La sociedad de las almas malditas 34 #2
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Se le soltaron un par de dedos antes de que cerrara los ojos y asumiera que su destino siempre había sido morir. Tal vez, el ritual siempre había requerido su presencia de una u otra forma. Su destino estaba escrito, y nadie podía borrarlo.

Cesó su agarre, convencido de que pondría fin a todo. Sintió cómo la energía del portal tiraba de él.

Y entonces, algo lo sostuvo.

Abrió los ojos sin saber qué le deparaba la vida. ¿Estaría muerto y no se había dado cuenta? ¿Se despertaría en un mundo de sombras?

Mucho más lejos de la realidad: Amanda, agarrada a la puerta, lo había aferrado por el brazo y luchaba con todas sus fuerzas.

—¡Suéltame! ¡No va a detenerse hasta que yo no entre!

—¡Eso no lo sabes! —gritó Amanda—. ¡No pienso soltarte!

Sin embargo, su fuerza cedía y los dedos se le resbalaban de la puerta. Si no lo soltaba, los dos acabarían dentro del agujero, sin retorno.

—¡Amanda, tienes que dejarme ir! ¡Este siempre ha sido mi destino! ¡Después de lo que he hecho, nunca podré volver a ser yo!

El miedo se apoderaba de sus entrañas porque no sabía qué temía más, si la idea de perderse en un vacío del que nunca volvería o el tener que vivir condenándose cada día por haber sido el causante de la muerte de sus hermanos.

—¡Claro que volverás a ser tú! Volverás a leer, a escribir, a soñar…

Volverás a tener metas y a llegar tan lejos como quieras.

Volverás a ser tú porque siempre lo has hecho, Lucius.

Porque da igual qué obstáculo se atraviese en tu camino, siempre lo has esquivado y has seguido hacia delante.

Volverás a ser tú porque estaremos juntos, te apoyaré…

—A Amanda se le llenaron los ojos de lágrimas—.

No puedes irte porque no soportaría la carga de estar sola en este mundo.

Lucius lloró abrazado a ella, a sabiendas de que sus vidas jamás volverían a ser las mismas. Daba igual. Incluso en esa situación daba igual lo que él hiciera, que se salvara o que muriera, que su hermana siguiera o cayera con él. De una forma u otra, los dos estaban eternamente condenados.

—Pase lo que pase, estaremos juntos —masculló él y apretó con más fuerza su antebrazo. No quería irse. No quería que todo acabara así.

Amanda sintió que la fuerza le vencía y que no podía aguantar más tiempo anclada a la puerta.

—Por siempre —recalcó Amanda.

Cuando su fuerza cesó, algo cambió.

No fue la forma en la que el tiempo dejó de tener sentido durante unos segundos, ni siquiera la manera en la que Lucius y ella se miraron durante un instante que se hizo eterno.

Fue, más bien, como si todo su paso por la Academia atravesara su cabeza como un rayo cruza el cielo.

Miry, sus hermanos, los profesores, las clases, los miedos, los sueños, su padre, su pasado… Todo cobraba sentido y se desvanecía.

No era la muerte con la que soñaba, pero ¿realmente se podía soñar con una muerte deseada?

Nunca nadie imaginaría su final, nunca nadie sería capaz de preverlo.

Y a diferencia de tantas otras situaciones en la vida, ese momento no dependería de ella.

No podría decidir ni opinar. Solamente, acatarlo.

Así que cerró los ojos y respiró, consciente de que sería la última vez que lo haría.

Se lamentó por no haber abrazado más fuerte a Lucius, ahora que lo sentía tan lejos.

Se lamentó por no haberle dicho a sus hermanos que eran la única parte de ella que había sobrevivido a cada etapa de su vida y que, por mucho que hubieran cambiado, siempre serían su lugar seguro.

Se lamentó por que Miry nunca sabría que su amor era correspondido, aunque le gustaba pensar que para los sentimientos casi siempre sobraban las palabras y que ambas eran plenamente conscientes de lo que sentía la otra con tan solo mirarse.

Que, aunque nunca hubiera existido una conexión física, había nacido una mental desde el primer momento, y que eso valía mucho más que todo.

Y cuando Amanda estaba en paz y dispuesta a aceptar la muerte, cuatro manos tiraron de ella y la anclaron de vuelta a la realidad.

Chilló al verse de nuevo luchando contra la fuerza absorbente del agujero, pero se calmó al comprobar que Lucius seguía ahí, aferrado a ella. De sus piernas tiraban Marinea y Rowina, que habían acudido a tiempo a la biblioteca.

¿Por qué habían aparecido en ese momento? ¿Por qué habían tardado tanto en llegar?

—¡Va a destruirnos a todos! —gritó Amanda, consumida por el pánico que oscurecía sus ojos.

Marinea negó, una pizca de esperanza. Siguió sus ojos, que se clavaron en Rowina.

Ella asintió, con una sonrisa en la boca y los ojos empañados por las lágrimas.

Entonces, de entre la oscuridad del pasillo emergió una silueta.

Aunque Amanda lo había visto en sueños y pesadillas, en la realidad y en cada una de las etapas de su vida, nunca le había parecido que una sombra tan grande pudiera ser de carne y hueso.

Con el rostro deteriorado y un paso tambaleante, su padre se encontraba allí.

Rembrandt Bellavere había acudido a sus hijos.

Para Lucius y Amanda, la figura de su padre allí no sabían si tomarla como un regalo o un castigo.

¿Venía para salvarlos o para acabar con ellos?

¿Volvería a huir? Las intenciones de Rembrandt nunca habían sido transparentes, mucho menos empáticas.

Siempre se había movido por el egoísmo. Eso le caracterizaba: actuar para salvarse a sí mismo una y otra vez.

Pero, de ser así, ¿qué hacía allí?

A Amanda se le llenaron los ojos de lágrimas al contemplarlo.

Nadie dijo nada, en un entorno tan familiar las palabras casi siempre sobraban. Rembrandt les debía una a sus hijos. También les debía una a Marinea y a Rowina. Les debía favores a tantas personas que sentía que nunca podría pedirles perdón a todos.

Y entonces, se aferró al umbral de la puerta y lo traspasó. Pese a la fuerza del agujero, él permaneció allí anclado. Su sombrero salió volando. Y él, con la mirada brillante, solo pudo fijarse en que había esperado treinta años ese momento.

Extendió la mano como si alguien se la tomara, pero ninguno de los presentes vio a nadie más allí. Entonces, Rembrandt lloró. Lloró como si fuera un crío de diez años y no un adulto entrado en la vejez. Lloró como si no pudiera creer que aquel momento hubiera llegado.

—Evangeline… —Pronunciaron sus labios—. Te dije que nunca te olvidaría.

El 8 de noviembre de 1765, Rembrandt Bellavere soltó su mano del marco de la puerta y se aferró a la del amor de su vida (y de su muerte). El agujero lo absorbió y se cerró tras él, poniendo fin a la maldición que un día había despertado.

En la sala, solo quedaron los muebles rotos, una mancha de tiza en el suelo y el recuerdo de dos hermanos que perdieron la conciencia y de las dirigentes de la Academia que después de treinta años podían celebrar que todo había acabado.