La sociedad de las almas malditas 35
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Rembrandt Bellavere recibió el Mérito a Alumno Ejemplar de la Academia

E l día había amanecido con una niebla densa y un frío que helaba la piel.

De pie, frente a la puerta de la Academia, Amanda y Lucius esperaban con sus maletas a que el carruaje les recogiera.

La directora había insistido en que la Academia cubriría los costes para que volvieran a casa.

Ellos ya habían hecho suficiente por la escuela.

Apenas habían pasado un par de días desde el incidente.

Sin embargo, habían sido suficientes para que ninguno de los dos volviera a tener pesadillas.

El toque de queda se levantó esa misma mañana, aunque Marinea había pedido a todo el alumnado que se tomaran una semana libre sin clases mientras arreglaban algunos asuntos .

El carruaje llegó tirado por un caballo negro y uno blanco. En el pescante, el mismo conductor que los había traído en su primer día.

—Un placer verles de nuevo, aunque creía recordar que traje a cuatro en vez de a dos —mencionó, bajándose del pescante y agarrando las maletas para cargarlas—. Cuando estéis listos para partir, avisadme.

Amanda volvió la vista atrás. Marinea y Rowina los miraban desde la entrada de la Academia con los brazos cruzados sobre el vientre.

Al final, la directora no había resultado ser una bruja como contaban las leyendas, ni Rowina escondía asuntos turbios con las sombras. Sin ellas, no seguirían con vida.

Se acercaron para despedirse, con el viento alborotando sus cabellos.

—Gracias por todo —les dijo Amanda. Tuvo que contenerse para no volver a llorar. En los dos últimos días no había hecho otra cosa.

—Gracias a vuestra familia —recordó Marinea.

También parecía que en cualquier momento fuera a romperse—.

Los Bellavere siempre habéis sido únicos.

Puede que arrastréis la miseria y las desgracias allá donde vayáis, pero también lleváis con vosotros un aura muy especial de la que no os podéis desprender.

Amanda mostró una media sonrisa. Acarició la cabeza de Lucius que, a diferencia de ella, había roto a llorar.

—No sé lo que haremos a partir de ahora…

—Estoy segura de que os irá bien —afirmó Rowina.

—Si algo habéis demostrado, es que no necesitáis a nadie para seguir adelante.

—Marinea se llevó la mano a su túnica y les tendió un colgante con la forma de la Estrella de las Artes—.

Me gustaría que tuvierais esto. Durante mucho tiempo fue el emblema de la Sociedad, pero también fue un bien preciado que Rembrandt guardó con cariño durante muchos años porque era lo único que le quedaba.

— Su legado familiar… —masculló Lucius, el recuerdo le quemaba el corazón.

Amanda, al igual que Frederick, había escuchado tantas veces a lo largo de su vida esas palabras que ya ni siquiera sabía asociarlas a un momento concreto.

Durante su infancia, pensaba que el legado tenía que ver con la sangre, con lo que llevaban por dentro por el simple hecho de ser parte de los Bellavere; en la adolescencia creyó que tenía que ver con la herencia, las riquezas y los bienes que los acompañaran a lo largo de su vida.

En sus primeros años de juventud, después de hacerse cargo de sus hermanos y ver cómo su padre se consumía delante de sus ojos por un objetivo que tal vez nunca alcanzaría, se había decepcionado al comprobar que Rembrandt siempre había tenido un objeto concreto como legado familiar.

Ahora, después de ver cómo su padre se sacrificaba por ellos y por cumplir con su cometido, Amanda entendía que siempre habían estado equivocados.

El legado familiar eran ellos, sus hijos, el vínculo que mantenían y que les movía actuar los unos por los otros.

Su mayor legado era el amor. El amor por el que Lucius había abierto los ojos y había renunciado a esa sociedad de almas malditas.

El amor por el que Amanda había agarrado a Lucius para no perderlo.

El amor por el que Lukas y Frederick se habían desvivido y les había causado la muerte.

El amor por el que Rembrandt Bellavere se había reencontrado con Evangeline y había puesto fin a la maldición que él mismo desató.

Se despidieron con un abrazo y el corazón lleno de dudas, sabiendo que siempre tendrían un lugar al que volver y que, cuando no les quedara nada más, se tendrían a ellos mismos.

Subieron al carruaje que un día los había traído a la que no sabían que sería su peor pesadilla. Dejaron atrás la Academia de las Artes Oscuras de Westgard, que se perdió entre la niebla, como sus miedos y su dolor.

Aunque, de una forma u otra, las siete torres de la Academia siempre se veían entre los árboles y las montañas.

De una forma u otra, siempre seguiría con ellos.