CAPÍTULO I LAS HIJAS DE LACONIA
Cuando Eurídice regresó del entrenamiento, todavía tenía polvo pegado en las piernas y un sabor metálico en la garganta.
Atravesó las calles junto a otras muchachas cubiertas de sudor.
Algunas caminaban en silencio; otras se empujaban suavemente mientras discutían sobre cuál de las instructoras golpeaba más fuerte durante las carreras.
—La vieja Filena disfruta haciéndonos sufrir —murmuró una de ellas.
—Disfruta más viendo llorar a las nuevas.
Varias rieron.
Eurídice no.
Sentía las plantas de los pies ardiendo dentro de las sandalias.
Al doblar hacia la plaza menor, una carreta cargada con ánforas obligó al grupo a detenerse. Dos hilotas discutían mientras intentaban mover una rueda atrapada entre piedras. Uno de ellos maldecía en voz baja. El otro tiraba de las riendas cada vez con menos paciencia.
—Empuja de una vez, inútil.
La mula soltó un resoplido violento.
Un niño apareció corriendo desde el mercado y robó un puñado de higos antes de desaparecer entre los puestos. Detrás de él, el vendedor comenzó a gritar amenazas que provocaron algunas carcajadas alrededor.
La ciudad despertaba lentamente .
Varias mujeres abrían los postigos de las viviendas cercanas mientras grupos de comerciantes acomodaban pescado, cebada y pequeños recipientes de aceite sobre mesas de madera oscurecidas por el uso.
El olor mezclado de humo, sudor y pan recién cocido comenzaba a extenderse entre las calles estrechas.
Eurídice disminuyó el paso.
Desde el otro extremo de la plaza llegaban golpes secos de entrenamiento. Un muchacho cayó sobre la tierra endurecida. El instructor ni siquiera se acercó. Esperó simplemente a que volviera a levantarse.
El joven tardó demasiado.
La vara descendió sobre sus hombros.
Nadie alrededor pareció sorprenderse.
Eurídice observó apenas un instante antes de continuar caminando.
Había visto escenas parecidas toda su vida.
Al llegar a la vivienda familiar encontró el patio interior lleno de movimiento.
Dos hilotas descargaban sacos de grano mientras su madre revisaba una tablilla encerada apoyada sobre la mesa central.
Cerca de la cocina, una anciana removía lentamente un recipiente de lentejas hervidas cuyo vapor comenzaba a llenar el patio.
—Has tardado —dijo la madre sin levantar la vista.
—Filena decidió que todavía podíamos correr más.
—Entonces cree que todavía respiras demasiado bien.
Eurídice dejó escapar una sonrisa cansada y tomó una jarra de agua. Bebió largamente mientras observaba el movimiento alrededor.
Uno de los hilotas dejó caer accidentalmente un saco.
El golpe seco contra el suelo hizo que ambos hombres se inmovilizaran .
La madre de Eurídice levantó finalmente la mirada.
No gritó.
—Recójanlo antes de que se humedezca.
Eso fue todo.
Los hombres obedecieron inmediatamente.
Mientras levantaban el saco, Eurídice vio marcas oscuras alrededor del brazo del más joven. Parecían recientes. El muchacho intentó acomodarse la túnica para cubrirlas.
—¿Qué pasó ahí? —preguntó ella.
El joven dudó apenas.
—Me caí.
La respuesta salió demasiado rápido.
La madre volvió a concentrarse en las cuentas.
—Lo sorprendieron escondiendo grano.
El hilota continuó trabajando sin levantar la cabeza.
Eurídice observó nuevamente las marcas. Después bebió otro poco de agua y apartó la vista. No sabía exactamente por qué había preguntado. Quizá solo porque el muchacho tenía casi su misma edad.
La anciana de la cocina comenzó a reírse de algo que ocurría afuera. Una cabra había escapado de uno de los corrales cercanos y atravesaba la calle perseguida por dos niños cubiertos de barro. Los gritos entraban y salían del patio mezclados con el ruido del mercado.
Por un momento, la casa pareció menos rígida.
Más tarde ayudó a mover varias ánforas hacia los depósitos interiores. Mientras trabajaban, un comerciante discutió con la madre acerca del estado de unas tierras próximas al Eurotas.
—La lluvia arruinó media cosecha —insistía el hombre.
—La lluvia cayó también sobre los demás campos .
—No igual.
La madre apoyó lentamente las manos sobre la mesa.
—Entonces has tenido muy mala suerte.
El comerciante entendió el mensaje.
No volvió a discutir.
Antes del mediodía llegó Timantes.
Traía polvo sobre el manto y caminaba con cierta rigidez en una de las piernas. El caballo parecía tan cansado como él. Cuando desmontó, se quedó unos segundos quieto, estirando lentamente la espalda antes de entrar al patio.
—Pensé que estabas muerto —dijo la madre.
—Todavía no.
—Entonces Mesenia debe estar perdiendo calidad.
Timantes soltó una risa breve.
Eurídice recordó vagamente haberlo visto años atrás junto a su padre. Conservaba el cuerpo ancho de los antiguos soldados, aunque ahora parecía más pesado, como si llevara demasiado tiempo durmiendo poco.
Un sirviente llevó vino aguado, pan y aceitunas. Durante varios minutos hablaron de asuntos menores: caminos destruidos por las lluvias, mulas robadas cerca de Amiclas, disputas entre propietarios y rumores sobre nuevas inspecciones militares.
Timantes comía despacio.
Como alguien acostumbrado a no desperdiciar comida.
—Anoche hubo movimiento cerca de las colinas —dijo finalmente.
La madre siguió cortando pan.
—Siempre hay movimiento cerca de las colinas.
—Sí. Bueno… esta vez parecía distinto .
Nadie habló durante unos segundos.
Desde la calle llegó el ruido de unos muchachos corriendo y después un golpe seco contra piedra seguido de insultos.
Timantes bebió un poco de vino.
—También escuché algo sobre una familia cerca de Amiclas.
La madre levantó apenas la vista.
—¿Qué familia?
El hombre tardó demasiado en responder.
—No importa.
La conversación murió sola.
Eurídice notó cómo ambos evitaban mirarse directamente después de aquello. Timantes tomó otra aceituna. La madre acomodó innecesariamente varias veces la misma tablilla sobre la mesa.
Después comenzaron a hablar sobre caballos.
Como si nada hubiera ocurrido.
Más tarde, cuando el calor comenzó a caer sobre las calles, Timantes se levantó lentamente para marcharse.
—Cada año entrenan antes a los muchachos —murmuró observando a un grupo que corría al otro lado de la calle.
La madre no respondió.
Timantes montó el caballo y desapareció entre las viviendas cercanas al mercado.
Eurídice permaneció un momento junto a la entrada observando la ciudad.
Varias mujeres discutían precios alrededor de un puesto de pescado mientras un anciano dormitaba bajo una tela sostenida por columnas de madera.
Cerca de la plaza, dos niñas intentaban copiar movimientos de combate usando ramas secas como lanzas.
Una de ellas cayó .
La otra empezó a reírse tan fuerte que terminó cayendo también.
Eurídice sonrió apenas.
Después volvió lentamente hacia el interior de la casa.
Al pasar junto a la mesa todavía vio la tablilla que su madre había dejado apoyada junto al vino. Sobre la cera recién alisada quedaba una línea parcialmente borrada que alguien había intentado corregir antes de volver a escribir encima.