La sombra de Esparta PRÓLOGO LA NOCHE DE LAS MÁSCARAS
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La sombra de Esparta

La sombra de Esparta

Por Roberto Arnaiz

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PRÓLOGO LA NOCHE DE LAS MÁSCARAS

La festividad había comenzado antes de que terminara de caer la luz.

Desde las terrazas del santuario descendían columnas de humo mezcladas con olor a aceite quemado y carne.

Los cánticos atravesaban lentamente las calles de Esparta mientras grupos de ciudadanos avanzaban hacia los templos sosteniendo pequeñas lámparas de arcilla protegidas del viento con las manos.

Las llamas deformaban las sombras contra los muros y volvían los rostros más viejos, más duros.

En las plazas sagradas se movían sacerdotes, magistrados y soldados. En otras calles quedaban patios oscuros, puertas cerrándose y conversaciones que bajaban de golpe cuando alguien pasaba demasiado cerca.

Detrás de los edificios administrativos, un anciano avanzaba con dificultad por una calle estrecha.

Respiraba mal. El manto se le abría con el viento y una de sus sandalias golpeaba de forma irregular contra las piedras. Llevaba un pequeño envoltorio de cuero sujeto contra el pecho.

Dentro había tablillas.

Pocas.

Al volver la cabeza no vio a nadie. Solo el reflejo lejano de las antorchas sobre los muros y una cabra atada junto a una puerta, removiendo tierra con una pata. Desde un patio cercano llegó el llanto breve de un niño. Después silencio otra vez.

El anciano siguió andando.

Había pasado casi toda su vida entre registros. Decretos. Cuentas de grano. Listas militares. Nombres de muertos copiados tantas veces que terminaban pareciendo otra cosa. Algunas tablillas desaparecían. Otras regresaban corregidas.

El viento descendió desde el Taigeto levantando polvo entre las calles.

Al doblar una esquina se detuvo.

Tres figuras bloqueaban el paso.

Llevaban mantos oscuros y máscaras lisas. Bajo la luz rojiza de una antorcha cercana, los rostros parecían hechos de bronce viejo. Ninguno habló.

El anciano retrocedió instintivamente.

Una de las figuras inclinó apenas la cabeza.

Él giró y echó a andar por un corredor lateral entre dos edificios de piedra. No consiguió correr bien. La sandalia rota se doblaba bajo el pie y tuvo que apoyarse una vez contra el muro para no caer.

Detrás de él comenzaron a escucharse pasos.

No rápidos.

Regulares.

Atravesó un pasaje estrecho y llegó a un pequeño patio rodeado por muros bajos. En el centro todavía ardían restos de una hoguera ceremonial abandonada poco antes. El humo subía recto durante unos segundos antes de quebrarse con el viento.

Miró alrededor.

No había salida.

Las figuras aparecieron nuevamente en la entrada del patio. Una avanzó unos pasos más que las otras.

—Entréguelas.

La voz no fue alta.

El anciano sostuvo el envoltorio con más fuerza.

—No pueden quemarlo todo.

La madera crujió dentro del fuego. Cerca de uno de los muros, una jarra caída rodó un poco sobre las piedras y se detuvo. Uno de los hombres levantó la mano hacia la máscara, incómodo por el humo.

El anciano observó las llamas.

Tenía las manos húmedas.

Recordó dedos raspando cera endurecida. Nombres cubiertos por otros nombres. Espacios vacíos donde antes había líneas completas. Durante años había visto desaparecer pequeñas cosas sin preguntar demasiado.

Las tablillas pesaban poco.

Retrocedió hasta quedar junto al fuego. Las figuras dieron otro paso. Una de ellas extendió el brazo lentamente, como si todavía creyera posible evitar aquello.

Entonces el anciano arrancó los cordeles.

El cuero se abrió.

Durante un instante quedaron visibles las tablillas oscuras, los signos grabados, una esquina rota, una línea deformada por el calor.

Después las arrojó directamente sobre la hoguera.

Las llamas crecieron de golpe.

Uno de los hombres avanzó hacia el fuego e intentó apartar las tablillas con la sandalia. Otro soltó una maldición al quemarse la mano. La cera comenzó a hundirse lentamente antes de ennegrecerse.

El anciano recibió un golpe brutal en el rostro y cayó sobre las piedras. Intentó incorporarse, pero una sandalia le aplastó el pecho.

—Rápido.

El humo empezaba a cubrir el patio. El anciano tosió sangre. El fuego seguía trabajando a pocos pasos de su cara.

Entonces vio al niño.

Estaba al otro lado del patio, oculto detrás de una columna rota. Tendría diez años, quizá menos. Llevaba una túnica demasiado grande y tenía las rodillas cubiertas de polvo. Observaba inmóvil.

El anciano intentó hablar.

No pudo.

Una chispa salió despedida de la hoguera. Después un fragmento de tablilla cayó fuera del fuego y rodó unos centímetros sobre la tierra.

Ninguno de los hombres pareció verlo.

El niño dudó .

Miró hacia las máscaras.

Después dio un paso rápido, tomó el fragmento con los dedos y se quemó al instante. Estuvo a punto de soltarlo, pero terminó escondiéndolo bajo la túnica antes de retroceder otra vez hacia las sombras.

Una de las figuras giró apenas la cabeza hacia el ruido.

El niño ya no estaba allí.

A lo lejos continuaban escuchándose los cánticos de la ceremonia. Las voces subían y bajaban con una regularidad antigua mientras el viento recorría las calles de Esparta. En algún lugar una mujer rió brevemente y alguien la hizo callar.

El fuego siguió consumiendo las tablillas.

Uno de los hombres removió las cenizas con la sandalia.

Después se alejaron.