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Hillman Bakery fue uno de los grandes exponentes de la Academia
de las Artes Oscuras. Su obra «Entre pinceles rotos» fue
traducida a más de cuarenta idiomas.
U na estrella blanca de cinco puntas dibujada en el suelo, rodeada por un círculo de tiza, y una decena de velas a su alrededor.
Eso era todo lo que Lucius veía desde el atril en el que Caelus le había pedido que se colocara para iniciar el rito. Aetheriel, Morgana, Saúl, Luz y el propio Caelus se distribuían a lo largo del círculo, en cada punta de la estrella. Todos tenían su libreta de la Sociedad en las manos.
Lo habían ensayado lo suficiente como para que Lucius pudiera hacerlo a la primera, sin fallos. Él debía ser el responsable. Sería su guía, su salvación o su perdición, en función de lo bien que desempeñara su trabajo.
Un Bellavere había condenado a la Sociedad de las Artes treinta años atrás. Así que un Bellavere se encargaría de enmendarlo.
Entre las manos de Lucius, un libro de tapa negra, tan antiguo que hasta el cuero de la cubierta parecía que se le caería a pedazos, le temblaba por culpa de los nervios.
¿Y si fallaba? ¿Y si volvía a cometer los mismos errores del pasado?
Le preocupaba que las sombras pudieran encontrar una brecha por la que terminar de entrar a su mundo.
Si la fina barrera que aún las mantenía controladas se rompía, sería la perdición de la humanidad.
Repasó mentalmente cada frase que tenía que decir.
Apoyó el libro en el atril y pasó las primeras páginas.
Cada uno de los pasos a seguir venía anotado allí con cuidado.
Eran órdenes claras y precisas. Se notaba que la Sociedad había trabajado durante mucho tiempo en ellas para que nada volviera a salir mal.
—Tal y como lo has ensayado —le recordó Aetheriel, que alzó un puño para transmitirle su ánimo—. Vas a bordarlo, Lucius.
Agradecía el apoyo, aunque se sentía como un impostor.
¿Por qué debía ser él quien guiase el rito?
Era el más nuevo en la hermandad. Y, aunque el tiempo en la biblioteca antigua le había brindado semanas de estudio, no se sentía para nada preparado.
Morgana lo miraba desde su posición con desconfianza.
Pese al buen trabajo que aseguraba que había hecho, sentía que era la única que no lo quería allí.
Quizá porque ella era la integrante más longeva que le quedaba a la Sociedad.
Lucius no podía evitar fijarse en cómo Caelus le pedía templanza con la mirada cada pocos segundos.
—¿Estás preparado? —preguntó ella con la voz tan ronca que sonó como una piedra rompiéndose.
Lucius asintió.
—Lo estoy —afirmó, pese al temblor de sus piernas.
Todos intercambiaron miradas. Morgana le indicó a Aetheriel que fuera entonces a por la única pieza que faltaba para iniciar el ritual.
Él se salió del círculo y se perdió en la oscuridad de la sala.
El tiempo hasta que volvió se hizo eterno, hasta tal punto que Lucius se preguntó si Morgana o Caelus lo estarían controlando para ralentizarlo de nuevo.
El olor del incienso que pendía de las paredes le recordaba a los días en los que, de pequeño, acudía a la iglesia para rezar.
Lo había hecho cada primer día de la semana desde que tenía memoria hasta la muerte de su padre.
Siempre asistían juntos, le entregaban sus votos a los dioses y les pedían prosperidad para la pesca y para sus vidas.
Tras la muerte de su padre, Lucius había dejado de rezar y había dedicado su vida a leer.
Creía más en las palabras de quienes conocían el mundo cruel y austero que había fuera, los que escribían sobre la muerte y las penurias, el caos y la tristeza.
Solo así se dio cuenta de que el consuelo no se hallaba en la palabra de un sacerdote que representaba a un ente abstracto, sino en los seres que habitaban el mundo con la misma fatiga que él.
¿Qué pensarían sus hermanos si lo vieran así?
Lucius se avergonzaba al darse cuenta de que los estaba traicionando.
Quería lo mejor para ellos, para su familia.
Pero ¿hasta qué punto seguían siendo su familia?
La Academia también había fragmentado sus relaciones.
Ya nada era igual. Desde su entrada en la Sociedad, había observado los patrones que movían a cada uno.
Frederick y Lukas guardaban tanto dolor dentro que acabarían explotando.
Ambos competían por un mismo amor y eso, en casi todas las ocasiones, concluía con una desgracia.
Amanda parecía estar encontrando su lugar gracias al tiempo compartido con Miry Amber.
Por fin había confiado en una persona que le devolvía lo mismo que ella daba.
Había pasado toda una vida buscando un hombro en el que refugiarse y, cuando por fin lo había hallado, la Sociedad se había propuesto arrebatárselo para siempre.
Amanda nunca volvería a ser la misma después de eso. Jamás lo perdonaría.
Frederick y Lukas, al menos, tenían sus propios problemas al margen de él, que tampoco podrían resolver. Aunque cuando descubrieran que la existencia de Evangeline dependía de ese ritual, tampoco se tomarían a buenas que Lucius hubiera sido el encargado de llevarlo a cabo.
Aetheriel regresó. No lo hizo solo. Arrastraba un cuerpo encadenado, con los ojos tapados, que pataleaba para intentar zafarse de su agarre. Tenía grilletes en los tobillos y en las muñecas; por más que lo intentara, jamás escaparía de allí.
Miry Amber había sido una alumna brillante, probablemente la mejor de su generación. No cabía duda de que tenía una trayectoria prometedora por delante. Sin embargo, nunca llegaría a comprobarlo.
«Ser seleccionada por la Sociedad como sacrificio es el mayor mérito que uno puede tener, Miry. No lo tomes como una condena, sino como un privilegio», le había dicho Caelus después de retenerla contra su voluntad.
La arrojaron al centro de la estrella dibujada sobre la tarima. Aetheriel ancló los grilletes a un punto de fijación reforzado en el suelo. La hizo arrodillarse para que estuviera más cómoda y le quitó el antifaz que cubría sus ojos.
—Bienvenida, señorita Amber. Aetheriel esbozó una sonrisa tan siniestra que hasta Lucius creyó que se trataba de otra persona.
Miry gritó desesperada. El aullido atravesó sus tímpanos y reverberó en la sala. Si no hubiera sido por la insonorización de la biblioteca, toda la escuela se habría enterado de que ella estaba encerrada allí.
—Gritar no te va a servir de mucho —informó Caelus, cruzado de brazos—. Si fuera tú, mantendría mis cuerdas vocales intactas. No querrás llegar al otro lado con la garganta destrozada.
La religión aseguraba que uno pasaba a la otra vida con las mismas características con las que había abandonado el mundo terrenal.
Una vez allí, los dioses decidían si recuperar la salud de la persona para que viviera plena en el paraíso o castigarla por sus pecados y mantenerla con esos defectos para que estuviera marcada durante el resto de la eternidad.
—¡Soltadme! ¡Soltadme! ¡Sois unos monstruos!
A Lucius le apenó verla así: tan deteriorada y demacrada, con los ojos rojos y la tierra esparciéndose por su piel. ¿Cuánto tiempo la habían tenido en cautiverio? En tiempo real, apenas habrían sido un par de días. En el tiempo de la Sociedad puede que hubieran sido semanas.
—¡Lucius! ¡Lucius Bellavere! —gritó Miry, forcejeando con las cadenas—. ¿No piensas hacer nada para detenerlos? ¿¡De verdad te has convertido en esto!? ¿Qué pensarían tus hermanos de ti? ¿Qué le dirás a Amanda cuando la veas cara a cara?
A Lucius le habría encantado que las palabras de Miry le hubieran provocado algo en su interior, porque eso significaría que no estaba tan perdido como pensaba.
Sin embargo, lo único que sintió fue indiferencia.
Ya había tomado un camino. Había escogido y no había vuelta atrás.
Lo que pensaran sus hermanos era irrelevante.
No iba a cambiar nada. Valoraba el esfuerzo de Miry por intentar salvar su vida, pero si supiera que Lucius hacía tiempo que había aprendido a dejar la mente en blanco y a anular el ruido exterior, se daría cuenta de que tan solo estaba malgastando sus fuerzas en una causa perdida.
Lucius miró a sus hermanos, a los que ahora formaban su familia, a los integrantes de la Sociedad.
Todos ocuparon de nuevo sus puestos y le hicieron una seña para que comenzara.
El corazón le palpitaba deprisa. Cerró los ojos y tomó aire.
El silencio se instaló en su cabeza. Solo escuchaba su propio latido.
Pum. Pum.
Era el momento de dar un paso al frente.
Pum. Pum.
Demostraría que estaba destinado a algo grande.
Pum. Pum.
Honraría la memoria de su padre.
—Queridos hermanos de la Sociedad de las Artes de Westgard —comenzó diciendo; el tono era grave y la cadencia, pausada—, hoy nos reunimos aquí para hacer historia.
Nuestra sociedad ha constituido a lo largo del último siglo uno de los mayores focos de talento artístico de la región.
De nuestras filas, han surgido algunos de los artistas más relevantes a nivel mundial que recordará la historia.
Autores, pintores, actores, músicos, escultores…
Todas las ramas del arte unificadas bajo nuestro sello: la Estrella de las Artes.
Tomó un respiro. Caelus tenía la mirada fija en el suelo, su concentración era absoluta.
Morgana miraba de reojo al atril para comprobar que todo marchara como debía.
Aetheriel… Aetheriel no apartaba sus ojos de Lucius.
Le brindaba su fuerza, su apoyo. Era una forma de demostrarle que estaba con él, incluso en la distancia.
Confiaba en él. Siempre lo había hecho. Si aquello había cobrado sentido, había sido gracias a la insistencia de Aetheriel Skyheart.