La sombra de Esparta CAPÍTULO III LOS HOMBRES DE BRONCE
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CAPÍTULO III LOS HOMBRES DE BRONCE

La noticia llegó antes que los soldados.

Cuando Eurídice atravesó el mercado aquella mañana, varias personas hablaban al mismo tiempo junto a los puestos de pescado.

Un vendedor discutía con un cliente mientras intentaba enderezar una balanza torcida y, unos metros más allá, dos ancianos intercambiaban comentarios en voz demasiado baja para distinguir las palabras.

Cerca de la fuente, un muchacho corría entre la multitud diciendo que una unidad regresaba desde el norte.

Nadie parecía saber exactamente qué había ocurrido.

Solo que venían heridos.

Una mujer compraba cebollas sin dejar de mirar hacia la calle principal.

Otra intentaba hacer callar a un niño que preguntaba demasiado fuerte si había comenzado una guerra.

Más allá, un perro olfateaba restos de pescado entre los puestos hasta que un comerciante le arrojó agua sucia para espantarlo.

El animal salió corriendo entre las piernas de varios ciudadanos y provocó insultos mezclados con risas breves.

—Siempre vuelven medio muertos —murmuró un hombre mientras revisaba unas aceitunas.

—Por lo menos vuelven —respondió otro sin levantar la vista.

Un tercer hombre escupió cerca de un puesto de pan.

—Hasta que dejan de volver.

Nadie respondió .

La ciudad siguió moviéndose alrededor de las conversaciones como si nada hubiera cambiado realmente.

Eurídice regresó a la casa con una incomodidad difícil de explicar. En el patio interior, dos hilotas descargaban sacos de cebada mientras la madre revisaba varias vasijas de almacenamiento apoyadas contra el muro.

Uno de los sirvientes entró apresuradamente desde la calle.

—Ya cruzaron el puente del norte —dijo intentando recuperar el aliento—. Algunos vienen en camillas.

La madre continuó revisando una de las vasijas.

—Entonces faltarán hombres.

No había dramatismo en la frase. Solo cansancio.

Uno de los hilotas dejó caer accidentalmente un recipiente de barro. El golpe seco resonó en el patio y el hombre retrocedió inmediatamente inclinando la cabeza antes incluso de que alguien hablara.

—Recógelo.

Eso fue todo.

El hombre obedeció rápidamente mientras intentaba juntar los fragmentos sin cortarse las manos.

Tenía los dedos llenos de pequeñas heridas mal cerradas y tierra acumulada bajo las uñas.

Uno de los trozos le abrió la piel de la palma y una gota de sangre cayó sobre el suelo antes de que escondiera rápidamente la mano.

Más tarde comenzaron a escucharse voces provenientes del camino principal.

Eurídice salió junto a otras mujeres hacia uno de los sectores elevados desde donde podía verse parcialmente la entrada norte de la ciudad.

A medida que avanzaban, más ciudadanos se reunían cerca de plazas y escalinatas.

Algunos muchachos abandonaban momentáneamente los entrenamientos para intentar ver llegar a la unidad.

Un niño intentó subirse sobre un pequeño altar de piedra y recibió inmediatamente un golpe en la nuca por parte de su hermano mayor.

Varias mujeres permanecían quietas bajo los soportales observando el camino con los brazos cruzados sobre el pecho.

Una de ellas movía constantemente los dedos contra el borde de la túnica.

Otra mordía hojas de menta sin dejar de mirar hacia el norte.

Más atrás, dos comerciantes seguían discutiendo por el precio de unas ánforas como si nada extraordinario estuviera ocurriendo.

—Te dije que ese aceite está rebajado.

—Y yo te digo que pagues o te marches.

La formación apareció finalmente bajo el sol áspero de la tarde.

Los soldados avanzaban cubiertos de polvo y sudor.

Las capas oscuras estaban manchadas de tierra seca y algunas armaduras mostraban cortes recientes.

Caminaban lentamente, manteniendo todavía cierta formación pese al agotamiento visible en los cuerpos.

Varios hombres cargaban compañeros heridos sobre improvisadas camillas de madera.

No había cantos.

Solo pasos cansados y el sonido metálico de armas golpeando contra escudos de bronce.

Eurídice sintió olor a sangre antes de distinguir las heridas.

No era el olor limpio de los sacrificios rituales ni el de los entrenamientos juveniles. Era algo agrio, espeso, mezclado con sudor viejo, cuero húmedo y carne demasiado tiempo encerrada bajo el calor.

Uno de los soldados caminaba con parte del rostro cubierta por un paño endurecido por sangre.

Otro apoyaba casi todo el peso sobre un compañero mientras intentaba mantener la espalda recta frente a quienes observaban desde las calles.

Un tercero tenía la mano vendada tan torpemente que los dedos comenzaban ya a oscurecerse bajo la tela sucia .

Más atrás, uno vomitó junto a una pared antes de seguir caminando.

Nadie se detuvo.

Eurídice apartó la vista un instante cuando vio moscas moviéndose sobre una herida abierta cerca del cuello de uno de los hombres.

Un muchacho sentado sobre una de las camillas sostenía todavía un escudo roto entre las manos. Parecía demasiado joven. Miraba fijamente hacia adelante sin reaccionar ante nada. Sus dedos seguían aferrados al borde agrietado como si todavía estuviera dentro del combate.

Un anciano situado cerca de Eurídice desvió lentamente la mirada al verlo pasar y comenzó a acomodarse innecesariamente el cinturón, una y otra vez, sin terminar nunca de ajustarlo.

Varias mujeres comenzaron a reconocer familiares dentro de la formación. Algunas respiraban aliviadas. Otras permanecían inmóviles observando espacios vacíos entre los soldados. Una mujer murmuraba algo para sí misma sin dejar de contar rostros.

Otra simplemente se marchó antes de que terminaran de pasar.

Entonces apareció el herido.

Era un soldado todavía joven, transportado por dos compañeros mientras la sangre descendía lentamente desde una herida profunda en el costado. Respiraba con dificultad y los ojos parecían perdidos entre fiebre y agotamiento.

Cuando pasó cerca de la plaza principal comenzó a murmurar algo.

Al principio nadie logró entenderlo.

Uno de los soldados intentó hacerlo callar discretamente, pero el herido continuó hablando con palabras partidas por la fiebre.

—No subieron…

El hombre que caminaba junto a él endureció inmediatamente el gesto.

—Basta.

El herido movió apenas la cabeza.

—No había nadie…

Tosió sangre antes de terminar la frase.

Sus compañeros evitaron mirarlo.

Uno de ellos apretó involuntariamente el borde del escudo.

El herido volvió a hablar, casi sin aire.

—Nos hicieron…

La voz se quebró otra vez.

El soldado que caminaba junto a él habló más bajo esta vez.

—Calla ya.

El muchacho intentó incorporarse apenas, como si necesitara terminar una idea que ya no podía sostener. Otro acceso de sangre lo obligó a doblarse violentamente hacia adelante. Una mosca comenzó a moverse sobre la venda oscura de su costado.

Los hombres aceleraron el paso.

Durante unos segundos nadie habló alrededor.

Después alguien volvió a discutir precios cerca del mercado y un niño comenzó a llorar porque el gentío le impedía ver a los soldados.

La ciudad retomó el ruido lentamente.

Minutos más tarde, mientras el joven era trasladado hacia uno de los edificios destinados a atender combatientes heridos, perdió completamente el conocimiento.

Esa misma noche murió .

Dos días después comenzaron las ceremonias vinculadas a los caídos de la expedición. Eurídice acompañó a su madre hasta una pequeña plaza donde magistrados y escribas organizaban tablillas enceradas sobre mesas bajas cubiertas por telas oscuras.

El calor endurecía el aire sobre las piedras.

Varias familias aguardaban mientras los funcionarios intercambiaban listas y corregían registros. Uno de los escribas flexionaba constantemente la muñeca antes de volver a escribir. Otro se secaba el sudor del cuello con visible fastidio mientras raspaba lentamente parte de la cera de una tablilla.

—Te saltaste una línea —murmuró uno sin levantar la vista.

—Ya la corregí.

—No así.

El hombre resopló antes de volver a raspar la tablilla.

Cerca de las escalinatas, una anciana intentaba mantener quieto a un niño que seguía preguntando cuándo volvería su padre.

Entonces comenzó la lectura de nombres.

Cada ciudadano muerto era pronunciado con solemnidad ritual mientras los familiares permanecían inmóviles bajo el sol abrasador.

Algunas mujeres cerraban brevemente los ojos.

Otras inclinaban apenas la cabeza. Un hombre respiraba tan fuerte que parecía contener un acceso de llanto cada vez que el escriba hacía una pausa.

El sonido de los estiletes raspando cera continuaba escuchándose entre una lectura y otra.

Después de varios nombres, Eurídice comenzó a notar cierta inquietud alrededor. Algunas personas intercambiaban miradas rápidas. Una mujer volvió a preguntar en voz baja si ya habían nombrado a su hermano.

Entonces un anciano dio un paso adelante .

Era un hombre alto, de barba gris y hombros todavía anchos pese a la edad. Avanzó apenas unos pasos antes de detenerse nuevamente. Miró alrededor como si esperara que alguien más hablara primero.

Nadie lo hizo.

El anciano humedeció lentamente los labios.

—Mi hijo… marchó con ellos.

El escriba continuó observando las tablillas.

—No figura entre los caídos.

El hombre tardó varios segundos en responder.

—Entonces… ¿dónde está?

Uno de los magistrados levantó apenas la vista hacia él.

Nada más.

El anciano abrió apenas la boca, como si todavía quisiera decir algo. Después volvió a cerrarla.

Retrocedió lentamente entre la multitud.

La lectura continuó.

Uno de los escribas volvió a raspar la cera.