CAPÍTULO V LA MEMORIA PROHIBIDA
Durante los días posteriores a su visita a los edificios administrativos, Eurídice no logró apartar de su mente las tablillas alteradas ni las palabras pronunciadas por el soldado moribundo que había regresado de Arcadia.
La incomodidad aparecía en momentos inesperados.
Mientras atravesaba el mercado vio a dos hombres interrumpir una conversación apenas un magistrado cruzó la plaza. Uno comenzó a revisar frutas sobre un puesto. El otro fingió discutir el precio del aceite.
Más adelante, una anciana tiró del brazo de un niño que repetía demasiado fuerte el nombre de un ciudadano desaparecido de los entrenamientos públicos.
—No hables aquí.
La mujer siguió caminando sin volver a mirarlo.
Pequeñas escenas semejantes comenzaron a repetirse por toda la ciudad.
Antes apenas las habría notado.
Ahora parecían aparecer en todas partes.
Una tarde, Nicandro regresó antes de lo habitual a la vivienda familiar.
El hombre parecía cansado e irritable. Mientras compartían una comida sencilla en el patio interior evitó varias veces sostener la mirada de Eurídice y respondió con frases breves cada vez que ella mencionaba los registros administrativos o la campaña de Arcadia.
Sobre la mesa descansaban pan de cebada, aceitunas y una jarra de vino aguado. Los hilotas se movían silenciosamente alrededor mientras desde la calle llegaban ecos de carros y órdenes militares pronunciadas a lo lejos.
Nicandro apenas comió.
Tenía una pequeña grieta abierta junto a la uña del pulgar. Restos de cera endurecida seguían adheridos a la piel.
—¿Ha ocurrido algo? —preguntó la madre de Eurídice.
Nicandro bebió un poco de vino.
—Están revisando registros antiguos.
Nadie respondió.
El hombre siguió rascando distraídamente la cera endurecida de los dedos.
—¿Por qué? —preguntó Eurídice.
Nicandro levantó apenas la vista.
Pareció dispuesto a responder algo más largo. Después negó levemente con la cabeza.
—Porque sí.
La madre volvió inmediatamente a la comida.
Solo se escuchó el roce de las manos partiendo el pan.
Aquella noche Eurídice apenas consiguió dormir. Permaneció observando las sombras deformadas de las lámparas sobre las paredes de piedra mientras recordaba las tablillas alteradas y el gesto tranquilo con que el funcionario había borrado uno de los nombres frente a ella.
Intentó convencerse de que existía una explicación razonable.
Tal vez algunos registros militares debían permanecer ocultos.
Tal vez ciertas derrotas jamás debían hacerse públicas.
Pero seguían regresando a su memoria las listas contradictorias, los nombres raspados y los funcionarios evitando mirarse entre sí.
Antes del amanecer tomó una decisión impulsiva y peligrosa.
Volvería sola al edificio administrativo.
Mientras atravesaba las calles cercanas al centro de la polis, un vendedor discutía medio dormido con un cliente por el precio del pan.
—Te di una pieza más grande ayer.
—Ayer estaba menos dura.
Desde algunos patios llegaba olor a cebada tostada.
Un niño corría detrás de una gallina entre las viviendas bajas. Más allá, un hombre vaciaba agua sucia directamente sobre la calle mientras una mujer lo insultaba desde una ventana.
Dos ciudadanos conversaban junto a una escalinata. Cuando Eurídice pasó cerca, uno de ellos bajó inmediatamente la voz.
El edificio administrativo permanecía parcialmente abierto. Los guardias apenas prestaron atención a su presencia al reconocerla como ayudante ocasional de Nicandro.
Eurídice avanzó intentando parecer tranquila, aunque sentía la espalda húmeda bajo la túnica. Por un momento pensó en regresar. Tal vez no había entendido correctamente las tablillas anteriores. Tal vez solo estaba mezclando rumores con cansancio.
Y aun si todo era cierto, ¿qué esperaba encontrar?
No supo responderse.
Siguió caminando.
El interior estaba menos concurrido que otros días. Algunos escribas trabajaban inclinados sobre las mesas mientras otros dormitaban brevemente antes de continuar copiando registros. Uno tenía la frente apoyada contra el brazo y seguía sosteniendo el estilete entre los dedos.
Desde las salas cercanas seguían raspando tablillas.
Un funcionario discutía cerca de una mesa lateral porque no encontraba unas listas agrícolas.
—Te dije que iban al archivo inferior.
—No estaban allí.
—Entonces alguien las movió.
—Pues encuéntralas tú.
El hombre terminó alejándose maldiciendo por lo bajo.
Otro escriba intentaba despegar restos de comida endurecida de una tablilla sin demasiado éxito.
Más allá, un anciano se frotaba los ojos con fastidio.
—Si siguen corrigiendo cifras voy a terminar ciego.
—Entonces deja de mirar.
El anciano soltó un gruñido.
Eurídice comenzó a organizar registros cerca de una dependencia lateral hasta asegurarse de que nadie la observaba directamente. Después avanzó hacia un corredor situado detrás de las salas principales.
El corredor olía a humedad y cera vieja.
Varias tablillas apiladas ocupaban nichos abiertos en los muros y algunas puertas permanecían aseguradas con barras de madera oscurecidas por el tiempo. Cuanto más avanzaba, menos se escuchaban las voces del edificio principal.
Al fondo descubrió una pequeña puerta reforzada con bandas de bronce ennegrecidas. Los sellos de cera adheridos alrededor estaban parcialmente quebrados.
Frente a ella descansaban tablillas cubiertas por telas viejas .
Una de las puertas cercanas permanecía entreabierta.
Eurídice dudó unos segundos antes de entrar.
La habitación estaba casi completamente a oscuras. Varias estanterías bajas cubrían las paredes y decenas de tablillas se acumulaban ordenadas por campañas militares, regiones y fechas. Se limpió los dedos contra la túnica después de tocar uno de los estantes.
El lugar olía a aceite consumido y madera húmeda.
Había registros triviales mezclados con otros mucho más antiguos: cuentas agrícolas, inventarios de armas dañadas, impuestos atrasados, nacimientos, listas de grano copiadas varias veces, disputas por tierras mal delimitadas.
Eurídice comenzó a revisar tablillas lentamente.
Un registro mencionaba veinte cabras desaparecidas cerca de Amiclas. Otro describía daños menores en un almacén militar después de una tormenta. Había listas repetidas tres o cuatro veces con cifras apenas distintas entre sí.
En otra tablilla alguien había corregido durante años la misma deuda de cebada.
Siguió buscando.
Cada vez había más polvo sobre sus manos.
Una rata cruzó rápidamente entre dos estantes y desapareció detrás de unas cajas apiladas. Eurídice se sobresaltó y golpeó accidentalmente varias tablillas con el codo. El ruido resonó demasiado fuerte en la habitación.
Permaneció inmóvil.
Nadie entró.
Esperó unos segundos antes de volver a moverse.
Encontró fechas corregidas.
Símbolos raspados .
Columnas rehechas.
En algunos registros faltaban fragmentos completos.
Tomó una tablilla vinculada a operaciones militares cerca de Mesenia.
Tuvo que acercarla a la lámpara porque la cera había sido corregida demasiadas veces y algunas palabras casi habían desaparecido bajo nuevas capas endurecidas.
Encontró referencias dispersas a patrullas desaparecidas y aldeas incendiadas durante levantamientos hilotas. Más abajo aparecían registros incompletos de ejecuciones nocturnas realizadas por la Krypteia.
No había explicaciones.
Eurídice volvió a leer una línea pensando que quizá había entendido mal la fecha. Buscó otra tablilla similar. Las cifras no coincidían. En una aparecían veinte muertos. En otra, doce.
Tomó una tercera tablilla.
Los nombres tampoco coincidían.
Durante unos segundos intentó convencerse de que las diferencias podían deberse simplemente a errores de copia. Los registros eran antiguos. Algunos símbolos apenas podían distinguirse.
Pero seguían apareciendo raspaduras.
Capas nuevas de cera.
Nombres escritos encima de otros.
Escuchó un ruido en el corredor y levantó la cabeza sobresaltada.
Solo era alguien arrastrando una caja de registros.
Volvió a mirar las tablillas.
Durante unos segundos pensó que quizá estaba interpretando mal ciertos símbolos militares. Algunas palabras habían quedado deformadas por correcciones antiguas y la cera endurecida ocultaba parte de las líneas.
Tomó otra.
Después otra más.
Algunas mencionaban campañas que Eurídice recordaba haber escuchado durante ceremonias públicas, pero las cifras eran distintas. En ciertos registros los nombres originales apenas podían distinguirse debajo de la superficie raspada.
En uno de ellos alguien había escrito encima de otro nombre sin terminar de borrarlo.
La marca anterior seguía hundida debajo de la cera nueva.
Escuchó pasos en el corredor.
Se quedó inmóvil.
Las voces se acercaban lentamente.
—Los registros de Mesenia deben revisarse hoy.
—Pensé que ya estaban corregidos.
—No todos.
Eurídice dejó rápidamente las tablillas donde las había encontrado y retrocedió hacia las sombras del fondo de la habitación.
La luz temblorosa de una lámpara apareció bajo la abertura de la puerta.
—Si encuentran otra copia habrá problemas.
—Entonces busca mejor.
Uno de los hombres soltó un suspiro cansado.
—Llevamos tres días haciendo esto.
Se escuchó el ruido de algo cayendo al suelo.
—Maldita sea.
—Déjalo ahí .
Silencio.
—¿Queda cera?
—Poca.
—Entonces roba un poco de otra sala.
—La última vez casi nos descubren.
—Pues no hagas ruido.
Uno de ellos soltó una risa seca.
Después tosió.
—Cuando termine esto voy a dormir dos días.
—Mentira. Vas a seguir copiando números.
Los pasos permanecieron inmóviles un instante más.
Eurídice sintió las piernas tensas por permanecer agachada tanto tiempo. Le dolía la espalda. El polvo comenzaba a pegarse al sudor de las manos.
Por primera vez deseó no haber regresado.
Deseó volver a la ignorancia tranquila de semanas atrás, cuando aquellos edificios solo eran lugares aburridos llenos de funcionarios agotados.
Finalmente las voces comenzaron a alejarse corredor abajo.
Solo entonces volvió a respirar normalmente.
Permaneció quieta observando las tablillas acumuladas alrededor. Algunas estaban quebradas. Otras parecían recién corregidas. Sobre varios registros podían verse capas sucesivas de raspaduras endurecidas unas encima de otras.
Desde alguna sala lejana seguían raspando tablillas.
Cuando abandonó finalmente la habitación, el edificio comenzaba a llenarse otra vez de funcionarios y escribas.
Un hombre discutía porque no encontraba unas listas de impuestos.
Otro seguía copiando nombres mientras comía pedazos de pan endurecido sin apartar la vista de la cera.
Cerca de una columna, un escriba dormía sentado con la cabeza apoyada contra el muro y tinta seca alrededor de las uñas.
Al pasar junto a una mesa, alguien dejó caer accidentalmente una tablilla.
La maldición se escuchó en toda la sala.
Nadie levantó la vista.
Cerca de la salida, un funcionario pidió más cera sin apartar los ojos del registro que copiaba.
El raspado continuó.