La sociedad de las almas malditas 31 #2
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—Hoy nos encontramos aquí para cerrar lo que un día se abrió, para concluir lo que hace treinta años nuestros hermanos comenzaron.

Hoy será un nuevo principio, un punto y aparte en nuestra historia para seguir escribiendo en el legado imborrable de la memoria un futuro prometedor para la Sociedad y sus artistas.

Algo en su interior le decía que se callara.

¿Por qué hacía eso? Él mismo se cuestionaba.

No podía detenerse. Era demasiado tarde.

Todos habían confiado en él para ese momento.

No podía decepcionarles. No. No podía. Ya había fallado a su familia, a sus hermanos, a los Bellavere.

La hermandad era todo cuanto le quedaba.

Nunca le perdonarían. Se volvería a ver solo, sin nadie.

—Con una mano en el corazón y un puño al cielo, os pido que juntos repitamos el lema de nuestra sociedad: Corazón puro orgulloso, silencio en la mente que hallas, encuentra tu camino en la paz, recoge tempestades mañana.

Sabiduría, letras, arte. Familia, hermandad, hazañas.

Somos parte del destino. Somos parte de la historia.

Cuando la noche caiga, cuando el día nazca, cuando el mundo acabe.

La Sociedad siempre será un refugio. La Sociedad siempre prevalece .

Todos lo repitieron al unísono. Los ecos de las voces al chocar con las paredes creaban una armonía ancestral. Aunque solo eran seis, parecía que todos los hermanos que habían pasado por la Sociedad estuvieran presentes repitiendo a coro el himno de su hermandad.

Lucius pasó la página y leyó las primeras líneas del ritual:

—Que la tierra de Westgard, cargada de leyendas y magia, de tradición y poder, abra su corazón y nos entregue su fuerza.

Que las fuerzas del otro lado nos escuchen, nos brinden su poder, a cambio de este sacrificio en el que le otorgamos nuestros mayores bienes terrenales.

Un intercambio justo entre tierra y más allá, entre cuerpos y sombras.

Oh, ofrendamos nuestra Estrella de las Artes, el brazalete de los Imperial, una mente sacrificada por el bien humano, la mejor de todos los que hay entre nosotros, y yo mismo, mi propio cuerpo.

Conforme leía en voz alta, el suelo se agitaba, amenazaba con romperse en dos.

El polvo caía del techo, como si en cualquier momento pudiera venirse abajo.

Los candelabros de la sala temblaron, las llamas oscilaron en sus cúspides.

Mientras unas velas lloraban cera al apagarse, otras brillaban más intensamente que nunca.

El ambiente se volvió más frío, más tenso, más oscuro.

Lucius repitió esas palabras:

—Que la tierra de Westgard, cargada de leyendas y magia, de tradición y poder, abra su corazón y nos entregue su fuerza.

Que las fuerzas del otro lado nos escuchen, nos entreguen su poder, a cambio de este sacrificio donde le otorgamos nuestros mayores bienes terrenales.

Un intercambio justo entre tierra y más allá, entre cuerpos y sombras.

Oh, ofrendamos nuestra Estrella de las Artes, el brazalete de los Imperial, una mente sacrificada por el bien humano, la mejor de todos los que hay entre nosotros, y yo mismo, mi propio cuerpo.

El temblor se intensificó.

La estrella dibujada en el suelo se iluminó. Era una luz espectral, proveniente de otro plano. En su centro, Miry Amber gritó. Las piernas, apoyadas contra la tiza, le ardían.

En ese momento, Lucius sabía que debía dar el siguiente paso. Pasó la página del libro. Allí se indicaba claramente:

Sacrificio del cuerpo.

Descendió los escalones que lo separaban del resto. Se llevó la mano al fajín que se escondía bajo la túnica. La afilada punta de un cuchillo asomó entre sus manos. Cada paso significaba un segundo menos de vida, una aproximación hacia el mayor crimen que jamás podría cometer.

Lo haces por tus hermanos. Lo haces por tu nueva familia… Por un nuevo mundo , se mentalizó, aun sabiendo que jamás se lo perdonaría.

—Obtened su alma, conservad el fruto. Obtened su alma, conservad el fruto —repetía Lucius conforme avanzaba hacia el centro de la estrella.

Algunos objetos perdieron el control. Los libros de las estanterías volaban de lado a lado de la sala.

Los candelabros se agitaron tanto que algunos cayeron al suelo.

Las velas se apagaron. Solo se mantuvieron encendidas las que, apoyadas en el suelo, rodeaban el círculo—.

Obtened su alma, conservad su fruto. Obtened su alma…

Lucius se detuvo a la espalda de Miry Amber. La chica intentaba contener el llanto, pero las lágrimas corrían por sus mejillas. Estaba a punto de ahogarse. La ansiedad le impedía respirar.

—Lucius… —gimoteó—. Por favor…

—Haré cesar tu dolor —le aseguró.

Agarró su pelo con una mano y tiró de él para que alzara bien la cabeza. Su cuello quedó a la vista. Ella gimió por el dolor que le deparaba su destino.

Un estruendo sonó. Era una puerta viniéndose abajo.

Los hermanos Bellavere aparecieron justo en ese momento. Lucius nunca olvidaría los rostros paralizados por el terror de Lukas y Frederick, suplicando que se detuviera. Pero, sobre todo, jamás olvidará cómo Amanda se detuvo, con el alma destrozada, y cayó de rodillas al suelo antes de gritarle.

—¡Lucius, detente, no lo hagas!

Era demasiado tarde.

En realidad, siempre lo había sido.

Un movimiento de muñeca fue suficiente para rebanar el cuello de Miry Amber.

El filo del cuchillo se manchó con su sangre, la misma que instantes después salpicó todo e inundó el círculo de invocación.

La Estrella de las Artes bebió de ella. Lucius soltó su cabellera, el cuerpo sin vida se estrelló contra el suelo.

Sus ojos, carentes de vida, no llegaron a cerrarse.

—Lo siento, Amanda. —Fue lo único que Lucius pudo decirle cuando la tuvo delante.