La sombra de Esparta CAPÍTULO IV LOS ÉFOROS
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CAPÍTULO IV LOS ÉFOROS

Nicandro discutía con otro funcionario cuando Eurídice llegó al edificio administrativo.

—Si vuelven a mover esos registros voy a perder otra mañana entera.

—Entonces deja de contarlos mal.

—Claro. Porque tú nunca te equivocas.

El otro hombre soltó una risa cansada mientras acomodaba varias tablillas bajo el brazo y desaparecía por uno de los corredores interiores.

Nicandro permaneció unos segundos frente a la entrada antes de notar a Eurídice.

—Llegas tarde.

—Todavía no salió el sol del todo.

—Aquí eso da igual.

Le entregó inmediatamente una pequeña pila de tablillas atadas con cordeles de cuero.

—No las mezcles.

Después volvió a caminar hacia el interior del edificio sin esperar respuesta.

Eurídice lo siguió.

Aquel sector de la ciudad siempre le había parecido distinto.

Incluso los vendedores instalados cerca de las entradas hablaban más bajo que en otras calles de Esparta.

Frente al acceso principal, varios guardias observaban lentamente el movimiento de escribas, funcionarios y sirvientes que entraban y salían cargando registros.

Uno de los guardias estaba sentado sobre un banco de piedra masajeándose la rodilla mientras otro bostezaba antes de dejar pasar a Nicandro.

El interior olía a cera caliente, polvo viejo y cuerpos encerrados demasiadas horas.

Varias mesas cubiertas de tablillas ocupaban las salas principales mientras hombres inclinados sobre registros raspaban, corregían y copiaban nombres bajo la luz que descendía desde pequeñas aberturas superiores.

El sonido de los estiletes llenaba constantemente el edificio.

Un muchacho pasó junto a Eurídice cargando una pila de tablillas demasiado grande. Tropezó contra una columna y varias estuvieron a punto de caer al suelo.

—Míralo —murmuró un escriba anciano sin levantar la vista—. Lo tendrán copiando nacimientos hasta el invierno.

El muchacho siguió caminando con el rostro rojo de vergüenza.

Nicandro dejó las tablillas sobre una mesa lateral cubierta de registros agrícolas y listas militares.

—Ordénalas por fecha.

Eurídice comenzó a separarlas mientras observaba el movimiento de la sala. Algunos funcionarios discutían cifras relacionadas con cosechas y distribución de grano. Otros transportaban registros entre corredores estrechos donde el aire parecía todavía más pesado.

Cerca de una pared, dos escribas revisaban una lista cubierta de correcciones.

—Esta cifra no coincide.

—Entonces cambia la otra.

—La otra ya está sellada.

El hombre resopló antes de rasparse lentamente la muñeca marcada por años de trabajo .

Más allá, un funcionario derramó accidentalmente cera sobre varias tablillas y soltó una maldición mientras intentaba limpiarlas con un trozo de tela.

—Déjalas así —dijo alguien desde otra mesa—. Nadie lee completas esas listas.

Algunos soltaron pequeñas risas cansadas antes de volver al trabajo.

El calor aumentaba rápidamente dentro del edificio.

Varios hombres trabajaban con las túnicas pegadas a la espalda por el sudor.

Uno tosía constantemente desde una sala cercana.

Otro mantenía un pequeño recipiente de agua junto a los registros y mojaba los dedos cada pocos minutos para evitar que la cera se pegara a la piel.

Cerca de una columna, un funcionario comía aceitunas mientras revisaba cuentas agrícolas y dejaba manchas oscuras sobre los bordes de las tablillas.

Eurídice observó los estantes cubiertos de registros: tierras, impuestos, nacimientos, castigos, campañas militares. Había tanto polvo acumulado sobre algunos que parecía imposible que alguien los hubiera tocado en años.

Un anciano escriba trabajaba cerca de una lámpara pese a la claridad del mediodía.

Tenía los dedos deformados y acercaba demasiado el rostro a las tablillas antes de escribir lentamente sobre la cera.

Cada vez que terminaba una línea debía detenerse unos segundos para flexionar la mano. Después seguía escribiendo.

Un hombre apareció desde otra sala buscando algo entre varios estantes.

—¿Quién tomó las listas de Mesenia?

Nadie respondió.

—Estoy hablando en serio.

—Pregúntale a Dorieo.

—Dorieo murió hace dos inviernos .

Uno de los escribas soltó una risa breve sin levantar la vista.

El hombre siguió buscando entre las tablillas mientras maldecía por lo bajo.

Un movimiento alteró apenas el ritmo de la sala. No fue inmediato. Uno de los funcionarios dejó de hablar. Otro deslizó una tablilla debajo de varias listas agrícolas. Cerca de una columna, Nicandro acomodó rápidamente algunos registros antes de seguir trabajando como si nada hubiera ocurrido.

Los éforos avanzaban hacia las salas interiores acompañados por dos guardias armados.

No parecían soldados ni sacerdotes. Caminaban con la tranquilidad de quienes pasan demasiadas horas dentro de edificios cerrados tomando decisiones que otros deberán obedecer.

Uno de ellos se detuvo junto a una mesa cercana revisando varias tablillas entregadas por un funcionario agotado por el calor.

—La Gerusía pidió revisar estos registros otra vez —dijo el hombre mientras se secaba el cuello con la manga.

El éforo observó apenas una de las tablillas.

—Entonces revísalos.

—Las cifras no coinciden con las listas militares.

El éforo pasó lentamente el pulgar sobre la cera.

—Corrígelo.

La respuesta salió sin dureza. Casi aburrida.

Después siguió caminando.

Uno de los guardias se detuvo para beber agua antes de continuar detrás de ellos.

El ruido de los estiletes comenzó a llenar nuevamente el edificio.

Nicandro soltó el aire despacio antes de seguir revisando registros.

—¿Siempre trabajan así? —preguntó Eurídice.

—¿Así cómo?

Ella observó alrededor antes de responder.

—Como si todo pudiera arruinarse por una tablilla.

Nicandro siguió leyendo unos segundos.

—A veces ocurre.

Nada más.

Más tarde Eurídice llevó varios registros hacia una sala secundaria utilizada para almacenar documentos militares.

El aire allí era todavía más caliente y el olor a polvo resultaba casi insoportable.

Sintió cómo la cera comenzaba a ablandarse ligeramente entre sus dedos por el calor acumulado dentro de la habitación.

Desde algún lugar del edificio llegaban voces discutiendo sobre impuestos atrasados y distribución de grano.

Mientras acomodaba tablillas sobre una mesa creyó haber confundido dos listas militares de la reciente campaña de Arcadia. Volvió a mirarlas. Las cifras no coincidían.

Frunció el ceño y acercó ambas hacia la luz.

En una tablilla aparecían siete muertos.

En la otra, cinco.

La cera estaba raspada en algunos sectores. Había números corregidos y parte de un nombre apenas visible debajo de la superficie alisada.

Eurídice volvió a leer las listas pensando por un instante que había confundido las columnas. El calor le hacía arder los ojos.

Escuchó una discusión cerca de la entrada de la sala.

—Te dije que esos registros iban al archivo inferior.

—No había espacio .

—Pues haz espacio.

Los pasos se acercaron.

Un funcionario apareció junto a la mesa y tomó las tablillas con tranquilidad. Era un hombre delgado, de cabello gris y ojos cansados. Tenía manchas oscuras de tinta alrededor de las uñas.

Eurídice apartó las manos inmediatamente.

El hombre sostuvo las listas unos segundos mientras observaba distraídamente las marcas raspadas sobre la cera. Después pasó el pulgar por encima de uno de los nombres deformados y siguió caminando entre las columnas sin decir nada.

Más tarde, cerca de una sala interior, Eurídice vio a otro funcionario arrojando tablillas dañadas dentro de un brasero encendido. El fuego deformaba lentamente la cera mientras el humo subía hacia las vigas oscuras del techo.

El hombre extendió la mano.

—¿Quedan más?

—Tres.

—Tráelas.

Tomó otra tablilla y la empujó dentro del fuego antes de seguir esperando las demás.