La sociedad de las almas malditas Epílogo (cinco años más tarde)
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Epílogo (cinco años más tarde)

Epílogo

(cinco años más tarde)

E l invierno era más frío que en cualquier otro año.

Las ramas desnudas de los árboles arañaban los caminos del cementerio.

Hacía tanto que nadie cuidaba de ellas que muchas habían empezado a arrastrarse entre las tumbas como si fueran fantasmas de los allí enterrados.

Había nevado pocos días atrás, por lo que la hierba continuaba cubierta de escarcha y de una capa blanca que se iría desvaneciendo con la llegada del buen tiempo.

Los caminos resbalaban y caminar por allí era tan peligroso como escalar una montaña. No había nadie al cargo desde hacía al menos una década.

El cementerio de Westgard era solitario y oscuro, como la propia ciudad. Hacía tanto tiempo que se había dejado de enterrar allí a los muertos que pocas eran las familias que veneraban su descanso.

Los dos últimos nombres estaban escritos sobre dos lápidas agrietadas al fondo del cementerio. El moho adornaba la piedra. Las flores, colocadas hacía un lustro, estaban marchitas. Aunque fueran los más recientes, la falta de presupuesto había hecho que sus lápidas fueran las más deterioradas.

FREDERICK BELLAVERE .

LUKAS BELLAVERE .

VUESTROS HERMANOS OS RECUERDAN .

Esa mañana en la que la niebla impedía que se viera dos palmos por delante de las narices, recibieron una visita muy esperada.

Una chica, vestida con un abrigo largo y un gorro que la protegía del frío, se acercó a dejar dos ramos de flores.

Se agachó y colocó con cuidado las flores una por una, sustituyendo a las marchitas.

Limpió con un paño la piedra y depositó un beso en su mano antes de pasarla sobre los nombres de sus hermanos.

Amanda Bellavere nunca se perdonaría no haber hecho algo más por ellos.

También limpió la lápida más próxima y dejó una rosa como obsequio sobre la tierra. Ella quería huir de sus padres y ellos nunca se habían preocupado por retomar el contacto. Así que allí yacía su cuerpo, como una más de la familia.

MIRY AMBER .

QUE TUS SUEÑOS VUELEN

TANTO COMO TU TALENTO .

Amanda habría deseado tener más control sobre sí misma para impedir que las lágrimas humedecieran aún más la tierra.

—Ojalá todo hubiera sido diferente…

Se incorporó para marcharse. Antes de girarse, volvió a llorarles.

Le pareció ver una silueta al fondo del cementerio, difuminada por la niebla.

Era un hombre alto y robusto. Intentó acercarse más.

Conforme sus pasos la guiaban a él creía reconocer sus rasgos. Mayor, arrugado, al borde de la muerte.

Amanda vio a su padre reflejado en la niebla antes de que desapareciese por completo.

—¿Papá? —Lo buscó en todas las direcciones—. Papá, ¿estás ahí?

Rembrandt nunca respondió.

A tan solo veinte minutos de Salmarina, Amanda había adquirido una casa para que Lucius pudiera vivir cerca de su antiguo hogar. Lo había hecho gracias a sus ahorros, al trabajo de un par de años y, sobre todo, a la fortuna escondida que su padre había ido repartiendo a lo largo de toda Eileanor.

Ella pasaba los días lejos de allí, centrada en su nuevo trabajo como profesora de arte.

Enseñaba a los más pequeños de las aldeas menos favorecidas los clásicos literarios, las técnicas básicas de pintura, y les daba nociones generales de todo lo que sabía.

Acudía a visitar a Lucius dos veces a la semana, siempre con una cesta de mimbre con galletas y algo de bebida.

Como cada día de visita, encontró la puerta cerrada. Llamó un par de veces y esperó a que su hermano la abriera. Sin embargo, no lo hizo. Tuvo que echar mano de su llave para pasar.

Aunque por fuera parecía una casa acogedora, por dentro las paredes estaban revestidas de arañazos y golpes. Las ventanas tenían barrotes y los libros se esparcían sin orden por el suelo.

Recorrió la planta baja de la casa, pero no encontró a Lucius en el salón ni en la cocina, tampoco en el pequeño huerto trasero donde cultivaban alguna hortaliza con la ilusión de que algún día les proporcionara alimento.

Subió las escaleras que conducía a las habitaciones. Todo permanecía en un inquietante mutismo que se volvía más notorio por la inmensa oscuridad.

Se detuvo frente a la puerta del cuarto de Lucius.

Se lo pensó dos veces antes de pasar. ¿Debía hacerlo?

Tal vez su hermano estuviera indispuesto.

Abrió la puerta, se asustó del quejido de esta al raspar el suelo.

En el interior, todo seguía oscuro, salvo por una vela situada en una de las mesillas de noche.

No había mesas ni estanterías, tampoco armarios. Solo una cama deshecha.

En el centro de la estancia, Lucius esperaba sentado en una silla balancín.

Las manos le caían sin fuerza a ambos lados de la silla. Tenía los pies doblados hacia adentro. Los ojos, vacíos de vida, demostraban que no había vuelto a ser el mismo desde que abandonó la Academia.

No podía juzgarlo. Ella tampoco había vuelto a ser la misma.

—Hola, hermanito. ¿Cómo estás? —preguntó, aun sabiendo que no hallaría respuesta—. Te traigo unas galletas. Como es tu cumpleaños, he pensado que te merecías algo más divertido para comer.

Atravesó la habitación y dejó la cesta en el fondo de la sala. Pensó en si hallaría en ella algo peligroso o algún objeto con el que dañarse. No era la primera vez que Lucius intentaba quitarse la vida.

—Espero que por aquí vaya todo bien. —Miró en derredor. Se le hacía inhumano pensar en vivir en aquellas condiciones—. Ya sabes que, para cualquier cosa que necesites, estoy en Salmarina. Puedo venir todos los días de la semana si te hace falta…

Amanda se agachó delante de él. Su rostro también había sufrido demasiado. Las ojeras no la abandonarían nunca, al igual que las cicatrices que aquel día quedaron grabadas en su piel por los forcejeos y la lucha.

Tuvo ganas de llorar al recordar.

Tuvo ganas de romperse al darse cuenta de que su hermano jamás saldría de sí mismo.

Le depositó un beso en la frente.

—Volveré mañana. Te lo prometo. Ten un feliz cumpleaños.

Estuvo a punto de marcharse, cuando Lucius gruñó. Amanda centró su atención en él. El chico se esforzó para hablar, pero no pudo. Era como si su lengua entumecida ya no tuviera fuerzas para moverse.

Después, amagó con mover el brazo. No pudo. Le pesaba como si llevara una docena de ladrillos atada a su músculo consumido. Estiró un dedo y señaló bajo la cama.

Amanda se agachó.

Debajo de la cama solo quedaba un diario.

Uno de tapa negra y letras doradas que decía:

La Sociedad de las Artes de Westgard.

El corazón se le aceleró. Amanda se giró para buscar la mirada de su hermano. Lucius ya no estaba en la silla. Se había puesto en pie y estaba a escasos centímetros de ella. En sus ojos no había presencia de sus pupilas, solo de una oscuridad que Amanda no veía desde hacía cinco años.

De su mano colgaba la Estrella de las Artes.

Una voz resonó en su cabeza.

Un eco lejano:

Nunca se fueron.