La sociedad de las almas malditas 33
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Durante años, la obra más famosa de la Academia fue un cuadro que

representaba a dos hermanos gemelos matándose el uno al otro. No fue

hasta treinta años después de su éxito cuando Úrsula Nurmann reconoció

su autoría.

E ntre zapatos desgastados y camisetas raídas, las desgracias de los Bellavere siempre habían sido tan cuantiosas que no habían tenido importancia para la familia.

Lukas había crecido abrazado a la miseria como una madre, al destino como un padre, con la esperanza de que algún día el segundo se impusiera para determinar que su vida diera un giro completo.

Si se hubiera guiado por su intuición, tal vez habría podido prever todo lo que pasaría al enfrentarse a la Sociedad de las Artes, al meterse en un entramado que traspasaba los límites de lo conocido, de la realidad y de la magia.

La Academia de las Artes había supuesto su perdición, una derrota moral que había comenzado mucho antes de pisarla, cuando su padre, treinta años atrás, había decidido dar el paso para atar a su familia a una maldición de la que no podrían desprenderse.

Ahora, con el corazón encogido, latiéndole como si pidiera auxilio, ¿qué quedaba por aguantar? Lucius había asesinado a Miry Amber. Y, lo peor, había estado a punto de sacrificarse a sí mismo para satisfacer los deseos de una hermandad que le había manipulado mentalmente.

A Lukas le habría gustado intervenir antes de que fuera tarde, no dejar a su hermana sola, arroparla cuando, desprotegida, el cuerpo de Miry cayó al suelo sin vida.

Habría deseado abrazarla, decirle que todo saldría bien.

De la misma manera, deseaba reprender a Lucius, explicarle lo que estaba haciendo mal, el sinsentido que suponían sus actos y el mal que causaría a los que de verdad se preocupaban por él si seguía así.

Sin embargo, no pudo.

No pudo hacerlo porque antes de que pudiera intervenir, Frederick perdió la cabeza.

Lukas lo había presentido desde el momento en el que se encontraron en la puerta de la biblioteca antigua.

Su hermano mayor llegó acompañado por Amanda, pero parecía cambiado.

El rostro ensombrecido, las ojeras marcadas.

Las venas negras de su piel habían crecido, palpitaban furiosas, como si desearan tomar el control antes de que fuera demasiado tarde.

Cuando le preguntó cómo se sentía, Frederick tan solo respondió con un gruñido.

Sentía sus celos en la distancia, el ardor que le quemaba por dentro y subía la temperatura al acercarse a él.

Frederick no era el mismo de siempre. O eso quería pensar Lukas, porque si se detenía lo suficiente a analizar las actitudes de su hermano, realmente se daba cuenta de que llevaba mucho tiempo siendo así.

La Academia lo había vuelto distante, malhumorado y frío. Tenía más inseguridades que nunca, como si las sombras —o Evangeline— hubieran amplificado en él todo aquello que llevaba arrastrando desde niño.

Lukas conocía a Frederick. Había sido el faro de la familia desde pequeños. Y cuando uno tiene que brillar tanto para guiar a los demás, termina por fundirse.

Antes de que pudiera advertirlo, mientras los miembros de la Sociedad recitaban un cántico en voz alta que se repetía con el eco de la sala y Amanda buscaba calmar los ánimos de Lucius, Frederick perdió el control por completo.

Primero, fueron sus ojos, que se intoxicaron de las sombras que recorrían su piel y se volvieron negros como la noche. Perdieron el brillo, la esperanza y el amor. Frederick dio un paso al frente y dijo:

—Voy a acabar con su vida. —Sabía que se refería a Lucius.

Lukas lo detuvo antes de que se entrometiera en el círculo de invocación. Frederick forcejeó lo suficiente como para empujarlo en un par de ocasiones, hasta casi traspasar la línea de tiza dibujada en el suelo.

—¿Qué crees que estás haciendo, Fred? —Lukas lo contuvo. No quería tener que usar la fuerza para detenerlo—. ¿Has perdido la cabeza?

Una pregunta sin sentido, pues sabía de sobra que Frederick había dejado de ser él.

—No pienso poner en riesgo la vida de Evangeline —contestó. La garganta, desgarrada por el esfuerzo, el llanto y el dolor, denotaba su furia.

Lukas negó con la cabeza. Colocó las manos en el pecho de su hermano para evitar que avanzara.

—Frederick, ¿de qué vida hablas? Evangeline está muerta.

Fue un jarro de agua fría, pese a saberlo desde el primer día.

Ya sabía que Evangeline llevaba treinta años muerta.

No necesitaba que nadie se lo repitiera.

Pero si tan solo se hubiera parado a pensar que Evangeline trascendía en ese plano entre la realidad y las sombras gracias a la maldición, tal vez se habría percatado de que lo mejor para todos era que la Sociedad no llevara a cabo el ritual.

—Lukas, es la última vez que te lo digo: déjame pasar. —Las venas del rostro se le hincharon. Explotaría en cualquier momento.

—Si eso implica que vas a poner en riesgo la integridad de nuestro hermano, lo siento, no pienso dejarte pasar.

El primer puñetazo lo recibió en la mandíbula. Lukas retrocedió varios pasos, tambaleándose. Mantuvo el equilibrio, pero la visión se le nubló por la intensidad del golpe.

—Fred…

Intentó calmar los ánimos. Lukas no quería recurrir a la violencia. Pelearse con su hermano era algo que había dejado muy atrás, en un pasado adolescente en el que las pillerías y travesuras estaban permitidas.

Sin embargo, lo que fuera que se hubiera apoderado del cuerpo de Frederick ya no era su hermano.

Lo supo en cuanto vio cómo, con la mirada cargada de odio, el juicio nublado y la duda inexistente, descargaba otro puñetazo en su estómago.

Lukas se encogió. Durante unos segundos, dejó de entrar aire en sus pulmones.

Aun así, reaccionó por instinto antes de que el siguiente golpe lo alcanzara y lo tumbara.

Cargó su puño y lo soltó con furia contra el rostro de Frederick, que se llevó la mano a la nariz creyendo que se la había roto.

La sangre brotó de sus fosas nasales. Se la limpió con el dorso de la mano y volvió a encarar a Lukas.

—Fred, tienes que volver. Hazme caso. Soy tu hermano —le decía Lukas mientras, con la guardia alta, se cubría de otro posible golpe.

—Tú no eres nada de eso. Un hermano no haría lo que tú has hecho. No me traicionaría así.

Lanzó un derechazo que Lukas pudo esquivar hacia un lado.

—No tiene sentido lo que dices. No te he hecho nada. No soy tu enemigo.

—Me quitaste a Evangeline, aun a sabiendas de lo que significaba para mí. La besaste. Intentaste despertar en ella sentimientos para que se alejara de mí… Creías que volverías a ser su favorito, que volverían a dejarme de lado por acudir a ti.

Ambos se movían lateralmente con pasos cortos guardando las distancias. Frederick amagaba con dar un paso en falso y Lukas retrocedía para no tener que enfrentarlo. La nariz de su hermano seguía sangrando, salpicaba su uniforme y el suelo.

—Fred… nada de eso es verdad… Yo solo…

Frederick perdió la paciencia y el control.

Volvió a lanzarse sobre su hermano. Un puñetazo, del que pudo cubrirse, siguió a otro, que lo alcanzó.

Cuando rompió su defensa, Frederick se ensañó con él.

Una retahíla de golpes le bombardearon el pecho, el estómago y la cara.

Lo tiró al suelo y le golpeó la cabeza. Lukas creyó que perdería la conciencia.

No sentía el frío ni el calor. Recibía los puñetazos en el rostro como si fueran caricias, pues hacía mucho que había dejado de sentir el dolor sobre la piel.

Insensible, impasible, inservible…

La cara se le empezó a llenar de sangre y heridas, de moratones y saliva que Fred escupía mientras gritaba improperios a los cuatro vientos.

Escuchó a Amanda gritar para intentar detenerlo.

Era una voz lejana, se oía como si estuviera sumergido en un profundo lago.

De hecho, así lo veía, como si su cuerpo cada vez se hundiera más y la luz fuera más lejana, más borrosa…

—¡Para, joder, para!

Pero no se detuvo.

Y esa fue su mayor condena.

Con su último aliento, intentó palpar a su alrededor. Suelo, más suelo. Entonces, lo notó. Un filo. Era un cuchillo. El mismo que había salido volando de las manos de Lucius después de que Amanda le lanzara el brazalete de los Imperial. Había aterrizado a su lado.

Lukas se aferró a él. No quería hacerlo. Le había suplicado que se detuviera. No tenía otra opción. Las lágrimas escaparon de sus ojos. Con las fuerzas que le quedaban, hundió el cuchillo en el cuello de Frederick.

Despertó del sueño, salió de las aguas del profundo lago.

Las manchas de su visión se aclararon poco a poco, la realidad recuperó nitidez.

La sangre de Frederick caía a borbotones sobre su propio cuerpo.

Tenía la boca abierta, sorprendido por el ataque, aunque podía gritar.

Se rodeaba el cuello con las manos como si así pudiera detener la hemorragia.

Lukas vio cómo la vida abandonaba poco a poco sus facciones.

—Evangeline… —musitó, atragantándose con sus palabras. La angustia, el dolor, el miedo… Todo eso había desaparecido. Por irónico que pareciera, era la primera vez en años que Lukas veía a Frederick en paz—. Ya voy…

Lejos de detenerse, hundió más el cuchillo en su carne.

Frederick se desplomó sobre Lukas. Las lágrimas fueron su única escapatoria. Intentó girar para liberarse de su peso. El cuerpo cayó a plomo a su lado. Lukas nunca creyó que observaría algo tan terrorífico como el gesto sin vida de su hermano mayor.

Lo había matado.

Él había sido el causante de su muerte.

Las sombras abandonaron poco a poco su piel. Las venas negras se desvanecieron, hasta que el blanco de su tez quedó impoluto.

Evangeline observaba la escena desde el fondo de la estancia.

Sus ojos también estaban llenos de lágrimas.

Lukas habría deseado culparla de todo lo sucedido, pero sabía a la perfección que ellos eran los verdaderos causantes del problema.

Poco a poco, su cuerpo se fue desvaneciendo hasta desaparecer.

Arrancó el cuchillo del cuello de Frederick y miró una última vez a sus hermanos. Sobre el atril, Amanda y Lucius lloraban abrazados por la muerte. ¿Cómo iba a responsabilizarse de ello? ¿Cómo iba a volver a mirarles a los ojos después de haber matado a sangre fría a Frederick?

Le habría gustado buscar alguna excusa. Decir que había sido en defensa propia, que su hermano ya no era su hermano y que era lo mejor para todos.

Pero la realidad era que lo había matado.

Y jamás tendría perdón.

—Lo siento, chicos —susurró, un suspiro en el que se escapó su último aliento. Nunca supo si llegaron a escucharle.

Lukas se rebanó el cuello.

Su cabeza cayó en el pecho de Frederick.

Desde el atril, parecía que ambos durmieran plácidamente, como cuando eran solo dos niños con la única preocupación de discutir por el mismo juguete.