La sociedad de las almas malditas 34
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«Aterradora, manipuladora y peligrosa», así describió Robert Imperial a la

autoridades de las actividades ilegales que el club realizaba en la Academia.

S i el silencio hubiera sido una condena, Lucius y Amanda se habrían obligado a vivir eternamente en él.

Cuando Lukas y Frederick cayeron, algo más abandonó con ellos su mundo. Amanda gritó hasta que el cielo se partió en dos y la tierra tembló. Lucius no pudo contener el llanto.

Sus hermanos estaban muertos.

Eso que tantas veces había sucedido en sus pesadillas no era más un sueño, sino una realidad: un hecho. Lukas y Frederick se habían acabado matando por culpa de una obsesión que los había consumido hasta apoderarse de ellos.

Hasta ese momento, Lucius no había sido consciente de las consecuencias de sus actos, de lo lejos que había llegado, de lo equivocado que había estado al creer que lo que le sucediera a su familia no tenía importancia.

Por muchas veces que se hubiera dicho a sí mismo que no le importaba el destino de Frederick, Lukas o Amanda, ahí se dio cuenta de que ellos eran más él que él mismo.

Miró a Amanda, con los ojos conteniendo el llanto como si fueran cristales que se acumulaban en sus cuencas.

No quería romperse. No quería castigarla así después de haber sido el causante de todo.

En apenas unos minutos, su hermana había perdido a la persona que quería y a dos hermanos.

¿Cuánto dolor podía soportar un cuerpo como el suyo para no desplomarse en aquel instante?

En el silencio, la soledad y el dolor, Lucius se dio cuenta de lo fuerte que era Amanda, de que por muchos golpes que recibiera, jamás se vendría abajo.

Porque él se creía resistente por haberse levantado a pesar de las veces que se había caído, pero en ese momento se dio cuenta de que la fortaleza de su hermana iba más allá de cualquier otra.

Amanda lo arropó entre sus brazos. Lo acogió, y no tuvo problema en acercarse más a él para sentir que todavía le quedaba algo a lo que agarrarse: una esperanza manchada por la traición, pero al fin y al cabo, solo manchada.

Nada que no pudiera limpiarse, nada que no pudiera repararse con el paso del tiempo.

—No ha sido tu culpa —le recordó Amanda, pese a saber que, con total seguridad, Lucius había sido el detonante de todo—. No ha sido tu culpa, Lucius.

Y si Amanda pretendía que la mancha no se extendiera, trató de evitarlo desde el primer momento, dejándole claro que cada plato roto no había sido cosa de él. Que todo lo que había sucedido se debía a otros. Él solo era un engranaje más que alguien había colocado allí para utilizar a su antojo.

Amanda no quería perderlo porque sabía que era el único vínculo cercano que le quedaba. Él sabía que jamás tendría un futuro si permanecía junto a la Sociedad de las Artes.

Se giró para contemplar los ojos del engaño y la avaricia, del traidor que le había prometido un mundo de gloria a cambio de entregarlo todo.

Aetheriel nunca había hecho nada por él.

Nunca había mirado por su bienestar ni había tratado de crecer a su lado.

Aetheriel se había aprovechado de su inocencia, de su pureza y del amor que Lucius sentía por él.

Había hecho todo lo posible para complacer los deseos de su hermano y los suyos propios.

A pesar de lo que creía, no era un ángel de luz enviado por el cielo, sino el mayor de los demonios sobre la tierra.

Caelus y él habían orquestado un plan que había destruido lo poco que quedaba de su familia.

Y, si no hacían nada para evitarlo, terminaría también con la Academia tal y como la conocían.

Aetheriel amagó con soltar la mano de Caelus, que lo mantuvo aferrado a él. No podían romper el círculo. No podían soltarse. Entonces, gritó:

—¡Tienes que terminar el ritual! ¡Pasarás a la historia, Lucius! ¡Serás recordado como el hombre que lo cambió todo! ¡Hazlo por nosotros! ¡Hazlo por la Sociedad!

Esas palabras ya no significaban nada para Lucius, estaban vacías.

Miró a Aetheriel y luego a su hermana. Se fijó en cómo Caelus apretaba con fuerza la mano de su hermano.

El vínculo que les unía a ellos dos era infinito, nunca se desgastaría.

Por su cuerpo corría la misma sangre. Y quizá Lucius nunca podría experimentar esa sensación con Amanda.

Quizá nunca podría decir que la sangre de los Bellavere fluía por su cuerpo y les unía de una forma natural que iba más allá de los simples vínculos.

Sin embargo, sentía que su lazo era más fuerte.

Porque no necesitaba la sangre para sentirse uno más. Nunca había sido un impedimento para ninguno de ellos que Lucius fuera tan diferente a los hermanos como el sol de la luna para que lo aceptaran como a uno más de la familia.

Entonces, Lucius tuvo claro que no volvería a escuchar a Aetheriel ni a las voces que, sin preocuparse por él, intentaban decirle lo que era correcto o el camino que debía tomar. Él sería, a partir de entonces, el único dueño de su vida.

Y en una última cosa sí que le obedeció.

Lucius pondría fin a ese ritual.

Agarró el cuaderno que, sobre el altar, esperaba el sacrificio de Lucius para concluir el rito. Amanda intentó detenerlo cuando vio cómo su hermano baja del atril y se deslizaba a través de la sala para llegar hasta sus hermanos.

—¡Lucius, quieto! —No sirvió para nada advertirle.

Lucius rebuscó entre los cuerpos sin vida hasta hallar el cuchillo con el que Lukas se había cortado el cuello después de haber matado a Frederick.

Sacrificio de la mente.

Empapó las páginas del cuaderno con la sangre de sus hermanos. Entonces, la frase la absorbió.

La estrella de tiza dibujada a los pies de los miembros de la Sociedad emitió un destello.

Poco a poco, se fue extendiendo a lo largo de los trazos, ascendió por las piernas de Aetheriel, Caelus y el resto de los integrantes.

Los llenó de luz, de raíces que se extendían por sus pieles como si quisiera revestirlos de pureza.

También, se extendió a través del cuerpo de Miry y del brazalete de los Imperial y el colgante de la Estrella de las Artes.

Todo unido. Todo junto.

—¡Lucius, detente! ¡Nos arde la piel! —gritó Aetheriel.

Su rostro estaba construido por sombras, pero iluminado por las ramificaciones de luz que crecían a partir de la estrella.

Se prolongaban hasta adentrarse en sus ojos, otorgándoles a sus pupilas la apariencia de un dios—. ¿Qué te crees que estás haciendo?

—Maldita sabandija —escupió Caelus, que quiso soltar a su hermano, pero las ramificaciones se habían extendido tanto que les impedían liberar las manos. Estaban presos a la estrella, unidos entre ellos. No había vuelta atrás.

— Ni seremos lo que fuimos ni fuimos lo que seremos .

—Esa frase que Lucius un día había escrito.

Esa frase que moría por repetirle. En su momento, se quedó con las ganas de hablarle más sobre de ella, de explicarle los motivos por los que la había escrito.

Sin embargo, ya le daba igual—. Quizás algún día puedas entenderlo.

Lanzó el cuaderno al interior de la estrella.

La luz también lo acogió. Como movido por la magia, las páginas empezaron a pasar solas de un lado a otro, el libro se elevó en el aire.

Conforme más rápido pasaban las páginas, una pequeña abertura se formaba frente al libro.

Negra como la noche, mostraba un vacío al que Lucius recordaba haber accedido. Era el mundo de las sombras.

Aunque algunas intentaron salir, la fuerza de succión que ejercía el portal parecía la de un agujero negro.

Los objetos de la estancia temblaron. Algunos salieron volando y el portal se los tragó.

El brazalete y el colgante fueron los primeros en perderse dentro del agujero.

Después, el cuerpo de Miry Amber amenazó con salir volando, pero al estar encadenado al suelo se mantuvo firme.

Amanda chilló al creer que en cualquier momento la fuerza de atracción arrancaría los agarres.

Se aferró con todas sus fuerzas al atril para no salir despedida por los aires.

Tenía que llegar a Lucius antes de que fuera demasiado tarde.

Saúl Sullivan y Luz Vionni fueron los primeros en ser arrancados de la estrella. Sus pies quedaron anclados al suelo, arraigados a la luz, mientras que sus cuerpos se perdieron en la inmensidad del vacío. Luego, Morgana Shaven. Y por último, Aetheriel y Caelus, que miraron a Lucius una última vez.

—Sálvanos. Lo hemos dado todo por ti. Nos condenarás a todos. —Las lágrimas corrían por las mejillas de Aetheriel, brillantes como reflejos del sol en el agua.

Lucius negó con la cabeza, se había agarrado a la puerta para no salir por los aires.

—Os condenaré a vosotros como sociedad, pero no a mis hermanos.

El agujero se hizo más grande, su fuerza de succión aumentó.

Las sombras de la Academia lo rodeaban, atraídas por su poder.

Gritaban como almas en pena, como ilusiones abandonadas que habían perdido la esperanza de ser.

Todas y cada una de ellas dejaron el plano en el que llevaban treinta años viviendo, ese límite entre dos mundos que nunca terminaba de ser.

Por mucho que se resistieron, Aetheriel y Caelus también salieron despedidos y el portal se los comió. Los cuerpos de Lukas y Frederick fueron tras ellos.

Sin embargo, el agujero no se cerró. Cada vez era más grande, más fuerte, más colosal. El vacío al otro lado lucía como un abismo infinito. Nunca saldrían de allí. Si seguía creciendo, acabaría por consumir toda la Academia.

Amanda se arrastró, aferrándose a los muebles que permanecían anclados a las paredes, hasta alcanzar a Lucius. Desde su posición, veía cómo la puerta amenazaba con soltarse.

Lucius levitaba sujetándose a ella. En cualquier momento su fuerza cedería.