.
El anciano la observó unos segundos antes de apartarse.
—Entonces no toques nada .
El interior estaba casi completamente en silencio.
No se parecía a los archivos militares llenos de funcionarios cansados y registros apilados caóticamente. Allí todo parecía más ordenado. Más lento.
El olor dominante no era sudor ni aceite caliente.
Era polvo.
Polvo viejo.
Filas de estanterías recorrían las paredes cubiertas por genealogías organizadas cuidadosamente mediante símbolos y marcas apenas visibles bajo la luz débil de las lámparas. Matrimonios. Adopciones. Nacimientos. Herencias. Expulsiones.
Toda la ciudad parecía reducida allí a nombres y líneas familiares.
Un hombre delgado trabajaba cerca de una mesa central copiando inscripciones sobre una nueva capa de cera.
Tenía las manos manchadas y respiraba con visible dificultad.
Cada tanto se detenía para masajearse los dedos antes de continuar escribiendo.
Cerca de él había un cuenco con aceitunas arrugadas y pan endurecido.
Eurídice dejó los documentos frente a él.
—Vengo de parte de mi madre.
El hombre revisó apenas los sellos.
—Déjalos.
Nada más.
Eurídice permaneció quieta observando el lugar. Sentía el sudor adherirse lentamente a la espalda debajo de la túnica. El aire casi no circulaba entre las estanterías.
El escriba siguió trabajando sin mirarla.
—¿Necesitas algo más?
Ella dudó apenas .
—Nunca había estado aquí.
El hombre soltó un pequeño resoplido cansado.
—Nadie viene hasta que necesita demostrar quién es.
Más allá de la sala principal, otro funcionario revisaba registros deteriorados mientras murmuraba fechas para sí mismo. Cerca de una columna, un anciano intentaba reconstruir una genealogía parcialmente dañada por el tiempo.
—No puede ser hijo del segundo matrimonio.
—Eso dice el registro.
—Entonces el registro está mal.
—El registro siempre termina teniendo razón.
El sonido del raspado volvió lentamente a llenar la habitación.
Eurídice avanzó despacio entre los estantes. Las genealogías estaban organizadas por familias ciudadanas. Algunas ocupaban apenas unas líneas. Otras llenaban registros completos con generaciones de nombres repetidos cuidadosamente durante décadas.
Encontró símbolos familiares que reconocía desde niña. Casas prestigiosas. Linajes militares. Familias vinculadas a magistraturas antiguas.
En algunos documentos aparecían pequeñas marcas de corrección. En otros, líneas enteras raspadas y rehechas.
Una inscripción particularmente antigua llamó su atención.
El nombre principal había sido eliminado.
No corregido.
Eliminado.
La cera conservaba todavía la hendidura profunda donde alguien había raspado varias veces el mismo lugar. Debajo quedaba apenas visible parte de una letra.
Eurídice acercó la pieza a la luz.
—No deberías tocar eso.
La voz la hizo sobresaltarse.
El anciano que reconstruía genealogías la observaba desde otra mesa. Tenía los ojos opacos y una mano deformada por la artritis.
—Lo siento.
El hombre tardó en responder.
—Esa familia dejó de existir.
La frase sonó extrañamente administrativa. Como si hablara de una cosecha perdida.
—¿Cómo puede dejar de existir una familia?
El anciano sonrió apenas.
—Muy fácilmente.
Volvió lentamente a su trabajo.
Eurídice continuó observando la inscripción.
No había incendios registrados. Ni pestes. Ni guerras.
Solo un vacío.
Más adelante encontró otra genealogía parcialmente corregida. Una mujer había desaparecido completamente entre dos generaciones. El matrimonio seguía registrado. Los hijos también. Pero el nombre femenino había sido raspado.
La superficie todavía conservaba marcas recientes.
Eurídice sintió una incomodidad seca subirle por el cuerpo.
—¿Por qué borrarían solo a una persona?
El anciano levantó lentamente la cabeza. Durante unos segundos pareció debatirse entre responder o callar.
Finalmente habló .
—Porque a veces es más sencillo corregir un nombre que corregir una historia.
Después volvió inmediatamente a las genealogías.
El calor parecía haberse acumulado también dentro del edificio. El aire olía a polvo, aceite viejo y cera caliente. Una mosca giraba alrededor de una lámpara apagada mientras el escriba delgado intentaba recordar algo frente a un registro incompleto.
—El hijo mayor era...
Permaneció callado unos segundos.
Después negó lentamente con la cabeza y volvió a raspar la cera.
Eurídice avanzó más profundamente hacia los estantes antiguos. Cuanto más viejos eran los registros, más correcciones encontraba. Algunos nombres aparecían repetidos sobre capas sucesivas de cera. Otros habían sido desplazados. Otros desaparecían por completo.
En ciertos documentos resultaba imposible distinguir qué era original y qué había sido añadido después.
Escuchó pasos acercándose.
El escriba delgado pasó junto a ella cargando nuevas superficies de cera.
—¿Buscas algo específico?
—No.
El hombre acomodó varias genealogías sobre una mesa.
—Eso suele ser peligroso aquí.
La frase fue pronunciada sin amenaza.
Peor todavía.
Sonó rutinaria.
Eurídice observó cómo el funcionario revisaba una genealogía perteneciente a una familia militar importante. El hombre tomó el estilete y raspó cuidadosamente una línea. Después escribió otro nombre encima.
No dudó.
No consultó nada.
Simplemente corrigió.
—¿Se equivocó alguien?
El funcionario siguió escribiendo.
—Siempre se equivoca alguien.
Eurídice sintió una incomodidad creciente.
—¿Y si el error es antiguo?
El hombre se detuvo apenas.
—Entonces corregirlo tarda más.
Nada en su voz indicaba preocupación.
Solo agotamiento.
Más tarde, mientras el anciano reorganizaba registros dañados por el tiempo, una pieza cayó accidentalmente al suelo.
Se partió por una esquina.
El hombre soltó una maldición breve.
Eurídice se inclinó para ayudarlo.
Fue entonces cuando vio el nombre.
Téleos.
La familia expulsada semanas atrás.
El registro estaba siendo corregido.
Varias líneas habían sido raspadas recientemente. Los matrimonios secundarios desaparecían. Los hijos menores ya no figuraban.
La cera todavía estaba blanda.
Alguien había trabajado allí esa misma mañana .
El anciano notó inmediatamente hacia dónde miraba.
Le arrebató el fragmento con demasiada rapidez.
—Eso no te concierne.
Eurídice permaneció inmóvil.
—Están borrándolos.
Nadie respondió.
Solo se escuchó el roce de un estilete contra la cera.
El anciano sostuvo el registro roto unos segundos antes de hablar.
—Las familias no desaparecen de golpe.
Levantó lentamente la vista.
—Primero desaparecen de los registros.
Eurídice sintió por primera vez un miedo completamente distinto.
No miedo a castigos.
No miedo a soldados.
Miedo a no dejar rastro.
El funcionario delgado regresó lentamente hacia ellos.
—¿Hubo algún problema?
El anciano negó con la cabeza.
—Ninguno.
El hombre observó unos segundos a Eurídice.
Después miró el fragmento roto.
Finalmente habló.
—Habrá que rehacerlo.
Cuando Eurídice abandonó finalmente la casa de los nombres, el calor seguía atrapado sobre la ciudad. Las calles brillaban bajo una luz blanca y el polvo se adhería al sudor de los brazos y del cuello.
Cerca del mercado, dos muchachos discutían porque uno había olvidado parte de una genealogía recitada durante el entrenamiento.
—Tu abuelo estaba antes de Leócrito.
—No.
—Sí.
—Entonces ¿por qué el instructor dijo otra cosa?
El segundo muchacho dudó.
Miró alrededor antes de responder.
—Tal vez siempre fue así.
Ambos siguieron caminando.
Eurídice permaneció quieta observándolos desaparecer entre la multitud.