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Marinea Imperial fue la primera Directora en instaurar un toque
de queda para proteger a los alumnos de la Academia
De las sombras que rondaban los pasillos.
L a vio caer ante sus ojos, tan rota como el día que la había conocido, cuando aún parecía radiante pese a la tristeza que la asolaba. Murió con las mismas grietas internas, aunque esta vez una parte de ella estuviera emanando hacia el exterior.
Comprobar cómo la vida se escapaba a través de su mirada fue lo más doloroso que había sentido jamás.
Las sombras se agitaron a su alrededor, eran buitres que intentaban alimentarse de ella.
La cambiarían de plano, la llevarían a su mundo y se comerían sus sueños, sus pesadillas…
Le atormentaba pensar que allí desnudarían sus miedos y los harían públicos.
Miry siempre había sido muy reservada con sus inseguridades.
Amanda se arrastró por el suelo. El llanto le nublaba la vista.
Gateó entre sollozos. Se sentía ridícula soltando un hipido cada pocos segundos.
Nadie la detuvo cuando traspasó el círculo de invocación y las palmas de sus manos se quemaron al entrar en contacto con la marca de la estrella.
Ninguno de sus hermanos la siguió cuando apoyó su cabeza en la de Miry y lloró sobre el cadáver como si las sombras le fueran a conceder una segunda oportunidad.
—Eres un monstruo —gimoteó en un tono casi ininteligible por el llanto—. Eres un maldito monstruo.
Lucius permanecía impasible. La miraba con gesto altivo, con el poder que le entregaba tenerla a sus pies. El cuchillo en la mano aún resplandecía con la sangre de Miry. Ni siquiera se molestó en deshacerse de él.
Echó la vista atrás, buscando el respaldo de sus hermanos.
Las lágrimas le impedían enfocar, por eso no llegó a distinguir qué pasaba entre ellos.
Frederick y Lukas parecían estar enzarzándose el uno con el otro.
Divisó un primer empujón de Frederick, acompañado de un dedo acusatorio.
Lukas intentó poner distancia, pero el mayor de los hermanos no cesaba en su enfado.
Volvieron a encararse y, esta vez, Lukas le devolvió el empujón.
Amanda quería gritarles que se detuvieran. No entendía por qué peleaban ni qué necesidad había de hacerlo en ese momento. Miry había muerto. Su cuerpo inerte yacía aún allí. ¿Acaso no podían apartar las disputas familiares durante unas horas? ¿De verdad iban a darle la razón a Lucius con sus actos?
Le odiaba.
En ese momento, le odiaba y habría acabado con su vida con sus propias manos, movida por la cólera.
Y sin embargo, entendía que hubiera elegido su camino.
Lucius hacía tiempo que no se encontraba a gusto.
Realmente, ¿alguna vez lo había estado? Los Bellavere habían crecido pensando que le hacían un favor al pequeño acogiéndolo en su familia, pero una cosa era darle una casa y llamarle «hermano» y otra muy distinta demostrárselo.
¿Cuántas veces se habría sentido solo, incomprendido o marginado?
¿Cuántas veces podrían haber hecho más? ¿Cuántas veces habría estado Lucius al borde del colapso sin que ellos supieran nada?
Era tan solo un niño.
Un niño que había crecido demasiado pronto, sin una figura paterna y el miedo a ser olvidado.
Amanda se había quejado durante toda su vida de lo que suponía ser ella. De lo duro que era crecer en una familia formada solo por hombres, de no tener un espacio donde refugiarse cuando sus hermanos minimizaran sus emociones y le dijeran que tenía que madurar antes de tiempo.
Teniéndose a sí misma de ejemplo, ¿se había preocupado lo suficiente por Lucius?
Sabía que no. Que había intentado ser una buena hermana para él, pero nunca había estado suficientemente presente.
¿Cómo se lidiaba con ser un huérfano integrado en una familia de incomprendidos? ¿Eso en qué le convertía?
Lucius había escogido su nuevo camino, junto a su nueva familia. Había tomado malas decisiones y se había equivocado, como todos. ¿Hasta qué punto podía ella juzgarlo por sus actos cuando quizás habían sido ellos mismos los que lo habían empujado a eso?
—El ritual debe continuar —le recordó Aetheriel desde la punta de la estrella en la que se encontraba.
Amanda miró a Lucius; en ningún momento dejó desprotegido el cuerpo de Miry, que lo rodeaba con los brazos, intentando transmitirle el calor que perdía con el paso de los minutos.
—Lucius, mírame, por favor. No tienes que seguir con esto…
—Ya es tarde… —susurró—. No hay vuelta atrás.
Las sombras se alborotaban sobre ellos, chillaban y sus voces agudas se clavaban en sus cabezas como si fueran a atravesarlas. Eran réplicas de lamentos, quejas e improperios que otras personas habían dejado antes de pasar al otro lado.
Lukas y Frederick continuaban discutiendo por un motivo que Amanda desconocía.
Los miembros de la Sociedad de las Artes, agarrados de las manos, recitaban un canto en otra lengua.
El aire estaba cargado de incienso y sangre, de dolor y llanto.
Lucius regresó a su atril y derramó una gota de sangre en la página sobre la última frase escrita.
SACRIFICIO DEL CUERPO .
Las letras la absorbieron y se tiñeron de su color. Se desvanecieron al instante, el círculo de invocación brilló y los integrantes de la Sociedad elevaron su canto. La sala se agitó, las sombras gritaron.
Una nueva frase se dibujó con tinta sobre el papel:
SACRIFICIO DE LA MENTE .
Sabía que aquel momento llegaría tarde o temprano.
Lo había soñado tantas veces que casi era como encontrarse con un viejo amigo.
En cada uno de sus entrenamientos y sus pesadillas, en cada recuerdo que tenía de la hermandad, era como si le hubieran convencido de que ese sería su destino.
A Lucius no le intimidaba la muerte. Ya había presenciado cómo sus seres queridos se marchaban, cómo todo era un ciclo que terminaba muy lejos de allí.
Había presenciado mil veces sus muertes.
En alguno de sus sueños moría por accidente.
En otros, era él mismo quien se quitaba la vida a sangre fría.
De una forma u otra, había asumido que sería su destino.
Esta vez, colocó el filo a la altura de su propio cuello. El pulso le tembló. La hoja del cuchillo era un témpano de hielo sobre su piel.
Amanda se puso en pie y gritó.
—¡Detente! —Estuvo a punto de desgarrarse la voz—. ¡Lucius, no lo hagas, por favor!
Sin romper el círculo, Aetheriel intervino:
—No la escuches. ¡Hazlo por tu familia! ¡Es tu destino!
Amanda no podía creer que esas palabras salieran de la boca de una persona que supuestamente lo quería. Aetheriel no era un amigo ni un hermano. Cualquier lazo que tuviera con Lucius era una farsa basada en un interés más grande.
—¡Ellos no son tu familia! ¡Somos nosotros! —Amanda buscó en todas las direcciones. El chico estaba demasiado lejos como para llegar a él antes de que cometiera una locura—. ¡Lucius, por favor!
Los ojos de Lucius se llenaron de lágrimas al darse cuenta de lo que tenía que hacer. ¿Por qué le daba miedo morir, si era todo cuanto había deseado desde que su padre se fue? Se odiaba a sí mismo por sentir miedo en ese momento, después de haber aceptado su destino.
El gesto impasible de Aetheriel le gritaba que lo hiciera y no se detuviera.
Se había unido a la Sociedad con un objetivo: tenía que cumplir con él.
Sería el héroe. Terminaría lo que Rembrandt Bellavere no había podido.
Un propósito. Uno que salvaría a la humanidad entera y registraría su nombre en los libros de historia.
Lucius nunca sería olvidado por el arte, porque él lo habría entregado todo para que el mayor núcleo de producción artística siguiera en pie.
Apretó el cuchillo contra su piel.
Su padre. Su verdadero padre acudió a él.
Lo veía entre las sombras, como una luz blanca que destellaba.
Le hablaba en susurros. No terminaba de comprender lo que le decía.
Sintió frío, miedo y tristeza. Apenas podía verlo, pero era él.
No lo sabía por su figura translúcida, sino por la vibración de su alma al tenerlo cerca.
Su presencia iluminó su interior y le quitó la venda de los ojos.
Todo era paz, tranquilidad y silencio. No como el que le prometía la Sociedad: el ruido mental seguía estando allí, pero esta vez no le aceleraba el corazón ni le hacía sentir culpable.
Su padre le estaba enseñando a convivir con él mismo, con los miedos y el dolor.
Al igual que en la mayoría de sus sueños, su padre esperaba por él. Parecía indicarle algo, querer que comprendiera lo que trataba de decirle. Pero ¿cómo escuchar a una voz que no hablaba si lo único que le quedaba era un corazón que gritaba de dolor?
—Padre… —masculló.
Su padre se desvaneció. La luz volvió a apagarse. En la sala, solo quedaban prendidas las velas.
—¡Hazlo! —gritó Aetheriel.
Aunque estuviera lejos, Lucius sintió cómo intentaba tomar el control de su mente. Las voces de Caelus, Morgana, Luz, Saúl y Aetheriel luchaban por atravesar la barrera que su padre había creado entre ellos.
Entonces, el brazalete de los Imperial sobrevoló la estancia y golpeó la mano de Lucius, que tuvo que soltar el cuchillo.
Cayó lejos de él, ensangrentado. Un fino hilo de sangre le corría por la garganta.
Amanda había lanzado el objeto para evitar que se matara, para que no tomaran el control de él.
Amanda y su padre lo habían salvado.
Esta vez, Amanda corrió hasta él y lo abrazó. Aetheriel amagó con seguirla, pero Caelus le impidió romper el círculo. No podían soltarse o el ritual volvería a fracasar.
—Estoy aquí contigo —le dijo, arropándolo entre sus brazos.
Lucius rompió a llorar, incapaz de contenerse.
¿Qué había hecho? O, mejor dicho, ¿qué había estado a punto de hacer?
Mientras Amanda lo abrazaba, la sucesión de recuerdos con su padre acudía a su cabeza.
Eran momentos felices de los dos pescando, jugando, creciendo…
Eran recuerdos que blindaban su mente y la hacían más fuerte.
—Solo querían utilizarte… —repetía Amanda, acariciándole la cabeza—. Solo querían aprovecharse de ti…
Nunca creyó que su hermana pudiera tener tanta razón.
Ahora, cuando más roto estaba, se daba cuenta de que los pedazos que habían hecho de él eran solo una muestra de lo fuerte que había sido durante toda su vida.
Romperse en pedazos no era malo, porque eso implicaba el aguante que tenía para seguir en pie.
Había aprendido a recomponerse, a cicatrizar las heridas y restaurar los daños.
Lucius no era fuerte por no llorar, lo era por haber sido capaz de convertir el sufrimiento en fortaleza y las heridas en lecciones.
Lucius era fuerte porque no había tenido miedo de aceptar que su pasado sería la mejor defensa para construir su futuro.
Por primera vez, no fue la voz de Aetheriel ni la de Caelus la que escuchó en su cabeza, ni la de su padre o la de sus hermanos.
Por primera vez, fue su propia voz la que resonó en su interior…
Pidiéndole que pusiera fin a todo.